15 Más allá
MÁS ALLÁ
EDWARD
Durante el trayecto hasta Sweet Garden, intentó disfrutar de la música que sonaba en la radio, tarareando Hungry Eyes, buscando ponerle freno al aluvión de pensamientos que recorrían su mente.
Desde el hecho de haber vuelto a salir sin escolta hasta cómo lograría que todo funcionara tal y como lo había planeado junto a Hillary, la cocinera —a quien consideraba parte de la familia desde hacía años— y única persona en la que había confiado para ayudarle.
Su seguridad se había quedado escondida en algún rincón de los jardines.
Y no fue hasta que vio aparecer a Julia, con aquella falda naranja de vuelo, que sus dudas decidieron volatilizarse.
La sonrisa sincera con la que ella estaba caminando hacia él fue más que suficiente para hacerle ver —necesitaba reiterarse— que su «universo», la parte que quería mostrarle, sí estaría a la altura.
—Podría acostumbrarme a tener chófer —fue su particular saludo cuando llegó frente a él.
—¿Vas a contratarme? —le preguntó, divertido, abriéndole la puerta.
—Estoy empezando a planteármelo —respondió ella, fingiendo que lo estaba meditando, mientras se sentaba en su Mercedes.
Fue su cercanía y esa forma tan natural de iniciar la velada lo que le empujó, tras volver a su asiento, a verbalizar las palabras que había decidido no seguir conteniendo:
—Estás preciosa esta noche.
El rubor que ascendió por las pecosas mejillas de Julia acentuó aún más su innegable atractivo.
—¿Solo esta noche? —cuestionó ella, buscando aligerar la inevitable tensión que se había instalado entre ellos.
—No estás preparada para saber la respuesta, señorita Lorraine —afirmó, mirándola de soslayo mientras conducía hacia palacio.
Alzando una ceja, su acompañante esperó su respuesta y él, buscando deliberadamente provocarla, se hizo de rogar.
—Lo estás siempre.
Y ahí estaba, otra vez ese tono cereza resaltando sus bonitas facciones.
—Cállate, Ed —le pidió, desviando la mirada hacia la ventanilla.
Fue imposible no echarse a reír ante la inesperada timidez que le estaba demostrando.
Definitivamente, hacer que se sonrojara podría convertirse en su nuevo pasatiempo predilecto.
Y ese pulso innato que siempre sostenían, esa forma de entenderse con solo una mirada, se mantuvo hasta que entraron en los garajes privados de Alborea.
—Recuérdame que nunca vuelva a repetirte que tú tampoco estás mal —contraatacó ella al pique que habían mantenido durante todo el camino, justo antes de caer en la cuenta de dónde habían entrado.
Tardó un parpadeo, que él captó, en asimilarlo.
—Bienvenida de nuevo a Alborea, July.
Si ella se sintió abrumada al recorrer los enormes garajes de palacio, no lo demostró, pues caminó junto a él serena, observándolo todo con esa mirada tan llena de vida que ya había aprendido a reconocer como parte de ella.
«El momento ha llegado», se dijo, pasándose una mano por el pelo, cuando atajaron hasta su zona favorita —donde estaba todo dispuesto— de la Villa.
En cuanto pusieron un pie al aire libre, el murmullo del viento acompañó sus pasos.
Julia, que seguía atenta, contempló lo que tenía a su alrededor y le confesó, casi hablando para sí misma:
—El día de la recepción, en cuanto entré con mi equipo en Alborea, lo primero que pensé fue en escaparme a descubrir estos jardines.
—Puedes hacerlo —le respondió, cuando su mano, de forma inconsciente, estuvo a punto de rozar la suya.
—No me des alas, Alteza.
«Vuela», quiso decir, pero esta vez sí logró contenerse.
—Antes de que me pierdas en mis propios jardines, me gustaría enseñarte algo.
—Eres tú quien manda hoy, Ed.
—¿Estás segura de eso? —cuestionó, con una picardía que no sabía que poseía.
—Es solo porque quiero una clase gratis de arquitectura —respondió ella, colocándose los mechones que se escapaban del moño que recogía su larga melena dorada.
—Entonces creo que he acertado.
Alzando la mano, le mostró, sin vacilar, la primera parte de lo que había preparado.
Unos pasos por delante, en una discreta esquina, reinaba una mesa que parecía integrarse con naturalidad entre las flores. Una tela clara caía con suavidad sobre la madera oscura, que contrastaba con las pequeñas luces blancas escondidas entre las ramas más cercanas.
Y, si te fijabas bien, a esa distancia, también se podían distinguir los planos que con cuidado había dejado colocados.
Al mirar a July y verlo todo a través de sus ojos, una chispa de orgullo lo invadió.
—¿Preparada para analizar tus primeros planos?
Estaba haciendo un espejo de lo que ella le había dicho a él antes de adentrarse en la cocina de Sweet Garden.
—Más que preparada —respondió July, buscando su mirada.
Y cuando sus ojos se encontraron, ninguno de los dos necesitó añadir nada.
¿Qué se suponía que pasaba en el aire cuando se observaban?
Incapaz de encontrar respuesta a algo que ni él mismo entendía y mucho menos con ella a su lado, la guio para mostrarle una parte de él que siempre había reservado.
Julia Lorraine, siendo aún más sorprendente de lo que acostumbraba, le preguntó por cada línea que había trazado, por cómo integraría en la realidad cada minúsculo elemento que se veía en sus planos.
—Me parece increíble que tengas todo tan claro, Ed, que seas capaz de visualizarlo así —le dijo, cuando le mostró lo que quería hacer con el ala de los jardines que aún seguían reformando.
Sin buscarlo, al rozar el papel, los dedos de Julia se toparon con los suyos y una electricidad inesperada opacó lo que le estaba explicando.
Tras tomar aire, recuperándose de cómo un gesto tan sencillo, que cuando venía de ella le hacía sentir tan desarmado, dijo:
—Supongo que es mi trabajo como arquitecto, señorita Lorraine: mirar más allá.
Nuevamente, algo que no supo descifrar volvió a asomar en su mirada cristalina.
Qué desconcertante y cautivador era no ser capaz de leerla.
Una inesperada ráfaga de viento agitó los papeles que un suspiro antes habían estado revisando. Y, en un silencio que parecía existir solo para ellos, siguieron midiéndose sin llegar a tocarse.
Fue ese leve recordatorio del mundo exterior lo que le hizo carraspear.
«¿Alguien se creería que sois solo amigos?», le planteó su subconsciente antes de volver a hablar.
—¿Te gustaría ver en directo cómo estamos avanzando? —le propuso, comprobando su reloj.
Necesitaban alejarse de allí para que la segunda parte de la velada que había programado apareciera, literalmente, como por arte de magia.
—Me encantaría.
Ver a July mimetizarse con los jardines de la Villa, explicándole —sí, ella— cada planta, cada flor, cada árbol que habitaba en sus «dominios», fue algo que supo que jamás olvidaría.
Y tampoco podría olvidar la atención con la que ella le escuchó explicar la reforma que estaban llevando a cabo.
Había acertado, Julia Lorraine, con su forma tan particular de mirarlo todo, había sabido apreciarlo.
—Podría estar horas y horas aquí —dijo ella, mientras regresaban al punto de partida.
Sus manos, en aquel camino de vuelta, amenazaban con buscarse, ya que solo la suave brisa de la primavera cabía en el minúsculo espacio que había entre ellos.
—July, las puertas están abiertas —se aventuró a decir.
Durante un segundo, el miedo a dar un paso en falso con ella volvió a emerger. Estaba empezando a importarle más de lo que sería capaz de admitir.
—Aún no he terminado de ver aquella zona —dijo señalando el ala norte—, así que...
—Es una pena —ironizó—. Tendrás que volver.
—Ed... —le gruñó ella, dándole un manotazo.
Y él, casi de forma inconsciente, atrapó su mano, notando el contraste entre sus manos frías y la calidez de las de Julia.
El sonido de la fuente que había a escasos metros de distancia, junto al canto lejano de los pájaros, pareció retarle a ser capaz de detener el tiempo.
¿Por qué tenía que sentir como algo tan natural tenerla tan cerca?
July, que ya había vuelto a ruborizarse, dio un paso atrás.
Y él, dejando caer el brazo, la dejó marchar.
Sin embargo, no pudo evitar quedarse con la sensación de que algo indescriptible seguía flotando entre ambos.
JULIA
No supo en qué momento había dejado de respirar con normalidad.
Lo único que tenía claro era que, o daba un paso atrás, o no confiaba en tener el valor suficiente para volver a alejarse.
Cada minuto que había compartido con Edward aquella noche había sido revelador.
Y no era justo culparle por algo que había nacido en ella.
Había sido su decisión pedirle que le mostrara quién era. Y también lo era ahora reconocer que cada detalle nuevo que descubría le dejaba más huella que el anterior.
Y, con todo y con eso...
Seguía allí.
En aquellos jardines que parecían sacados de un sueño. Descubriéndolos con él.
Con lo que no contaba era con que la noche aún no había terminado.
Es más, solo acababa de empezar.
Ya que, cuando alzó la mirada en busca de la preciosa mesa en la que había descubierto lo complejo que podía llegar a ser entender un plano, descubrió que esta había cambiado.
—¿Pensabas que no íbamos a cenar, señorita Lorraine?
Intentar disimular su mueca de asombro no surtió ningún efecto.
—¿Cómo...? —titubeó, observando, aún incrédula, la suculenta bandeja de comida que descansaba a escasos metros.
Edward no le respondió, se limitó a entornar los ojos, fingiendo inocencia.
Guiada por el característico aroma del aceite de oliva, se acercó a lo que el rey de Arven había organizado solo para ella.
No era una comida ostentosa, ni excesivamente elaborada: una tabla de quesos, pan de hogaza, mantequilla, fruta fresca y una botella de vino tinto, que, aunque no era su predilecto, se moría por probar.
Y fue al sentarse frente a él cuando se dio cuenta de que la sencillez de aquel acto era lo que la había calado.
—No me esperaba esto —admitió, mirándolo, incapaz de disimular que seguía procesando lo que tenía delante.
—Entonces tendré que esforzarme más la próxima vez —respondió Edward, con una media sonrisa.
—La próxima vez... —murmuró.
Al imaginarse cómo sería, aceptó que, si de ella dependía, la habría. Y le bastó esa afirmación silenciosa para darse cuenta de cuánto se estaba empezando a complicar todo.
Su reticencia para involucrarse emocionalmente —hacerlo implicaba demasiado— no estaba cambiando, pero por primera vez en mucho tiempo, ya no sabía si sería capaz de seguir poniéndole freno a las mariposas que no habían dejado de agitarse dentro de ella y que, durante la cena, la llevaron a olvidarse de la comida —algo insólito— para centrarse únicamente en disfrutar de la compañía.
La luna ya estaba en su punto más álgido, brillando en el firmamento, cuando los platos y la botella de Château Margaux empezaron a vaciarse.
Pronto llegaría el momento de marcharse y, cuando estaba a punto de agradecerle todo aquello al rey de Arven, Edward se adelantó:
—¿Recuerdas que en nuestro paseo por el Valle trajiste una sorpresa para mí?
Asintió.
—Pues hoy yo tengo algo para ti. Aunque no esperes algo tan impresionante.
—Edward de Valera —era la primera vez que lo nombraba así—, ¿podrías dejar de hacer que me sonroje constantemente?
Una carcajada después, su apuesto acompañante se levantó y ella, incapaz de reprimir la curiosidad, lo siguió con la mirada antes de también ponerse en pie.
Edward, sin darse cuenta de que estaba detrás de él, apartó con cuidado unas ramas de jazmín cerca de la zona en la que descansaban los planos y, de entre ellas, sacó lo que creyó que era un libro.
—Esto es para ti —dijo al girarse, sorprendiéndose al tenerla tan cerca.
Había sido su curiosidad la que los había vuelto a poner a escasos centímetros de distancia.
—Pensé que podría gustarte —añadió, tendiéndoselo, con el ámbar vibrando en sus expresivos ojos color avellana.
Tomando lo que le tendía con cuidado, por miedo a romperlo, no fue capaz de responder de inmediato.
En sus manos tenía el primer tomo de un manual de...
—¿Botánica? —preguntó, casi en un susurro, pasando los dedos con suavidad por la portada.
Un nudo con el que no contaba se le estaba formando en el pecho.
No era el hecho de que Edward hubiera convertido aquella velada en algo inolvidable, ni que ya la conociera lo suficiente como para saber que necesitaba ese libro.
Todo se reducía a que, en mitad de su rutina en palacio, se había acordado de ella.
—En la biblioteca están el resto de los tomos, por si cuando termines con este quieres continuar con los demás —le respondió Edward, con naturalidad.
Encontrar las palabras le costó lo inimaginable, pero logró articular un agradecimiento que sintió insuficiente.
Aquello no era una cita y, pese a ello, había sido, sin temor a reconocerlo, una de las noches más únicas de su vida.
La sensación de ingravidez la acompañó cuando caminaron de vuelta al coche, reafirmando lo que empezaba a ser evidente: sus muros no es que estuvieran cediendo, era la sonrisa torcida de Edward la que los estaba dinamitando.
El viaje en su Mercedes estuvo lleno de un silencio demasiado significativo.
Tanto, que necesitó bajar la ventanilla en busca de una bocanada de aire fresco para volver a centrarse en lo que su cabeza, refunfuñando, le decía que era lo correcto.
Sin embargo, cuando llegaron a su destino y él le abrió la puerta de nuevo, decidió tentar a la suerte y rebasar sus propios límites, acercándose.
Ante el desconcierto del rey de Arven, posó sus labios en la incipiente barba que adornaba sus angulosas mejillas.
—Nos vemos pronto, Ed —dijo, alejándose, en cuanto razonó lo que acababa de hacer.
—Cocina, arquitectura, botánica... —enumeró el rey, sin apartar los ojos de su rostro—. ¿Qué nos toca la próxima semana?
—¿Improvisar? —sugirió, rodeándolo para encaminarse hacia las escaleras que la llevarían hasta su apartamento.
No habría podido seguir sosteniendo el brillo que desprendían sus ojos.
«¿Cuánto tiempo seré capaz de seguir manteniendo la entereza?», se preguntó mientras entraba a hurtadillas en su habitación.
Sabía la respuesta.
Y no podía posponer eternamente el ser capaz de afrontarla.