12 Causa y efecto
CAUSA Y EFECTO
JULIA
Ese último fin de semana del mes, ni ella ni Olivia —con la que hablaba sobre el cumpleaños que tenía al día siguiente con los padres y hermanas de Noah—, tendrían tiempo ni para parpadear.
Tenían tres eventos prácticamente seguidos: el sábado por la mañana, su favorito, la inauguración de una floristería; por la noche, a las afueras, un cóctel de una empresa de marketing; y el domingo, a mediodía, una reunión de jugadores de golf.
No podían quejarse y no lo hacían. Todo con lo que siempre habían soñado para Sweet Garden estaba, pasito a pasito, sucediendo, pero el ritmo en la cocina empezaba a ser frenético.
Coordinándose como solo ella y su mejor amiga eran capaces de hacer, la mañana de aquel lunes voló tan deprisa como una ráfaga de viento.
Turnándose para salir a comer, llegó su momento, y la anticipación por volver a hablar con Edward se impuso en su mente.
«Por favor, July, si no han pasado ni veinticuatro horas».
Había estado tan entretenida preparando la mayor cantidad de platos posible para refrigerar que no se había permitido pensar en su paseo por el Valle, ni en la chaqueta que había colgado en su armario la noche anterior, ni en las gafas de sol que descansaban en uno de sus bolsillos.
Su relación con Edward, su ya confirmada «amistad», estaba creciendo y sabía que, por más que su cabeza vacilara ante todo lo que aquello implicaba, ya era tarde para frenarlo.
Mordiendo un trozo de zanahoria, que acababa de untar en hummus de remolacha, esperó a que sonara el teléfono, contemplando lo bonitas que se estaban poniendo todas sus plantas.
Cuando lo hizo, la voz cantarina de su madre, tan parecida a la suya, invitándola a comer con ella y con su padre, en su antiguo hogar, el miércoles, fue un pequeño recordatorio de que estaba empezando a bailar sobre sus propios límites.
Algo que confirmó cuando el teléfono rojo, minutos después, volvió a sonar.
—¿Te he dicho alguna vez que soy un fan incondicional de la panacota? —fue el saludo de Edward.
Tres segundos había tardado el rey de Arven en hacerla sonreír.
—De mi panacota —apostilló, sentándose en la encimera de la cocina, mientras jugaba con un mechón de pelo, que para no variar, se había escapado de su larga trenza.
—Estoy más que preparado para conocer los secretos de tus recetas, señorita Lorraine.
Aquella conversación había empezado fuerte.
Imaginándose a Edward en sus dominios, respondió:
—Empezaremos con el último postre que has probado.
—Por favor, July —murmuró Edward, intentando que su voz sonara dramática—, puedo enfrentarme ya al lemon curd.
Por un instante pensó en hasta dónde les estaba llevando aquella mezcla de limón y flores que seguía —y seguiría, por el momento— guardándose para ella.
—Antes de correr, Edy, deberías aprender a andar.
—¿Siempre eres tan difícil, señorita Lorraine? —le preguntó el rey, y supo que estaba conteniendo un suspiro exasperado.
—Estoy siendo una profesora precavida —se excusó.
¿Por qué le gustaba tanto aquel tira y afloja?
Antes de darse a sí misma una respuesta que no quería oír, Edward volvió a hablar.
—Creo que la única forma de que los dos ganemos es encontrar el punto medio.
—Te escucho, Alteza.
—¿No podrías llamarme simplemente Edward? —refunfuñó el hombre que sostenía la corona de Arven.
—¿Y qué tal «Ed»?
Utilizar un apelativo con él no contaba como dar un paso más, ¿no?
—Te lo acepto, si tú aceptas que empecemos por el tiramisú.
—Lo tuyo es negociar, Ed.
Sí, definitivamente le gustaba cómo sonaba esa variación de su nombre.
—¿Entonces qué día te atreves a enseñarme?
Pensando en la cantidad indecente de mezclas que aún tenía que dejar preparadas, se quedó en silencio, perdiéndose en el verde de las paredes de su cocina, iluminadas por el sol que entraba a borbotones desde la ventana.
Edward, que en aquel breve momento en el que se había quedado callada pareció entender que el trabajo era quien la reclamaba, soltó sin ni un solo atisbo de sutileza:
—Cualquier día, a partir de las ocho, yo puedo escaparme.
«Escaparnos», dijo una voz en su interior que no reconoció y que le recordó que había una posibilidad.
—Mañana tengo la cocina solo para mí —susurró, casi sin pretenderlo.
Olivia descansaba, como cada martes.
—Mentalízate, July, voy dispuesto a volver a sorprenderte.
¿Aún más?
Como si no lo hubiera hecho ya bastante.
Sin embargo, dejándose guiar por esa complicidad que parecía innata entre ellos, respondió:
—Mientras no me quemes la cocina...
—No puedo prometerlo.
—Edward —le riñó, sonriendo, otra vez, al teléfono.
Menos mal que tenía que irse. Así dejaría de mirar embelesada a ese cacharro rojo con el que estaba hablando.
—Ten un buen día, July.
—Hasta mañana, Ed.
Con el suave burbujeo de unas expectativas de las que nunca se había terminado de fiar, volvió a Sweet Garden y, al cruzar la zona de degustación y mirar hacia el fondo de la estancia, comprendió que, esa noche, le abriría a Edward una pequeña puerta a su mundo.
EDWARD
Llevaba más horas de las que podía contar en su despacho.
Había tanto por dejar cerrado que había pasado la mañana al teléfono.
Saltando entre ministros, prensa, la embajada y un sinfín de llamadas protocolarias.
Aunque contaba con la inestimable asistencia de Lewis, con quien, increíblemente, ese martes había salido a correr por la mañana, había temas que prefería tratar él.
A fin de cuentas, aquello no dejaba de ser su trabajo y, tal vez porque siempre había sabido a qué terminaría dedicándose, le encantaba.
Estaba anotando en su agenda la cita con los medios de comunicación del viernes, tras soltarse la corbata en color cian que llevaba, cuando la única persona que entraba sin llamar en aquella estancia apareció haciendo eco de su indiscutible elegancia.
—Mamá —la nombró al escuchar cómo se abría la puerta.
La emérita, Katherine, se acercó hacia él con una sonrisa.
—He pensado que podríamos tomar un té juntos.
No era algo que no hicieran normalmente, pero la conocía y creyó adivinar, en su expresión contenida, el motivo de su visita.
—Que sea un café doble, por favor —respondió, levantándose para darle un sonoro beso.
Su madre acogió el gesto con dulzura y, acto seguido, siendo la mujer con temple que era, habló antes de que tomaran asiento en los grandes sillones que decoraban el centro de la sala.
—Ha llegado a mis oídos —empezó diciendo, solemne— que tus escoltas han tenido un par de días libres.
El palacio de Alborea, por más grande que fuera, no estaba hecho para esconder secretos.
—No voy a preguntarte, Edy —se apresuró a añadir, mirándole a los ojos.
—Las noticias vuelan —murmuró.
—Confío en tu criterio, ya sabes que siempre lo he hecho.
Lo sabía. Sus padres siempre habían creído en su buen hacer y, aunque, como todo joven, habían tenido sus momentos, nunca habían limitado ninguna de sus elecciones.
Asintió, siendo consciente del peso del legado que portaba con orgullo.
—Solo te pido que recuerdes quién eres y... —una pausa premeditada— que sigas persiguiendo todo lo que te haga feliz.
—Gracias, mamá.
La mujer que le había dado la vida no volvió a mencionar nada de aquello mientras disfrutaban de un apacible rato juntos, pero sus palabras se le asentaron, sin pretenderlo, demasiado dentro.
¿Podría serlo todo al mismo tiempo?
El rey que vivía para su país y el hombre que, sin esperarlo, estaba descubriendo.
Julia, tan diferente, tan real, formaba parte de ese descubrimiento y, al salir hacia Sweet Garden, dispuesto a enfrentarse, por primera vez, a una clase de cocina, se dijo que no pensaba renunciar a aquello.
JULIA
Cerró el local cuando se dio cuenta de la hora.
Solo tenía quince minutos para cambiarse y volver a bajar las escaleras que lo conectaban con su apartamento para volver a abrirlo.
Autoconvenciéndose de que subía a cambiarse porque tenía una pequeña mancha de chocolate en la blusa con la que había trabajado toda la jornada, entró a una velocidad nada recomendable en su habitación para buscar algo nuevo que ponerse.
Un top con mangas en rosa pálido terminó siendo su elección.
Estaba admirando lo curiosamente bien que quedaba con sus vaqueros estampados, cuando Olivia, a quien no había escuchado, entró en su habitación.
—¿Va todo bien? —preguntó su mejor amiga al verla en casa unos minutos antes de lo habitual.
Solían cerrar a las ocho los días que abrían por la tarde y ella no era de las que se escabullían antes.
Mirando a Oli a los ojos, de ese verde tan intenso, supo que el silencio estaba jugando en su contra.
—Espera —se apresuró a añadir su siempre tan observadora socia—, ¿vas a salir?
—Eh... —dudó.
—Sabía que algo me estabas ocultando, Julia Lorraine.
—No es lo que crees, Oli.
—Florecilla, te interrogaría ahora mismo, pero Noah me está esperando abajo.
Le debía una ración extra de crêpes a su químico favorito por librarla de aquello.
Sabía que su mejor amiga era capaz de convertir su salón en una sala digna de una película policíaca, solo que con un par de copas de frizzante en vez de esposas para acompañarlas.
—Se me ha olvidado el regalo de Eleonora —agregó, suspirando por su falta de memoria—, pero que sepas que, en algún momento, no te librarás de ponerme al día.
Asintió. No se sentía capacitada para mucho más.
Y la persona con más magia que conocía, acercándose a abrazarla como despedida, susurró en su oído:
—Amiga mía, no te imaginas cuánto me alegro.
Olivia estaba dando por sentado demasiado —equivocándose de pleno— y, aunque sabía que su alma gemela jamás adivinaría lo que estaba sucediendo, había algo que sí era un hecho: jugar al escondite con Edward no podía ser eterno.
Esa realidad amenazaba con tambalear su debut como profesora de cocina.
No obstante, cuando, unos minutos después, el rey de Arven llamó a la puerta y le mostró una sutil sonrisa torcida que algo le decía que reservaba solo para un grupo de privilegiados, su cabeza apagó aquel pensamiento.
—¿Preparado para entrar en mi territorio, Alteza? —le preguntó, buscando, sin pretenderlo, la calidez de su mirada.
Al encontrarse con el ámbar de sus ojos, supo la respuesta, pero aun así, Ed, poniéndose firme, contestó:
—Nunca he estado tan preparado.
Y así fue como, sintiéndose tan ligera como el aire al volver a tenerlo cerca, se adelantó hacia el perchero y, pillándolo desprevenido, le lanzó uno de los delantales verde menta que había dejado colgados antes de salir.
Edward, aun sin esperarlo, lo cogió al vuelo.
Tenía buenos reflejos, eso tenía que concedérselo.
—Empezamos —le dijo, tomando otro para ella.
—Empezamos —repitió él.
Tras escucharle tan seguro, dejó de darle vueltas a la vida.
«El efecto Edward», lo llamaría.