17 Dejarse llevar
DEJARSE LLEVAR
JULIA
Increíblemente habían sobrevivido, aunque no sabría decir quién tenía más cara de agotamiento aquel lunes por la mañana, si ella u Olivia, que estaba a su lado revisando lo que tenían que organizar para el segundo fin de semana de mayo.
—Mañana no voy a salir de la cama en todo el día —mencionó su mejor amiga, bostezando, apartando los papeles que tenía delante.
—Yo el miércoles haré lo mismo —respondió, pensando en la posibilidad de pasar el día entero acurrucada.
Y fue al planteárselo cuando se dio cuenta de que prefería improvisar algo distinto, algo que aún no había tenido la oportunidad de proponerle al rey de Arven y que seguía sin saber si sería una buena idea hacerlo.
El sonido de la puerta de Sweet Garden no le permitió seguir sopesando cómo debería actuar.
Joseph, con su particular carrito azul, las esperaba, con un gesto pícaro, frente al mostrador.
—Seguís sin contarme el secreto —fue lo primero que pronunció, ondeando un sobre que reconoció de inmediato.
Cuando quiso levantarse para interceptarlo, su socia, curiosa, se le había adelantado.
—Julia Lorraine —leyó Oli en voz alta.
Su nombre era, nuevamente, el que aparecía escrito junto al sello de Arven.
«Edward», pensó con una sonrisa que tardó poco en evaporarse.
Olivia la miró contrariada y bastó la forma en la que ella le devolvió la mirada para que su mejor amiga entendiera que, cuando estuvieran solas —si es que no huía por la ventana; tentada estaba de hacerlo—, se lo explicaría.
Los minutos que pasaron con el encantador Joseph se le antojaron eternos. No dejó de chascar los dedos, nerviosa, y, en cuanto el adorable cartero se marchó, armándose de valor, se puso frente a su amiga.
—¿Recuerdas que me pediste «detalles»? —le preguntó, notando cómo el rubor se instalaba en sus pecosas mejillas.
Últimamente era incapaz de controlar la cantidad de veces al día que terminaba sonrojándose.
—Soy toda oídos, florecilla.
Tomando una bocanada de aire, le narró —no sin trabarse varias veces en el proceso— el giro tan inesperado que estaba tomando su vida.
—Espera... —le pidió Oli, abriendo los ojos como platos—. ¿Estamos hablando de Edward II de Valera?
Asintió.
—¿De Edward, el rey de Arven?
Volvió a asentir.
—Ma - dre - mí - a.
—Ajá —respondió y, acto seguido, guiada por la liberación de que alguien lo supiera, le explicó a Olivia cómo se estaban desmoronando sus barreras.
Su alma gemela pasó de la cara de asombro a mirarla con la chispa que la caracterizaba brillando en sus ojos.
—Siempre supe que el día que alguien te descolocara lo haría a lo grande y, Dios mío, florecilla, has tenido una cita o... más de una —se corrigió— con el puñetero rey de Arven.
—No hemos tenido ninguna ci... —intentó decir.
Oli la miró enarcando una ceja.
La realidad era que no se lo creía ni ella.
—¿A qué esperas para abrir la nota? —le preguntó Olivia, pasándole el sobre que había dejado apoyado sobre la mesa en la que llevaban sentadas casi una hora.
Volviendo a posar sus ojos en el sello real y en la elegante letra que lo acompañaba, algo en su estómago volvió a aletear.
«Malditas traicioneras», gruñó en su fuero interno, mientras intentaba esconder una sonrisa.
—Voy a preparar un té —dijo su socia, levantándose hacia la cocina, dándole el espacio que tanto necesitaba.
Mirando a su alma gemela alejarse, se reiteró que no podía ser más afortunada por tenerla.
Con una ilusión hasta entonces desconocida recorriéndole el cuerpo, abrió el sobre.
Un aroma suave, cítrico, casi etéreo, inundó sus fosas nasales cuando tomó la nota entre sus dedos.
Querida señorita Lorraine:
Improvisar suena demasiado bien como para no intentarlo, aunque me temo que no es precisamente mi punto fuerte.
Aun así, estaré dispuesto a ponerme a prueba... si tú lo haces conmigo.
Atentamente (qué formal suena esto),
Ed
PD: ¿Has descubierto algo que sirva de ayuda con las orquídeas en el tomo de botánica?
Es que era imposible.
Imposible no querer volver a verlo.
Y, si había algún atisbo de duda, cuando cogió el sobre nuevamente y vio caer sobre la mesa un detalle que hasta entonces le había pasado desapercibido, cualquier reticencia se esfumó por completo, logrando que se quedara inmóvil durante un parpadeo.
Al tomar entre sus dedos —con toda la delicadeza del mundo— la pequeña flor de naranjo, la emoción que había estado conteniendo la atravesó por completo.
No era solo Edward.
Eran él y sus gestos.
Y todo lo que estaban empezando a implicar.
—He intentado mantenerme al margen, pero... —le dijo Oli, volviendo a sentarse junto a ella, tendiéndole una taza de agujas de plata.
No le respondió de inmediato; se permitió anclarse un instante más a la magia que contenían los pétalos blancos que seguía admirando.
—¿Eso es una flor? —preguntó Olivia, observándola con una sonrisa de aprobación.
—De azahar —contestó ella, carraspeando, mientras la guardaba.
Y su mejor amiga, tocando en el botón exacto, le dijo cuando, después de media mañana pululando, se pusieron en pie para retomar sus tareas:
—Juls, sé que no me has pedido mi opinión...
—Pero me la vas a dar —terminó ella la frase, tomándola del brazo con cariño.
—Recuerda que arriesgarse siempre será mejor que arrepentirse.
Y, antes de darle un sonoro beso en la mejilla, Oli añadió:
—Incluso aunque se trate del rey de Arven.
Su socia no necesitó añadir nada más.
No hacía falta.
Esas palabras habían logrado su objetivo y, mirando el reloj, le pidió a Atenea que las horas volaran.
En cuanto cerraran Sweet Garden esa noche, tenía pendiente una llamada.
EDWARD
Llevaba todo el día con Sebastian y Lewis preparando el pleno al que asistiría esa semana.
Que su voz fuera escuchada por los ministros de Arven era algo que consideraba un honor y, por ende, casi siempre organizaba su asistencia y los puntos a tratar al detalle.
—Realmente, en esta parte nos estamos saliendo del guion y, aunque no es lo habitual... —estaba explicando Lewis sobre el último punto que plantearía ante el consejo.
Antes de que su mano derecha terminara la frase, sorprendiéndose a sí mismo por no dudar ante algo así, respondió:
—Contáis con mi aprobación.
Parecía que dejar espacio a lo inesperado últimamente se había convertido en su forma de actuar.
Al darse cuenta de ello, alzó la mirada hacia los jardines que se podían observar desde su despacho.
Pensando en con qué creación culinaria estaría aquella tarde la mujer que le estaba enseñando a mirar con otros ojos las flores.
Su capacidad de concentración había empezado a dispersarse, por lo que, unos minutos después, dio por finalizada la reunión. Quería seguir con los planos en los que había estado trabajando gran parte del fin de semana, aprovechando un brote de inspiración.
Cuando llegó a su habitación, preparó todo lo que necesitaba para trabajar en la terraza.
La primavera hacía que los días fueran cada vez más largos y quería aprovechar esa maravilla de luz.
Cuando tomó asiento, su cabeza amenazó nuevamente con pensar en la última persona a la que le había enseñado sus ideas e, intentando negarse a algo que sabía que ya no podía evitar, sacó sus reglas.
Antes de poder utilizarlas, el sonido del teléfono hizo vibrar las paredes de su cuarto o quizá fue él quien sintió ese leve temblor recorrerle el cuerpo al intuir quién llamaba.
Una vez más, no falló.
—¿Así que solo aceptas improvisar si yo también lo hago?
Julia y su incapacidad para saludar con un simple «hola», y su facilidad para dejarlo noqueado desde la primera palabra.
—Y, por cierto... —añadió ella, con un tono más suave— soy incapaz de dejar de mirar a la flor. Es preciosa.
«Cómo...», pensó, sin terminar la frase, aunque era evidente cómo acabaría.
—La encontré en el jardín —respondió entonces, dándose cuenta de lo ligera que sonaba su voz.
Casi podía volver a oler el característico aroma del azahar mientras intentaba procesar lo que Julia lograba despertar en él.
—Y sí, July, solo acepto improvisar si es contigo.
Una respiración después, ella contestó:
—¿Qué te parecería que sigamos poniendo a prueba tus habilidades de camuflaje?
«Tentador», respondió su subconsciente.
—Cuéntame qué tienes en mente —le pidió, curioso, esperando alargar al máximo la conversación.
Habían sido cinco días sin hablar y no podía negar que se le habían hecho, independientemente del frenesí que suponía su rutina como rey, demasiado largos.
—Si te lo cuento, me pierdo tu reacción —le dijo July.
—Siempre tan enigmática, señorita Lorraine.
—¿Aceptas dejarte llevar? —le preguntó.
«Ni que fuera capaz de decirte que no», pensó.
—¿Qué día te va bien volver a sorprenderme? —cuestionó él, juguetón.
—¿Martes por la noche? —respondió ella y creyó distinguir una pequeña nota de ilusión en su timbre.
—¿A las nueve paso a recogerte con el coche?
—No vamos a necesitarlo.
Pensando en qué se le podría haber ocurrido a ese huracán con nombre de mujer, se planteó los riesgos que conllevaba «jugar a los disfraces», aunque realmente solo había uno que le inquietaba de verdad: lo que podría implicar esa exposición para ella.
No quería que se viera envuelta en medio de algo que no había elegido.
No obstante, dejando para más tarde los quebraderos de cabeza, cuando iba a responder, July añadió, casi en un susurro:
—Tengo ganas de verte.
Quitándose los gemelos de la camisa, su pecho se hinchó al escuchar tal afirmación, relegando, durante un segundo, sus dudas a un cajón.
Ella quería verlo y aquello era un motivo más que suficiente para ignorar que el mundo exterior pudiera interponerse.