4 Juego de miradas
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JUEGO DE MIRADAS
JULIA
De entre tantas personas, no entendía por qué se había encontrado con un par de ojos color avellana cada vez que desviaba la vista por el salón.
Lo cierto era que sí que había sentido la extraña necesidad de observar al rey desde lejos. La curiosidad, al haberlo tenido cerca tan solo unos minutos antes, había tomado el control de sus actos. Sin embargo, saber que él también la estaba mirando, la descolocó.
Definitivamente, el cansancio de tantas horas de trabajo le estaba afectando, aunque ese agotamiento —o el pretexto que su subconsciente le estaba poniendo— no le impidió comprobar si sus miradas, una vez más, volverían a encontrarse.
Y, en aquella ocasión, no solo chocaron, sino que vio cómo el rey caminaba, ajeno a las atenciones del resto de invitados, hacia ella.
Se mantuvo firme mientras lo observaba acercarse, notando cómo una suave tensión, inesperada, la recorría por completo.
Probablemente —o eso quiso pensar— su Alteza Real no estaría sorteando a todos los que intentaban pararlo para hablar con ella, sino que lo estaría haciendo para volver a entablar conversación con el grupo con el que se encontraba, por lo que le sonrió y, cuando apartó sus ojos de él, para buscar a sus acompañantes, se dio cuenta de que no había nadie a su alrededor.
Oli y Noah se habían acercado a admirar las vidrieras, y el equipo de químicos del que formaban parte el novio de su amiga y Ella, quien había resultado ser encantadora, parecían haberse evaporado, por lo que, cuando quiso ubicarlos, estaban lo suficientemente alejados, cerca de una de las barras, como para volver junto a ellos de forma disimulada.
—Señorita Lorraine —escuchó que la nombraba el hombre que efectivamente había recorrido la estancia de punta a punta para hablar con ella.
«Solo está siendo cortés», se recordó antes de volver a saludarlo.
—Alteza —respondió, alzando la barbilla.
—Considero un honor que finalmente haya accedido a quedarse.
—En realidad, el honor es mío —contestó con tal vez demasiada sinceridad.
El silencio, uno con el que no contaba, se instaló entre ellos. Sin embargo, por primera vez, no sintió la necesidad de llenarlo.
No obstante, rompiendo ese breve pero significativo momento, el rey continuó:
—Espero que en Alborea se sienta como en casa.
Incapaz de controlar su boca, pronunció sin procesar lo que decía:
—Créame, me encantaría que así fuera, pero lo considero un tanto complicado, teniendo en cuenta que esto —señaló a su alrededor— es un palacio.
Una genuina sonrisa se dibujó en el rostro de Edward, gesto que no pudo apreciar durante más de medio segundo, pues Oli y Noah volvieron junto a ellos y la conversación giró en torno a lo que el equipo de la universidad, que dirigía el novio de su mejor amiga, estaba intentando lograr con materia inorgánica.
Escuchándolos realmente intrigada, tan ávida de conocimiento como de costumbre, le pareció que todo lo que su amigo explicaba era, como poco, impresionante.
Alejándose del pequeño grupo que se había unido a ellos, caminó en busca de algo para refrescarse.
Cuando regresó con una copa de frizzante en la mano, volvió a encontrárselo de frente.
Se habían cruzado más de una vez a lo largo de la velada y, esta vez, fue ella quien, guiada por una familiaridad inesperada, inició la conversación:
—No he tenido la oportunidad de darle la enhorabuena por su discurso.
—¿Lo ha escuchado? —cuestionó él, poniendo una mueca.
—Lo ha escuchado todo Arven, Alteza.
«Recuerda que es el rey, Juls», se riñó en su fuero interno, mientras jugaba, nerviosa, con la manga de su vestido. El protocolo le estaba costando más de lo que estaría dispuesta a admitir.
—Gracias, supongo —respondió el soberano, asintiendo, y en aquella fracción de segundo que siguió a su respuesta, algo en el aire que los rodeaba pareció cambiar.
En un parpadeo, la distancia que los había mantenido alejados pareció difuminarse. El hombre con el que estaba hablando dio nuevamente un paso hacia delante y ella lo imitó.
«¿De dónde salía aquella confianza?», se cuestionó, pero no se alejó y tampoco tuvo tiempo de asimilarlo, ya que Edward añadió, queriendo tirar del hilo de su interacción:
—¿Puedo hacerle una pregunta?
—Espero tener una respuesta —contestó, audaz.
Bendita naturalidad la suya.
A pocas cosas no sabría responder, así que no le preocupó en absoluto lo que quisiera preguntarle.
—¿Podría contarme cuál es el secreto para haber logrado el equilibrio perfecto entre la acidez y la dulzura en las tartaletas?
Eso no se lo esperaba.
Un mechón del color del chocolate cayó de la frente de Edward, y una vez que lo colocó, añadió:
—Necesito que mi cocinera recree esa increíble receta.
Si el rey creía que la estaba halagando, acababa de conseguir justo lo contrario.
—Alteza, cualquier cocinero que se precie nunca revelaría a la ligera sus recetas.
«Encaje eso, su Majestad», pensó airada.
Ni al papa de Roma le desvelaría sus secretos como repostera.
Una pequeña sombra de decepción surcó el rostro de Edward, pero no surtió efecto en ella.
—¿No hay forma humana de conseguir esa receta? —preguntó, mostrándose menos regio, pues una chispa de diversión atravesó su mirada.
Hablando sin pensar, por segunda vez aquella noche, respondió:
—Tendrá que ser más original si quiere conseguirla.
¿Acababa de retar al rey?
Sí, eso había hecho.
—Juls, tienes que ver esto —la llamó Oli, interrumpiendo aquel despropósito.
¿En qué cabeza cabía hablarle así al soberano de su país?
En la suya, por supuesto.
Se despidió, sonrojada, con un sutil asentimiento, sin querer arriesgarse a decir nada más, y creyó escuchar, mientras ponía distancia entre ella y el rey, un contundente:
—Lo seré.
Pasando por alto su actuación, tras caer en la tentación del burbujeante vino blanco, intentó desterrar de su mente los últimos acontecimientos. Aunque, el recuerdo de la leve curva en los labios del rey y aquella chispa de desafío en su mirada se resistieron a desaparecer.
Aun así, se permitió disfrutar del resto de la velada, sin volver a buscarlo con la mirada.
No tardaron mucho más en despedirse. Había sido un día intenso, inolvidable, y su cabeza, siempre tan despierta, necesitaba, como mínimo, diez horas de sueño para volver a convertirse en una persona funcional.
EDWARD
Volviendo a centrar su atención en todas las personas a las que tenía que agradecer su asistencia, adoptó nuevamente su cargo como soberano de Arven.
Esa semana tendría que acudir al consejo y dedicó los últimos minutos de la recepción para dejarlo organizado con los ministros presentes.
No volvió a divisar un destello rubio por el salón desde que la había contemplado alejarse de él con las mejillas sonrojadas y una sensación que no supo describir lo asaltó al caer en la cuenta de que no podría despedirse.
La señorita Julia Lorraine parecía tener el don de la desaparición.
Su conversación con ella había sido tan natural, tan distinta, que no había hecho más que incrementar su interés. Interés que hacía una eternidad que nadie despertaba.
Sorprendido por aquella afirmación que su mente había arrojado, ya que no estaba acostumbrado a que algo se saliera de su «cuadrado», tras dar el evento por finalizado junto a Lewis, Sebastian y Ella, recorrió, una vez que los acompañó a los garajes, los jardines de palacio.
Siempre que terminaba un acto en el edificio Astra, aprovechaba para perderse en ellos. Contemplarlos iluminados por las luces titilantes de las farolas le producía una necesaria sensación de calma y, en primavera, con esa suave iluminación anaranjada, no podían ser más espectaculares.
Esperaba que la zona que estaban restaurando, siguiendo los planos que él había diseñado, terminara siendo igual de especial que el resto.
El agotamiento no tardó en recordarle que debía volver a su habitación y dejar de pulular por la Villa. Habían sido unas semanas difíciles y su perfeccionismo, una vez pasado el momento álgido, le estaba pasando factura.
Dejando para la mañana siguiente el análisis al detalle de todo lo que había acontecido y, para el lunes, el empezar a trabajar en ello junto a Lewis y su equipo, tras una breve ducha que relajó todos y cada uno de sus músculos, encontró en su enorme cama adoselada un sueño, sorprendentemente, reparador.
JULIA
La zona de degustación de Sweet Garden también abría los domingos que no tenían ningún evento y ese, aunque le tocaba abrir a Olivia, había decidido cambiarlo con ella, por su descanso del martes.
Así tendría libres dos días seguidos y podría dedicarlos a plantar las últimas semillas de menta y tomillo que había adquirido, y a leer sobre cómo conseguir hacer florecer, sin que desprendan un olor terrible, las orquídeas blancas que tanto le gustaban.
A media mañana, con su té de agujas de plata, en una de las tazas de cerámica que habían comprado para servir bebidas calientes en esa zona del local, se sentó en una de las mesas de madera que con tanto gusto habían elegido y se permitió disfrutar de un pedazo de quiche mediterránea recién horneada, que ya tenía expuesta.
Sabía que no sobraría ni un pedacito al final del día y tenía que aprovechar.
Aunque no consideraban aquella zona una cafetería y el objetivo era que la gente conociera sus productos para posteriormente contratarlas, el espacio era tan acogedor que gran parte de las personas que las visitaban lo hacían sin esa intención.
Atesorando la paz que le producía ese espacio y admirando las plantas que había ido colocando como decoración, cogió el dominical y se aventuró a leerlo.
Casi se cae de la silla cuando en portada, debajo de una fotografía del rey Edward dando el discurso —imagen que no se atrevió a mirar más de la cuenta—, se hacía una mención a Sweet Garden.
«El recientemente inaugurado servicio de catering Sweet Garden, novedad en la recepción, no dejó indiferente a nadie y fue uno de los distintivos del magnífico evento organizado por la Casa Real».
Que alguien la pellizcara, tenía que estar soñando.
—¡Sí! —gritó—. ¡Estamos volando!
Gracias al cielo, estaba sola, aunque perfectamente podían haber oído su alegría en la otra punta de la ciudad.
Recomponiéndose, continuó leyendo y fue al ver otra fotografía del soberano, del hombre con el que, para su desconcierto, había hablado, cuando se permitió admirarlo.
No esperaba conocerlo personalmente y, de haber sido así, Edward II de Valera no era, en absoluto, como ella había imaginado.
EDWARD
Uno de los detalles que más le fascinaba de sus aposentos era la terraza privada con la que contaba.
Dispuesta con una mesa, sillas y un mueble refrigerado con bebidas y algún que otro aperitivo, decidió desayunar allí, aunque ya era casi mediodía.
Solo había salido de su habitación en busca del periódico, así que regresó con él y se acomodó en una de las butacas, disfrutando del silencio.
No podía negar que quería saber el impacto que la recepción había causado, pero se tomó con calma el momento de comprobarlo.
Con un café en la mano, puso los ojos en blanco al ver la instantánea de sí mismo que ocupaba la portada y procedió a leer.
La acogida de las becas parecía haber superado sus expectativas, pero eso no fue lo único que removió su elaborada fachada.
—Sweet Garden —pronunció en voz alta.
Julia.
Repitió su nombre en silencio, deteniéndose un instante en cómo sonaba.
«Demasiado bien», pensó, permitiéndose una casi imperceptible sonrisa.
Sin saber muy bien por qué, acababa de añadir una tarea a su lista interminable de responsabilidades, solo que aquella la afrontaría con un interés diferente.
Tenía que encontrar una forma original de conseguir la receta con la que aquella mujer, intrigante y preciosa, le había retado.