Junto al rey (Arven 2) 5 Un gesto inesperado
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5 Un gesto inesperado

UN GESTO INESPERADO

JULIA

Era la cuarta vez aquella tarde de sábado que descolgaban el teléfono.

Se habían ido turnando y, en esa ocasión, le tocaba responder a su socia.

Solo había pasado una semana desde su recepción en palacio y ya tenían cubiertos todos los eventos del mes siguiente.

Por más que les costara decir que no, habían tenido que descartar ya varias propuestas, pero si algo tenían claro era que Sweet Garden estaba enfocado en un servicio de calidad y no abarcarían más de lo que podían controlar.

—Juls, esto es increíble —le dijo su mejor amiga, sin esconder su entusiasmo, mientras retomaba su puesto, encargándose de los platos salados—, nos quieren para dar un catering nupcial de trescientos invitados en Belmar.

—¿En Belmar?

Si su geografía no fallaba, se trataba de una pequeña ciudad costera a una hora de Liora.

—Ajá —le confirmó su mejor amiga, aplaudiendo—. El segundo fin de semana de junio y, aunque es muy precipitado, creo que esta oportunidad tampoco la podemos desaprovechar, así que les he dicho que podríamos organizar una pequeña degustación para el martes.

Haciendo un cálculo mental del tiempo con el que contaban, decidió que, en cuanto terminara con las tartas de queso, se pondría con ello para intentar dejarlo todo planificado a la mañana siguiente, aunque su mejor amiga no estuviera.

—¿Saldrás con Noah esta noche? —le preguntó a Oli, mientras metía sus nuevas creaciones en el horno.

Su socia negó con la cabeza, suspirando. El trabajo como investigador limitaba la vida social de Noah y, aunque Olivia le apoyaba de forma incondicional, se notaba a leguas lo mucho que le echaba de menos.

—Pasta boloñesa, vino blanco y crème brûlée.

No necesitó decir nada más, su amiga, recuperando su chispa, respondió:

—Y por estas cosas eres mi alma gemela.

Sonriendo como dos idiotas, terminaron su trabajo y pospusieron matizar el menú que ofrecerían de prueba a los futuros novios. Aquella jornada ya había sido demasiado larga.

Querían disfrutar de su noche de chicas, aunque el pequeño DJ, que apareció en la puerta cuando estaban cerrando, también se unió a la improvisada celebración.

Con la luz de un nuevo día, con un dolor de cabeza que le recordó que su cuerpo no soportaba más de tres copas de vino, a diferencia del de Olivia, que parecía tener tolerancia infinita, tras una ducha eterna, una aspirina y sabiendo que su madre se pasaría a visitarla a mediodía, bajó dispuesta a ser adulta durante, como mínimo, las siguientes tres horas.

Y lo primero que debía hacer, después de hornear unos mini croissants y de reponer su dosis de teína, sin olvidarse de regar las nuevas margaritas que se habían empeñado en colocar cerca de las mesitas, era pensar en un exclusivo menú degustación.

Esa noche lo contrastaría con la marmota que tenía como socia, que aún seguía durmiendo en el piso de arriba.

—Brioche de salmón ahumado, vasito de gazpacho de fresa...

Estaba enumerando las opciones en voz alta, feliz, pensando en lo mucho que disfrutarían preparándolo, cuando le llegó el turno a los postres, mientras un suave aroma a hojaldre y mantequilla comenzó a invadir cada rincón del local.

—Macarons, brownies de chocolate blanco con nueces pecanas y... —dudó, jugando con la tela del delantal.

«Tartaletas de limón», dijo una voz en su interior.

Al pensar en su postre estrella, una imagen fugaz de su aventura en palacio atravesó su mente: unos ojos color avellana, una conversación torpe, un reto que se perdió en el aire.

Parecía que aquello nunca había sucedido y no se había permitido pensar en ello hasta entonces.

Por suerte, la entrada triunfal de la mujer que le había dado la vida, con la que compartía tantos rasgos, apareciendo dos horas antes de lo que habían acordado, para no variar, le hizo —o eso intentó creer— olvidarlo.

A fin de cuentas, no había sido nada extraordinario.

Lo que no sabía era que un detalle inesperado le haría imposible ser capaz de borrarlo.

EDWARD

Se había prohibido abrir la agenda ese domingo y lo había decidido mientras bajaba a la zona de gimnasio con la que contaba su área privada de Alborea. Fuera llovía y, aunque no solía importarle salir a correr, independientemente del clima, prefirió optar por entrenar en las barras.

Su semana había sido, por intentar definirla de alguna manera, caótica y el ejercicio le vendría bien para despejarse.

No lo consiguió, ya que en cuanto regresó a su habitación, su vista se posó, automáticamente, en la libreta negra que se había prometido evitar.

Sí, seguía utilizando una agenda clásica para anotar sus diversas actividades como regente.

Ya había tachado la junta con los ministros de esa quincena, la organización de dos viajes oficiales prácticamente a finales de año y sus primeras visitas a los diferentes departamentos de la universidad, que empezarían el miércoles, sin dejar de lado los dos actos benéficos a los que había aceptado ir y la inauguración de un nuevo centro educativo adaptado a necesidades especiales, que no se perdería por nada del mundo.

Ya no tenía ni un solo hueco «libre» hasta la noche del sábado.

Suspirando, corroboró que los próximos seis días de su existencia estarían igual, o incluso más ajetreados que los anteriores.

Así que, intentando, esta vez sí, disfrutar de un merecido momento solo para sí mismo, puso la radio bohemia que había adquirido en su último viaje a Grecia y sacó de un cajón de su robusto escritorio de nogal los planos de una bonita casa de tres plantas que estaba trazando.

Con Bed Of Roses de fondo en la emisora nacional, intentó centrarse en la buhardilla que había imaginado.

Tampoco lo logró.

Media hora después, incapaz de dibujar más de dos líneas seguidas, frustrado, apartó las reglas y volvió a pensar en un «problema» que, aunque le había rondado la mente durante toda la semana, no había logrado resolver.

La misteriosa receta de la señorita Lorraine.

Podía parecer infantil, pero conseguirla se había convertido en algo personal.

Quería volver a deleitarse con esas tartaletas y, tal vez, descubrir qué más se escondía tras su audaz creadora.

«Sé original, Edward», se dijo a sí mismo, balanceándose en la silla.

Y, como por arte de magia, sus ojos desviaron su atención a la estantería a juego con el escritorio que tenía enfrente, en la que guardaba, rodeada de un centenar de libros, su colección de sellos.

El que Lewis le llamara aburrido por coleccionarlos desde niño, detalle en el que siempre pensaba cuando se ponía a clasificarlos, pasó a un segundo plano.

Había encontrado la que creía que sería la forma perfecta de volver a contactar con ella.

Sacando una hoja y su pluma estilográfica, escribió:

Estimada señorita Lorraine,

Acepto el reto.

He pensado que una solicitud formal por parte de la Casa Real de Arven podría ser un primer intento digno de su atención.

Si no fuera suficiente, me temo que tendré que seguir pensando métodos más creativos para conseguir su maravillosa receta.

Le dejo un número de contacto directo, por si decide facilitarme la tarea.

+131 017 222

Atentamente,

Edward

Cuando selló la carta con la marca oficial de la familia real, dudó un instante. No quería incomodarla.

Aun así, cuando esa misma tarde la entregó para que la enviaran por correo ordinario —mandar a alguien expresamente le parecía excesivo—, decidió que, por una vez, apostaría por lo espontáneo, sin saber muy bien con qué se encontraría al hacerlo.