20 Right Here Waiting
RIGHT HERE WAITING
EDWARD
El viernes de aquella semana vio el ocaso desde los ventanales de su despacho, dejando todo organizado para la reunión que tenía al día siguiente, a primera hora de la mañana, con su equipo.
Había sido imposible posponerla y tampoco había podido cambiar la entrevista en la radio que tendría acto seguido.
No obstante, en cuanto terminase, saldría en busca de la señorita Lorraine.
Esperaba, así lo había intentado cuadrar, tener tiempo suficiente para pasar por Lena antes de ir a recogerla.
Quería que todo estuviera listo para cuando regresaran allí.
Teniendo en cuenta que Julia vendría de una jornada de más de doce horas, su objetivo era sencillo: que pudiera descansar, junto a él, como merecía.
Estaba pensando en qué podría preparar para la cena, sin tener que recurrir a los bomberos, mientras contemplaba el horizonte teñirse de violeta, cuando su madre apareció en la estancia.
—Me ha dicho que aún seguías por aquí —le saludó, acercándose a su silla de cuero para darle un beso.
—Estoy terminando —afirmó, ajustándose las mangas de la camisa gris marengo que estaba deseando quitarse.
El calor de mediados de junio, augurando el verano, empezaba a imponerse.
La emérita, recorriendo la estancia que había sido suya, se acercó a las ventanas que él había estado admirando.
—¿Quieres que comamos mañana? —le preguntó, con un tono que logró que él alzara la mirada.
La sutileza nunca había sido el punto fuerte de su madre.
—Me encantaría, mamá. Pero tengo planes.
La sonrisa con la que le miró Katherine fue suficiente. Ella ya lo sabía.
«Muy lista», pensó, conteniendo una sonrisa.
—¿Los mismos que te han mantenido tan ocupado últimamente...?
—Los mismos, madre —la interrumpió, incorporándose para acercarse a ella.
Enarcando una ceja, Katherine, que detestaba que la llamara así y quien siempre estaba al tanto de todo lo que ocurría en Alborea, esperó a que él le contara algo más.
Y lo haría, por supuesto que lo haría. Solo que aún no era el momento.
—No tienes de qué preocuparte —le dijo, cuando la tuvo al lado.
—Forma parte de mi trabajo —replicó ella, sin perder su característico tono sereno—. Como madre.
Negó con la cabeza al escucharla.
—Tienes mi palabra de que pronto lo sabrás.
—¿Y sería mucho pedir un nombre de lo que mantiene tan ocupado a mi hijo?
«Julia Lorraine Fernández», pensó sin titubear, pero siguió guardando su nombre como un tesoro que aún no estaba preparado para compartir.
—Mamá...
—Tu padre es quien no puede estar más intrigado —se excusó, acariciando su reloj de pulsera.
—Claro, papá... —murmuró él, sin poder evitar un toque de ironía en su tono.
Por un instante, imaginó cómo sería ese momento.
Julia allí, a su lado.
Algo le decía que encajaría en su mundo, igual que sus manos habían encajado la primera vez que improvisaron.
O, tal vez, eso era lo que quería empeñarse en creer, porque la alternativa supondría tener que dejar marchar lo que tanto le estaba empezando a importar.
—Está bien... —claudicó la mujer a la que tanto quería, suspirando.
Le conocía lo suficiente como para saber cuándo dejar de apretar.
—Disfruta del fin de semana, Edy —añadió, dándole un cariñoso apretón en el brazo.
Y él, queriendo abrirle una pequeña puerta a lo que estaba viviendo, le confesó:
—Lo pasaré en Lena.
—Nos vemos el lunes entonces, cariño.
Katherine se detuvo un segundo antes de marcharse y, guiñándole un ojo, acto que le dejó perplejo, agregó:
—La cala de la Bruma. Los atardeceres desde allí son memorables.
Anotando esa posibilidad, después de darle un cálido abrazo a la emérita, ordenó su escritorio con celeridad y regresó a su habitación.
Para alguien que acostumbraba a medir cada paso, preparar una escapada con cuarenta y ocho horas de antelación había sido, cuanto menos, una aventura y aún tenía que terminar su maleta.
Dándole una vuelta más a todo lo que le gustaría hacer con Julia, salió a su terraza, en busca de la claridad que la luna siempre le aportaba.
Esos días con ella saldrían bien, no lo dudaba, solo que él aún seguía intentando aprender a fluir como el viento.
JULIA
Llevaba sin tomarse un respiro desde que todo el equipo de catering de Sweet Garden, liderados por Olivia y ella, habían aparcado las furgonetas, a media mañana, frente a las decoradas carpas en tonos blancos y dorados en las que tendría lugar el evento.
El bullicio ya había empezado a reinar, después de la bonita ceremonia que habían tenido la oportunidad de ver desde lejos.
Las bandejas iban y venían, repletas de una decena de platos diferentes que impregnaban todo a su alrededor con sus característicos aromas.
Y fue entonces, al ver cómo todo lo que habían estado organizando ya estaba en movimiento, cuando, apoyándose en una de las mesas y soltando el aire que había estado conteniendo, se permitió un segundo para sí misma.
Un segundo que utilizó para pensar en el hombre que, probablemente, estaría saliendo de palacio de camino hacia ella.
—Si sigues mirando al horizonte sonriendo así, voy a empezar a preocuparme —le susurró Olivia, divertida, portando una bandeja llena de endibias rellenas de manzana y aguacate.
La voz de su mejor amiga la devolvió al presente.
—No estoy sonriendo —se defendió, intentando sonar medianamente convincente.
—¿Tengo que fingir que no te he visto mirar embobada a la nada?
—Olivia Dawson, cállate —gruñó, incapaz de evitar que una mueca se le escapara.
La risa de su alma gemela fue inmediata ante su gesto.
—Juls, me reafirmo, nunca te había visto así.
Necesitó tragar saliva ante aquella afirmación de una de las personas que mejor la conocía.
Tenía razón.
Sin embargo, no era el momento de volver a pararse a analizarlo. Tenía un evento que seguir controlando.
Y así lo hizo.
Pasaron casi cuatro horas hasta que tuvo otro momento a solas con su socia.
—Deberías ir a cambiarte ya, florecilla.
—Aún no hemos acabado...
Estaban por el último pase y se estaba alargando.
—Vete —insistió Oli—. Yo puedo ocuparme de terminar esto.
Esa conversación. Un déjà vu.
¿En qué momento habían cambiado las tornas?
—Eso sí —añadió, pavoneándose, su socia—, asume que todas las felicitaciones serán para mí y, esta vez, no las voy a compartir.
Suspiró, sonriendo.
Las dos estaban rememorando lo mismo.
—¿Seguro que no te importa? —preguntó, jugando con los mechones que sobresalían de su trenza.
—Muévete, antes de que me arrepienta —le dijo, intentando sonar autoritaria—. Estoy segura de que ya estará esperándote fuera.
Asintió, reiterándose en que ser única era el súper poder de su mejor amiga.
Lanzándole un beso, se alejó hacia la zona que habían habilitado para el servicio, en busca de su mochila, la que había preparado a la velocidad de la luz, con las primeras luces del alba.
Guardando su casaca y su delantal verde menta, intercambió sus prendas de trabajo por un sencillo vestido camisero azul cielo y salió hacia la zona en la que había acordado encontrarse con Edward.
Un Mercedes negro, que reconocería a prácticamente cualquier distancia, ya la estaba esperando.
Y, al verlo, una leve sensación de vértigo nació en su interior.
Pasarían la noche en su casa y acababa de permitirse ser consciente de lo que aquello podría significar.
Tomándose tan solo un parpadeo para dudar, pues no había nada que le apeteciera más que seguir compartiendo instantes con él, abrió la puerta del copiloto.
—Julia Lorraine —le dijo Edward, quitándose las gafas de sol en cuanto ella tomó asiento a su lado—, apostaría todo lo que tengo a que ese vestido fue hecho pensando en ti.
—Edward de Valera, eres todo un adulador —respondió, mirándole a los ojos, dejándose embaucar por el olor a su perfume de sándalo que inundaba el vehículo.
Una sonrisa cómplice y él tomó su mano para posar un suave beso en ella, logrando, una vez más, poner a prueba su cordura.
—Ed... —murmuró, poniendo los ojos en blanco.
—¿Te he dicho alguna vez lo difícil que es intentar conquistarte? —le preguntó, mientras ella se recuperaba acomodándose en el asiento.
—¿Eso es lo que estás intentando, Alteza? —contraatacó.
Edward no respondió, pero su sonrisa torcida, mientras arrancaba el motor, le delató y a ella, su subconsciente, también le traicionó.
«Si tú supieras...».
Dejando aquel pensamiento en el aire, apoyó la cabeza apenas un segundo contra la ventanilla, dejándose arrullar por el movimiento constante y la calma que la abrazaba siempre que estaba cerca de Ed y, cuando quiso darse cuenta, el rey de Arven, acariciándole la mejilla, estaba intentando despertarla.
Se había quedado completamente dormida.
—Ya hemos llegado —le susurró, mientras ella abría paulatinamente los ojos.
Dejándose guiar, entrelazaron sus dedos cuando bajó del coche.
Edward ya había bajado su equipaje y, cuando le abrió la puerta de su casa, se permitió frenar un segundo en el umbral, sin saber muy bien por qué, como si al cruzarlo, algo fuera a cambiar de forma irrevocable.
No obstante, mirando la unión de sus manos, avanzó y una suave sensación, a la que no le supo poner nombre, la inundó al contemplar la primera estancia.
La casa, decorada en tonos claros con detalles de madera, parecía un refugio.
—Mi abuelo mandó construirla hace años y reformarla fue uno de mis proyectos como arquitecto —le explicó él, mostrándosela con orgullo.
—Puedo verte en ella —respondió, admirando los detalles.
Un ventanal de dos puertas con vistas al mar. Una chimenea asomando en una robusta pared de piedra. Una cocina al fondo, separada solo por un panel, dándole al espacio principal un concepto abierto.
—Ponte cómoda, señorita Lorraine —le pidió Ed, acompañándola hasta un bonito sofá en color crema.
—¿Y tú qué vas a hacer, Alteza? —preguntó, notando cómo sus músculos se relajaban al sentarse.
—Preparar la cena —afirmó, sin titubear.
—Déjame ayudarte.
Él negó con la cabeza, con esa sonrisa de medio lado que siempre lograba desarmarla.
—Confía en mí, cala, soy un completo desastre, pero no tanto como para quemar una ensalada —dijo, alejándose de ella.
Sintiéndose extrañamente cómoda, dejó que las mariposas a las que ya se estaba empezando a acostumbrar aletearan ante la idea de que Edward estuviera «cocinando» para ella.
Qué bonito era sentirse cuidada y qué difícil era no pensar en todo lo que esa certeza la hacía sentir.
Escuchándolo trastear a unos metros de distancia, sonrió al ponerse en pie y asomarse para ver cómo, con suma concentración, preparaba los platos.
—¿Quieres poner música? —le sugirió Ed, que la acababa de pillar mirándole con descaro.
Sonrojándose, una vez más, asintió.
—En la estantería que tienes detrás de ti están los vinilos.
Acercándose a ellos, eligió, tras meditarlo, uno de Richard Marx.
Los primeros acordes de Right Here Waiting inundaron todo a su alrededor.
Era la canción perfecta.
Mientras se perdía en la letra, Edward apareció tras ella.
I wonder how we can survive
This romance
But in the end if I'm with you
I'll take the chance
—Te pediría que bailaras conmigo, pero pocas cosas se me dan peor —murmuró él en su oído.
Logrando que algo que no sabía calificar se despertara en su interior, dándose la vuelta, buscó un hueco que ya reconocía como suyo entre sus brazos.
—Podemos intentarlo —sugirió, intentando seguir el ritmo de la canción.
—Solo tú podrías conseguir esto —dijo él, tomando su mano e intentando adoptar la postura de un bailarín.
Pisándose los pies, mientras se sonreían, recorrieron el salón.
Edward la hizo girar, como en las películas —esas que jamás crees que puedan llegar a ser reales— y, cuando regresó junto a su pecho y se encontró de lleno con el avellana de su mirada, quiso simplemente vivir aquel momento, sin pensar en lo que vendría después, ni en lo que podría llegar a suponer elegirle.
La forma en la que él la estaba contemplando, lo cerca que estaban, la naturalidad con la que encajaban sus manos.
Era inevitable.
Y, aunque algo dentro de ella se tensó, sus dedos, casi inconscientes, acariciaron su mandíbula, siguiendo la línea de su incipiente barba y, alzando el mentón, buscó acortar la escasa distancia que les separaba, la que ya no tenía sentido seguir manteniendo.
Quería encontrar la seguridad de su boca y la halló tan solo un latido después.
Su armadura, que ya alzaría al día siguiente, terminó de resquebrajarse ante el contacto de sus labios y fue aquel roce el que consiguió que se dejara llevar por todo lo que estaba sintiendo.
No quería contenerlo.
Edward, atrayéndola aún más hacia él, acogió su beso con la misma intensidad.
Esa que ella le había demostrado sin pretenderlo.
Y, cuando se separaron durante un parpadeo para recuperar el aire que se estaban robando, lo supo: aquella noche, olvidándose del miedo, se quedaría a vivir en la boca del rey de Arven.