Junto al rey (Arven 2) 9 Acortando las distancias
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9 Acortando las distancias

ACORTANDO LAS DISTANCIAS

JULIA

Tardó un cruce de miradas más en recuperarse del impacto que le había causado tener frente a ella a Edward.

Era real.

En cuanto recuperó el control de sí misma, concentrándose en que su voz sonara segura, logró preguntarle si quería sentarse.

Acompañándolo a una de las mesitas que había preparado con tanto mimo, cuando tomaron asiento, se permitió un segundo, solo uno, para observarle.

Bajo la suave luz de Sweet Garden, los rasgos marcados del rey de Arven imponían un poco menos, lo que le añadía un atractivo extra, acentuando su mandíbula cuadrada y el suave reflejo de una incipiente barba, además de aportar un matiz más ámbar a sus carismáticos ojos pardos.

Buscando desviar su atención, fijó la vista en sus adoradas margaritas para centrarse y fue ella quien volvió a atreverse a romper el hielo, consciente de que él también la estaba observando.

—Tengo que decir, Alteza, que esta vez sí ha estado a la altura.

Una mueca exagerada se instaló en el apuesto rostro de Edward y, tras un fingido suspiro, respondió:

—Menos mal, señorita Lorraine, pensé que jamás sería digno de su confianza.

«Así que el rey tiene un lado irónico», pensó al escucharle.

—Me subestimas si crees que solo con esto has conseguido mi confianza.

Antes de darse cuenta, había dejado el protocolo de lado y se había referido a él sin el «usted» que tanto le había costado mantener.

Quiso culpar a la familiaridad con la que, de una forma u otra, se habían tratado desde su primer encuentro en palacio, pero antes de justificarse, Edward, que se había percatado de ese breve lapsus, se adelantó.

—Solo por escucharte hablarme de tú, creo que ha merecido la pena el viaje.

—¿Aunque no consigas la receta? —cuestionó, buscando descubrir cómo el ingenio de la casa real se desenvolvía en Sweet Garden.

Un atisbo de picardía vibró en la mirada de Edward que, quitándose la gorra y pasando una mano por los mechones castaños que le caían revueltos sobre la frente, contraatacó diciendo:

—Siempre puedo volver, ¿no?

Había sido rápido, más de lo que esperaba y, siendo incapaz de responder algo medianamente coherente, decidió tirar por la tangente.

—Ven conmigo —le pidió, rozando sin querer la mano que tenía apoyada sobre la mesa.

Una suave electricidad ante su contacto, que decidió ignorar, la asaltó casi por completo.

El rey, más alto de lo que recordaba, se puso de pie con agilidad y, pasando por alto ese sutil roce, la siguió hasta la zona de cocina.

—¿Has probado alguna vez el tiramisú recién hecho? —le preguntó, recuperando la entereza.

No debía olvidar que estaban en su terreno.

—Tendría que rememorar aquellos años en los que era joven e inocente y me colaba en las cocinas de Alborea —respondió Edward con una sonrisa de medio lado.

—¿Ya no lo eres? —cuestionó, tomando con delicadeza la manga que su inesperada visita le había hecho soltar unos minutos atrás.

Encogiéndose de hombros, el hombre que le sonreía con la mirada se acercó un paso más hacia ella, sin prisa, lo suficiente como para que pudiera percibir el aroma a sándalo de su piel.

—Nunca he tenido el placer de ver cómo se hace de cerca —se excusó ante su evidente cercanía, sin retroceder, aunque esperando su aprobación.

Y tenerlo a su lado, en contra de todo pronóstico, no la incomodó.

—Mira y aprende, Alteza —respondió, dejando que la naturalidad que la caracterizaba la guiara en aquella interacción.

Él asintió, no sin antes poner los ojos en blanco, mostrándose tan espontáneo como ella y, acto seguido, notó cómo aguardaba, atento, a verla trabajar.

Cogiendo la manga con la que tantas veces había preparado sus creaciones, llenó los vasitos sin titubear, mientras el rey seguía con la mirada todos y cada uno de sus milimetrados movimientos.

«Respira, July», se recordó cuando se giró para entregarle uno de ellos y, en el proceso, volvió a rozar sus dedos.

Más electricidad recorrió su indisciplinado cuerpo.

¿Qué se suponía que le pasaba al aire de Arven aquella mañana?

—¿Puedo probarlo? —preguntó Edward, admirando la creación que le había tendido.

—Imagino que no querrás mancharte, así que, a no ser que quieras rellenar uno tú, te concedo ese honor.

—Ahora eres tú quien me subestima, Julia, no conoces mis habilidades culinarias.

No pudiendo ponerle freno a su boca, respondió, alzando una ceja:

—Ah, ¿sí? ¿Pero las tienes?

Una pausa en la que se desafiaron con la mirada, en la que ella no cedió y Edward, finalmente, desarmándola, respondió:

—Por supuesto que no, pero sonaba demasiado bien que pareciera que sí.

Su risa brotó en la cocina de Sweet Garden, no había podido evitarlo, y él, guiado por sus carcajadas, tampoco pudo contenerse.

Estaban volviendo a reír al unísono.

Era sorprendentemente sencillo tenerlo cerca.

Y, cuando se recuperaron de esa dosis de serotonina, le tendió una cuchara para que probara la textura de su mezcla con mascarpone, pensando en que quizá estar con él era demasiado fácil para su propio bien.

No obstante, la barrera que hasta entonces había utilizado como muro protector volvió a vibrar dentro de ella.

Recordándole con quién estaba tratando. Era el rey de Arven. Y no debía olvidarlo.

—Esto es delicioso, Julia —le dijo Edward, cortando la línea que estaban siguiendo sus pensamientos—. No sé si al nivel del lemon curd que me ha traído hasta aquí, pero se acerca.

—¿También vas a querer esta receta?

—¿Te atreves a dudarlo?

Sintiendo que volvía a un punto que no era capaz de controlar, buscando delimitar lo que fuera que allí estuviera sucediendo, respondió:

—Una amistad es dar y recibir, así que, cuéntame, ¿qué gano yo?

Si ese límite tan claro supuso algo para Edward, no lo demostró.

—Entiendo que mi extraordinaria compañía no es suficiente.

«Me lo estás poniendo difícil», respondió en silencio su subconsciente, sin embargo, sus labios terminaron diciendo:

—Tu ego tiene una capacidad única de recuperación.

Después de su respuesta, cayó en la cuenta de que nuevamente, sin saber en qué momento, había acortado un paso más en la prudente distancia que los mantenía separados.

«Julia, deja de mirarlo así», se reprendió al darse cuenta del descaro con el que lo estaba contemplando.

Se estaban volviendo a perder en un silencio compartido, hasta que Edward, frunciendo el ceño, dándole tiempo a ella para retroceder con sutileza, alzó el brazo y comprobó su reloj.

—Mierda —murmuró.

—Alteza, ¿qué vocabulario es ese? —bromeó.

El rey no respondió a su intento de chincharlo y el cambio en su gesto llamó su atención.

Pero Edward, al ver su desconcierto, tardó medio segundo en explicarle que tenía que marcharse. Su agenda esperaba y se había hecho tarde.

Guiándolo hasta la puerta, lo vio alejarse de la entrada de Sweet Garden y, cuando estaba a punto de intentar retomar sus tareas, el dulce tintineo de la campanilla volvió a interrumpirla.

Antes de alzar del todo el mentón, escuchó, de la persona que parecía haber llegado para tambalear sus muros:

—¿Puedo llamarte esta noche?

—Pensé que llegabas tarde —respondió, sin poder ocultar una genuina sonrisa.

Gesto que Edward, en la distancia, imitó.

Y, antes de dejarle decir nada, añadió:

—Te llamaré yo, sobre las diez.

—Perfecto —respondió él, volviendo sobre sus pasos y ella se quedó mirando, más tiempo del que debería, la puerta por la que le había visto marcharse.

No podía negar que lo suyo era una enorme contradicción, pero la idea de seguir descubriendo hasta dónde podía seguir sorprendiéndola Edward acabó, inevitablemente, pesando más que cualquiera de sus reticencias.

EDWARD

Que llegaba con retraso a su reunión con el equipo era un hecho, pero en ese momento no podría importarle menos.

Quién le había visto y quién le veía.

Cuando volvió a entrar en su Mercedes y cerró la puerta, el silencio del interior lo envolvió, aislándolo del murmullo del mundo durante un instante. Sujetando el volante, se permitió unos minutos más para ser, única y exclusivamente, Edward.

El hombre que había ido a Sweet Garden guiado por un reto y el que había salido de allí con aún más curiosidad que al entrar.

Julia, a quien no había podido dejar de mirar, no era el tipo de persona que llamaba la atención por imponerse, sino por hacer que todo a su alrededor pareciera más vivo.

Y, aunque era evidente que aún quedaba mucho por andar, permitirle que la conociera ya era suficiente.

Solo que aquello implicaba que ella también empezara a descubrir quién era sin su corona, algo que nunca le había resultado especialmente sencillo.

No obstante, la dueña de Sweet Garden tenía razón: una amistad, o como quisiera llamarle a lo que estaban construyendo, iba de dar y recibir y él estaba dispuesto a hacerlo.

Lo único que le trastocaba era que la idea de volver a hablar con ella esa misma noche le producía una sensación desconocida. Una que aún no se sentía preparado para definir, pero que, mientras arrancaba el motor para regresar a Alborea, se permitió disfrutar.

Conduciendo por las afueras de Liora, de vuelta a palacio, con la luz del sol deslizándose a través del parabrisas, se preguntó qué rumbo tomarían después de la llamada.

Quizá dejarse llevar no se le terminaría dando tan mal, ya que, en aquel momento, lo único que sabía con certeza era que aún no había descubierto el secreto de su receta y que ese pequeño detalle se había convertido en la excusa perfecta para volver a verla.