Junto al rey (Arven 2) 7 Domingos
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7 Domingos

DOMINGOS

JULIA

La entrada triunfal de Joseph, con una sonrisa iluminando las arrugas de su cara, fue todo lo que necesitaba para saber que traía una nueva carta.

Y, efectivamente, la llevaba consigo.

—Juls, tendrás que contarme qué os traéis por palacio —dijo pícaro, tendiéndosela.

Al tomar el sobre con la mano, no necesitó darle la vuelta para saber que se encontraría con su nombre escrito a mano por el rey de Arven, pero fue la inocente insinuación del cartero la que se quedó bailando por su mente el resto de la mañana.

Había decidido no leerla hasta no terminar con su trabajo y, mientras lo hacía, pensó en que si Joseph sentía curiosidad por su relación con la casa real, si Olivia —que, gracias al universo, estaba en su día de descanso, preparándole una sorpresa a Noah, para escaparse a principios de la semana siguiente, antes de que los eventos de mayo las atraparan— se enterase, no tendría forma coherente de explicarle lo que estaba sucediendo.

«No es nada, Oli, solo es que he decidido retar al rey a que consiga la receta de nana, la de las tartaletas de limón, sí, la que cambié ligeramente para la recepción, en la que me sacaste de la cocina para conocerlo y desde entonces...».

Ni siquiera mentalmente encontraba la forma de excusarse.

¿A dónde le estaba llevando esa pequeña locura de seguir manteniendo el contacto con él?

Incapaz de encontrar una respuesta, logró aguantar sin abrir el sobre hasta pasado el mediodía y, teniendo en cuenta que ser paciente no estaba hecho para ella, lo consideró todo un hito.

Sentándose al borde de su mullida cama, cuando subió al apartamento para cortar menta fresa, leyó, intentando no sonreír:

Estimada señorita Lorraine:

Espero pronto poder llamarla Julia.

Me temo que mi primer intento no ha estado a la altura de sus expectativas.

Le aseguro que no es algo a lo que esté acostumbrado, pero aun así, me congratula saber que no me ha dado por perdido.

He considerado diversas opciones para mejorar mi estrategia y quería compartirlas con usted para que me haga saber si voy mejor encaminado.

La opción que más barajo es recurrir a un decreto real, aunque sospecho que tampoco sería suficiente para convencerla.

Así que, por el momento, me limitaré a algo más sencillo.

Pedirle una pista.

Atentamente,

Edward

PD: Mi orgullo sigue en proceso de asimilar que me colgara el teléfono.

La posdata consiguió que el gesto que había estado conteniendo emergiera en su cara; incluso sus mejillas repletas de pecas se tiñeron de un sutil color cereza.

Tenía que concederle a Edward —en su fuero interno ya le tuteaba— que había hilado fino. De una forma u otra, si seguía con aquello, tendría que volver a llamarlo para darle una respuesta.

Sin embargo, aquel día, cuando guardó la nota en la cajita que tenía sobre su mesilla de forja, antes de volver a bajar a su refugio en los fogones de Sweet Garden, no fue capaz de hacerlo.

Convertirse en su amiga, si es que podía llamar así a aquello, no entraba en sus planes y, si seguía retándolo, algo le decía que aquel hombre acabaría conociendo mucho más que sus secretos culinarios.

Y no estaba preparada para ello.

No.

Aún no.

EDWARD

Mientras regresaba a Alborea, su cabeza rememoró la mañana que había pasado en el centro Liora, ignorando la conversación que Lewis estaba manteniendo sobre baloncesto con Mathew, su chófer.

Por segundo miércoles consecutivo había ido al campus universitario y el destino, caprichoso, había querido que el departamento que le tocaba aquel día fuera el de química.

Como ya conocía a todos los miembros, gracias a Ella y a la recepción, disfrutó nuevamente de las explicaciones que le ofrecieron, pensando que, si aquella investigación progresaba, independientemente de que su proyecto se quedara con una de las tres becas que entregaría en enero, marcaría un antes y un después en el agua de Arven.

Sin embargo, lo que no lograba apartar de su mente era su breve intercambio de palabras con Noah, en el que, como si fuera algo inevitable, habían terminado hablando de Sweet Garden.

Parecía que el mundo se empeñaba en que todo apuntase a la señorita Lorraine, a la que había enviado, de forma inmediata, en cuanto terminó de escribirle, una segunda «carta».

Para la que, muy a su pesar, aún no había recibido respuesta.

En contra de su habitual temple sereno, esperar, en aquella ocasión, le estaba costando más de lo que habría imaginado.

Apoyando la cabeza contra la ventanilla del Lexus, se dio cuenta de que lo que le incomodaba no era la espera.

Era ella.

Y las ganas que tenía, tan inusuales, de seguir descubriéndola.

—¿Estás bien, Ed? —le preguntó Lewis al escucharlo suspirar.

—Por supuesto —respondió, intentando sonar correcto, mientras se acomodaba el chaleco.

Su amigo alzó una ceja, poco convencido. Le conocía bien.

—Están siendo unas semanas duras —añadió.

—Visualiza que mayo será más tranquilo —le recordó Lewis— y menos mal, porque otro mes como este y yo termino dimitiendo.

Tras poner los ojos en blanco, su mano derecha era un ser único en su especie, se obligó a centrarse.

Tenía una reunión con el primer ministro en unos minutos y jamás olvidaba cuáles eran sus responsabilidades.

Por lo que le tocaba volver a ser, únicamente, el rey de Arven.

JULIA

Jugando a enredarse un mechón de pelo entre los dedos, volvió a plantearse sus posibilidades, las que llevaba meditando, cada vez que tenía un instante libre, durante toda la semana.

La primera: podía seguir ignorando a Edward y continuar con su vida.

Ese era el camino más sencillo, pero sería de muy mala educación no responderle y actuar como si nada, así que siempre la descartaba.

La segunda: llamarlo y, cordialmente, ponerle freno. No tenía ninguna necesidad de seguir hablando con él.

Y la tercera: actuar en consecuencia y ver hasta dónde podían llegar con el reto que, sin saber cómo, le había terminado planteando, no una, sino dos veces.

Si fuera una mujer sensata, sabría qué opción elegir, pero ella era la que soñaba desde niña con volar y la que jamás se quedaba con la duda, así que, dándose cuenta de que aquello podría convertirse en una rutina, cuando cerró Sweet Garden ese domingo por la noche, armándose de valor, mientras acariciaba a DJ, que ronroneaba a su lado, volvió a llamar a la Villa del Amanecer.

—Hola —se apresuró a saludar.

—Señorita Lorraine, me ha pillado redactando un tercer intento —respondió Edward, con una naturalidad que desarmaba.

Alejando por un instante el teléfono, para que no la escuchara reír, pensó en cómo se vería desde fuera sonriéndole a un objeto inanimado.

—¿No se le ha ocurrido pensar que una receta como esta requiere algo más...?

—Si me va a hablar de creatividad, tengo que decirle —le interrumpió el rey— que mi idea de un decreto real, ante el consejo de ministros, pasaría a la historia de Arven.

Sabiendo que, probablemente, terminaría lamentando lo que estaba a punto de decir, se tomó un segundo para sopesar si estaba dispuesta a soltarlo. Tenía que aprender a controlar esa espontaneidad tan suya.

—¿Julia? —preguntó Edward, ante su falta de respuesta.

Y fue al escuchar su nombre cuando no pudo evitarlo.

Quería seguir «retándolo».

—Seré benévola con usted, Alteza —dijo, intentando sonar solemne— y le daré la pista que me pidió.

—Sorpréndame.

Volvía a tratarla de usted.

Le congratulaba saber que al menos ella no era la única que sufría breves lapsos de falta de lucidez.

—La clave está, Majestad, en que una receta tan especial para mí... —un suave suspiro de sus labios nació sin pretenderlo— solo podría compartirla con alguien en quien confiara.

El silencio, durante un parpadeo, opacó la conversación, hasta que Edward dijo, como si estuviera interiorizando la palabra:

—Confianza.

—Eso es —respondió, posando sus ojos cristalinos en el techo—. Y creo que, por hoy, ya he hablado demasiado.

—Mi ego no soportaría que volviera a colgarme sin despedirse, señorita Lorraine.

«Idiota», pensó, tentada de llamárselo.

—Buenas noches, Alteza.

Cuando estaba a punto de colgar, antes de seguir jugando con fuego, escuchó:

—¿Sería rebasar un límite preguntarle qué tal le ha ido la semana?

«Sí», contestó sin pronunciarlo en voz alta. Contarle su día a día sería permitir que derribara la barrera invisible que estaba utilizando.

Barrera que solo le había puesto a él, porque ni en cien vidas se habría imaginado el camino que lo que empezó con una felicitación en palacio había terminado siguiendo.

Sin embargo, dejando un hueco abierto, respondió:

—Puede volver a enviarme otra nota... y quizá el próximo domingo se lo cuente.

—¿Tenemos un nuevo acuerdo entonces? ¿Hablar cada domingo?

—Hasta que consiga, si es que sigue trabajando en su originalidad, mi receta.

Tal vez su peculiar intento de amistad terminase cuando el rey descubriera que la magia de su creación provenía de las flores de Jamaica que había añadido al lemon curd y esas conversaciones telefónicas quedarían en un simple recuerdo.

Como si Edward supiera lo que acababa de rondar por su cabeza, contestó:

—Quizá para entonces necesite conocer más de una de sus recetas, aunque tengo fe —añadió y algo le dijo que estaba sonriendo— en que a la tercera va a la vencida.

—Su ego se está recuperando.

—Ey, no se meta conmigo, señorita Lorraine.

Una melódica risa le salió sin previo aviso y contagió al soberano de Arven.

¿Qué estaban haciendo riéndose a carcajadas al unísono?

—Buenas noches otra vez, Alteza.

—Buenas noches, Julia.

Y con el eco de su nombre en boca del rey, volvió a ser ella quien colgó el teléfono.

Esa llamada, las dos notas que tenía guardadas, la confianza entre ellos que parecía innata, este giro en el guion...

La curiosidad que Edward le había despertado, esa que había intentado contener, se estaba imponiendo a cada segundo que pasaba.

EDWARD

«Al final, esperar, ha merecido la pena», se dijo mientras salía a disfrutar del cielo estrellado que se admiraba desde su terraza.

Una idea, mientras se acomodaba en uno de los sillones, con un pantalón como única prenda de pijama, se empezó a dibujar en su cabeza, con el mismo resplandor y a la misma velocidad que las estrellas fugaces que esa noche iluminaban el firmamento.

Se lo había dicho a Julia, a la tercera iba a la vencida, quería esa receta y, aunque aún no sabía exactamente cómo iba a hacerlo, también quería demostrarle que ganarse su confianza, por más que le sorprendiera, para él era más que un simple reto.

Y algo le decía que enviarle cartas se había quedado obsoleto.