Junto al rey (Arven 2) 8 El tercer intento
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8 El tercer intento

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EL TERCER INTENTO

JULIA

No estaba esperando nada.

O eso intentaba repetirse como uno de sus innumerables mantras.

Lo que no podía negar era que estaba echando de menos a Olivia.

Su socia se había marchado con Noah y, aunque el lunes, mientras trabajaban, se había pasado horas recordándole que podía cancelar el pequeño viaje sorpresa que con tanto cariño había preparado a Vila, un pueblo costero cerca de Liora, casi tuvo que obligarla a hacer la maleta.

El mejor químico de la ciudad y su mejor amiga necesitaban aquella escapada.

A fin de cuentas, regresarían el viernes por la mañana, justo a tiempo para poder preparar juntas el cóctel que tenían agendado para el sábado.

Así que ella y DJ sobrevivirían.

La realidad era que el único contratiempo que estaba suponiendo la ausencia de Oli era que la compañía de su ahijado felino, de sus amadas plantas y de la radio, que en aquel momento hacía sonar Total Eclipse of the Heart en la cocina de Sweet Garden, no parecía suficiente para que su inquieta mente dejara de divagar, pese a que la voz de Bonnie Tyler llenaba el espacio, mezclada con el característico aroma a romero de la focaccia que acababa de hornear.

Sin darse cuenta, en más de una ocasión durante aquellos días se había sorprendido a sí misma preguntándose si Joseph volvería a aparecer por la puerta con un sobre con el característico sello de palacio.

Incluso llegó a descubrirse, más de una vez, mirando de reojo hacia la entrada de la zona de degustación. Un suave cosquilleo le recorría el cuerpo cuando escuchaba el dulce tintineo de la campanilla que anunciaba que alguien entraba, aunque nunca terminaba siendo quien ella esperaba.

«Julia Lorraine Fernández, céntrate», se repetía cuando su cabeza volaba hacia Alborea, utilizando su nombre completo —incluido el apellido español de su madre— para ver si de esa manera sus palabras causaban más efecto, pero parecía que reprenderse mentalmente no estaba resultando suficiente.

Y así, casi sin darse cuenta, había llegado el jueves y, pese a su falta de concentración, que no admitiría, de las últimas jornadas, siguió con su trabajo.

En aquel momento, tras terminar de rellenar la focaccia que sacaría a exposición, le tocaba ponerse con la mezcla de mascarpone que utilizaría para preparar unos pequeños vasitos de tiramisú, intentando seguir obviando que la barrera que se había impuesto con Edward empezaba a ceder.

Su subconsciente, el único que, de vez en cuando, se mostraba medianamente coherente, sabía que sus mundos no podían ser más diferentes.

De ahí que aguardar un nuevo movimiento, que ella misma había provocado, la trastocara tanto.

EDWARD

Lo había tenido claro desde la noche de aquella llamada en la que Julia había vuelto a sorprenderle.

El único problema era que su reto con ella era eso: suyo. Y no estaba dispuesto a compartirlo.

Por eso, llevar a cabo su «brillante» idea se había convertido en un quebradero de cabeza y, como no podía permitirse semejante distracción, aquel jueves decidió actuar.

No podía seguir dándole más vueltas.

Canceló una reunión a última hora, ante la sorpresa de Lewis y Cliff —de la que ya se preocuparía el Edward del futuro— y, antes de regresar a su habitación para cambiarse, se repitió que aquello tenía que salir bien.

Teniendo en cuenta que era el rey de Arven, detalle imposible de ignorar, sabía que no podía aparecer en Sweet Garden con su chófer, tres escoltas y convirtiendo aquello en una visita oficial que terminaría por espantar a la señorita Lorraine.

Así que la alternativa era, por más ridículo que sonara, ir de incógnito.

Sacaría su Mercedes, que hacía una eternidad que no utilizaba, y utilizaría un atuendo bastante diferente al que solía llevar: vaqueros claros, sudadera, gafas de sol y una gorra que encontró, perdida en su vestidor, de su equipo favorito de béisbol.

Ya cambiado, se miró en el ostentoso espejo de su cuarto una última vez, con una mueca nerviosa que, pese a lo correcto que siempre se mostraba, parecía incapaz de disimular.

«Puedes hacerlo, Edward», se dijo, dándose ánimo.

Mientras caminaba hasta los garajes pensó en que no recordaba si alguna vez en su vida, tan cuadriculada y protocolaria, había hecho algo así y la respuesta era sencilla: jamás.

Ni siquiera en su época universitaria.

Tan solo media hora después, tomando una profunda y necesaria bocanada de aire, aparcó el coche frente al local con más encanto que habían visto sus ojos. Parecía sacado de una postal.

Era tal y como había imaginado: una fachada en tonos crema, un toldo a rayas que protegía el escaparate y diversas plantas, de diferentes colores, colgadas en la entrada, sin olvidar el bonito letrero de madera escrito a mano que invitaba a cualquiera a deleitarse con su catering.

Ajustándose la gorra por inercia, como si aquel gesto fuera suficiente para infundirse una dosis extra de valor, se acercó a la entrada.

Durante una fracción de segundo, que le pareció más larga de lo habitual, se permitió dudar, algo a lo que tampoco estaba acostumbrado.

No por falta de convicción, se consideraba alguien que tomaba decisiones firmes, sino porque no sabía qué podría suceder al dar aquel paso.

¿Y si haber ido a verla era cruzar una línea sin retorno? ¿Y si había imaginado que entre ellos había algo distinto?

No obstante, escondió aquel atisbo de inseguridad, enderezó la espalda y, como nunca había sido de los que retrocedían y mucho menos cuando se trataba de algo que había elegido por sí mismo, tomó el pomo de la puerta y la abrió.

El sonido de una campana anunció su llegada y un embriagador olor a café le atrapó por completo.

No había vuelta atrás.

—Un segundo —escuchó que decía la inconfundible voz de la dueña de Sweet Garden, desde algún rincón escondido de la cocina, que, para su sorpresa, era de concepto abierto.

Lo consideró, como arquitecto, todo un acierto.

No tuvo tiempo de fijarse en nada más, pues un rostro repleto de pecas emergió desde detrás de una gran encimera repleta de comida, observándolo con curiosidad, mientras caminaba hacia él con soltura.

«No me ha reconocido», pensó divertido, admirando la luz que parecía seguir a la señorita Lorraine al acercarse a atenderle, con aquel delantal en color verde y su larga trenza rubia que parecía estar siempre deshecha.

Había olvidado lo fácil que le resultaba mirarla.

JULIA

«Justo a tiempo», había gruñido en su fuero interno al escuchar la puerta.

No es que no quisiera atender —algo que, de hecho, le encantaba—, simplemente era que acababa de preparar la manga para rellenar los vasitos y detestaba tener que esperar para utilizarla.

Aun así, recordando que tenía modales y que Sweet Garden y sus clientes eran lo más importante, caminó hasta la zona de degustación, donde un desconocido la aguardaba.

Algo en su pose le resultó familiar, pero no descubrió quién se escondía tras aquellas gafas de sol hasta que, cuando lo tenía a tan solo un metro de distancia, él decidió quitárselas.

Y entonces... lo reconoció.

Sus expresivos ojos color avellana.

Su respiración, hasta entonces regular, se aceleró, traicionándola.

—Alteza... —pronunció, intentando no delatar en su voz que aquello era lo que menos esperaba.

Una sonrisa se dibujó en los labios de Edward.

Sonrisa a la que no fue inmune.

Y, cuando creyó que el hombre que tenía ante ella no podría sorprenderla más, él le dijo:

—Pensé que, si este era mi último intento para ganarme su confianza y conseguir la receta... lo más lógico era venir a verla.

El universo, durante un parpadeo, pareció quedarse en pausa.

Hasta que alzó sus ojos cristalinos, que se cruzaron con la anticipación en la mirada de Edward.

—A la tercera iba a la vencida, ¿no? —le preguntó, regalándole, sin querer, la mejor de sus sonrisas.

Un breve silencio cargado de chispa se instauró entre ambos y le hizo entender que el verdadero reto acababa de empezar.

Conocer a quien se escondía tras el rey de Arven ya no le parecía algo tan inapropiado.