22 Bruma
brUMA
JULIA
No se habían dado cuenta de la velocidad a la que habían pasado las horas perdidos en el jardín botánico, por lo que, cuando volvieron hacia el paseo marítimo, de la mano, se toparon con que la vida había despertado en la ciudad.
No había una cantidad de gente lo suficientemente grande para incomodarlos, pero sí eran bastantes como para que supusiera un riesgo quedarse a comer por allí.
Aquella dosis de realidad, de la que ambos fueron conscientes sin la necesidad de hablarlo, fue un pellizco a su amurallado corazón.
Nunca podrían ser una pareja «normal». El hombre que sostenía sus dedos, esos que encajaban a la perfección, siempre sería el rey de Arven.
Sin embargo, lo que siguió rondando en su mente cuando regresaban a Lena no era el hecho de que había caminado de la mano del monarca de su país, sino que había utilizado, por primera vez, la palabra pareja al pensar en ellos.
Siendo consciente de lo que aquello suponía, de todo lo que significaba ese término para ella —para la libertad que siempre había atesorado—, asumió que el verdadero problema era que ya no podría igualar lo que tenía con Edward, por más diferente que fuera a lo que consideraba «normal».
Y tampoco quería intentarlo.
Fue la naturalidad con la que entraron en la casa unos minutos después la que logró que se olvidara de la infinidad de dudas y miedos que la habían asaltado.
—Puedo ocuparme yo de las ensaladas, ya te prometí anoche que no quemaría nada —le dijo Edward, que había guiado sus pasos directamente hacia la cocina.
«Anoche», murmuró la parte irracional de su subconsciente.
No pudo evitar que una chispa recorriera su cuerpo al pensar en cómo le había besado.
—Julia Lorraine, ¿en qué estás pensando? —le preguntó Ed con una sonrisa cargada de picardía.
Se había sonrojado sin darse cuenta.
—En que, quieras o no, hoy voy a ayudarte con la comida —respondió, intentando recuperarse de lo que le había producido el recuerdo de perderse entre sus brazos.
—No sabes mentir, cala.
Edward, de la nada, estaba frente a ella y había afirmado aquello acariciándole el brazo.
¿En qué momento esa tensión se había colado por la ventana?
—Edward...
—Julia... —la imitó, dando un paso más hacia ella.
—Si das un solo paso más —afirmó, enderezando la espalda—, esas ensaladas se quedarán, otra vez, en la encimera.
Pasándose una mano por su cabello castaño, Ed negó con la cabeza.
—Nunca tomar una decisión ha sido tan fácil —murmuró, cuando ya se encontraba a escasos milímetros de su boca.
—¿Qué voy a hacer contigo? —preguntó, rodeando, de forma autómata, su cuello.
Ninguno de los dos respondió a aquello.
La necesidad de sus cuerpos de volver a convertirse en uno solo ganó la batalla y los encontró, horas después, acurrucados en la cama.
EDWARD
Perder el calor que emanaba la piel de Julia, la que había recorrido intentando aprendérsela de memoria, le costó más de lo que jamás habría imaginado.
Pero el momento de irse se acercaba y, aunque no había nada que deseara más que quedarse en Lena, lejos del mundo, con ella, su racionalidad estaba tomando la delantera.
Julia, tras besarle, de una forma diferente, como si la nostalgia se pudiera compartir a través de ese gesto, recogió su ropa.
Y él, buscando su sonrisa mientras cerraba la cremallera de su mochila, se acercó, sin pensarlo demasiado, a hacerle cosquillas.
—Jamás volveré a confesarte mis puntos débiles —le gruñó Julia.
Solo un par de horas atrás había descubierto lo que le producía el más mínimo roce en las costillas.
—Sonríeme y te liberaré, señorita Lorraine.
—Edward, por favor... —le pidió, conteniendo una carcajada.
Carcajada que él recuperó y que terminó con los dos, con un subidón de dopamina, volviendo a deshacer el edredón.
—Ojalá no tuviéramos que irnos —le dijo Julia, mostrándose, como pocas veces hacía, vulnerable.
—Volveremos —respondió con firmeza, dándole un beso en la frente antes de ponerse en pie.
Volverían. Lo harían.
Estaba seguro.
No obstante, queriendo alargar lo inevitable, siguiendo la rutina de posponer las despedidas, cuando salieron de la casa, después de comer, por fin, las dichosas ensaladas, recordó la idea que le había dado su madre.
Desviándose del camino —como no dejaba de hacer en los últimos tiempos—, condujo hasta la cala de la Bruma.
Había un atardecer esperándolos y no tenía intención alguna de desaprovecharlo.
JULIA
¿Cómo era posible que siguiera sintiendo las huellas que Edward había dejado en su piel?
Perdida en sus pensamientos, mientras escuchaba a Ed tararear la letra de Stand By Me, fijó su vista en la ventanilla y fue entonces cuando se dio cuenta de la dirección que estaban siguiendo.
Por aquel camino no se regresaba a Liora.
—Ed, ¿a dónde vamos? —le preguntó, curiosa, regresando a la realidad.
—Pensé que no te darías cuenta... —respondió el rey de Arven.
Esperando a que le explicara el cambio de ruta, le miró en silencio.
Qué guapo estaba aquella tarde de domingo.
Con el pelo alborotado, una camiseta estampada gris que marcaba sus musculados brazos y esa sonrisa torcida —su favorita— que aumentaba aún más su evidente atractivo.
—No quería que nuestra escapada terminara tan pronto.
«Ojalá no terminara nunca, Edward».
Frenando su subconsciente, que parecía completamente desatado, se apoyó en su brazo mientras él continuaba conduciendo.
No necesitaba saber a dónde iban, con posponer volver al mundo real, para ella, ya era más que suficiente.
Una canción después, Chiquitita, que también se atrevió a entonar, ganándose una mirada incrédula por parte del conductor, llegaron a su destino.
—¿Me estás diciendo que sabes cantar y no me lo habías contado? —cuestionó Edward, abriéndole la puerta.
—Sigo guardándome ases bajo la manga, Alteza.
—Como la receta de las tartaletas —murmuró, poniendo cara de pena.
—Acepta hacer primero las panacotas y tienes mi palabra de que el secreto de mi lemon curd será el siguiente.
—¿Eso significa que ya me he ganado tu confianza, cala?
«Más de lo que podrías llegar a imaginar», pensó, sosteniendo el color avellana de sus ojos.
Sin embargo, se limitó a asentir y, un parpadeo después de hacerlo, desviando la mirada, vio dónde estaban: a las afueras de un pequeño sendero.
Edward la había descentrado tanto que, hasta entonces, no se había fijado en el verde vibrante que tenía en torno a ella.
—¿Preparada para ver el atardecer?
Sonriendo de forma genuina ante aquel final con el que no había contado, se aferró a su mano.
El camino que recorrieron descendiendo fue corto y no la preparó para las impactantes vistas con las que se encontró cuando alzó la mirada.
Ante sus ojos, una cala entre dos salientes de roca clara, bañada por el mar de Nova, que rompía en la arena que estaban pisando con una suavidad abrumadora.
Aquello parecía una ilusión, un dibujo perfectamente trazado con una paleta en colores cálidos, de esos que, cuando te atreves a observarlos, ya no eres capaz de olvidarlos.
Tomando asiento en la arena, se acurrucó junto a Edward, esperando a que el ocaso terminara de abrirse paso.
—Gracias, Ed —murmuró, respirando el sándalo de su perfume, que ella era capaz de distinguir de entre todos los aromas que se mezclaban a su alrededor.
—¿Por qué? —preguntó Edward, acariciando su mejilla para lograr que alzara el mentón.
Un nudo en la garganta.
—Por aparecer —susurró un instante antes de rozar la comisura de sus labios.
Y, con aquella verdad que le había regalado, sin poder evitarlo, flotando en el aire, contemplaron las luces violetas del horizonte emerger.
EDWARD
Mientras se perdían entre los colores de aquel mágico ocaso, sintió la necesidad de adivinar qué estaba pensando July, quien permanecía a su lado, con el azul de sus ojos aún más cristalizado.
—El cuarto tomo de botánica, si me cuentas qué está pasando por esa cabecita.
—¿Quieres la verdad?
El tono franco con el que Julia le preguntó le descolocó por completo.
Asintió.
—No esperaba nada de esto, Ed.
Algo le decía que no había terminado, así que, notando cómo su corazón había aumentado el ritmo, aguardó.
—Conocer al hombre que se esconde detrás del rey de Arven.
—Yo tampoco —se atrevió a interrumpir—. No entrabas en mis planes, Julia, pero no voy a intentar cambiarlo.
No podía. Ya estaba demasiado implicado.
—Es complicado —murmuró ella, fijando la vista en la arena.
—Solo si dejamos que lo sea —respondió, entrelazando sus dedos con los suyos.
Aquel gesto, el vínculo de sus manos, rompió la inquietud que, durante un instante, parecía haberlos asaltado.
Y él quiso creerlo, no era complicado.
Aunque la conversación que estaban evitando, la que mantenía alejados sus dos mundos —el del hombre que no soltó la mano de Julia hasta que pusieron rumbo a Liora y el del rey que esperaban en Alborea— era la clave para mantenerlo.
JULIA
Con la promesa de cerrar juntos el martes Sweet Garden, se despidió de Edward.
Qué difícil le había resultado en aquella ocasión soltarlo.
Ronroneando, Dante Jovi le dio la bienvenida.
Y fue ante su ahijado felino, que parecía dispuesto a seguirla por toda la casa, cuando logró, mientras lo acariciaba, pronunciar en voz alta la razón de todas sus dudas:
—DJ, ¿cómo podría encajar yo en la vida de Edward en palacio?
El eco que dejó aquella pregunta fue revelador.
La respuesta no estaba en Alborea, ni en el universo del rey de Arven, sino en ella y en todo lo que nunca había querido dejar atrás.