Junto al rey (Arven 2) 6 Nuevo reto
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NUEVO RETO

JULIA

Se acababa de despedir de Olivia, que había acordado ir a visitar la galería de arte en la que tenían que dar un catering ese fin de semana, para organizar la logística, cuando Joseph, sonriente, entró por la puerta.

—Buenos días, July —la saludó, buscando la correspondencia en su emblemático carrito azul, que chirrió justo al detenerse frente al mostrador.

—Buenos días —respondió, sonriente, acercándose a las vidrieras para ofrecerle a su cartero favorito una galleta de queso parmesano y romero.

A su socia se le había ocurrido ofrecerlas en la prueba del martes para la pareja de Belmar, y habían sido un acierto.

Le encantaba ese contraste entre ella y su mejor amiga. Oli era tan de salado y ella tan de dulce.

—Me hubiera encantado venir a traértela antes —le explicó Joseph, tendiéndole un elegante sobre—, en cuanto he visto el sello esta mañana, pero hoy me han desviado la ruta.

Esa declaración consiguió que la curiosidad emergiera en su interior y se apresuró a dar la vuelta a la carta que sostenía entre sus dedos.

Un sello que ya había visto, junto a su nombre escrito a mano —hecho que no pasó inadvertido para ella—, la sorprendieron.

—Veo que Oli y tú os codeáis con las altas esferas —bromeó el viejo cartero.

—¿Acaso lo dudabas? —respondió, guiñándole un ojo.

—La próxima vez que vayáis a la Villa, llevad a este viejo con vosotras.

—Hecho —contestó, desviando la mirada, casi sin querer, hacia el papel que parecía quemar su mano.

En cuanto se despidió de aquel encantador hombre al que con los meses había ido cogiendo más y más cariño, no pudo contenerse y rasgó con celeridad el sobre, antes de tomar asiento en una de las mesitas.

Sus cristalinos ojos leyeron a la velocidad de la luz aquella nota, mientras la esencia de las margaritas flotaba en el aire.

No era una carta.

Era una nota.

Firmada por el rey más descarado que había tenido el honor de conocer.

Incapaz de creerse lo que ponía, volvió a releerla, una, dos y hasta tres veces y, en esa última ocasión, una sonrisa que no fue capaz de controlar se dibujó en sus labios, mientras recorría, casi sin darse cuenta, el borde del papel.

Edward II de Valera parecía no tener remedio, pero si pensaba que aquella misiva sería suficiente para conseguir conocer sus secretos culinarios, le demostraría que ni de lejos.

Guardando, sin saber por qué, el papel en uno de los bolsillos de su pantalón de tiro alto, intentó seguir, sin éxito alguno, con su adorada normalidad.

EDWARD

Lewis, Ella y su pequeño pero extraordinario grupo de amigos, que conservaba desde su época como infante, habían acordado cenar juntos en casa de su mano derecha ese sábado y, como no tenía nada en su agenda, no había podido negarse.

Esa pequeña desconexión y el descanso del domingo le permitirían retomar con fuerza lo que quedaba de mes.

Había guardado en una parcelita de su mente la osadía que había cometido al entregar la carta que, sin tener la certeza de que surtiría efecto, había hecho llegar —dato que había corroborado, pues sabía que ya se la habían entregado— a la señorita Lorraine.

Su falta de respuesta estaba siendo un enorme golpe directo a su ego y, valorando en qué posición le dejaba aquello, después de pasarse más de dos horas mirando al ornamentado techo de su habitación, se durmió ya entrada la madrugada, pensando en que su falta de creatividad —y eso que tenía el título de arquitecto, lo que no hacía más que aumentar la ironía— era la que le había fallado.

Le costaba reconocerlo, pero no estaba acostumbrado a ser ignorado.

JULIA

Una suave brisa le alborotaba la melena, que llevaba recogida con un pequeño pasador, mientras disfrutaba de lo que consideraba los pequeños placeres de la vida: un paseo por el mercado que ponían cada domingo en el puerto, acompañado por el murmullo incesante de la gente que lo recorría, el rugido del mar de fondo, como una sinfonía perfecta, y el característico aroma de las flores en primavera.

Había aprovechado su día libre para acercarse allí en bicicleta, intentando poner freno a lo que llevaba rondándole la cabeza durante los últimos días.

El trabajo había conseguido mantenerla a raya, pero estaba empezando a dudar de si sería capaz de contener mucho más tiempo su impulsividad.

Con dos novelas nuevas en su cesta —dos clásicos que había adquirido en un puestecito de libros de segunda mano—, tres tés nuevos por probar y unos pensamientos —su nombre favorito para las violetas—, que secaría para preparar infusiones que posteriormente usaría como relajantes musculares, regresó, pasadas las doce, a su apartamento.

Intentando encontrar algo más con lo que entretenerse, achuchó a DJ hasta que el pobre felino salió corriendo de sus brazos, recogió la cocina, pasó las páginas de Orgullo y prejuicio —porque lo que estaba haciendo no contaba como leer— y, finalmente, rindiéndose a su personalidad, cogió el teléfono rojo que colgaba en un rinconcito de la cocina, haciendo contraste con el verde del resto de la estancia.

Lo sostuvo dudando.

Duda que apenas duró un instante, antes de atreverse a marcar el número que había anotado en el papel que descansaba sobre la encimera.

Había intentado razonar, ser una persona lógica, ya que ni siquiera sabía quién respondería, pero, como era de esperar, su carácter vivo había terminado coronándose vencedor.

Ni quería ni podía seguir guardándose su opinión sobre la petición del gobernante de Arven, por lo que no tenía sentido seguir posponiéndolo.

Así que, tomando una larga bocanada de aire, esperó a que, en el palacio de Alborea, cogieran su llamada.

EDWARD

Estaba terminando de abotonarse la camisa en color crema que había elegido para almorzar con sus padres, después de salir a correr demasiado tarde —consecuencia de haberse dormido de madrugada pensando en cierta joven rubia que seguía sin entender en qué momento le había provocado ese inesperado interés—, cuando el sonido del teléfono inundó su habitación.

Dejando los gemelos de las mangas sin colocar, se acercó a cogerlo.

—¿Hola? —escuchó que decían a través de la línea.

Tardó una décima de segundo en reconocer su voz.

—¿Señorita Lorraine? —preguntó mientras la luz del mediodía traspasaba la ventana frente a la que se encontraba, dibujando suaves líneas sobre el suelo.

—Alteza —saludó la dueña de Sweet Garden.

—Edward, llámame Edward —respondió él, sin dudarlo.

Si quería saber más de Julia, algo que ya casi había aceptado y asimilado, tendrían que empezar por olvidarse de tantas formalidades.

Aunque no tenía pinta de que la mujer con la que por fin estaba hablando fuera a ponérselo medianamente fácil.

—Alteza —repitió ella—, en primer lugar, no considero oportuno dejar de llamarle de usted, ya que no le conozco y, en segundo lugar —un suspiro demasiado largo, en el que él aguardó sin decir absolutamente nada, ya que intuía que, si lo hacía, metería la pata—, el motivo de mi llamada es informarle de que su nota no ha sido lo suficientemente creativa como para conseguir la receta de las tartaletas.

«Clara, breve y concisa», pensó, mirando al cielo despejado.

—En primer lugar, señorita Lorraine, puede conocerme y así podría dejar de tratarme de usted y —un suspiro igual de largo que el que ella le había regalado—, en segundo lugar, si está lanzándome un nuevo reto, delo por aceptado.

Creyó escuchar un gruñido.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó, echándose a reír, dando por sentado que ese ruido había sido cosa de ella.

—DJ, Alteza —contestó Julia, como si él tuviera la menor idea de a quién se refería.

Qué poco le gustaba cómo sonaba ese «Alteza» que la señorita Lorraine se estaba empeñando en utilizar.

—Pero a lo que íbamos, no ha sido nada original, así que...

Antes de que Julia le cortara con esa naturalidad que parecía desprender de forma innata, se atrevió a responder:

—Tendré que seguir intentándolo.

Una musical carcajada resonó en todo palacio. Carcajada que supuso un alivio. No quería extralimitarse.

—No apostaría a que vaya a ser capaz de lograrlo.

—Tenía usted razón, aún no me conoce —sonrió, sin poder evitarlo—, por eso duda de mis habilidades.

—Jamás me atrevería a dudar del rey de Arven, pero usted tampoco me conoce a mí.

«Touché», dijo en silencio, y, ante tal afirmación, lo tuvo claro: quería conocerla y, acto seguido, preguntó, intentando ganar algo de tiempo:

—¿Entonces hemos acordado que me llamará si en mi próximo intento acierto?

—¿Cuándo se supone que hemos acordado eso? —cuestionó Julia, con un ápice de diversión en su timbre.

—Justo ahora.

En contra de su porte siempre correcto, en aquella llamada no podía estar siendo más directo.

¿Qué demonios estaba haciendo?

—De acuerdo, Majestad, entonces le informaré si sucede tal milagro.

No sabía qué le sonaba peor, si Majestad o Alteza y, cuando estaba a punto de responder que se lo agradecería infinitamente, el pitido que indicaba que le había colgado le hizo mirar al teléfono completamente desubicado.

Julia Lorraine no solo tenía el don de la desaparición, también el de ser capaz de trastocarlo y, guiado por el Edward temerario que, aunque no lo mostraba al mundo, siempre había sido, se sentó en su escritorio, dispuesto a escribirle de nuevo.

El secreto de su deliciosa creación merecía un segundo intento.

JULIA

¿Qué se suponía que acababa de suceder?

Tumbándose en la cama, sobre su colcha en tonos aguamarina, se giró hacia la almohada y la utilizó para ponérsela frente a la cara.

«Juls, eres idiota. Has vuelto a retarlo».

Dios, acababa de llamar a Edward, al rey de su país, como si fuera su amiga, como si aquello fuera lo más normal del mundo y, en contra de lo que creía que sucedería antes de escuchar la cercanía que emanaba la voz de aquel hombre tan desconcertante, no se arrepentía lo más mínimo.

Siendo honesta consigo misma, quería ver con qué idea le saldría su Alteza Real cuando volviese a intentar conseguir su preciada —y heredada, de ahí gran parte de su reticencia— receta.