Junto al rey (Arven 2) 18 Todo acaba de cambiar
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18 Todo acaba de cambiar

TODO ACABA DE CAMBIAR

JULIA

Estaba jugando con las mangas de la chaqueta vaquera del rey de Arven, la que había elegido para completar su look de «incógnito», mientras lo esperaba en las puertas de Sweet Garden.

Se había prometido improvisar y, como eso era exactamente lo que quería hacer, lo único en lo que se había parado a pensar era en cómo comenzarían aquella cita.

Su fuero interno había decidido que ese término era el que definía su salida con Edward y había aceptado —no sabía en qué momento— que ya no le apetecía seguir nadando contracorriente.

Era increíblemente agotador.

Solo que determinar aquello con ese nombre que aún era incapaz de pronunciar en voz alta había logrado que los nervios —esos que ya invadían cada rincón de su ser— se incrementaran.

Contemplando la bicicleta que Noah le había traído aquella mañana antes de ir a la universidad, tras extorsionarlo con crêpes de chocolate, intentó imaginar la reacción de Edward cuando viera por qué tendría que cambiar su elegante coche blindado.

Sin embargo, no necesitó recurrir a su imaginación, pues, cuando alzó la cabeza, vio cómo el hombre que había estado esperando estaba acercándose a ella.

Ataviado con una bomber azul marino y blanca, un pantalón vaquero oscuro y la misma gorra que llevó en su paseo por el Valle de los Almendros.

Definitivamente, nadie diría que tenía ante sus ojos a un miembro de la casa real, a no ser que tuvieras la suerte de conocerlo de cerca.

—Creo que esa chaqueta me suena —le dijo Edward, con su particular sonrisa, cuando se tuvieron enfrente.

—Pensé que la mejor forma de pasar desapercibida era olvidar mi fondo de armario y apostar por algo completamente diferente —respondió, tomándose un segundo para analizarle de nuevo.

No sabría decir cuándo le parecía más atractivo, si con un traje hecho a medida, enmarcando su musculatura, como el que llevaba el día de la recepción, o con aquella ropa tan desenfadada.

—Puedes utilizar mi fondo de armario siempre que quieras, señorita Lorraine —contestó Edward, buscando su mirada.

Aquella noche, por primera vez, no se negó a que sus ojos se encontraran y tampoco intentó apartar la electricidad que la recorrió cuando lo hicieron.

—Sigues dándome alas, Alteza.

Probablemente se imaginó el «siempre» que creyó escuchar cuando, obviando la anticipación que nuevamente sentía, levantó la mano para enseñarle la brillante idea que se le había ocurrido.

—Ahora es cuando me dices que tengo que enseñarte a andar en bicicleta —pronunció divertida, acercándose a la suya.

—Me subestimas, July —refunfuñó Ed, poniendo los ojos en blanco—. Claro que sé montar en bicicleta.

—Oye, podría ser... —murmuró, frenando el primer rubor que amenazaba con invadir sus mejillas.

—¿Dónde vamos? —preguntó él, curioso, caminando sin dudar hasta su posición.

No había necesitado convencerlo para utilizar su método de transporte favorito.

—¿La verdad? No lo sé —respondió sincera, alzando los ojos a la luna que iluminaba el cielo—. Esa es la clave de la improvisación: apostar por la intuición y... —un suspiro— dejar que lo que tenga que ser simplemente ocurra.

—Entonces te sigo.

Qué bien le sonó aquella afirmación.

—¿A dónde sea? —se atrevió a preguntar, montándose en la bicicleta, notando cómo su pulso, traicionándola, empezaba a acelerarse.

No necesitó una respuesta; la sonrisa torcida que Edward le regaló —la que parecía haberse quedado a vivir, de forma permanente, en un rincón de su cabeza— fue más que suficiente.

Y, dejándose llevar por el deseo de descubrir qué les depararía aquella noche, pedaleó con él a su lado hasta la zona menos concurrida del paseo marítimo, con tan solo el murmullo del mar de Nova deslizándose entre ellos.

EDWARD

Llevaba como mínimo diez años sin montar en bicicleta y había olvidado lo mucho que le gustaba hacerlo.

Lo indescriptible que era la sensación de libertad que sentía cuando pedaleaba con el viento rozándole la cara, lejos de la frialdad que la mayoría de las veces conllevaba viajar en un vehículo oficial.

Ahí entraba la mujer que en ese instante caminaba junto a él, la que, sin pretenderlo, se lo había recordado.

Habían dejado aparcadas las bicicletas junto a la playa y, en un silencio que no necesitó romper, estaban caminando por una de las partes más bonitas de Liora.

El paseo marítimo se extendía ante sus ojos, con las farolas iluminando sus pasos. Las tiendas, que de día estarían llenas de vida, al ser un martes, ya habían cerrado, logrando que sintiera aquel idílico tramo de la ciudad como si les perteneciera solo a ellos.

Julia, guiándolo, señaló un escaparate iluminado en la esquina de la avenida que estaban recorriendo y, cuando se acercaron, comprobaron, para su sorpresa, que se trataba de una tetería.

—¿Entramos? —le preguntó July, con la emoción delatándola en su tono.

Parecía que le encantaba el té y ahí tenía otro dato más que añadir a la infinidad de detalles que descubría cada minuto que compartía con ella.

—Improvisamos —respondió él, abriéndole, galante, la puerta.

Su acompañante se ofreció a ser ella quien pidiera, amparándose en la privacidad de la que querían seguir disfrutando y, para no variar, tuvo que darle la razón.

No estaba dispuesto a poner en juego aquello.

Una vez que tomó asiento en una pequeña mesa al fondo de la estancia, se aventuró a contemplarla de lejos.

Su melena rubia recogida en una coleta casi deshecha, sus pecas dándole ese aspecto dulce a su rostro, la ropa ancha que aquella noche llevaba puesta, la entereza con la que se movía...

Qué bonita era y cuánto le costaba no decírselo.

—Nunca había estado aquí —le dijo la señorita Lorraine, tomando asiento frente a él unos minutos después, con dos tazas de porcelana en las manos.

—Me congratula que lo descubras conmigo —soltó, aceptando tarde que era evidente lo que escondían sus palabras.

Aún tenían un mundo entero por conocer.

—Pruébalo —le pidió July, pasándole una de las tazas, trayéndolo de vuelta a la realidad.

Al acercársela, un aroma a canela y limón le invadió.

El té no entraba entre sus bebidas predilectas; no obstante, tras dar el primer sorbo, supo que estaba a un paso de cambiar de opinión.

Sabía sorprendentemente bien.

—Es un rooibos —le explicó July.

—Es un acierto —respondió, antes de dar un sorbo de nuevo.

—Aunque me ha costado decidir, había un millón de sabores diferentes para elegir.

Mirando hacia la barra, para intentar leer alguna de las opciones que quizá, en otra ocasión, podrían volver a probar, se dio cuenta de que al lado de la estantería repleta de latas había un marco de madera que contenía sellos antiguos.

Al verlos, una mueca de curiosidad se dibujó en su rostro mientras intentaba distinguir de qué año serían, y July, que tardó un segundo en percibir que algo había llamado su atención, siguió su mirada y le dijo, buscando chincharle:

—Veo que las latas de té no te han dejado indiferente.

Abriéndole una puerta nueva a su mundo, omitió su intento de picarle y contestó:

—Aunque ese color metálico tiene un encanto especial. En realidad, estaba mirando los sellos.

—¿Los sellos?

—Sí —los señaló y, acto seguido, le explicó, tras una pequeña vacilación por temor a que aquello le pareciera increíblemente aburrido, que tenía una extensa colección y que siempre que podía la aumentaba.

Ante su atenta mirada, también se atrevió a confesarle que le fascinaba cómo en un trozo de papel tan diminuto podía caber tanta historia y una precisión en los trazos casi arquitectónica.

—Ed, me encantaría que me la enseñaras —le sugirió July, cuando salían hacia la calle.

Y, ante su entusiasmo por algo que a él le hacía feliz, sintió la sorprendente necesidad de rozar su mano, de entrelazar sus dedos con los de ella por el mero hecho de poder sentirla aún más cerca.

—¿Qué nos toca ahora? —preguntó, intentando desviar su atención de la idea que había surcado su mente.

—Mmmm... —dudó July.

—¿Puedo proponer algo?

—Dar y recibir, Alteza. Confío en ti.

Tal vez fue aquella respuesta tan franca el último empujón que necesitaba, o quizá solo necesitó una excusa para dejar de posponer dar un salto de fe, ya que, acto seguido, tomó su mano.

Julia miró la unión de sus dedos y, con una naturalidad que derribó su armadura, le hizo comprobar, apretando con suavidad aquel vínculo, que encajaban a la perfección.

Sin soltarse, él fue quien la guio por las calles de la ciudad y terminaron sentados en la terraza del restaurante más pintoresco con el que se toparon —en el que servían una maravillosa comida venezolana—, disfrutando de la burbuja que, ya era algo irrefutable, estaban creando.

JULIA

Seguía mirando de soslayo cómo sus dedos se habían fundido con los de Edward mientras caminaban bajo un manto de estrellas hasta la zona en la que había dejado las bicicletas, con una sensación de calma que quiso ser capaz de embotellar.

La brújula que marcaba el camino que había creído correcto, el que se había empeñado en seguir para evitar aquello, había girado por completo y, cuando llegaron al final del paseo, supo que ya no quería intentar seguir huyendo.

—Probablemente sea demasiado tarde —le dijo Edward, acortando aún más la casi inexistente distancia que había entre ambos—, pero no me perdonaría volver a Alborea habiendo desaprovechado la oportunidad de pasear por la playa.

—Jamás osaría ser yo quien te quitara tal oportunidad —le respondió, tirando con suavidad de su mano para alargar, un poquito más, aquella velada.

Quitándose las zapatillas una vez que llegaron a la arena, miró al rey de Arven y, sin pensarlo demasiado, le dijo mientras corría hacia la orilla:

—¡Vamos!

Sintiendo cómo el agua salada mojaba la parte baja de sus pantalones vaqueros, volvió a tomar la mano de Edward, que había aparecido junto a ella.

—Julia Lorraine, vamos a terminar empapados.

—¿Del uno al diez cuánto te importa? —le preguntó, con el sonido de las olas al romper enmarcando el momento.

—Ni lo más mínimo —respondió él.

La forma en la que pronunció aquello hizo que ella levantara el mentón para encontrarse con sus ojos color avellana.

El vaivén del agua, los latidos de su corazón que, de forma inconsciente, habían empezado a desbocarse, y la intensidad con la que Edward le sostuvo la mirada lograron que cualquier detalle a su alrededor se difuminara.

Jamás supo en qué instante dejó de pensar.

Solo aceptó, dando un pequeño paso hacia él, que ya no había vuelta atrás.

Y, con una espontaneidad que la sorprendió, relegó al olvido el escaso espacio que los separaba y rozó los labios de Edward.

El rey de Arven reaccionó tan solo una milésima de segundo después, acercándola aún más y profundizando el beso.

Sus bocas bailaron al unísono, reconociéndose, y no se separaron hasta que el océano les recordó dónde estaban.

Aun así, no llegaron a separarse del todo.

Sus manos permanecieron unidas, como si alejarse en aquel momento fuera un error que ninguno de los dos estuviera dispuesto a cometer.

Tras dejar escapar el aire que no sabía que había estado conteniendo, con una sonrisa danzando en la comisura de sus labios, apoyó su frente contra la de Edward.

Sin necesidad de usar palabras, él le devolvió el gesto y supo, cuando él le acarició con ternura la mejilla y ella acogió su caricia, que ambos sentían lo mismo.

Todo acababa de cambiar.

De vuelta hacia Sweet Garden, pensó en que ya no solo deseaba embotellar la inesperada calma que le producía caminar de su mano, también quería guardar la sensación de que, contra todo pronóstico, estaba exactamente donde quería estar.

EDWARD

Lo único que podría reprocharle a aquella noche era que tenía que terminar. Y, siguiendo la rutina de alargar lo inevitable, fue él quien la besó cuando llegaron a la puerta de su apartamento.

Si el primer beso había sido inesperado, el segundo, cuando ella entrelazó los brazos en su cuello, se convirtió en más firme. Más real. Más suyo.

—Alteza —le nombró July, a un centímetro de distancia—, tengo una petición.

Sonriendo, como no recordaba haber hecho —no podía evitarlo—, respondió:

—Sorpréndeme.

Y lo hizo.

—Me dijiste que podría ir a la biblioteca y siento tener que decirte que me creaste una necesidad.

—Qué forma tan bonita de echarme la culpa a mí, señorita Lorraine —murmuró, resistiéndose a volver a probar sus labios.

—Es que necesito el segundo tomo —añadió, poniendo un sutil puchero que estaba empezando a reconocer.

—Entonces me dejas sin opciones —dijo, disfrutando de una pausa solo por el placer de picarla—. Tendremos que ir a buscarlo.

—¿Mañana? —sugirió ella, con la ilusión titilando en su voz.

Una dosis de realidad viajó por su siempre cuadriculada mente, imponiéndose.

Tenía programado cada minuto del día siguiente y, aunque su agenda estaba empezando a aligerarse —mayo estaba suponiendo un respiro—, justo había coincidido la idea de Julia con la jornada en la que sus reuniones eran ineludibles.

—Aunque puedo esperar —añadió ella, sin un ápice de reproche en su voz.

«Ni de broma», pensó solo un parpadeo después de escucharla.

—Termino tarde —admitió—, pero puedo pasar a buscarte en cuanto acabe.

—¿Seguro? —dudó la persona con la que no estaba dispuesto a limitarse, aunque esa decisión no fuera, ni de lejos, la más sensata.

—Sigo haciendo méritos para conseguir que me cuentes el secreto del lemon curd.

—No vas mal encaminado —le respondió ella, trazando círculos en su nuca.

Un escalofrío le recorrió por completo, mandando al traste su autocontrol.

Necesitaba besarla una última vez aquella noche y, con el recuerdo de lo que ella le había susurrado al oído, cuando tuvo que resignarse a dejarla ir, volvió a la Villa.

«Ed, debería estar prohibido tener que soltarte».

Cuando entró en su habitación pensó, al tumbarse en la cama, en que ojalá pudiera inventar un decreto, como le había sugerido en una de las notas que le había enviado un mes atrás, para que no tuviera que volver a hacerlo nunca más.