3 Y quien busca, encuentra
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Y QUIEN BUSCA, ENCUENTRA
EDWARD
Sintiéndose tan liviano como una pluma, respondió a las preguntas que la prensa fue haciéndole con entereza. Lo había conseguido y su país —o al menos los presentes— se había mostrado igual de emocionado que él con la iniciativa de la que tan orgulloso se sentía.
Aunque aquella aventura solo acababa de empezar, pues quería formar parte del proceso de selección de los proyectos amparados, se permitió respirar.
Cuando el foco dejó de recaer sobre sus hombros, se acercó a sus padres.
—Bien hecho, Edy —murmuró su padre, sonriendo al tenderle la mano.
—Papá... —gruñó, frunciendo el ceño.
De todos los apelativos por los que lo llamaba su círculo, Edy era el que menos le gustaba.
—Edward, para nosotros siempre serás Edy, por muy rey que ya seas —le reprendió Katherine, su madre, con el tesón de la reina que había sido.
Ante la sonrisa de su padre, que había ganado aquella pequeña batalla, se rindió y, sin importarle en absoluto lo rodeado de personas que estaba, abrazó al que había sido el consorte.
—Gracias, papá —dijo tras aquella breve muestra de cariño.
Y, sabiendo que su madre aguardaba un abrazo similar, para molestarla, le cogió la mano y, posando un beso en ella, se despidió:
—Te veo luego, madre.
—Edward de Valera, si no estuviéramos...
Riéndose, se apartó de ellos, en busca de un momento de intimidad, cosa que sabía que sería difícil conseguir en una recepción, pero que necesitaba.
Apoyándose en una de las mesas altas que habían dispuesto en la zona más discreta del salón, interceptó uno de los postres que estaban sirviendo.
Pocas personas sabían que su fruta favorita era el limón y, al ver el distintivo color amarillo en las tartaletas, no pudo resistirse.
Con lo que no contaba era con la explosión de sabor que sintió en la boca en cuanto probó aquel pequeño trozo de cielo.
A lo largo de sus veintinueve años de existencia había tenido la oportunidad de maravillarse con los mejores postres del mundo, pero jamás había encontrado uno que mezclase de forma tan equilibrada la acidez con la dulzura.
Su cara de fascinación debió de delatarlo, ya que, cuando estaba terminando de tragar el último trozo, notó dos pares de ojos mirándole.
—Sigues sin dignarte a felicitarme —le recordó Lewis, acercándose y fingiendo indignación.
—Es a mí a quien debe felicitar —añadió, indignada, ella sí lo estaba realmente, su hermana.
Seguía sin saber cómo había sobrevivido tantos años a las guerras abiertas de los mellizos.
Ocultando una sonrisa al ver cómo se avecinaba un nuevo huracán entre ellos, respondió, pasándose una mano por el mechón rebelde de su cabello:
—Es al equipo de cocina al que tengo que dar la enhorabuena.
Al pronunciar aquellas palabras, el recuerdo fugaz de una desconocida lo asaltó durante un parpadeo, hasta que Ella, ignorando a su hermano, le explicó que podía hacerlo, ya que la novia de uno de sus compañeros, a la que señaló intentando ser disimulada, cosa que no consiguió, era la dueña de Sweet Garden y acababa de incorporarse al evento.
Había hablado con Noah —si no recordaba mal el nombre—, el doctor en química que estaba junto a la creadora de esa maravilla de postre y, rememorando lo agradable que había sido la conversación, caminó hasta ellos.
De todas formas, ya había planeado hacer saber al catering lo satisfecho que estaba palacio con sus servicios antes de que terminara la recepción, por lo que aquel momento era tan bueno como cualquier otro.
Con una cordialidad que le sorprendió, se produjo la presentación y, haciendo gala de su saber estar, no dudó en decir:
—Señorita Dawson, el cóctel ha sido extraordinario, aunque no puedo evitar hacer una mención especial a las tartaletas de limón.
Con un desparpajo innato, Olivia respondió:
—Me encantaría decirle que son obra mía, Majestad, pero quien se ocupa de los postres es mi socia.
Y, antes de que él o alguno de los presentes pudiera añadir nada, la pizpireta mujer añadió:
—¿Quiere conocerla? Estoy segura de que le encantará saber que una de sus creaciones ha causado furor.
Incapaz de negarse ante su entusiasmo y agradeciendo la frescura con la que se dirigía a él, cuando quiso darse cuenta, estaba frente a la puerta que escondía las cocinas del salón, sin ser consciente de la relevancia que tendría en su universo la persona a la que estaba esperando conocer.
JULIA
Con la ayuda de Jessica y David estaba preparando todo lo que tenía que volver junto a ella de regreso a Sweet Garden.
El evento, al menos la parte que a ella le incumbía, estaba llegando a su fin y, con la satisfacción de un trabajo bien hecho recorriendo su interior, dio gracias al cielo o a Atenea, que es a quien siempre se encomendaba Oli, por aquella oportunidad.
Quién sabe cuántas puertas podría abrirles el éxito en la Villa del Amanecer.
Divagando sobre las infinitas posibilidades, escuchó cómo la puerta tras la que había escuchado el discurso del rey se abría nuevamente.
—July —la nombró su mejor amiga entrando de forma apresurada—, te necesito ya.
—¿Estás bien? —preguntó, preocupada, acercándose a ella e inspeccionándola de arriba abajo.
Conocía a Olivia, se podía perfectamente haber tirado una copa encima o haberse roto el vestido en tiempo récord.
—Pues claro que lo estoy —respondió esta, con una sonrisa que no logró descifrar—, pero necesito que me acompañes fuera. No te vas a creer quién quiere darte la enhorabuena.
Asimilando la información que Oli narró a toda velocidad, negó con la cabeza. Nunca había sabido cómo encajar los halagos.
—No estamos negociando, vamos —le dijo su mejor amiga, tirando de su mano.
Colocándose como pudo la larga trenza deshecha que había sobrevivido a toda la jornada, la acomodó sobre un hombro y siguió a Olivia.
Los tres pasos que las separaban del exterior, en aquella ocasión, le parecieron eternos.
Aún con la cabeza en sus zapatos de trabajo, paulatinamente alzó el mentón, buscando a quien quisiera felicitarla y lo que encontró fue lo último que esperaba.
Ante ella se encontraba un rostro, perfectamente cincelado, que era imposible no reconocer.
Por un instante, vio reflejada su sorpresa en los ojos color avellana del rey, que la observaron, sin apartar la mirada, con el mismo asombro.
Un escalofrío recorrió su espalda, pero lo achacó al impacto de tener, sin previo aviso, frente a frente, al soberano de su país.
—Majestad, le presento a mi socia, Julia Lorraine, coordinadora, jefa de cocina y experta en repostería.
La voz de Olivia la trajo de vuelta a la realidad, pues durante una fracción de segundo se había perdido en una especie de limbo.
—Señorita Lorraine, es un placer conocerla —respondió Edward, esperando un apretón de manos.
—El placer es mío —articuló, extendiendo el brazo para formalizar la presentación.
Su abuelo le había enseñado que los apretones de manos se dan mostrando siempre aplomo, por lo que así lo hizo y creyó captar una chispa de diversión en el hombre que sostuvo sus dedos durante un instante más de lo habitual.
—Discúlpenos por la interrupción —continuó el rey—, solo quería felicitarla por el postre.
—¿Cuál de todos? —cuestionó, dándose cuenta de que Olivia, Noah y dos personas que no conocía estaban atentos a aquella interacción.
Probablemente preguntárselo de forma tan directa había sido de todo menos apropiado, pero tenía un motivo que consideraba de peso para su «torpeza» ante las normas de cortesía: treinta segundos antes estaba feliz, imaginando el futuro de su negocio en la cocina y, acto seguido, la habían arrastrado, literalmente, al salón.
—Las tartaletas de limón —respondió sin duda el rey, mostrando una leve curva en sus labios.
«Benditas flores de Jamaica», pensó. Ellas habían sido las causantes de la magia de su sabor.
—Gracias, Alteza —contestó, buscando dar por finalizada la conversación, ya que no encontraba nada más que añadir.
Esperando una señal para poder volver a entrar en territorio seguro, aguardó en silencio, hasta que la mujer que había acompañado a sus amigos y al soberano de Arven habló:
—¿Te quedarás durante el resto de la recepción?
Se estaba dirigiendo a ella.
—Perdona, soy Ella —se presentó la joven morena, acercándose al ver su cara de desconcierto.
—Encantada, Ella, pero tengo que continuar con... —intentó excusarse, ya recuperada del impacto inicial que le había causado esa inesperada felicitación.
—Sería un honor que se quedara el resto del evento, señorita Lorraine —dijo una voz que ya no sintió tan desconocida.
El rey volvía a tener sus ojos sobre ella y, como contrapunto, le devolvió el gesto.
—Venga, July, por favor —agregó su mejor amiga.
Lo cierto era que nunca había acudido a un acto así, no como invitada, así que dejándose llevar por la espontaneidad que la caracterizaba, aceptó.
—Termino aquí, me cambio y voy a buscarte —le dijo a Oli, que a duras penas disimuló su entusiasmo.
—Tenemos que celebrar lo bien que ha salido todo hoy.
Tenía razón, su trabajo en Alborea había sido más que merecedor de una celebración y así lo corroboraron Noah y Ella, volviendo a alabar lo que habían logrado.
—Espero que disfrute del resto de la velada —agregó Edward, dando un paso casi imperceptible hacia ella.
Asintió y, despidiéndose con una sonrisa de los presentes, entró pensando en lo insólito que le parecía todo aquello.
Pensamiento que no duró demasiado, ya que recordó el vestido que tenía en la taquilla y con el que tendría que entrar como invitada en el elegante salón.
EDWARD
Había tardado una fracción de segundo en reconocerla, la trenza deshecha y las mejillas en un tono cereza habían sido prueba suficiente de que era la mujer a la que había visto salir a hurtadillas de la cocina.
Hecho que despertó aún más su curiosidad y, aunque salirse de lo políticamente correcto no formaba parte de su personalidad, algo lo impulsó a buscarla por la sala.
Y quien busca, encuentra.
Julia Lorraine acababa de aparecer justo al otro lado de la estancia, con la melena rubia suelta cayendo sobre su espalda, un vestido de lino en un suave color amarillo y unas bailarinas.
Destacaba. Y no solo por la diferencia en su atuendo con el resto de los invitados, sino por la fortaleza y autenticidad que parecía irradiar.
Se estaba reprendiendo mentalmente por seguir observándola, cuando la mirada cristalina de la dueña de Sweet Garden chocó con la suya.
Y no sucedió solo en una ocasión.
A la tercera o quizá cuarta vez que sus ojos coincidieron, guiado por un desconocido impulso, caminó hacia ella, intentando pensar en una excusa para volver a hablarle.