16 Matices
MATICES
JULIA
Seguía en una nube, perdida en algún lugar del cielo de Liora.
Había sido incapaz de dormir, intentando atesorar todo lo que había compartido con Edward, sin llegar a entender por qué le resultaba tan difícil soltarlo.
De madrugada, tras dar un millón de vueltas en la cama, decidió invertir aquellas horas en empezar el tomo de botánica.
Cuando llegó prácticamente a la mitad y leyó que el cuidado de la familia de las Orchidaceae —sus predilectas orquídeas— estaba en el tomo siguiente, empezó a creer en lo que Olivia llamaba señales.
Solo que ella tenía tendencia a ignorarlas.
Excepto —algo que solo fue capaz de reconocer en su interior— las que apuntaban al rey de Arven.
Esas, en cambio, parecían inevitables.
Mientras degustaba su primer té blanco del día, sentada en uno de los taburetes altos de la cocina, apartó el libro que la había acompañado durante horas y se permitió un último momento para revivir con nitidez cada pequeño detalle de la noche anterior.
Ruborizándose —algo que odiaba—, se planteó si el beso en la mejilla que le había dado como despedida había sido demasiado.
Y algo le dijo que lo verdaderamente temerario hubiera sido atreverse a rozar la comisura de sus labios.
¿Qué hubiera pasado?
No estaba segura de querer saberlo.
Con la duda flotando en el aire, se levantó, dispuesta a empezar la jornada.
—Julia Lorraine... —escuchó que la llamaban desde el salón un rato después, mientras terminaba de vestirse para bajar a abrir Sweet Garden.
El tono de Olivia no le pasó desapercibido.
Y, mientras se encaminaba a buscar a su mejor amiga, cayó en la cuenta de que el libro que no había dejado de tener entre las manos desde que regresó de Alborea, al despistarse con el recuerdo de una sonrisa torcida, se había quedado en la encimera de la cocina.
«Mierda», pensó.
No se había separado de él ni un minuto y había tenido que olvidarlo justo cuando Olivia acababa de levantarse.
—¿En serio yo, tu mejor amiga, tu alma gemela, tu socia... —dramatizó Oli, con el manual en las manos— al final voy a tener que recurrir a un interrogatorio para que me cuentes lo que está pasando?
Por segunda vez, se imaginó su bonito apartamento como una sala de la típica película policiaca. Solo que con más plantas.
—¿Te has planteado dedicarte al teatro? —le preguntó, conteniendo una carcajada.
—Soy más de cine —respondió la nueva Sandra Bullock—, pero no te atrevas a cambiarme de tema.
—Tengo que bajar a abrir, Oli. Hoy me toca a mí —le recordó, acercándose para recuperar lo que no debería haber olvidado.
Oli, al darse cuenta de sus intenciones, apretó el ejemplar contra su pecho y le dijo, poniendo pucheros:
—Dame una pista, por favor.
Era imposible no adorarla.
—Es solo un amigo —se atrevió a decir, verbalizando por primera vez que existía algo entre ella y Edward, aunque nombrarlo no entraba entre sus planes.
—¿Eso es de lo que intentas convencerte, florecilla? —cuestionó su mejor amiga, dejándola momentáneamente noqueada. Tanto, que tuvo que desviar la mirada.
—Oli... —murmuró.
Era demasiado temprano para una conversación tan intensa.
—Necesito detalles, ¿sabes? —le dijo tendiéndole el libro, mientras continuaba con el puchero—, pero como soy la mejor, esperaré a que te sientas preparada para contármelos.
Si alguien la conocía, era Olivia.
Habían hablado innumerables veces de sus motivos para rehuir del «amor» y siempre, su mejor amiga, terminaba con la misma conclusión.
«Ya me lo contarás cuando llegue tu persona».
Y no la creía —seguía sin hacerlo—. Tenía demasiados sueños por cumplir, demasiados viajes por hacer, demasiado que vivir como para permitirse algo así.
—Probablemente el milenio que viene podré contarte algo —bromeó, acariciando nuevamente, de forma inconsciente, la portada del libro.
—¡Ay, Juls! —suspiró Oli—. Rezaré a Atenea para que entres en razón antes.
Necesitaba escabullirse o terminaría confesándole lo que ella aún seguía intentando procesar.
—Te he dejado un poco de té en tu taza de Disney. Nos vemos abajo, ¿vale?
—Vale... —claudicó su mejor amiga.
—Te quiero, gruñona.
—Yo más a ti, July —respondió Olivia, acercándose a por su bebida con DJ ronroneando al lado.
Una sonrisa se dibujó en su cara al mirarlos, sonrisa que se desdibujó cuando dio la vuelta al cartel de abierto de Sweet Garden.
«¿Cómo podría funcionar aquello?», se preguntó, siendo consciente de que ella y el rey de Arven vivían en dos realidades completamente diferentes, aunque hubieran acordado volver a verse.
Tras ponerse el delantal, intentó omitir lo que había sentido al referirse a él como «su amigo» y lo pequeño que se le estaba quedando ese término, obligándose a centrarse en lo único que se sentía capaz de manejar: el catering.
Los caóticos días que tenía por delante esperaba que la ayudaran a encontrarse... o tal vez, a terminar de perderse.
EDWARD
Empezó el mes de mayo corriendo al trote por los jardines de la Villa, permitiendo que el aire frío de primera hora de la mañana le despejara la mente.
Solo que, desde hacía dos días, cuando salía al exterior de Alborea, no podía evitar pensar en Julia.
En cómo había descubierto el exterior del palacio en el que había crecido a través de su mirada.
Las flores que le acompañaban en el recorrido ya no le parecían las mismas, ahora las veía con matices diferentes, más únicas, más vivas.
Al advertir los derroteros que estaba siguiendo su cabeza, mientras se agachaba a recoger una pequeña flor de azahar que el viento había dejado sobre el césped, pensó en que jamás creyó que él se vería así: completamente perdido.
La señorita Lorraine, la curiosidad que desde el primer momento le había despertado, no había dejado de crecer y sabía que seguiría haciéndolo a medida que descubriera la infinidad de matices sobre ella que aún desconocía.
Tras darse una larga ducha, antes de su primera salida del día, para preparar una gala —que presidiría— en honor a las Bellas Artes, se tomó un instante para sentarse frente a su escritorio y admirar la delicada flor blanca que se había llevado consigo.
Tenía el teléfono delante y, aunque la tentación de escuchar su voz era grande, no quería interferir así en su día a día.
Julia le había explicado todos los eventos que tenía programados ese fin de semana y, si de algo se había dado cuenta, era de que, al igual que le sucedía a él, su trabajo para ella era una pieza clave.
No obstante, la idea de improvisar que ella le había dejado caer al despedirse no le permitió quedarse quieto, así que decidió que podría volver a los comienzos.
Obviando que tenía escasos minutos antes de tener que marcharse, sacó el sello real, papel y la pluma Montblanc que solía llevar en el bolsillo de su americana y escribió una nueva nota.
Tras terminar de prepararse a la velocidad de la luz, cogió su maletín, el sobre con el nombre de la dueña de Sweet Garden —que escondía un pequeño detalle— y salió de su área privada dentro del palacio, dispuesto a pedir que lo enviaran cuanto antes.
Y fue justo después de entregarlo cuando se topó con la persona que se había convertido en su aliada, a quien no había visto desde que le había ayudado a preparar la cena para July.
—Hillary, buenos días —la saludó, con una sonrisa.
La conocía desde niño, así que con ella era simplemente Edward.
—Deduzco por esa sonrisa que tienes que todo salió bien —le dijo la cocinera sin preámbulos.
—Eh... —titubeó.
«Bien» no le parecía suficiente para describirlo.
—La verdad es que todo quedó precioso, Edy —añadió Hillary, que, al igual que sus padres, se empeñaba en seguir llamándolo así.
—No merecía menos —murmuró, percatándose tarde de que sus palabras se habían escapado en voz alta.
—Espero que podamos conocerla pronto.
«Ojalá», pensó durante el tiempo que dura un latido, justo antes de obligarse a frenar.
Pero se limitó a asentir.
Aquello no dependía solo de él y, ante aquella certeza, la sensación de que todo se estaba escapando a su control se abrió paso en su interior.
No podía olvidar quién era, lo que representaba.
Y, aun así, no sintió la necesidad de intentar cambiarlo.
¿Dónde se escondía el hombre racional que siempre había creído ser cuando se trataba de Julia?