19 Calanthe
CALANTHE
JULIA
Cuando cerró el tercer tomo de la colección de botánica que estaba leyendo aquella soleada mañana de principios de junio, mientras salía corriendo detrás del pequeño DJ —porque le había pillado comiéndose sus alisos—, no pudo evitar rememorar todo lo que había sucedido desde la noche en la que descubrió la biblioteca del edificio Lira.
Aunque solo había regresado una vez más a palacio tras aquella velada —una semana atrás, por petición de Ed, para descubrir cómo se seguían transformando los jardines gracias a sus increíbles planos—, no entrar en sus «dominios» no había impedido que siguiera descubriendo al hombre que habitaba en él sin su corona.
El hombre con el que le robaba horas al día para poder verse, en cualquier rincón de Liora, jugando a camuflarse, en la cocina de Sweet Garden o dondequiera que encontraran un espacio para seguir habitando en la frágil burbuja que ninguno de los dos estaba preparado para hacer estallar.
Con él había aprendido a alargar las despedidas que parecían nunca tener prisa por llegar.
Y los besos, que se regalaban siempre que tenían la oportunidad, habían dejado de ser una sorpresa para convertirse en algo cada vez más difícil de frenar, borrando cualquier rastro de la sensatez que ella siempre había creído ostentar.
Se estaba mostrando ante Edward de una forma que jamás habría imaginado, confiándole sus sueños y sus miedos.
Lo que había empezado como una excepción —ver al rey de Arven con la excusa de que él debía ganarse una receta que todavía no le había confiado— se había convertido, sin poder evitarlo, en una costumbre.
Y, bendita costumbre.
Aunque Olivia —y, por extensión, Noah— ya no se sorprendían de lo que estaba construyendo junto a Ed, aún sin definir, una sola mirada de los expresivos ojos verdes de su mejor amiga, siempre que la pillaba despistada, le recordaba que las costumbres suelen ser el paso previo a echar raíces.
Unas raíces que ella seguía jurando que aún no estaba preparada para echar.
Se estaba permitiendo vivir en un limbo, en un punto intermedio y lo más contradictorio era que nunca había dejado de ser consciente de que aquello no podía durar para siempre.
Porque, por mucho que se olvidara cuando Edward, con una sonrisa torcida, le robaba el aliento, él no dejaba de ser el rey de Arven.
Y ella...
Ella no se atrevía ni a verbalizarlo.
No obstante, haciendo gala de la capacidad innata que tenía para olvidarse de que existía un mundo más allá, cuando esa tarde, tras regañar —durante medio segundo— a su ahijado felino, escuchó el teléfono, todas las dudas que la asaltaban cuando se permitía razonar se desvanecieron, una vez más, en el aire, opacadas por las ganas de contarle su nuevo descubrimiento.
—¿Qué tal va tu día de descanso, cala?
Esa era otra novedad. Ed, con esa forma tan suya de no dejar de sorprenderla, la había apodado así en su última llamada y, cuando le explicó el motivo, supo que jamás volvería a mirar a las orquídeas igual.
Calanthe era el nombre técnico de su flor favorita y él, que había decidido que leer los manuales que ella iba terminando era una buena forma de invertir su tiempo, lo había acortado para encontrar una forma única de nombrarla.
—Sigo sin creerme tu creatividad para los apodos, Alteza.
—Y yo sigo sin creerme que sigas llamándome así, señorita Lorraine.
Tras sonreírle al teléfono, respondió:
—Pensé que a estas alturas ya estarías acostumbrado.
—Aún no —murmuró Edward—. Podrías seguir intentándolo mientras te ayudo con la menta.
—¿Y tu agenda? —preguntó, saltando de la encimera de la cocina en la que se había sentado para hablar con él.
—Guardada en un cajón hasta mañana.
Una sonrisa se dibujó en su rostro.
Podría contarle en persona lo que había leído sobre el abono especial que necesitaban las hortensias que había adquirido el domingo en uno de los puestos del mercado.
—Llego en media hora.
—Prepárate para mancharte —le dijo como despedida.
Colgando el teléfono, como siempre hacía con él, recorrió con la mirada su apartamento y el aleteo que, por más veces que viera al rey de Arven, siempre la invadía, apareció de nuevo.
¿Cuántos besos después se pasaría ese burbujeo?
EDWARD
Los cambios en su milimetrada rutina no estaban pasando desapercibidos y mucho menos para Lewis, quien conocía sus puntos débiles desde que corrían por Alborea cuando eran niños.
Sin embargo, en cuanto cogió su coche y puso rumbo al apartamento de Julia, esa realidad —a la que algún día tendría que enfrentarse— se perdió con la misma facilidad con la que se abrió paso la música que siempre escuchaba cuando recorría ese trayecto.
Ese miércoles tarareó Always de Bon Jovi, sonriendo al pensar en DJ, el pequeño tigre naranja al que había conocido una de las noches en las que había pospuesto soltar a la señorita Lorraine frente al umbral de su puerta y que se había ganado un hueco en su corazón al primer ronroneo.
Tras aparcar en la discreta calle contigua a Sweet Garden, se encaminó dispuesto a enfrentarse a la menta que amenazaba con invadir cada rincón de la cocina de July.
—Jamás pensé que alguien pudiera sonreír así ante el plan de trasplantar unas macetas —fue lo primero que le dijo la mujer que no dejaba de cambiar sus perspectivas, después de buscarse con la mirada, como ya se habían acostumbrado a hacer en cuanto se veían.
—Es que he descubierto un mundo leyendo sobre botánica, cala —respondió cuando ella, con un sutil movimiento de cabeza, le invitó a pasar.
Era la primera vez que utilizaba esa forma tan especial que había encontrado de nombrarla estando frente a frente y no le pasó inadvertido el brillo que se encendió en su pecosa cara.
Iluminó por completo la estancia.
—Pues vamos a poner en práctica tus nuevos conocimientos.
Y, sin más dilación, se vio retirando la tierra de una de las tres macetas que tenían que trasplantar, que sostenía con firmeza July, concentrado en no romper las raíces que asomaban con timidez.
Sus dedos, de forma inconsciente, se rozaron en ese instante en el que ambos buscaban llevar a cabo aquel proceso con precisión.
Ese era un rasgo que compartían: el perfeccionismo. Y que, en contra de la lógica, eran capaces de llevar al unísono.
Por más veces que sintiera la calidez de su piel, tenía la certeza de que siempre le pellizcaría por dentro esa chispa que nacía cuando sus manos se encontraban.
Aquel fue el primer gesto, que desencadenó en otro más premeditado un parpadeo después, mientras se sostenían la mirada, hablándose sin palabras.
Y ese dio paso a otro. Y a otro más.
Hasta que, olvidándose del «motivo» de su visita, se acercó a ella.
Julia, obviando que le mancharía —algo que le dio exactamente igual—, cuando se tuvieron a un suspiro de distancia, ancló los brazos en su cuello.
—No deberías provocarme así, Alteza —le dijo, mordiéndose el labio inferior.
—Eres tú quien lo ha hecho —contraatacó, con una sonrisa.
—Nos siguen faltando dos macetas por trasplantar.
—¿Crees que sería mucho pedirte que continuáramos con ellas después?
—¿Después de qué? —preguntó ella, con una voz capaz de derretir el invierno.
—De besarte, cala, porque voy a hacerlo —susurró.
Y no dudó.
Sus labios se encontraron, convirtiendo el primer beso del día en un deseo incipiente que, con el paso de las semanas, no había dejado de aumentar.
Estaban yendo despacio, marcando sus propios ritmos, pero las últimas veces que sus bocas habían bailado...
Ni aunque lo intentara sería capaz de describir lo que ella era capaz de hacerle sentir.
Besarla parecía querer convertirse en su hobby favorito.
Cuando sus bocas se separaron, en busca del aliento que habían compartido, una mueca se dibujó en el rostro de Julia mientras alzaba el mentón para buscarle.
—Edward II de Valera —murmuró—, ¿cómo te atreves a besarme así y pretender que sigamos como si nada con la menta?
—Siempre he sabido que era irresistible, pero no tanto —respondió, buscando chincharla.
Ella, ante su altanería, se alejó, fingiendo —ya había aprendido a reconocer alguna de sus expresiones— que sus palabras le habían ofendido y él, notando el frío al perder aquel contacto, la tomó de la mano para volver a acercarla a sus brazos.
Estaba a punto de deleitarse nuevamente con la dulzura de su boca cuando escuchó el inconfundible crujido de la puerta.
—¿Otra vez? —dijo Olivia al encontrarlos «abrazados», apoyándose en el marco—. Empiezo a pensar que tenemos el don de la oportunidad —añadió, mirándolos con una sonrisa pícara.
—De verdad, chicos, creo que es el momento de que pongáis un cartel de «no molestar» —continuó Noah, con su particular tono desenfadado.
Qué bien le caían.
Los mejores amigos de Julia eran las únicas personas en la faz de la tierra con las que, de la forma más natural del mundo, teniendo en cuenta lo que suponía, habían dejado de intentar esconder lo evidente.
Y sabía, por cómo ella le había hablado de lo mágica que era su amistad con Oli, que podía confiar en ellos.
Aunque, siendo sincero consigo mismo, cuando se paraba a meditar todo lo que estaba sucediendo, lo que realmente lo inquietaba no era que alguien lo supiera, sino el no saber cómo afrontar la conversación que, al igual que las despedidas, July y él siempre posponían.
No obstante, no sentía la necesidad de forzarla. Lo que compartían solo estaba empezando y tenían todo el tiempo del mundo para hablarlo.
Por lo que no iba a permitir que aquello pesara más de lo estrictamente necesario, no cuando seguía descubriéndola día a día en la cápsula de cristal que sostenían.
—Se supone que tú —dijo la mujer que seguía a su lado, señalando a Olivia— deberías estar abajo y que tú —desvió el dedo hacia Noah— estabas trabajando en los laboratorios de la universidad.
No podía negar que le encantaba ese carácter y fue incapaz de contener una carcajada ante su ceño fruncido, carcajada que intentó enmascarar con un carraspeo.
—Yo he salido antes y pensé que esta señorita de aquí —dijo Noah, refiriéndose a su novia mientras caminaba hacia ellos— querría salir a cenar al restaurante de comida venezolana que nos recomendasteis.
—Y yo, florecilla, subía a contarte que me acaban de llamar para confirmarme los intolerantes del catering en Belmar.
Fue al escuchar nuevamente el nombre de aquella ciudad, a unos kilómetros de Lena, un pueblecito en el que la casa real tenía una pequeña propiedad, cuando algo encajó en su mente con una claridad inesperada.
Julia le había hablado del evento de ese fin de semana más de una vez. Incluso habían hablado por teléfono sobre los postres que Olivia y ella habían seleccionado, pero no fue hasta ese momento en el que una idea —no sabía cómo no se le había ocurrido antes— empezó a tomar forma.
Quizá demasiado rápido.
Y, probablemente, lo que se le estaba ocurriendo era demasiado precipitado.
Sin embargo, si algo estaba aprendiendo en los últimos tiempos, era que no perdía nada por intentarlo.
JULIA
Al final, esa noche, la menta seguía expandiéndose en las mismas macetas, a excepción de una, como le había recordado Edward.
Tampoco había llegado a contarle su descubrimiento sobre las hortensias y, en vez de pasar el resto de la tarde como habían planeado, guiados por Oli y Noah —que también cambiaron sus planes—, terminaron cenando los cuatro, una vez que su socia cerró Sweet Garden, un plato de pasta fría con burrata y una tabla de embutidos que le recordaron a su adorada España.
Con la ya reconocida sensación de querer tener la capacidad de detener el tiempo, acompañó a Edward a su coche, entrelazando sus dedos con los de él.
Ya no volverían a verse hasta la semana siguiente y, aunque no le necesitaba para respirar —como les sucedía a las protagonistas de las telenovelas que tanto le gustaban a su madre—, estaba empezando a añorar lo fácil que era su compañía cuando sus ajetreadas agendas se interponían.
—¿Te llamo el viernes por la noche? —le propuso, cuando él se sentó en el capó del coche y, al igual que había hecho cuando intentaban trasplantar la menta, dándole un suave tirón en el brazo, logró atraerla hacia su pecho.
—Tengo una duda existencial antes de marcharme —respondió él, cambiándole de tema.
Curiosa —era ella siempre la que solía saltar de un punto a otro—, esperó a que continuara.
La intriga se intensificó cuando, mirándole, vio un atisbo de duda en sus ojos color avellana.
—Ed, cuéntame —le dijo, confirmando, una vez más, que la paciencia nunca sería su punto fuerte.
Y él, tras apartarle uno de los mechones de pelo que sabía que jamás controlaría, finalmente habló:
—¿Te he contado que mi abuelo mandó construir una casa en un pueblecito cerca de Belmar?
Ajá.
Así que por eso el rey de Arven estaba titubeando.
—Alteza, ¿soy yo o esa pregunta es una propuesta implícita?
—¿Tan evidente ha sido?
Sin contestarle, una emoción —que no entendía— se apoderó de ella y lo único que fue capaz de hacer, sin previo aviso, fue acurrucarse en sus brazos.
—Señoría Lorraine, ¿eso es un sí?
—Eso es un... aunque no tengo ni la menor idea de lo que tienes pensado —admitió sonriendo—. Improvisamos.