Junto al rey (Arven 2) 2 A las mil maravillas
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2 A las mil maravillas

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A LAS MIL MARAVILLAS

JULIA

Una cosa era ver los alrededores de palacio desde detrás de las preciosas verjas de hierro forjado y otra muy diferente, caminar, intentando centrarse en todo lo que tenían por delante aquel día, sin desviar los ojos hacia los inmensos jardines que había a su alrededor.

Las flores, las fuentes, el paseo... todo parecía querer captar su atención y, a quién quería engañar, lo estaba consiguiendo.

Ya en la gran cocina del edificio Astra, preparada para cumplir con su función como cocinera y coordinadora, seguía pensando en el camino de grava que había recorrido seguida por todo el equipo, en cómo los rosales en flor vibraban bajo la tenue luz de la mañana y en el olor a hortensias y lavanda que aún podía percibir.

La Villa del Amanecer, en lo poco que había tenido el honor de ver, la había embaucado por completo. Su belleza era exquisita.

Opacando las ganas de volver hacia los jardines hasta explorarlos por completo, miró a Olivia y, tras un gesto cómplice, comenzó la acción.

Cuatro ayudantes de cocina y trece camareros, con los que ya habían contado para otros eventos y que habían sido aprobados por la casa real, siguieron sus primeras directrices de la jornada.

Tenían cinco horas por delante, sin margen de error y demasiados platos que preparar, otros que terminar, sin olvidarse del arte que suponía emplatar, del que se encargaría personalmente.

No podían permitirse fallar. Ni ese día, ni en aquel lugar.

Ella, junto a Jessica y Robert, se puso con los aperitivos fríos y Oli, seguida por David y Caroline, se encargó de la estación principal y los aperitivos calientes.

El tiempo corría en su contra. Sin embargo, a las seis en punto, cuando el murmullo de los invitados ya se hacía eco por todas partes, se secó las manos en el delantal, ocultando la emoción y, abriendo la puerta que conectaba, de una forma increíblemente discreta, las cocinas con la zona norte del gran salón, encomendó a quienes consideraba un equipo extraordinario la misión de que aquella recepción dejase a Sweet Garden como el mejor servicio de restauración de Liora.

Solo en dos ocasiones, desde que todo empezó, tuvo que hacerse un hueco entre los invitados para ir a ayudar, momentos que aprovechó para reiterarse que el evento estaba saliendo a la perfección y para admirar, casi tan embobada como cuando había contemplado los jardines, la magnífica sala, repleta de vidrieras, en la que se celebraba el cóctel.

«¿Habrá algo que no sea tan sumamente maravilloso en este palacio?», pensó mientras regresaba a su lugar junto a Oli.

Todo estaba funcionando a las mil maravillas, demasiado bien para permitirse bajar la guardia y, mientras lo comentaba con su socia, con el corazón encogido de tanta dicha, decidió que era el momento de continuar con la dirección de la recepción sola, por lo que no tardaría mucho en darle la sorpresa que, con tanto cariño y gracias a la ayuda incondicional de Valentina, su madre, había estado preparando.

Sorpresa que debía salir a buscar, con toda la discreción posible, teniendo en cuenta dónde estaba.

EDWARD

La lluvia de felicitaciones que estaba recibiendo, junto a las sonrisas de sus padres, que seguían sus pasos desde lejos, permitiéndole tomar sus propias decisiones, como siempre habían hecho, sin ni siquiera haber dado el discurso, consiguió apaciguar el afán de perfección que le perseguía por costumbre.

Incluso estaba disfrutando del evento y de conocer a los integrantes de los diferentes grupos de investigación de la universidad.

El área de ciencias siempre le había parecido fascinante y la búsqueda de proyectos sostenibles, adaptados a Arven, a medida que iba escuchando pinceladas de lo que serían las propuestas, le parecía cada vez más una de las mejores ideas que había tenido desde que había sido nombrado soberano.

Disfrutando de uno de los aperitivos, una especie de brocheta con tomate y albahaca, su mirada pasó del rostro moreno de Lewis, que le observaba, altanero, sabiendo que había acertado con el catering, al lugar en el que sabía que se escondía la puerta que daba acceso a la cocina.

Estaba pensando que a quien debía agradecerle aquella recomendación era a Ella, que también estaba por allí con sus compañeros de trabajo, y no al pretencioso de su mejor amigo, cuando la vio.

Una trenza rubia enmarcaba su suave rostro sonrojado y fue el contemplarla huir a hurtadillas del salón lo que consiguió que, de forma inconsciente, se formara en su cara una genuina sonrisa.

«¿Quién será?», se preguntó curioso.

Hilando, ya que era un hombre racional, mientras escuchaba de fondo a Lewis y a Sebastian, uno de los futuros ministros, dedujo que formaba parte de Sweet Garden y, sintiéndose un tanto ridículo, pensó que aquel nombre describía a la desconocida que había desaparecido ante sus ojos a la perfección, aunque no supo explicar por qué le resultó tan acertado.

Relegando la curiosidad a un cajón, se acomodó la corbata estampada en tonos burdeos que llevaba y, siguiendo rigurosamente el programa, se preparó mentalmente para el discurso que tenía que dar.

Lo había releído, como era habitual —e innegociable— en todo lo que hacía, infinidad de veces, por lo que lo daría de memoria y esperaba, con aquellas palabras, mostrar a su país, ya que sería retransmitido en televisión, su férrea implicación para que Arven siguiera creciendo durante su reinado, aunque no interviniera de forma directa en la política.

No obstante, cuando estaba tomando posiciones frente a todos, un destello rubio, que no había olvidado, iluminó el salón.

JULIA

Si había entrado y salido por la «puerta principal» era porque consideraba el tiempo oro y aquel era el acceso más rápido al exterior, ya que había dejado en la furgoneta el vestido y los zapatos para Olivia.

Increíblemente, había sabido ubicarse, sin perderse, en el laberinto que parecía aquel bonito edificio.

Con la ilusión de una niña pequeña, se acercó a su mejor amiga, con la que se había excusado y a la que había dejado sacando los postres, que se servirían como dulce final tras el discurso del rey.

—¿Qué es eso, florecilla? —la interceptó su socia, al verla volver a entrar, antes de que ella pudiera hablar.

—Creo que por hoy tu jornada ha terminado, amiga mía —pronunció, tendiéndole la bolsa en la que guardaba su sorpresa.

La expresión de desconcierto de Oli, intentando entender a qué se refería, logró que comenzara a emocionarse.

Algo que consideró completamente lógico en un día como aquel, que había estado repleto de tanta intensidad.

—Juls...

La había pillado.

—¿En serio pensabas que te librarías de salir ahí fuera como invitada, señorita Dawson?

Noah, cuando les habló por primera vez de la recepción, le pidió a Olivia, como no podía ser de otra manera, que fuera su acompañante, solo que en aquel primer momento no habían contado con que la suerte o quizá el destino las llevaría a terminar formando parte del personal.

Fue una vez que su participación quedó consolidada cuando, una tarde, después de atiborrarse a buñuelos de viento con su madre, en una de las mesitas de la zona de degustación de Sweet Garden, se le ocurrió aquella idea, de la que el novio de su amiga también había terminado formando parte.

—Pero... Tenemos que terminar aquí —intentó decir Oli, sin atreverse a abrir el paquete que ya tenía en sus manos.

—Ey, no hay peros que valgan, como diría mi madre —gruñó, intentando parecer autoritaria, aunque la sonrisa que se formó en sus labios no ayudó— que, por cierto, es quien lo ha preparado para ti.

Si la emoción en ella amenazaba con rebasarla, a su alma gemela la sobrepasó en cuanto vio el contenido del paquete: un vestido hecho a mano.

—Ve a cambiarte, por favor —le pidió conteniendo las lágrimas, ante las miradas divertidas del equipo que seguía junto a ellas en la cocina.

—Eres la mejor, Julia Lorraine —respondió Oli, abrazándola.

—No lo repitas mucho o me lo empezaré a creer —añadió, buscando con la mirada un pañuelo entre las trufas, los milhojas y las tartaletas de limón que invadían hasta el último rincón de la encimera.

Se estaban comportando cual par de dramáticas.

Casi dando saltos de alegría, Olivia salió por la puerta trasera, la que daba acceso a una zona de almacenaje y a unos vestuarios, dispuesta a cambiarse.

Cuando reapareció, tan solo unos minutos después, con su delicado vestido de raso en color champagne y sus rizos recogidos en un moño desenfadado, supo que aunque se había cargado de trabajo, había acertado.

Su mejor amiga merecía aquello y mucho más.

Haciéndola girar, como en las películas, ambas se echaron a reír y deseando ver, aunque fuese durante un segundo, la cara de Noah al ver entrar a su novia, la acompañó al salón.

El discurso del rey estaba en pleno auge, por lo que decidieron no hacer ningún ruido y aguardar, apoyadas en la puerta, hasta que este terminase.

Había estado tan entretenida con sus tareas que, aunque era observadora y curiosa por naturaleza, no se había parado a buscar entre los invitados a los miembros de la casa real.

La voz del rey Edward, cargada de una fe inquebrantable en el proyecto que estaba exponiendo, consiguió que la primera vez que se fijó en él, más allá de lo que cualquier persona con un par de ojos habría hecho, lo observara, sin poder apartar la mirada, con verdadera admiración.