Junto al rey (Arven 2) 13 Mariposas
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13 Mariposas

MARIPOSAS

JULIA

Necesitó treinta segundos, quizá un minuto, para asimilar que acababa de ayudar al mismísimo rey a anudarse un delantal.

Había sido inevitable respirar el mismo aire que él a esa proximidad tan cuestionable, pero no había podido resistirse a chincharlo por su lentitud al ponerse la prenda que le había lanzado.

—No hay tiempo que perder, Alteza —dijo con seguridad, una vez se recuperó de la cercanía con Edward que ella había propiciado.

Dando un sutil paso hacia atrás y tomando la batuta de la situación, continuó diciendo:

—Lo primero que debemos hacer es preparar todo lo que vamos a utilizar para el bizcocho.

—¿Bizcocho? —cuestionó Edward, alzando una ceja, curioso.

—Esto no es una clase amateur, ¿no? —le volvió a provocar—, así que haremos la receta al completo.

Un brillo descarado atravesó los ojos avellana del hombre que la acompañaba.

«July, a lo que estamos», intentó recordarse.

Supo, con una certeza irrefutable, que tendría que repetirse aquello más de una vez, y eso que ni siquiera habían empezado.

Guiando a Edward por sus dominios, unos minutos después tenían todo colocado sobre la encimera plateada que dividía la estancia.

—Es el momento de ver de qué pasta estás hecho.

—Tú mandas, señorita Lorraine, ¿con qué empiezo?

—Huevos y azúcar. Hay que batirlos.

Con suma concentración —algo que la sorprendió—, Ed, siguiendo las directrices que ella le iba proporcionando, llenó el bol que tenía delante.

Cuando le llegó el turno a las varillas, no pudo evitar sonreír al ver su exagerado gesto de desconcierto.

—No tienes ni idea de cómo se usan, ¿verdad?

—¿Tanto se ha notado?

—Un poquito —admitió, dispuesta a mostrarle la técnica.

Cuando intercambió posiciones con el rey, el sonido de la cocina pareció amortiguarse y, de repente, fue demasiado consciente del calor que desprendía el cuerpo del hombre que tenía a su lado.

Intentando estar a la altura de su tarea como profesora, tomó su mano con delicadeza para guiarle.

Quiso ignorar la electricidad que la recorrió al rozarlo de nuevo, pero fue prácticamente imposible.

Era la cercanía repentina, la conciencia de lo poco que los separaba, lo que la estaba descolocando.

Conseguir que las claras doblaran su tamaño a Edward le tomó más tiempo de lo que esperaba, pero ella había decidido que solo volvería a intervenir si era estrictamente necesario.

No se podía volver a permitir acercarse demasiado, ya que mantener la entereza se estaba convirtiendo en algo increíblemente complicado.

—Lo tienes, Ed —aplaudió, cuando él logró finalizar el primer paso.

Todo había quedado perfectamente integrado.

—Solo he tardado un milenio... —se quejó Edward, frunciendo el ceño.

—Recuerda que lo has conseguido —le interrumpió— y ahora, deja de refunfuñar, la harina te está esperando.

Al abrir el bote, la presión de la tapa hizo que una fina capa de harina cubriera el apuesto rostro de su atento alumno y que sus primeras carcajadas de la noche inundaran la cocina de Sweet Garden.

—Ven aquí, anda —le pidió, incapaz de no volver a acortar la distancia que los mantenía separados, con una naturalidad que no terminaba de creerse.

Estaba dispuesta a limpiarle la cara con su delantal, y así lo hizo, solo que también le alborotó el pelo, intencionadamente, en el proceso.

Ese gesto que no había podido contener le permitió fijarse de cerca en todo lo que no tendría que admirar de él: su sonrisa torcida, la forma en la que le sostenía la mirada a un suspiro de poder tocarla, cómo erguía la espalda.

Aun siendo consciente de cada detalle, de la línea que podía llegar a rebasar si seguían así, no se movió.

Con lo que no contaba era con que dentro de Edward habitaba un ser maligno, que aprovechó que ella estaba demasiado aturdida para coger la tapa del bote de harina y mancharla con ella.

—Jamás volveré a ayudarte —gruñó, cuando un manto del color de la nieve le cubrió las mejillas.

—July, definitivamente el blanco es tu color —le dijo Edward, cruzándose de brazos, mientras contenía una carcajada.

—Muy gracioso, Alteza, muy gracioso —le ladró—, pero mi color siempre ha sido el verde.

Con un as bajo la manga, se acercó al bol del preparado y, mientras le retaba con una mirada malhumorada, tomó las varillas y las deslizó con la precisión suficiente como para manchar su impoluta camiseta blanca.

«Para que vuelvas», pensó, pavoneándose con malicia.

Era su cocina.

Ni el rey —ni nadie— lograría que se amedrentara.

—¿Estás dispuesta a empezar una guerra contra mí, Julia Lorraine?

La voz de Edward sonó peligrosamente atractiva, por lo que, tras planteárselo durante una milésima de segundo, apelando a la razón, negó con la cabeza.

—La ganaría —respondió, intentando sonar convencida—. Pero te recuerdo que tenemos que seguir con esto.

El rey de Arven asintió, no sin antes poner los ojos en blanco mientras se quitaba las manchas que surcaban su camiseta y, volviendo a su posición, aguardó a la siguiente lección.

Una vez que consiguieron que el bizcocho descansara en la bandeja del horno, creyó que tendría una tregua de aquella montaña rusa de sensaciones que estaba viviendo.

Sin embargo, no tardó en descubrir que no había nada más lejos de ser cierto.

—Te prometo que jamás pensé que batir podría ser tan difícil —murmuró Ed, un rato después, luchando con la siguiente mezcla.

Las claras que utilizarían en el mascarpone, que debía terminar «al punto de nieve», como le había explicado, se le estaban atascando.

—¿Puedo? —preguntó, obviando, una vez más, que se había propuesto mantenerse al margen.

—Debes —respondió Edward, fijándose en cómo ella volvía a coger su mano.

Su intención era mostrarle una forma más efectiva de colocar la muñeca y, una vez que lo consiguió, no sin esfuerzo, ya no tenía tan claro que quisiera volver a poner distancia entre ellos.

El rey de Arven, para no variar, no se lo había puesto fácil, ya que, en vez de centrarse en lo que ella pretendía enseñarle, se dedicó a buscarla con la mirada.

Entonces, como si los astros quisieran seguir actuando en su contra, el silencio en la cocina de Sweet Garden comenzó a cargarse, intensificando aún más lo que sea que estuviera naciendo entre ellos.

¿Sería posible que existiera intimidad en algo tan cotidiano?

Sus ojos, como era de esperar, por más que lo intentó postergar, terminaron chocando.

Avellana contra azul.

«Reacciona», se pidió, contemplando su reflejo en aquellos iris de color ámbar.

No estaba ganando esa batalla.

Ojalá su subconsciente hubiera sido quien la trajera de vuelta a la realidad, pero fue el inconfundible pitido del horno el que rompió aquella tensión suspendida en la que se encontraban.

Tensión que ella no estaba dispuesta a pararse a analizar.

Jamás pensó que una inocente clase de cocina se pudiera «complicar» tanto.

Y, sin ser del todo consciente de cómo, tras sacar el bizcocho del horno, consiguieron continuar con la elaborada preparación de la crema.

Perdidos entre risas genuinas y una inevitable danza de manos, finalmente, le llegó el turno al último paso: el montaje.

Usar la manga era considerado todo un arte y, a diferencia de lo terrible que había sido para Edward trabajar con las varillas, manejar su objeto favorito de la cocina se le dio increíblemente bien.

—Si no enseñamos los tres vasitos que has rellenado tú, señorita Lorraine, los míos no han quedado nada mal.

Lo cierto era que tenían un aspecto espectacular, teniendo en cuenta que eran sus primeras creaciones.

No obstante, respondió:

—No tengo ninguna intención de inflarte el ego, Alteza.

—Aún me queda superar la prueba de fuego —murmuró Ed, pasándole uno de los vasos—. ¿Podrías probarlo?

Que el rey de Arven se hubiera tomado su clase tan en serio la pellizcó por dentro.

Estaba volviendo a flaquear.

Él quería su aprobación y, antes de razonar lo que estaba a punto de decir, su boca, traicionera, se adelantó.

—Creo que primero deberíamos cenar algo.

Ante su propuesta, esa chispa en los ojos pardos del rey —a la que le estaba costando inmunizarse— volvió a resurgir.

«Para», quiso gritarle, por atreverse a contemplarla así.

¿Dónde estaban sus barreras anti-Edward cuando más las necesitaba?

—Se ha hecho tarde —añadió, maldiciendo su impulsividad en silencio.

—¿Me estás invitando a cenar, July? —preguntó él, enarcando una ceja, sin ocultar que le encantaba la idea.

—No hagas que me arrepienta —respondió, rodeando la encimera, en busca del temple que siempre la caracterizaba, pero que parecía haberse esfumado por la ventana.

No apareció.

Y, para seguir fomentando su ya confirmada falta de cordura, en vez de quedarse en la seguridad de su local y aprovechar cualquiera de los preparados que había refrigerados, decidió dar un salto al vacío.

«Julia Lorraine Fernández, no tienes remedio», se dijo en silencio.

Una vez que su templo quedó impoluto, con el postre en las manos de Edward, subieron, despacio, guiados por su invitación, las escaleras exteriores que conectaban sus dos realidades.

Por más inverosímiles que le resultaran sus decisiones, con una sonrisa que no pudo guardar, le mostró, al abrir la puerta e invitarle a pasar a su caótico hogar, otra parte de quién era.

La que ella consideraba, sin lugar a dudas, la más importante.

EDWARD

No recordaba la última vez que algo, y quien dice algo, dice alguien, lo había sorprendido así.

Mientras cruzaba el umbral del hogar de July, supo que no sabría ponerle nombre a aquella sensación tan efervescente que le recorría.

Sosteniendo con sumo cuidado los vasitos que había creado junto a ella, aunque se había autoproclamado un desastre culinario, la siguió, mirando con detalle todo lo que tenía a su alrededor.

En su vida, tan llena de estímulos, rara vez se permitía observar algo con tanta atención, pero no pudo evitarlo.

El contraste había sido inmediato.

De la calidez que habían compartido en la cocina a la verdad que estaba descubriendo en aquel pequeño apartamento.

No podía negarlo: Julia había hecho del lugar algo suyo.

—Bienvenido a mi humilde morada, Alteza.