13 Mariposas #2
—Es todo un honor —respondió, sabiendo que aquella afirmación escondía mucho más de lo que era protocolario expresar.
Una vez que su profesora, mostrándose tan natural como acostumbraba, cogió los postres que él sostenía en las manos para posarlos sobre la mesa del salón, decorada con un divertido mantel a cuadros, recorrió, nuevamente, con ojos de arquitecto, toda la estancia.
Su cabeza no había errado, era real, en aquella bonita casa primaba una constante en cada rincón: las plantas.
Estaban allá donde se fijase.
Y cuando pilló a July observándolas con dulzura, lo entendió.
No estaba solo en su apartamento; la mujer más desconcertante que conocía le estaba mostrando una extensión de sí misma. Una que, en vista de cómo se atrevió a mirarla acto seguido, le estaba fascinando.
Era su forma de ver el mundo y tenía la suerte de que se la estuviera enseñando.
—Es muy bonito —logró decir, cuando ella se acercó a su lado.
Sin embargo, no estaba hablando del curioso espacio en el que se encontraban.
Como si aquella cena no fuera la primera, las horas siguientes que compartieron, volviendo a cuestionarse incluso cómo se había formado el planeta, lo llevaron a aceptar que pocas cosas podrían compararse con compartir el tiempo con alguien que, siendo tan opuesta a él, era capaz de «verle».
La espontaneidad de July estaba consiguiendo que, para una persona que no tenía tendencia a fluir en absoluto, hacerlo pareciera algo tan sencillo como respirar.
—Es el momento —le dijo ella, con una sonrisa que vibraba, al coger el tiramisú.
Ya habían terminado con los sándwiches de pavo y rúcula improvisados que habían cenado.
—No me juzgues demasiado.
—Lo justo y necesario —sentenció ella, un suspiro antes de degustarlo.
Imitándola, hizo exactamente lo mismo y se aventuró a probar su primera mezcla de mascarpone y café.
—Mis recetas no fallan —aprobó July, saboreando la capa de cacao que había espolvoreado como decoración.
—Gracias por la parte que me toca —respondió, desviando la vista hacia una maceta en la que no había reparado hasta entonces.
—Qué indignación la suya, Majestad.
—Prométeme que no vamos a volver a las formalidades —le pidió, volviendo a fijar sus ojos en lo que acababa de captar su atención.
July, siguiendo su mirada, saltando de un tema a otro, como ya se había acostumbrado a que hiciera, le explicó que las orquídeas, su flor favorita, que curiosamente no siempre desprendían la fragancia que él conocía, se le estaban resistiendo.
—No es que sean difíciles... es que no puedes obligarlas.
—¿A crecer? —le preguntó, atento a cualquier cosa que quisiera contarle.
—A florecer. Solo lo hacen cuando están listas.
—¿Debo añadir a nuestra lista una clase de botánica?
Dejando de lado que la pasión con la que hablaba July de aquello ya era un motivo más que suficiente para querer saber más, la realidad era que quería descubrir cómo ayudarla con ese pequeño proyecto: lograr que sus orquídeas florecieran se acababa de convertir en su nuevo reto.
—Dar y recibir, Ed. Ahora te toca a ti.
—¿Qué tal una clase de arquitectura mientras cenamos?
Lo había propuesto sin dudar y no se arrepentía.
Aunque se excusó diciéndose a sí mismo que le debía una cena, sabía que la realidad era que el deseo de que ella siguiera viéndolo, viendo al Edward que solo unos pocos conocían, había primado y, aunque no tenía la certeza de salir ileso de aquello, quería atreverse con ello.
—¿Me estás invitando a cenar, Ed? —se burló Julia, usando las mismas palabras que él le había dicho antes de recoger la cocina de Sweet Garden.
—Siempre puedes decirme que no —respondió poniendo un leve puchero.
—Consultaré mi agenda.
—¿Demasiado trabajo? —cuestionó, pensando en que la velada estaba llegando a su fin y aún no tenía claro cuándo volvería a verla.
—No te imaginas cuánto...
Sin concretar nada, al igual que en el Valle, alargó una despedida que, pasada la medianoche, ninguno de los dos pudo seguir posponiendo.
—Gracias por todo esto, July —le dijo en la puerta y, sin querer, su mano se dirigió al mechón de pelo rubio que siempre caía de su larga trenza, colocándolo, con una delicadeza que no sabía que tenía, tras su oreja.
—Me pensaré si en nuestra próxima clase estás preparado para la gran receta.
Ya no sabía si quería estarlo, solo quería alargar todo aquello al máximo.
Con la sensación de que las horas, otra vez, habían pasado demasiado rápido, bajó hacia su coche, el que le aguardaba para llevarle de vuelta a su perfectamente organizada vida en palacio.
JULIA
La sensación de que algo se había quedado en el tintero se apoderó de ella e, incapaz de ponerle freno, salió al balcón de la habitación de Olivia.
Edward estaba a punto de subirse a su Mercedes cuando lo llamó desde la distancia.
La forma en la que volvió a mirarla... alguien que, en teoría, era solo su amigo.
No debería considerarse legal.
—Si quieres disfrutar de mi compañía esta semana, la cena que me has prometido tendría que ser mañana —le dijo, sintiendo cómo el rubor se instalaba en sus pecosas mejillas.
El resto de la semana sería imposible y, que alguien la pellizcara, no quería esperar tanto.
El anguloso rostro de Edward dibujó una sonrisa contenida y, ajustándose la chaqueta, bajo las luces titilantes de las estrellas, respondió:
—Perfecto, señorita Lorraine. Esta vez te toca a ti adentrarte en mi universo.
«¿Qué se supone que estás haciendo?», pensó, dándose cuenta de lo que acababa de provocar, mientras se seguían midiendo en la distancia.
—Te recojo a las nueve —añadió el rey de Arven, abriendo la puerta de su coche.
—No te atrevas a llegar tarde.
—Jamás —respondió él, con esa seguridad que siempre emanaba.
«Solo es otra cena», intentó convencerse cuando se acurrucó en el sofá, con la necesidad repentina de abrazar algo que le devolviera a tierra firme.
Pero las mariposas, esas que se agitan cuando conoces a alguien que pone a prueba tus certezas, no estaban de acuerdo. Y siguieron aleteando dentro.