Junto al rey (Arven 2) 10 Todo por descubrir
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10 Todo por descubrir

TODO POR DESCUbrIR

EDWARD

Desde que había regresado de su pequeña escapada matutina a Sweet Garden, la productividad se había apoderado de él, logrando que fuera capaz de terminar todo lo que tenía en su agenda para aquel día en tiempo récord.

«Parece que te has tomado una sobredosis de cafeína», le había dicho Lewis, intentando descubrir qué escondía, tras terminar la reunión de tres horas con él y su equipo, a la que había llegado con casi media hora de retraso.

Su respuesta había sido simple: nada tenía que ver con los efectos de una de sus bebidas predilectas, de la que aquel jueves había tomado solo una taza; más bien, todo se debía a que estaba teniendo un buen día.

Aunque «bueno» distaba bastante de cómo podría definirlo. Tal vez «sorprendente» se acercaba un poco más.

Salir de su zona de seguridad, sin pretenderlo, estaba marcando la diferencia en más de un aspecto.

Al final de la tarde, organizó por tercera vez su fin de semana y, después, esperó, mirando su reloj como un idiota inquieto, a que sonara el teléfono.

«Ni que fueras un crío», se gruñó, suspirando, una hora más tarde.

Le estaba costando, más de lo que estaría dispuesto a admitir, centrarse en los planos que había decidido esparcir por todo su escritorio para distraerse.

Dos minutos antes de las diez, mientras trazaba líneas inconexas, escuchó el sonido que, ya no tenía sentido negar, había estado esperando.

—Buenas noches —escuchó que le saludaba Julia, con esa dulzura tan característica en su voz.

—¿Qué tal ha ido el resto del día? —le preguntó, acomodándose en su confortable sillón de cuero marrón.

—No ha sobrado ni un solo vasito de tiramisú —suspiró la señorita Lorraine.

Se notaba a kilómetros de distancia que, aun cansada, adoraba lo que hacía.

—Puedo hacerme una ligera idea de por qué se han vendido —respondió, rememorando el sabor del mascarpone—. Yo he estado tentado de traérmelos todos conmigo.

Su risa, a través de las ondas, llenó la habitación.

—Podrías aprender a hacerlos, así los tendrías siempre que quisieras —insinuó Julia.

—¿Aprender a hacerlas es la nueva cláusula para conseguir tus increíbles recetas? —cuestionó, siguiéndole el juego.

Al formular esa pregunta, una sensación similar al vértigo cruzó su mente al pensar en que todo podría terminar si conseguía superar el reto inicial con el que había empezado todo aquello.

Conseguir la receta —ahora, recetas— supondría quedarse sin un pretexto para volver a verla.

—Quizá... pero eso significaría que tendría que ser yo quien te enseñara.

—¿Tan terrible sería?

—Implicaría tener que volver a verte, más de una vez —añadió como si no tuviera importancia, dejando un matiz en el aire que él no supo descifrar.

Intentando averiguar qué escondía su respuesta, tardó medio segundo en responder, así que ella se adelantó de nuevo.

—Y también comprobaría si, al final, eres digno de mi confianza —murmuró, fingiendo altanería.

—Sigo en proceso de ganármela, señorita Lorraine. Aunque recuerda que esto va de dar y recibir.

Estaba utilizando sus propias palabras para chincharla y, sin molestarse en ocultarlo, mientras jugaba con los lápices, añadió:

—No puedes negarme que hoy he dado un gran paso.

—En eso tienes razón, Edward, creo que la clave ha sido...

Julia dudó y, durante un parpadeo, solo se escuchó el sonido de su respiración a través del teléfono, pero, dejándolo completamente fuera de combate, terminó la frase:

—Volver a vernos.

Se acababa de quedar sin la capacidad de articular palabra.

Y la mujer que, con tanta naturalidad, había logrado dejarlo mudo, continuó haciéndolo.

—Y, como no puedo negar que ha sido un gran paso, me toca a mí dar el siguiente —un nuevo suspiro—. ¿Tienes planes para este domingo?

Al escuchar su propuesta, se planteó que Julia tenía una habilidad innata para desarmarlo.

¿Habría algo más atractivo que la seguridad que esa mujer desprendía?

—Nada que no pueda posponer —dijo con rapidez, con una sonrisa contenida—. Ganarme el derecho de conocer tus secretos es prioridad absoluta.

«Podría llegar a serlo».

—Secretos culinarios —aclaró, tosiendo levemente.

El filtro que siempre utilizaba con el mundo parecía haberse difuminado como la bruma del mar aquella noche.

—¿Alguna idea de adónde podemos ir, Alteza?

Al pensar en cualquier plan que pudiera sorprender a la dueña de Sweet Garden, cayó en la cuenta de que no era tan sencillo.

Su voz, al responder un «no lo sé», fue más que suficiente para delatarlo y, como si Julia, en el poco tiempo que hacía que se conocían, hubiera aprendido a leerlo, se apresuró a preguntar dónde estaba el problema.

—Me encantaría pasearme por Liora, Julia, pero...

—¿Tendrías que hacerlo con discreción? —adivinó ella.

No es que quisiera ocultarse —ni ocultarla—, solo era que quería seguir disfrutando de la burbuja en la que no era una imagen pública del país que tanto amaba.

—Creo que podría prestarte mis gafas de sol —añadió Julia, con un tono tan liviano que resultó un soplo de aire fresco.

—¿Te importaría? —preguntó, desabrochándose los gemelos de la camisa.

Entendería que ella considerara aquello excesivo y saliera corriendo. Es más, jamás la culparía por ello.

—Tienes que prometerme que te las pondrás si te las llevo.

«¿Cómo es posible que lo haga todo tan sumamente fácil?», se dijo al escucharla.

—Trato hecho —respondió, soltando el aire que no había sido consciente de estar conteniendo.

—Aparte, conozco un sitio perfecto.

—Soy todo oídos.

Algo le decía que podía confiar en su criterio.

—¿Conoces el Valle de los Almendros?

Claro que lo conocía.

Era un discreto paseo, rodeado de almendros, a apenas veinte minutos de palacio.

Eso sí, jamás se le habría ocurrido que Julia pudiera querer ir allí.

Aún le quedaba todo por descubrir de ella.

—A las seis —le propuso, resolutiva.

Y, al volver a acordar una hora con ella, por segunda vez aquel día, sin querer, pensó en una frase que había leído infinidad de veces:

«Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres».

—Allí estaré.

—Buenas noches, Edward.

—¿Vas a ser tú quien me cuelgue otra vez? —cuestionó.

Su orgullo ya lo daba por sentado.

Ni siquiera le dio tiempo a despedirse cuando descubrió que, efectivamente, había acertado.

Terminando de desabotonar su camisa azul marino, aún con una leve sonrisa en los labios, analizó, con ese lado racional tan suyo, lo que había sucedido en las últimas veinticuatro horas.

No tenía del todo claro cómo describirlo, así que, tumbándose en la cama, decidió que su nuevo objetivo sería simplemente vivirlo.

JULIA

El fin de semana había pasado a la velocidad de la luz.

Oli había regresado con un brillo especial y Noah, que tenía el resto de la semana libre de su proyecto en la universidad, las había «ayudado» con el evento de ese sábado.

Su mejor amiga, cuando tuvieron un segundo a solas entre pases, le soltó, con esa media sonrisa que siempre parecía esconder algo, que la veía «en la luna». Aunque lo negó, estaba completamente segura de que el rubor en sus pecosas mejillas la había traicionado.

Pero no quería hablarlo.

Aunque confiaba a ciegas en su alma gemela, no se sentía capaz de verbalizar todo lo que estaba sucediendo.

Pasar más tiempo con el rey de Arven era algo con lo que tampoco había contado y que, por algún motivo que no terminaba de entender, quería seguir guardándose para sí misma.

El domingo, frente al espejo de pie de su cuarto, el que había decorado con unas bonitas enredaderas, con DJ acurrucado sobre las prendas que ya se había probado, se recordó que estar así de nerviosa —y ella no era de las que dudaban— no ayudaba en absoluto.

Además, tenía que pasar por la cocina de Sweet Garden antes de irse, si es que en algún momento lograba decidirse.

¿Por qué tenía que sobrepensar tanto qué ponerse para salir a dar un simple paseo?

«Porque es con Edward».

Por el amor de Dios, solo eran amigos. Ni siquiera eso todavía. Y, si de algo estaba segura, era de que no tenía intención de cruzar la línea que pudiera hacer que su relación tomara una senda diferente.

Complicarse aún más era un aro por el que no estaba dispuesta a pasar. O eso era de lo que intentaba convencerse.

Dejando de dar vueltas en círculos y recuperando una mínima parte de su cordura, optó por uno de los vestidos que más le gustaban, quizá también porque sabía que era uno de los que mejor le sentaban.

Abrazaba sus pequeñas curvas y el tono lila hacía que sus ojos cristalinos parecieran aún más despiertos.

Si a eso le añadías que dejaba ver las pecas que cubrían sus brazos con naturalidad, era perfecto.

Rociando su cuello con su perfume de bergamota y deshaciendo su trenza, se despidió de su ahijado felino con una dosis de mimos y bajó las escaleras directa al local, donde sabía que encontraría a su inigualable socia.

El universo volvió a estar de su parte, ya que cuando entró, Oli estaba ocupada hablando con unos posibles nuevos clientes.

Aprovechando el momento, cogió con toda la discreción del mundo —y con una ligera dosis de adrenalina recorriéndole el cuerpo— las panacotas que había dejado preparadas en una de las cámaras frigoríficas.

Aquello había sido otro impulso más y no pudo evitar pensar que, en el fondo, las había hecho para tener una receta más que añadir a las dos que, en algún momento, algo le decía que acabaría compartiendo con Edward.

Acallando su siempre inquieta mente, guardó en la cesta de su bicicleta amarilla sus gafas de sol y el postre que, contra toda lógica, había decidido llevar consigo y pedaleó, sintiendo la caricia del aire primaveral en sus mejillas, hacia el Valle de los Almendros.