Junto al rey (Arven 2) 14 La anticipación
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14 La anticipación

LA ANTICIPACIÓN

EDWARD

Era la quinta vez aquella mañana que pensaba en cuándo encontraría un momento para poder acercarse a la biblioteca.

La sala más emblemática del edificio Lira estaba a tan solo un par de pasillos de distancia, pero ese miércoles la veía a años luz.

—¿Me estás escuchando? —le preguntó Lewis, con quien llevaba compartiendo su tiempo desde prácticamente el amanecer. Habían vuelto a salir juntos a correr.

—Claro que te estoy escuchando —respondió, aunque su mirada se deslizó, casi por inercia, hacia el reloj.

—¿Seguro? ¿Qué te acabo de decir?

—Que mañana iremos al área de biología de la universidad, ya que hoy el equipo encargado del proyecto no podía recibirnos —narró, mirándolo, intentando ocultar su evidente cansancio.

Su mejor amigo le sostuvo la mirada unos segundos.

—Ed, eso es lo que te he dicho hace media hora.

«Extraordinario», pensó.

Lewis le acababa de pillar en un fuera de juego.

Su cabeza, siempre tan organizada, aquel día estaba empeñada en perderse en el recuerdo de unas orquídeas que aún no habían florecido.

—¿Café y retomamos después? —le propuso su mano derecha, sabiendo que necesitaba parar.

Solo que, siendo coherente con su realidad, casi antes de que su amigo terminara la frase, respondió:

—No nos da tiempo.

Tenía dos compromisos más antes de comer. Una agenda cerrada al milímetro y ni un solo hueco hasta esa noche que pudiera llamar suyo.

El tiempo avanzaba sin pedir permiso y sabía que, por más que quisiera, no podía hacer nada para detenerlo, aunque también se conformaba con que pasara más despacio.

Sin embargo, no era el ritmo de las agujas del reloj lo que le inquietaba.

Tampoco era el hecho de no poder escaparse a la biblioteca.

Era lo que representaba y la frustración contenida que le generaba.

Aun así, durante las siguientes reuniones, una pequeña parcela de su cuadriculada mente, la que reservaba solo para él, no pudo resistirse a volver a imaginar la cena que —encontraría la forma— tenía que organizar.

La cuestión era: ¿estaría a la altura de lo que quería mostrarle a la señorita Lorraine?

No supo la respuesta.

Y tampoco encontró un instante para plantearse, entre citas y divagaciones, en qué momento había empezado a importarle.

JULIA

Volver a casa de sus padres siempre era reparador.

El que había sido su hogar era uno de sus lugares seguros y, en cuanto entró, el inconfundible olor de la comida que estaba preparando su madre le recordó por qué tardó tanto en independizarse.

—July, ya estás aquí —le sonrió su padre en cuanto entró en el salón, decorado con infinidad de fotos que narraban cada acontecimiento importante de su vida.

Mason Lorraine, su progenitor, la persona más hogareña y práctica que conocía, quitándose sus gafas de pasta, se acercó a abrazarla.

A diferencia de su madre, que pasaba a verla con regularidad, él era más reticente a acercarse a Sweet Garden.

No porque no se sintiera orgulloso de su «pequeña» —así la llamaba—, siempre le había demostrado que lo estaba, sino porque su personalidad era, como bien sabían quienes tenían el honor de conocerle, bastante más reservada.

—La tortilla estará lista en cinco minutos —canturreó su madre.

—¿La tía Paula ha enviado jamón? —preguntó, emocionada ante la idea, una vez entró en la cocina.

Pocas cosas podían gustarle más que comerlo sobre una tostada con tomate.

—Si hubieras venido antes, te hubiera dado tiempo a probarlo —le dijo Mason, que la había seguido, buscando chincharla.

Así era su padre. Un «picón» de manual.

—Papá, podrías haberme guardado un poquito —se quejó, poniéndole ojitos.

Su familia, más bien, la mitad de su familia, vivía en España y su madre, Valentina, recibía constantemente paquetes de sus hermanas, a las que tanto añoraba.

Aunque conocía la historia de sus padres, le seguía pareciendo extraordinario el valor que tuvo su madre para dejar su vida como costurera en un pequeño pueblo de la sierra toledana y seguir a su padre, a quien conoció por casualidad cuando él viajó hasta allí por trabajo, hasta la capital de Arven.

«Fue el destino», repetía Mason, con un brillo mágico en los ojos al mirar a su madre, siempre que lo rememoraban.

Obviando que su padre había dejado sin reservas de sus platos favoritos la despensa, disfrutó de ese pequeño pero necesario ratito con ellos, poniéndose al día, contándoles cada pequeño avance que estaban logrando junto a Olivia.

—Por cierto —captó su atención Valentina, retomando la conversación sobre el país que tanto adoraba—, hemos pensado ir a ver a los abuelos.

—¿Cuándo? —cuestionó, pensando si podría escaparse.

Y, al pensar en escaparse, en su cabeza se dibujó una conversación que había tenido con el rey de Arven. Parecía que el eco de lo que compartían, aún sin definir, era incapaz de acallarse.

—Después del verano —le explicó su padre.

—Tal vez pueda cuadrarlo —contestó, dándose cuenta de que no había seguido planeando el largo viaje que quería hacer cuando terminara la caótica temporada de eventos en Sweet Garden.

«Has estado demasiado distraída», murmuró su subconsciente.

Era cierto y no estaba en posición de negarlo.

Edward había llegado irrumpiendo con tanta fuerza que...

—Ojalá, July, todos están deseando verte —añadió la mujer que le había dado la vida, nostálgica, rompiendo el hilo en el que su mente se había empezado a enredar.

Con el corazón lleno y una sonrisa de oreja a oreja, se volvió a subir en su bicicleta y, pasando por el paseo marítimo, solo por el placer de deleitarse con las vistas del mar, regresó a su apartamento.

Y allí la aguardaba el pequeñín a quien le había prometido su amor eterno: DJ.

Había echado de menos sus ronroneos y eso que solo había pasado una noche fuera con su dueña y con Noah.

Tras mimarlo de más, como siempre hacía, el felino se escabulló por la ventana.

Y fue al contemplar cómo las vibrantes luces del atardecer iluminaban sus geranios cuando cayó en la cuenta de que debía empezar a cambiarse.

Otro encuentro con Edward al que tendría que enfrentarse y, en vista de todo lo que había sucedido en los últimos días, no sabía con qué se encontraría.

Repitiéndose la interminable lista de motivos por los que su amistad, secreta —para añadir más dramatismo—, no podía funcionar, siendo tan incoherente como de costumbre en lo que a él refería, comenzó a vestirse.

Quería estar «presentable» y una falda de gasa en un naranja suave, junto a un corpiño blanco y unas alpargatas del mismo color, serían los encargados de que lo lograse.

Recogiendo su pelo en un moño desenfadado, esperó, haciendo tiempo con Orgullo y prejuicio, que, en algún momento, se había propuesto terminar, a la hora acordada.

A medida que pasaban los minutos, con la impaciencia recorriéndole nuevamente la piel, apartó la novela de su regazo.

No estaba logrando su objetivo.

Era incapaz de centrarse y se había dado cuenta de que aquella sensación se intensificaba siempre que le tenía delante.

Qué irónico era que las ganas de descubrir el universo de Edward —ella, en contra de su lógica, ya le había mostrado demasiado el suyo— fueran capaces de hacer que todas sus férreas convicciones estuvieran empezando a desdibujarse.

EDWARD

Por primera vez en todo el día, el silencio se abrió paso a su alrededor, alejándolo del bullicio en el que se había visto sumergido desde primera hora de la mañana.

Solo entonces, cuando el ritmo frenético de palacio dejó de empujarlo, fue consciente de que la idea que llevaba horas rondándole la cabeza había terminado de asentarse.

No necesitaba que aquella noche fuera perfecta.

Ni siquiera que encajara con el mundo tan rígido al que estaba acostumbrado.

Por más simple que pudiera sonar, lo único que quería era que fuera suficiente.

Una hora después, se permitió recorrer con la mirada lo que, con algo de ayuda, había organizado, analizándolo con esa precisión casi automática que siempre le acompañaba, en busca de algo que mejorar, de algún detalle mínimo que ajustar.

Pero, por primera vez en mucho tiempo, después de revisarlo exhaustivamente, no encontró la necesidad de hacerlo.

Quizá porque compartir aquello con Julia no respondía a las normas que tenía que seguir día a día, o porque, en el fondo, tampoco quería que nada que tuviera que ver con ella lo hiciera.

Comprobando que, efectivamente, había cogido las llaves del coche y que lo que había conseguido rescatar de la biblioteca les aguardaba, escondido entre las flores, para cuando llegaran, dejó atrás los jardines que, con tanta dedicación —y gracias a los planos que había diseñado—, se estaban transformando en algo digno de ser mostrado.

Estaba convencido de que ella, con esa forma tan única que tenía de verlo todo, sabría apreciarlo.

Jamás entendería por qué dudaba tanto cuando se trataba de ser él mismo.

Y, sin embargo, con la señorita Lorraine, serlo le parecía sorprendentemente sencillo.