Junto al rey (Arven 2)
© inepub.com
1 Dos perspectivas
DOS PERSPECTIVAS
JULIA
La voz de Bryan Adams, junto a los primeros acordes de Heaven, su canción más emblemática y la que a ella más le pellizcaba el corazón, envolvía cada metro cuadrado de la cocina de Sweet Garden.
Oli había decidido poner la radio a todo volumen mientras trabajaban mano a mano.
Al ritmo que iba, si su socia seguía entonando así, lograría que el cielo, que a duras penas empezaba a clarear, se encapotase.
Y, aunque ella adoraba con todo su ser la calma que le producía el sonido de la lluvia, su estación predilecta del año —la primavera— llevaba dos largas semanas sin dar tregua, tanto que parecía que jamás volverían a ver el sol en todo su esplendor.
—En serio, Olivia, ¿te he dicho alguna vez que serías una extraordinaria cantante si no fuese por la voz? —preguntó mientras terminaba de mezclar los ingredientes del lemon curd, intentando esconder una sonrisa.
Hacía demasiado rato que no se pinchaban la una a la otra.
—Baby, you're all that I want... —siguió cantando su mejor amiga, guiñándole un ojo y omitiendo su deliberado ataque mientras bailaba alrededor de la encimera metálica que dividía la estancia en dos.
—Desde que estás con Noah, solo cantas baladas, querida —prosiguió chinchándola, admirando la creación que tenía entre sus manos.
En tan solo dos días tendría lugar el evento más importante de sus carreras y, gracias a la libertad creativa que les había otorgado la casa real, estaba elevando, con mimo, azúcar y unas flores de Jamaica, el que consideraba su postre estrella.
—Juls, adoras a Noah —replicó Oli, sin poder evitar sonrojarse al nombrarlo—. Y ahora, hazme el favor de subir a nuestra casa y bájame la albahaca.
Efectivamente, sentía un cariño especial por Noah, pero era por el simple hecho de que jamás había visto a nadie idolatrar tanto a su mejor amiga como lo hacía él.
—Adoro al mejor químico de Arven tanto como tú a mis plantas —respondió encaminándose hacia la puerta.
—Estoy aprendiendo a quererlas —gritó Olivia cuando ella ya había salido hacia las escaleras que conectaban Sweet Garden con su apartamento.
La realidad era que Oli, gracias al cielo y a que la conocía demasiado bien, no había entrado en colapso al ver la cantidad indecente de macetas que trajo consigo cuando se mudaron, pero jamás amaría tanto a sus preciosas caléndulas como ella.
Aquella pasión por las plantas, que había emergido con fuerza tan solo un par de años atrás, se había convertido en su hobby predilecto.
Cuando abrió la puerta de su hogar, el olor a «vida» le recordó por qué seguiría aprendiendo botánica, incluso algo de herbología. Mirando con ternura a los ranúnculos, se dispuso a cortar la albahaca.
Habían estado tan ocupadas en los últimos días que no fue hasta ese instante, sin previo aviso, cuando los nervios por su inminente puesta en escena en el palacio de Alborea, también conocido como la Villa del Amanecer, hicieron acto de presencia.
No era su primer gran evento como empresaria, aunque aún se sintiera como una novata en aquel universo tan adulto, pero sí sería el mayor reto al que se habían tenido que enfrentar hasta la fecha.
Le seguía pareciendo increíble que hubiesen conseguido, gracias a una acertada y oportuna recomendación de Noah —que había hablado con Ella, la hermana de la mano derecha del mismísimo rey—, una oportunidad que, sin lugar a dudas, habían sabido aprovechar tan solo seis meses después de la apertura del catering.
Quedaban menos de cuarenta y ocho horas para su primera —esperaba que no última— recepción en palacio y, pese a que tenía un temple inquebrantable, como le decía su madre, se permitió, en aquel momento de soledad, titubear.
Tenían que estar a la altura. Ella tenía que estarlo.
Con la albahaca en la mano, tras un largo suspiro, volvió a bajar al local con la energía renovada y con una clara intención de comerse una de las trufas que ya descansaban en la cámara frigorífica.
«No hay nervios que un buen dulce no sea capaz de apaciguar», pensó devorando aquel pequeño manjar.
—¿Crees que conoceremos a su majestad, florecilla? —le preguntó Oli un rato después, sacando tema de conversación, cuando prácticamente habían terminado su infinita lista de tareas.
Ni se lo había planteado, estaba tan centrada en cómo sería su trabajo como jefa de cocina y posteriormente «apagando fuegos» en el salón, que lo que menos le preocupaba era con quién se codearían.
—Mmm... —titubeó, concentrada, afinando la decoración de las tartaletas que solían exponer en la zona de degustación.
—Aún no me creo que la casa real vaya a financiar esas becas —continuó hablando su mejor amiga.
—A mí me parece un gran gesto —contestó, acercándose por tercera vez a la nevera para poder seguir deleitándose con el sabor del cacao.
—Lo es —afirmó Oli, con una chispa de esperanza en sus enormes ojos verdes—. Y te prometo que rezaré a Atenea si hace falta para que el equipo de Noah sea quien consiga una de ellas —añadió, acercándose a su lado, jugueteando con el nudo del delantal en color menta que ambas vestían.
—Hasta yo pondré un par de velitas a la diosa de la sabiduría —respondió, pasándole un dulce.
Aquello de lo que hablaban era el motivo de la celebración para la que habían sido contratadas. La casa real de Arven, por iniciativa del rey Edward, impulsaría una serie de nuevas becas destinadas a fomentar proyectos sostenibles en la universidad de Liora.
—Yo las pondré para que conozcas a alguien allí.
—Ey, cállate —gruñó airada, mirándose una manicura inexistente—. Sabes que mi amor incondicional lo tiene DJ.
Y así era: enamorarse hacía milenios que no entraba en sus planes. No hasta consolidar su sueño. Y después, tampoco, pues existía un mundo entero por el que quería viajar, aunque solo pudiese hacerlo en invierno, cuando terminase la temporada de eventos.
—Eres incorregible, July.
—¿Vamos a buscar al chiquitín? —cuestionó encogiéndose de hombros, pensando dónde se habría escondido su ahijado pelirrojo.
—Coge el paraguas, por si acaso —le respondió Oli, tras ponerse las chaquetas y apagar, una a una, todas las luces del local.
Menos mal que lo hizo, pues los berridos de Olivia que el cielo había tenido que escuchar finalmente se habían revelado, y una suave lluvia comenzó a empaparlas cuando encontraron al pequeño jugando con otro par de felinos en la zona del paseo marítimo.
—Creo que este evento nos va a sorprender, Juls —comentó Oli con Dante Jovi ya acurrucado en sus brazos—. Llámalo intuición o predicción de bruja piscis.
Parecía que acababa de leerle el pensamiento, ya que ella sentía exactamente lo mismo.
—Creo que por fin, amiga mía, estamos volando alto —respondió entonces, agarrándola, con cariño, como siempre hacía, del brazo.
O, al menos, estaban despegando, pero sonaba menos épico.
La lluvia cesó por completo aquella bonita noche de abril, cuando regresó junto a su pequeña familia a casa y, por alguna razón que no supo explicar, mientras observaba el brillo de la luna desde la gran ventana de su habitación, supo que algo, aún no sabía el qué, acababa de empezar a cambiar.
EDWARD
Siempre había creído que todo podía diseñarse, incluso el futuro de su país.
Por eso mismo, aun sabiendo que llevaría la corona de Arven, estudió arquitectura, guiándose por su instinto, ese en el que tanto confiaba.
Sentado en su despacho del edificio Lira, el área de la Villa del Amanecer destinada a los plenos, revisó por trigésimo novena vez aquel día el evento que llevaba, lo que se le había antojado una eternidad, preparando.
Desabrochando los botones del chaleco en un tono gris marengo que lucía esa mañana, se acomodó en el apacible sillón de cuero negro que había encargado trasladar a esa zona de palacio.
Si el reloj de aquella sobria sala no fallaba, Lewis estaría a punto de hacer acto de presencia.
Aguardando a su llegada, anotó las preguntas que, aunque sabía que ya le había hecho, volvería a repetirle.
Confiaba en su mano derecha casi más que en sí mismo, pero necesitaba que todo fuera perfecto.
Era su primera iniciativa como soberano y, aunque contaba con el apoyo de todos los ministros y de la reina emérita, su madre y fiel consejera, pues todo lo que implicase un cambio en Arven pasaba primero por ellos, no se quedaría tranquilo hasta que no se volviese a cerciorar de la pulcritud del programa que debían seguir.
El sonido de la puerta hizo que levantara la cabeza de sus anotaciones y que se pasara una mano por el pelo, intentando frenar el mechón rebelde de color café que se empeñaba en opacar sus ojos.
—Adelante —dijo poniéndose en pie.
—Buenos días, su Excelentísima Majestad —saludó Lewis con su particular tono desenfadado.
—Veo que estás de buen humor —murmuró al escuchar cómo le había saludado su amigo.
—Pues como siempre, Ed —respondió este sonriendo, mientras se sentaba frente a su escritorio.
Si formaba tan buen equipo con el que había sido su compañero de colegio era porque eran el contrapunto perfecto.
Lewis fluía como el viento; sin embargo, él no era capaz de soltar, es más, era incapaz de pensar en salirse del cuadrado que su mente, hacía años, había trazado.
Probablemente su carácter tuviese bastante que ver con la educación que había recibido desde la cuna como heredero.
Aun así, como se dijo al pensar en lo diferentes que eran, no era el momento de divagar sobre lo difícil que podía llegar a ser su marcada personalidad.
—Está todo preparado, Edward, no hay ni un solo fleco suelto —comentó Lewis, enderezándose, satisfecho, una vez terminó de responder a su bombardeo de cuestiones.
Su mano derecha, aunque pretendía ocultarlo, parecía agotado y eso que solo llevaban reunidos un par de horas, por lo que, buscando centrar el resto de la jornada en algo más liviano, se fijó, casi por casualidad, en un nombre que hasta entonces, cosa que le sorprendió, le había pasado inadvertido.
—¿Sweet Garden? —preguntó, curioso.
—Es el nombre del catering —explicó Lewis, acomodándose en su silla.
No le sonaba de absolutamente nada y no es que fuese un experto en todos y cada uno de los negocios de restauración que había en Liora, sino que siempre solían utilizar los mismos servicios y aquel nombre, tan «dulce», estaba seguro de que lo habría recordado de haberlo escuchado antes.
—Suena más a los encargados de los arreglos florales —bromeó, aunque nadie podría haberlo adivinado por la seriedad de su voz.
—Ella me lo recomendó, Ed, y créeme, confío en el gusto culinario de mi melliza.
La hermana de Lewis, aparte de trabajar como investigadora en el área de química de la universidad, era una experta en saquear las cocinas de palacio y probar hasta el último bocado que a Hillary, la jefa de cocina, se le hubiera ocurrido preparar o, al menos, lo había sido cuando eran unos niños.
Así que sí, se podría decir que ambos confiaban en su criterio.
—Es tu puesto el que peligra si no están a la altura —dijo, intentando ocultar una mueca.
—De verdad, Ed, si no fuera porque sé que dentro de ti existe un ser medianamente amable, con esa actitud tan estirada me darías hasta miedo.
—Eso pretendo —respondió carcajeándose, mostrando su verdadera esencia con aquel gesto despreocupado y alejando, por una fracción de segundo, el peso autoimpuesto que sostenía.
No había nada más importante para él que Arven, su país, su reino, su hogar y todo lo que quería construir como legado y, aunque no fuera una buena excusa, aquel era el motivo por el que se mostraba tan sumamente regio.
—¿Mañana te escabullirás para salir a correr? —preguntó Lewis antes de marcharse.
«Por supuesto», respondió mentalmente. Necesitaba aquellas escapadas vespertinas tanto como respirar.
—Saldré a las siete del jardín oeste.
—Intentaré venir pronto para acompañarte —dijo su amigo como despedida.
Sabía que no sería así, pero él aprovecharía que estaban reformando esa parte de la Villa para perderse al trote por los alrededores.
El aire fresco le vendría bien para enfrentarse a las más de doscientas personas con las que contaría palacio unas horas más tarde.
No obstante, para lo que no estaba preparado era para el impacto arrollador que le causó una de las integrantes.