21 Un beso después
UN BESO DESPUÉS
EDWARD
Las luces del amanecer, que se filtraban a través de los ventanales con demasiada intensidad, fueron las culpables de que aquella mañana se despertara demasiado temprano.
Por un instante creyó que seguía soñando al ver una melena dorada cayendo en cascada sobre su almohada.
Con una sonrisa que ni en cien vidas lograría disimular, tras acariciar con suavidad la mejilla de Julia —no quería despertarla—, se levantó dejándola dormida en su cama.
No pudo evitar contemplarla durante un segundo.
Su rostro sereno, repleto de pecas. Su respiración pausada. Su espalda desnuda.
Estaba preciosa y él, llevándose una mano al pelo para colocar el mechón que siempre caía rebelde sobre su frente, se sintió un hombre afortunado.
Tras ponerse los pantalones y bajar a la planta inferior, intentó no rememorar cada detalle de la noche anterior.
Pero fue al ver el vestido de July, yaciendo en el suelo del salón, cuando cada recuerdo de lo que habían vivido horas atrás terminó por encontrarlo.
La tenía entre sus brazos cuando la música del tocadiscos aún sonaba de fondo, demasiado cerca como para seguir fingiendo que podían detenerse.
Julia había buscado su boca y él, dejándose llevar, había respondido con la misma intensidad.
Profundizó el beso mientras sus manos encontraban sus caderas, atrayéndola aún más hacia su cuerpo, mientras ella se aferraba a su cuello, obligándole a quedarse —no iba a ir a ninguna parte—, a no volver a alejarse.
El aliento comenzó a faltarles.
Y, en la fracción de segundo en la que se separaron para recuperarlo, la mirada que Julia le regaló logró que, por un momento, se congelara el tiempo.
Le estaba haciendo saber, con el brillo que desprendían sus cristalinos ojos, que le elegía, que, al igual que él, no había nada que deseara más que estar allí.
Y entonces dejó de contenerse, no solo por el deseo, sino por ella, por todo lo que significaba para él, aunque aún no se sintiera capaz de verbalizarlo.
Volvió a besarla, desabrochando uno a uno los botones de su vestido con una prisa que ya no era capaz de disimular. La tela cedió bajo sus manos, dejando al descubierto su piel, en la que había infinidad de constelaciones dibujadas con lunares.
Julia respondió a sus atenciones de la misma forma, deshaciéndose de su camisa con urgencia, como si cada segundo contara, como si la espera se le hubiera antojado eterna.
Cogiéndola en brazos, subieron las escaleras, con sus piernas enroscadas en su espalda.
No quería soltarla y, cuando lo hizo para apoyarla sobre la cama, la distancia que los mantenía alejados duró tan solo un segundo, el necesario para despojarse de cualquier barrera física que se interpusiera entre ellos.
—Edward —murmuró Julia, con la voz cargada de deseo, pidiéndole más.
No dudó.
Buscó a ciegas en la mesilla, sin apartar los ojos de ella, y volvió a su lado en apenas un latido.
Sus cuerpos volvieron a encontrarse y él halló un hueco que parecía hecho a su medida dentro de ella.
La mujer que le tenía a su merced alzó las caderas, haciendo que su conexión alcanzara el límite de la razón.
Sus respiraciones entrecortadas seguían el ritmo de sus frenéticos movimientos.
Sus miradas, pues no habían dejado de buscarse, hablaban sobre lo que sus bocas eran incapaces de pronunciar y, al ver cómo ella rozaba, temblando, su límite, sintió la necesidad de fundir sus cuerpos por completo.
—Edward —volvió a nombrarle ella, con la voz entrecortada, antes de alcanzar el éxtasis.
La forma en la que lo pronunció, tan perdida en lo que estaban viviendo, tan unida a él, fue lo que consiguió que la siguiera al cielo justo después.
El recuerdo se desvaneció entre sus dedos.
Unos ruidos en el piso superior lo trajeron de vuelta al presente.
Aún incrédulo ante lo que habían vivido, ante todo lo que ella le hacía sentir, subió las escaleras.
La sensación de que lo que había compartido con ella era único seguía acompañándolo cuando volvió a entrar en su habitación y se reafirmó al verla, despeinada, risueña, buscando una camiseta en su maleta en vez de en la mochila que había traído.
Julia, con una sonrisa que le daba luz a su pecoso rostro, le dijo:
—Más te vale que el motivo por el que has salido de esta cama sin mí sea de peso.
Incapaz de no poner los ojos en blanco, se acercó a ella, que acababa de encontrar una prenda a su gusto con la que cubrirse.
Era tan natural, tan espontánea, tan bonita.
—¿Alguna vez me saludarás con un simple «hola»? —cuestionó, cuando sus frentes, sin pretenderlo, se encontraron.
—Por supuesto que no —respondió Julia, sonriéndole a un centímetro de los labios.
Estaba dispuesto a volver a deleitarse con su sabor, pero un rugido de su estómago le recordó que había una prioridad que no podían eludir: debían alimentarse.
Y, como si lo que había sucedido entre ellos solo hubiera hecho que lo que estaban construyendo se reforzara aún más, un rato después, ya convertido en un hombre que pasaría desapercibido ante los ojos de desconocidos, sin dejar de admirar a la mujer que tenía junto a él, se subieron en su coche, dispuestos a dejarse sorprender por Belmar.
JULIA
Era increíble que una ciudad tan idílica como aquella estuviera tan poco concurrida.
De la mano de Ed, sintiéndose curiosamente «viva», avanzaron por sus acogedoras calles.
No estaba dispuesta a empañar la sensación de plenitud que la recorría, por lo que se permitió disfrutar del tiempo que estaban compartiendo, olvidándose de que se había prometido alzar su armadura, la que hasta la noche anterior había creído indestructible, en cuanto se despertara.
¿Cómo podría ser capaz de defenderse de quien se estaba convirtiendo en su lugar seguro?
La primera parada, estratégica, como había dicho el hombre de incógnito —con sus gafas de sol y su gorra— que tenía al lado, fue en una bonita cafetería con vistas al mar de Nova.
El olor a croissant recién hecho, cuando pasaron por delante, les abrió aún más el apetito y descubrieron que aquel lugar parecía hecho para ellos: pequeño, discreto, pintoresco y hasta romántico, bañado por la claridad de las luces de primera hora de la mañana.
La amable camarera le recomendó un maravilloso café de especialidad para acompañar los dulces cuando se acercó a pedir. Ed aguardaba en una de las mesas. Y, como resultó ser todo un acierto —comparable a su té blanco—, cuando lo terminaron, se acercó, con una sonrisa, a darle las gracias.
La casualidad quiso que, en la barra, sus ojos se desviaran hacia el periódico local.
«Nuestra desconocida joya: el jardín botánico, situado en la zona norte del paseo marítimo, sigue siendo uno de los rincones...».
No continuó leyendo.
No hacía falta.
Parecía que el destino quería que siguiera ese trayecto.
Solo necesitaba saber si perderse entre flores con ella no sería demasiado para Edward.
Cuando salieron, sujetándose de su brazo, con una timidez que ni ella misma entendía, le preguntó:
—¿Cuál es el plan ahora, Alteza?
—¿Desde cuándo nosotros seguimos un plan?
«Nosotros», repitió su subconsciente.
Podría acostumbrarse a lo bien que sonaba esa palabra.
—Entonces, ¿te parecería bien que siguiéramos improvisando en un jardín botánico? —le preguntó, intentando no sonar demasiado emocionada.
Podrían hacer cualquier otra cosa.
Ed no se pronunció al momento, solo ralentizó el paso.
Así que ella continuó diciendo, intentando excusarse:
—Te prometo que no estaremos... —titubeó.
Unos labios con los que no contaba fueron quienes la interrumpieron.
—Julia Lorraine —murmuró Edward, después de besarla en mitad de una acera—, ir contigo al jardín botánico o a donde sea que quieras llevarme siempre me parecerá el plan perfecto.
Que alguien le dijera cómo, después de esa afirmación, sería capaz de ponerle freno a todo aquello.
Recuperándose del contacto inesperado de sus labios —había asumido que nunca sería capaz de salir intacta cada vez que los rozaba—, susurró:
—Tienes que estar hasta arriba de mis flores, Ed.
—Creo que aún no te has dado cuenta de que estoy empezando a apreciar la botánica.
Lo sabía, solo que le costaba asumirlo.
No era fácil encajar que el rey de Arven, el hombre con el que había pasado una de las noches más mágicas de su vida, se hubiera interesado por ellas, por el simple hecho de que era, como le había dicho en el Valle de los Almendros, su pasatiempo favorito.
—¿Sabes hacia dónde tenemos que ir, cala? —le preguntó, jugando con un mechón de su melena rubia, poniéndole freno a sus pensamientos.
Mirando a su alrededor, guiada por un incipiente entusiasmo, sin tener ni la menor idea de si acertaría, señaló hacia la derecha.
—Confía en mí —dijo al ver la cara de incredulidad con la que la estaba mirando Edward.
Había sido demasiado evidente que había elegido qué camino tomar completamente al azar.
—Siempre —respondió él, mientras hacía encajar sus dedos de nuevo.
Caminaron sin prisa, en un silencio compartido, disfrutando de las calles empedradas y del azul que en ellas reinaba, mientras el murmullo del mar los guiaba.
Sin embargo, no tardó en darse cuenta de que en su paseo no habían encontrado ningún indicio que confirmara que iban en la dirección correcta.
Era un completo desastre ubicándose, tendría que admitirlo y, cuando empezó a creer que, efectivamente, se habían perdido por la corazonada que ella había seguido, un pequeño cartel, a lo lejos, señaló que, increíblemente, estaban cerca de lo que habían estado buscando.
Y, solo un par de pasos después, lo vio: el acceso al jardín botánico, rodeado de vegetación, enmarcado por una gran verja de hierro forjado.
La ilusión burbujeó en su interior y no pudo esconderla.
Se detuvo un instante cuando llegaron frente a la entrada, permitiéndose apreciarlo todo y, tirando del brazo de Ed, que la siguió, siendo un reflejo de su ilusión, se adentraron en lo que ella consideraba el paraíso.
Las enredaderas formaban arcos en su camino e infinidad de flores los acompañaban, desprendiendo un aroma suave, envolvente, casi mágico.
—Es increíble... —murmuró, soltando la mano del hombre que caminaba a su lado apenas un segundo para acercarse a admirar de cerca las orquídeas.
Era extraordinario contemplar cómo los pétalos de su flor predilecta se habían abierto.
—Ahora entiendo por qué te encantan —le dijo Edward, acortando las distancias para también permitirse observarlas.
Una vez que consiguió alejarse de ellas, anhelando ser capaz de lograr que las suyas florecieran —seguía sin conseguirlo a pesar de los manuales que había leído—, encontraron asiento frente a un estanque de nenúfares.
El murmullo del agua era el único que rompía el apacible silencio.
Era tan temprano que tenían aquel lugar solo para ellos.
—Este sitio, Dios, Ed, no puede ser más bonito —señaló a su alrededor—. Es como si aquí dentro todo encontrara su sitio, como si la vida latiera a otro ritmo.
La sonrisa que se dibujó en el rostro de Edward, la forma en la que estaba volviendo a mirarla —como si todo lo que saliera de su boca fuera algo fascinante— la invitó a seguir hablando.
—¿Te imaginas algo así en los jardines de Alborea? —preguntó, casi sin pensarlo—. Un espacio parecido a este, lleno de plantas, de luz...
La idea empezó a cincelarse en su cabeza y, sin querer, se vio formando parte de ella.
—No algo tan grande, algo más íntimo —añadió, perdida en los planos que estaba dibujando su mente.
Las «clases» de arquitectura del rey de Arven le habían dejado huella, y ese mismo rey era el que, escuchándola con atención, no le estaba poniendo freno a sus divagaciones.
Aunque fue él quien, acto seguido, trazando círculos en la palma de su mano, terminó de dar forma a lo que ella estaba imaginando.
—Un invernadero —susurró, cuando sus ojos se encontraron.
«Un invernadero en mitad de la Villa del Amanecer sería algo digno de ver», se dijo, cuando, un beso después, regresaban sobre sus pasos.
EDWARD
Había sido tan sencillo imaginárselo: un pedacito de Julia Lorraine en palacio.
Un refugio de cristal en el que hacer crecer sus orquídeas, en el que pudiera encontrarse en Alborea.
Y aquella posibilidad, tan alentadora, casi necesaria, no le pareció un imposible.