23 A plena luz
A PLENA LUZ
JULIA
Era el tercer martes consecutivo que Ed iba a cerrar Sweet Garden con ella.
El calor de julio había llegado sin avisar, regalándole el principio de verano más especial que recordaba.
Ella y el rey de Arven habían seguido inventándose horas en el día para poder verse.
Citas improvisadas que terminaban con ellos siendo uno en su Mercedes.
Paseos a la luz de la luna que acababan al amanecer, sentados en las escaleras, hablando sobre todo lo que siempre habían querido ser.
Hasta había descubierto lo interesantes que podían llegar a ser los sellos en una exposición a la que se habían escapado en Orla, una ciudad a una hora de Liora, el sábado anterior, aprovechando que, después de una eternidad, ella y Oli no tenían ningún evento y habían podido cerrar Sweet Garden.
Allí, entre vitrinas y miradas cómplices, habían seguido jugando a no ser descubiertos.
Y, sin apenas darse cuenta, lo que compartían había empezado a importarle de verdad.
Cada detalle que seguía descubriendo de él —porque Edward siempre tenía algún matiz con el que sorprenderla— hacía que cada instante le resultara más difícil intentar no sentir.
Su particular burbuja se había convertido en un espacio seguro —ya era algo irrefutable— del que no quería salir, aunque seguía siendo consciente de que algo tan frágil no podía durar para siempre.
Enamorarse del rey, permitírselo, implicaba alejarse de quien siempre había creído ser y, aunque quizá fuera tarde para ponerle freno, seguía preguntándose cómo sería capaz de sostenerlo.
Acababan de subir a su apartamento para cenar, después de regar las últimas macetas que había comprado para decorar el local —Olivia ya no sabía qué hacer con ella—, cuando sintió su abrazo detrás.
—Julia Lorraine —le susurró Edward, peligrosamente cerca de su oído—. ¿En qué momento has terminado el cuarto tomo?
El rey de Arven se lo había traído una semana atrás y las madrugadas que no compartían, en las que se desvelaba pensando en cómo podría «entrar» en su mundo sin perderse, con la misma facilidad con la que él habitaba en el suyo, cuando su mente se cansaba de aquel conflicto que parecía no tener fin, leía hasta el amanecer.
Prueba de ello era el marcapáginas de cerezas que ya estaba en la página de la bibliografía.
Dándose la vuelta para responderle, encogiéndose de hombros, dijo:
—No podía soltarlo... ¿Sabías que los tulipanes siguen patrones de simetría casi perfectos en sus pétalos?
Edward no apartaba los ojos de ella mientras hablaba y esa forma de escucharla con tanta atención, de hacerla sentir que todo lo que decía importaba...
Le ponía demasiado complicado no querer estar con él.
—Se dividen en varias partes iguales a través de su centro —añadió, con la emoción que no podía contener cuando hablaba de sus adoradas flores.
—Vale, señorita Lorraine, lo has conseguido. Ahora necesito leerlo.
—Yo necesito el siguiente —canturreó, con una sonrisa.
—Tendré que pasarme por la biblioteca a buscarlo —aceptó Ed, trazando la línea de su barbilla con una suave caricia hasta llegar a sus pecosas mejillas.
—Podría...
Titubeó una milésima de segundo.
—Podría ir a buscarlo contigo.
«Lo que deberías hacer es dejar de contradecirte constantemente», murmuró la parte racional de su mente, que de vez en cuando hacía acto de presencia.
Pero se olvidó de aquello en cuanto vio cómo el rostro de Edward reflejaba la sorpresa.
Por primera vez era ella quien le había propuesto ir a palacio.
Quizá aquella idea fuera una enajenación mental transitoria o, tal vez, la respuesta a cómo acercarse a la vida del hombre que sostenía su mirada con tanta dulzura era mucho más simple de lo que ella seguía empeñada en creer.
No lo tenía claro, lo único que sabía con certeza era que quería seguir avanzando.
—Cala, como si quieres ir mañana mismo.
La sonrisa torcida que Ed le regaló —esa que era la única capaz de poner en jaque todas y cada una de sus convicciones— le confirmó que era el momento de apartar sus miedos y de hacer lo que realmente quería, aunque no fuera lo que hacía unos meses hubiera considerado correcto.
—Quédate esta noche —le propuso, asumiendo que el último té de la tarde había afectado a su capacidad para medirse— y, si quieres, podemos pasar por la biblioteca antes de tu reunión.
Ella descansaba al día siguiente, como cada miércoles y, dándose cuenta del nuevo salto al vacío, sin paracaídas, que estaba dando, añadió, sonrojándose:
—Es por aprovechar que Dante Jovi está con Oli y Noah y no nos despertará para que juegues con él.
Era una excusa ridícula.
DJ, en la única noche que Edward no había vuelto a palacio con las luces del alba y se había quedado con ella en su apartamento, se había emocionado tanto, que no les había dejado dormir.
—Tengo libre hasta mediodía, así que soy todo tuyo.
—Eso suena muy tentador —murmuró, buscando la entereza de su mirada.
Si no tenía que marcharse, la cena podría esperar.
—Tanto como tú —susurró Ed, leyéndole la mente, antes de besarla.
Ya tendría tiempo de razonar —si es que no decidía pasarlo también por alto— lo que había propiciado, pues en aquel momento su objetivo era volver a perderse entre sus brazos.
EDWARD
En la cantidad de decretos reales que quería crear desde que Julia había irrumpido en su vida, esa mañana quiso añadir uno más a la lista: que fuera innegociable despertarse juntos.
—Buenos días, cala —susurró, haciéndole un hueco sobre su pecho.
—Mmm... —murmuró ella, acurrucándose—. He dormido como un lirón.
—Puedes dormir un ratito más si quieres —sugirió.
Los miércoles su jornada, increíblemente —julio había empezado fuerte y más desde que Lewis había cogido unas semanas de vacaciones—, estaba bastante liberada. Y aún más desde que había terminado con sus visitas a la universidad.
Así que tenían tiempo de sobra.
Hasta primera hora de la tarde no se reuniría con su equipo y con los seis organizadores de la gala en honor a las Bellas Artes.
Por fin estaban con los últimos detalles.
—Por supuesto que no —respondió July, soltándose de sus brazos—. Necesito para ayer el nuevo manual.
Una sensación alentadora volvió a recorrerle por dentro.
Julia quería ir a Alborea.
Y sintió esa decisión, que no podía negar que había estado esperando, como algo significativo.
Después de desayunar pan tostado con tomate —plato que le sorprendió— y que la mujer que iba a su lado en el Mercedes le explicó que era típico de España, dejándole con ganas de volver a visitar Madrid —solo que esta vez quería hacerlo con ella—, llegaron a los garajes de la Villa.
No quería perder ni un segundo.
Quería enseñarle Alborea de día, así que ni siquiera fue a su habitación a cambiarse.
Ya volvería a sus trajes de chaqueta cuando la llevara de vuelta a Sweet Garden.
Esa era la tercera vez que le abría las puertas de su hogar y, aunque ya le había mostrado el edificio Lira de noche, le emocionaba —se sentía como un crío al intentar describir lo que ella despertaba en él— poder volver a hacerlo.
Recorriendo los pasillos con años y años de historia que les llevarían a su destino, a una distancia prudente, le fue contando, acompañados por la claridad de los rayos de sol que entraban a través de las vidrieras, pequeñas anécdotas de sus antepasados, a medida que iban pasando por sus retratos.
—Necesitaríamos un año entero para poder contarte todas las aventuras de mi abuelo —le explicó, acortando, de forma inconsciente, las distancias.
—Estoy deseando escucharlas —respondió ella, mirando la imagen del hombre al que él tanto había querido.
Sin volver a alejarse, siguieron caminando.
—Ese de ahí es mi despacho —señaló.
—No me lo enseñaste la última vez —dijo July, poniendo un teatral gesto de pena.
¿Era absurdo que también le hiciera ilusión que ella quisiera verlo?
—Podemos venir después —sugirió, sonriendo.
Su preciosa acompañante se limitó a asentir, con esa magia que desprendía cuando algo realmente le apetecía, y acortó —de eso sí se dio cuenta— otro paso más hacia él.
Y, cuando quisieron llegar unos minutos después a la biblioteca, cualquier distancia con la que habían comenzado a recorrer el edificio más emblemático del palacio había desaparecido.
Estaban a punto de rozar sus manos.
No obstante, no entrelazó sus dedos. Sabía que allí, en sus «dominios», debía ir despacio, alegrándose de cada pequeño avance que estaban dando.
Salir del universo que habían construido solo para ellos no era, por más que quisiera creerlo, tan sencillo.
Una vez que encontraron el quinto tomo, con la felicidad de Julia vibrando en su mirada del color del mar, se acercaron a los ventanales de la ornamentada sala, los que daban directamente a la zona de los jardines que seguían en el tedioso proceso de restauración.
—Ya va quedando menos —dijo, señalando a la fuente que estaban instalando, que él mismo había elegido.
—Qué bonito es verlo todo desde aquí arriba —susurró July, permitiéndose apoyarse en su hombro.
Había añorado, aunque solo hubiera sido durante una hora, su contacto.
Era difícil no hacerlo compartiendo el mismo espacio.
—Aunque no voy a negarte que estas vistas son, probablemente, mis favoritas, podríamos bajar y volver a verlo de cerca.
—Así que pretendes seguir alardeando de lo bien que están quedando tus planos.
—Ese golpe ha vuelto a dar directamente en mi ego —se quejó, llevándose una mano al corazón de forma dramática.
—He apuntado bien entonces —respondió ella, moviéndose ligeramente para estar frente a frente.
—Cala, ¿estás intentando provocarme?
—Te corrijo, Alteza. Lo estoy consiguiendo —contestó, con esa chispa de picardía que hacía imposible dejar de admirarla.
Julia y su extraordinaria capacidad para encontrar siempre una respuesta.
—Tocado y hundido.
Si había algún atisbo de tensión por encontrarse donde estaban, apostaría a que se evaporó por completo en ese momento, cuando una sonrisa compartida, genuina, nació entre ellos.
July, ante sus ojos, pareció relajarse, encontrarse, permitirse volver a ser simplemente ella.
Y él solo deseaba que nunca dejara de serlo.
Estaba pensando en cómo hacerla entender que el palacio solo intimidaba si lo mirabas desde fuera, y ella, a su lado, si quería, podía descubrirlo desde dentro, cuando escuchó:
—Edy.
«Madre», pensó, posando sus ojos primero en Julia, que se había quedado completamente rígida y después en la emérita, que, con el mismo porte regio que él había heredado, aguardaba en la puerta.
—¿No vas a presentarnos?