11 Más de un motivo
MÁS DE UN MOTIVO
EDWARD
Estaba sentado en su Mercedes, con la ventanilla del copiloto ligeramente bajada, tarareando Sacrifice, de Elton John, que sonaba por la radio, cuando, a lo lejos, en la entrada al paseo, vio un reflejo dorado.
Al observar a Julia acercarse, en una bicicleta, rememoró el pensamiento que surcó su mente la primera vez que la vio: era como un destello.
La luz parecía formar parte de ella y, al darse cuenta de aquello, una sonrisa brotó en su rostro, ese que estaba acostumbrado a mantener siempre un porte serio.
Cuando quiso darse cuenta, la señorita Lorraine había aparcado justo a su lado.
Y entonces pensó que, incluso antes de saludarse, ya había vuelto a sorprenderle.
¿En serio había ido hasta allí en bicicleta?
Golpeando suavemente con los nudillos la ventanilla, la chica a la que había estado esperando consiguió que sus ojos se encontraran y que esa chispa, que ya reconocía cuando se miraban, volviera a aparecer.
—Imagino que no saldrás del coche hasta que no tengas las gafas de sol que te prometí, ¿no?
—Hola a ti también, señorita Lorraine —la saludó, bajándose, no sin antes coger las gafas que guardaba en la guantera.
Su intuición le decía que iba a necesitarlas.
Antes de que pudiera añadir nada, ella se acercó a la cesta que tenía la parte delantera de su bicicleta y sacó lo que, efectivamente, le había dicho que le llevaría.
—Creo que te irán perfectas.
Tenía que estar de broma.
Una atrocidad de pasta en color fresa era lo que le estaba tendiendo.
—Se supone que no debo llamar la aten... —empezó a decir.
—Me lo prometiste, Alteza —le interrumpió, retándole con una picardía deslumbrante.
Un gruñido bajo escapó de su garganta, provocando que Julia, que estaba encantadora con aquel vestido lila, se echara a reír.
—Entonces tú ponte estas —propuso él, mostrándole las suyas.
Mirándose en el reflejo de la ventanilla, su acompañante aprobó su nuevo complemento.
Y sí: sus Ray-Ban le sentaban un millón de veces mejor que a él.
Sin excusa para evitarlo, comenzaron el paseo, con la calma envolviéndolos y él convertido, muy a su pesar, en alguien a quien no reconocerían en ningún acto oficial.
—Espero que no olvides esto —se quejó— porque jamás volverá a suceder.
—Edward... —le nombró ella, conteniendo la risa, aunque no lo consiguió— te aseguro que te quedan bien.
Sus carcajadas eran altamente contagiosas y no pudo evitar reírse con ella.
El valle en el que se estaban sumergiendo, flanqueado por almendros que aún conservaban algunos pétalos entre sus ramas, parecía irreal, con restos blancos y rosas salpicando el suelo, invitándolos a perderse en él.
—Creo que has acertado —comentó, señalando al horizonte, mientras avanzaban, aún sin rozarse.
—Siempre lo hago —respondió Julia, con una sonrisa de oreja a oreja, observando, absorta, todo lo que tenían delante.
Mirándola más tiempo del necesario, ella finalmente le descubrió y un ligero rubor se instaló en sus mejillas.
—La primavera es mi época favorita del año —le contó, queriendo desviar su atención.
Sin apenas ser consciente, al descubrir un nuevo detalle sobre ella, abrió en su mente un pequeño cajón para guardarlo.
—Yo me quedo con el otoño —dijo como contrapunto.
—Te diría que me sorprende, pero creo que podría haberlo adivinado.
—¿Tan difícil es sorprenderte, Julia Lorraine? —preguntó, dándose cuenta de que sus manos estaban casi chocando.
—Podrías intentarlo. Respóndeme a algo más complicado.
—Soy un libro abierto —expresó exagerando, abriendo los brazos.
—Dime algo de lo que te sientas orgulloso.
No esperaba una cuestión como aquella y, dándose cuenta de que quería responder con sinceridad, se permitió un minuto para sopesar su respuesta, quitándose las gafas de sol en el proceso, aunque no se las devolvió a su dueña.
—De ser el rey de Arven... —empezó diciendo, bajo su atenta mirada, pues ella también se había quitado sus gafas y había decidido utilizarlas como diadema— de haber conseguido mi sueño de también ser arquitecto y... —tomó aire— de todo lo que aún no he hecho.
Julia, curiosa, frenó sus pasos.
Lo había logrado.
—Me gusta pensar que eso me obliga a seguir avanzando.
—Explícate —le pidió ella, sosteniéndole la mirada.
—Todo se resume en enfrentar cada día queriendo hacer algo de lo que seguir sintiéndome orgulloso.
No solía hablar con tanta franqueza con alguien a quien apenas conocía, pero con ella...
No se permitió seguir el hilo de ese involuntario pensamiento.
—Objetivo conseguido —respondió Julia, con una sonrisa franca, sin apartar la mirada.
Cuando sus ojos se volvieron a encontrar, el silencio tomó espacio entre ellos.
Un silencio apacible, fácil, tan natural como la conversación que estaban teniendo.
—¿Por qué arquitectura? —le preguntó, cuando retomaron sus pasos, mientras la suave luz anaranjada de la tarde les hacía de guía.
—De eso nada, ahora me toca preguntar a mí. Dar y recibir, ¿recuerdas?
—No me permites olvidarlo —le chinchó—, pero no te acostumbres a que te dé la razón.
Dejándose llevar por la genuina intimidad que la atmósfera del Valle de los Almendros había creado, le preguntó:
—¿Con qué sueñas, señorita Lorraine?
—Con volar.
No había dudado.
—Eres una caja de sorpresas —murmuró, dándose cuenta de que lo había afirmado en voz alta.
Encogiéndose de hombros, su acompañante volvió a ponerse las gafas de sol y, con un gesto, le indicó que siguiera caminando.
A unos metros de distancia, había una pequeña laguna que rompía el paisaje, en la que Julia, sin apenas esfuerzo, logró convencerlo de que se sentara junto a ella en la hierba.
Para cuando quiso ser consciente, hablando sobre todo y sobre nada, con la mujer que había ido conociendo un poquito más respuesta a respuesta, el atardecer empezó a caer, tiñendo el cielo.
El tiempo se había escapado entre sus dedos.
—Tengo algo para ti —le dijo Julia, cuando regresaban por el sendero.
—¿Para mí?
Ella asintió, segura de sí misma.
Eso tampoco se lo había esperado.
—Para ti, Alteza.
Al volver a observarla, esperando descubrir qué se traía entre manos, notó la brisa fría de las tardes de finales de abril.
—Ni se te ocurra ser un caballero andante —le dijo Julia al ver sus intenciones.
Se estaba quitando su chaqueta vaquera.
—Eres imposible, señorita Lorraine.
—Lo sé.
Pero esta vez, él no iba a ceder.
Así que le demostró que compartían cabezonería.
—Póntela —le pidió, tendiéndosela—. Considéralo parte de nuestros acuerdos.
En cuanto vio un atisbo de sonrisa en sus labios, supo que había ganado.
Ya al final del camino, vislumbrando su coche, Julia le pidió que esperara y, desviándose del camino, se agachó a recoger flores silvestres, de las cuales solo reconoció las amapolas.
—¿Te las vas a llevar? —preguntó, observando el bonito ramo improvisado.
—Otro dato más sobre mí que descubrirás hoy, Alteza —le miró— esto —señaló la vida que les envolvía: los árboles, las flores...— es mi pasatiempo favorito.
Julia Lorraine era todo lo que no había esperado y, aunque no podían ser más opuestos, lo tenía claro: a cada instante que pasaba, parecía importarle menos.
JULIA
Edward II de Valera, a quien había intentado, sin éxito, mirar como al rey que todos conocían, se estaba convirtiendo en una persona en la que, en contra de sus reticencias iniciales, podría llegar a confiar.
La tarde, junto a él, estaba siendo infinitamente mejor de lo que podría haber llegado a imaginar y, aun así, seguía dudando de si aquello era «correcto».
No obstante, dejándose llevar, cuando Edward se apoyó sobre el capó de su elegante Mercedes negro, tras guardar las flores que había recogido en su cesta de mimbre, no vaciló al sacar lo que había llevado para él.
—Sé que con esto añadiré otra receta a la lista, pero...
Titubeó un instante, consciente de que había estado a punto de delatarse, pero, siendo la mujer inteligente que era, recondujo su afirmación.
—Creo que deberías empezar con tus enseñanzas culinarias con algo más sencillo.
—No sé si debería ofenderme que consideres que soy un desastre en la cocina, July.
«July», repitió y un burbujeo, que decidió obligarse a apagar, brotó en su interior.
—Aún no te he visto trabajar, así que tengo ciertas reservas.
Edward, que no había perdido el tiempo, acababa de abrir uno de los tarritos de cristal y estaba contemplándolo.
—Dejando de lado que, sí, me has ofendido —contestó Edward, desviando la vista y fingiendo indignación—, dime que has traído unas cucharas escondidas en esa cesta.
Con una sonrisa que no pudo evitar, respondió:
—Tendrás que probarlas en Alborea, Alteza.
—Has perdido la oportunidad de ver mi reacción al probar otra de tus creaciones.
El atractivo hombre que tenía enfrente volvía a tener razón. Sin embargo, no iba a dársela.
Pero no tenía duda alguna de sus habilidades, así que sabía que, aunque no lo viera en directo, las panacotas también le encantarían.
—Cuéntamela cuando decidas que estás preparado para tu primera lección.
Dándose cuenta tarde de que acababa de dejar en el aire, otra vez, la posibilidad de volver a verse, asumió que era el momento de dejar de negar lo evidente: quería seguir aprendiendo a leerle.
—Nací preparado, así que... —ese silencio, el muy altanero, se estaba haciendo el interesante— cuenta con ello esta semana.
Siguiendo con aquel reto, uno más que añadir a la lista infinita que estaban creando, poniéndose frente a él, mientras una posibilidad se dibujaba en su cabeza, respondió:
—Estoy deseando ver lo preparado que estás cuando entres en la cocina de Sweet Garden.
Manteniéndole la mirada, de la misma forma que durante aquella tarde lo había hecho ella, Edward contestó:
—Te llamaré mañana mismo para informarte.
El rey de Arven acababa de encontrar un motivo, ineludible, para que hablaran por teléfono nuevamente.
—A mediodía estaría bien, pero confírmamelo, por ir mentalizándome.
Y, sin esperarlo, él tendió su mano, buscando sellar aquel curioso trato que habían improvisado.
Tomándola, como había hecho hacía semanas en la recepción de palacio, apretó con entereza, sin apartar la mirada.
—Creo que es hora de irnos —afirmó, cuando la intensidad de sus ojos avellana amenazó con traspasarla.
No podía permitirse que Edward —con quien estaba empezando a bajar la guardia— viera aún más de ella ese domingo.
—Nos vemos pronto, July.
—Hasta mañana, Edward.
—Al menos esta vez no me has llamado «Alteza» —insinuó el hombre que seguía sin moverse de su asiento improvisado sobre el coche.
—¿Cómo debería llamarte? —preguntó, sabiendo que estaban alargando la despedida.
—Como quieras menos Edy.
—Acabamos de cometer un error, Alteza —le dijo, con una sonrisa traviesa—. Me encanta cómo suena Edy.
—Julia —gruñó, infantil, el rey de Arven.
Ignorándolo, se dio la vuelta y se subió a su bicicleta.
—Disfruta de las panacotas, Edy.
—Incorregible —creyó escuchar, cuando se alejaba de él, sin darse cuenta de que tenían más de un motivo por el que volver a encontrarse.
El aroma a sándalo, de una chaqueta vaquera que le venía grande, le acompañó de vuelta a su apartamento, sin dejar de lado las gafas de sol que seguía usando como diadema.
Sintiendo esas prendas como suyas, tardó en darse cuenta y, cuando lo hizo, ya era demasiado tarde.
Se había llevado, sin pretenderlo, un poquito de Edward.