Junto al rey (Arven 2) 24 En palacio
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24 En palacio

EN PALACIO

JULIA

De todas las personas que podían haber entrado en la biblioteca mientras ellos estaban allí, había tenido que ser la reina de la luz quien lo hiciera.

Su cuerpo había perdido, esperaba que de forma momentánea, la capacidad de moverse, mientras veía cómo la madre de Edward, que los observaba sin titubear, se acercaba a ellos.

La garganta se le estaba empezando a resecar y la puerta, demasiado lejos de su alcance, no era una posibilidad para salir corriendo.

No fue hasta que notó la calidez de la mano de Edward en el borde de su espalda que recuperó un mínimo de sus capacidades, esas que se habían encogido, escondiéndose entre los libros.

—Madre, esta es Julia Lorraine —pronunció él, buscando sus ojos.

Al alzar la mirada, creyó sentir una dosis de fortaleza: Edward, con su sonrisa más franca, estaba intentando transmitírsela.

No obstante, en cuanto observó de cerca a la mujer que tenía frente a ella, volvió a desvanecerse.

—Julia, esta es mi madre —continuó Ed.

La emérita era, sin lugar a dudas, más bella y elegante en las distancias cortas.

Se estaba preguntando por qué tenía que sentirse tan fuera de lugar, cuando el primer choque, al escuchar a la reina hablarle directamente a ella, estuvo a punto de tambalearla.

—Dejando de lado que mi hijo, Edy —apostilló con una sonrisa—, me acaba de llamar «madre», es un placer conocerte, Julia.

Algo en su tono, en la forma en la que le había llamado Edy, consiguió que la mirara, durante una fracción de segundo, de forma diferente.

Y fue en aquel instante cuando recordó quién era.

Se suponía que Julia Lorraine Fernández no era una mujer que se amedrentaba.

—El placer es mío, Majestad —dijo, tendiéndole la mano.

Ojalá un pájaro apareciera por la ventana y le recordara cómo funcionaba el puñetero protocolo.

—Primero mi hijo y ahora tú... —se quejó la emérita.

—Madre —la nombró Ed, con un deje juguetón en su voz.

—Para ti soy mamá y para ti, querida —posó sus ojos en ella—, Katherine.

Sonriendo, no pudo evitarlo, ante aquella reprimenda, se permitió respirar.

Algo necesario si no quería desmayarse.

—Entonces es un placer, Katherine —se atrevió a repetir.

—¿Habéis venido en busca de algún libro? —preguntó, curiosa.

—Julia necesitaba el quinto tomo de unos manuales de botánica —explicó Edward, que había empezado a trazar círculos, de forma casi imperceptible, en su espalda.

Su contacto la estaba sosteniendo.

—¿Botánica? —cuestionó Katherine, fijándose en el libro que ella tenía en las manos.

Tendiéndoselo, sin entender por qué, le explicó:

—Edy me los ha estado prestando.

—Julia Lorraine, ¿en serio tú también? —gruñó, como un niño pequeño, el rey de Arven.

Y fue una mirada cómplice entre ella y la reina la que disipó, al menos hasta que lo procesara, la tensión que había invadido la emblemática sala.

Acto seguido, Katherine, cercana, le preguntó el motivo de su interés y, mirando los ojos color ámbar de la reina, tan parecidos a los de su hijo, le contó su amor por todo lo que pudiera estar relacionado con la naturaleza y, más en concreto, con las plantas.

—Me parece maravilloso, Julia.

—Gracias, Majes... —se corrigió—, Katherine.

Asintió.

—He quedado en ir a buscar a tu padre, ¿nos acompañaríais con una taza de té?

—Aunque a Julia sé que le haría feliz —adora el té casi tanto como a las flores—, tenemos que marcharnos —respondió Edward, mirando el enorme reloj de cuco que adornaba la pared.

—En otra ocasión entonces —propuso, esperanzada, su madre.

Ella se había limitado a escucharlos atentamente, pero, incapaz de mantenerse al margen, ya que, contra todo pronóstico, la progenitora de Edward era una mujer sorprendentemente amable, agregó:

—Sería un honor volver a Alborea.

Sus cristalinos ojos se desviaron hacia los avellana de Edward, que, con aquella afirmación, vibraron.

—¿Qué tal una comida? —volvió a aventurarse a preguntar la emérita.

Dejándose guiar por la mirada serena de Ed, respondió, sin pensarlo en absoluto:

—Solo tengo una condición.

Ya era tarde para arrepentirse, así que continuó:

—Que sea Edy quien prepare el postre.

—¿Edy? ¿El postre?

Edward, indignado ante aquella falta de fe, intercedió:

—Mamá, deberías saber que mis dotes culinarias se han elevado. July es quien me está enseñando.

—Estoy deseando saber con qué mezcla me sorprenderéis los dos juntos —dijo Katherine.

Y, aunque hacía tan solo unos minutos que la conocía, supo que había una segunda lectura en sus palabras.

Sin embargo, aunque el vértigo seguía pululando dentro de ella, no se sintió juzgada.

—Te veo esta noche, mamá —se despidió Ed, mientras caminaban hacia la puerta.

—Me ha encantado conocerte por fin, Julia.

«¿Por fin?», se preguntó, pero no se permitió planteárselo demasiado.

—Nos vemos pronto, Katherine.

Su camino y el de la antigua reina se separaron tan solo un parpadeo después, cuando llegaron a la puerta del despacho de Edward.

—Lo siento —murmuró el rey de Arven, en cuanto entraron en aquel espacio privado.

Tomando su mano, fue ella quien entrelazó sus dedos.

No tenía ningún motivo por el que sentirlo.

Era algo que podía pasar y, en efecto, había pasado.

—Esto sí que no me lo esperaba —le respondió, tomando una necesaria bocanada de aire.

—¿Ha sido terrible? —le preguntó, acercándose a ella y recogiéndole el mechón que siempre huía de su trenza.

—Terrible creo que no lo define lo suficiente —contestó, exagerando el tono y, un suspiro después, echándose a reír.

Con él, se sentía siempre liviana y, curiosamente, daban igual las circunstancias, incluso donde se encontraran.

El único problema era que existía un mundo más allá y haber conocido a la reina de la luz, cuando regresó a Sweet Garden, le hizo sentir que la burbuja de cristal que con tanto cuidado sostenía con Edward estaba comenzando a resquebrajarse.

¿Podrían seguir con lo que compartían si dejaba de ser solo suyo?

EDWARD

Le costó cuatro horas de reunión —en la que eligieron fecha para la gala—, salir a correr por Alborea al anochecer y una velada sin dormir asimilar que Julia ya no era una desconocida para su madre.

Se sentía orgulloso de su progenitora, de la mujer que, al igual que él, se escondía tras su corona.

Lo que le preocupaba era ella.

La suerte, el destino, el cosmos o lo que sea que rigiera el universo habían querido que la primera vez que July daba un paso hacia su mundo terminara así.

Aunque no podía negar que se había mostrado tan dulce y resolutiva como era y que él, sin palabras, había querido demostrarle que estaba a su lado y que, pareciendo lo contrario —pues no habían dejado de esconderse—, consideraba un orgullo que les vieran juntos.

Incapaz de esperar a saber cómo estaba sobrellevando aquello, cuando esa mañana de jueves fue a su despacho a recoger unos documentos que necesitaba releer antes de cerrar otro de sus viajes oficiales —había conseguido concentrarlos todos a partir de octubre, aunque el último se había impuesto y no podía posponerlo—, llamó al catering.

—Sweet Garden —saludó la voz de Olivia.

—Oli, soy Edward —respondió, con una sonrisa. No era la primera vez que, cuando él llamaba, era la mejor amiga de July quien descolgaba.

—¿Qué tal te va? —preguntó, risueña—. DJ me ha preguntado por ti.

Era imposible no llevarse bien con Olivia.

—Dile a ese chiquitín pelirrojo que en nada estoy por allí.

Al igual que lo era no querer a ese felino.

—Hecho, ¿te paso a mi florecilla?

Adoraba ese apelativo. Aunque él siempre utilizaba cala con July, era más íntimo, más único, más suyo.

—¿Palacio necesita nuevamente los servicios de Sweet Garden?

«Julia».

—El rey te necesita a ti, señorita Lorraine.

Dándose cuenta de la intensidad de aquella afirmación, añadió, carraspeando:

—Necesito una de tus recetas.

—Ah, ¿sí? —cuestionó ella, siguiéndole el juego.

—Te recuerdo que has sido tú quien me ha retado, ante mi madre, a hacer un postre.

Probablemente había abordado hablar de lo que había pasado de una forma nefasta, pero en su defensa diría que había sido involuntario.

—¿Voy a tener que ayudarte, Alteza? —preguntó ella, con ese tono pícaro en su voz.

—En tus manos queda que no queme la Villa.

—Eso es demasiada responsabilidad, Edward —se carcajeó.

Y él respiró.

Era paz lo que le proporcionaba el sonido de su risa.

—¿Panacotas?

—Panacotas —confirmó Julia, dejando entrever en su timbre que volver a enseñarle le hacía ilusión.

Mirando hacia los ventanales, ajustándose el chaleco azul marino que llevaba, sin querer aún volver a su meticulosa rutina, preguntó:

—¿Sonaría demasiado cursi decirte que te he echado de menos esta noche?

—Suena muy cursi, Ed, pero... —un silencio premeditado— yo también te he añorado a ti.

—¿Sabes que podríamos ignorar nuestras agendas?

«O tirarlas al mar de Nova», pensó, sopesando aquella posibilidad.

Su estructurado cuadrado desaparecía cuando se trataba de ella, por más que amara su trabajo.

—No podemos —le recordó Julia, con un ápice de tristeza. Ella tenía eventos de tarde viernes y sábado y él, reuniones programadas esas dos mañanas.

—Lo que sí podemos hacer es resarcirnos el domingo —añadió ella y algo le dijo que lo hizo sonriendo.

Hacía semanas que no estaban tantos días sin verse.

Teniendo en cuenta que Lewis regresaría de sus vacaciones a bombardearle a preguntas, en unas horas, preguntas que había esquivado y que ya no podía —ni quería— seguir eludiendo, y que debía seguir con su estructurada planificación, solo le quedaba rezar para que esos días se le pasaran rápido.

—Te llamo mañana a mediodía, señorita Lorraine.

—Espera, Ed.

Aguardó, curioso por cómo Julia, siempre haciendo gala de su ingenio, se despediría.

—¿Qué le parecería a Katherine que el miércoles pusiéramos a prueba las cocinas de Alborea?

La mujer que no dejaba de llenar de luz todo a su paso acababa de volver a sorprenderle.

—Estoy seguro de que estará encantada de que lo hagamos.

Otro pequeño pasito que ella estaba dando y que tenía que encontrar la forma de demostrarle lo muchísimo que para él estaba significando.

JULIA

No había terminado de procesar la pequeña grieta en su cápsula con Edward y ya había decidido abrir otra.

Lo suyo era ser una inconsciente de manual.

No obstante, tampoco pudo procesarla, pues Olivia, en cuanto soltó el teléfono, apareció a su lado.

—¡¿Katherine?!

—Prepárame un té. Yo voy a por las trufas y te lo cuento —dijo suspirando, buscando, durante un segundo, soporte en la encimera de Sweet Garden.

El temor a que aquello fuera demasiado grande la estaba asaltando, por más que quisiera relegarlo al olvido y no mostrar lo difícil que era para ella seguir avanzando.

Solo esperaba que existiera alguna forma de estar con él —y con su corona— sin tener que renunciar a ser quien era.