Boda #5
Lina no pudo contener las lágrimas. Inés le había hablado desde el corazón y quería corresponderla.
Miró a Candela para que le acercase el papel con sus notas.
Pero, antes de abrirlo, tomó la decisión de no leerlas.
Cogió aire y se centró en los ojos azules que le habían atraído desde que era una niña.
—Inés… Nunca pensé que llegaría este momento.
Siempre he sabido quién soy, de dónde vengo.
También he sabido lo que sentía… Ese amor distinto, ese que tenía que esconder, ese que solo vivía dentro de mí.
Crecí trabajando en tu casa, entre pasillos largos y normas estrictas.
Te veía pasar y sentía algo que no entendía.
Me fascinabas. Me asombrabas. Aunque eras una señora inalcanzable, yo…
yo soñaba con verte reír, con que te fijaras en mí, aunque fuera solo un segundo.
Jamás me habría atrevido a imaginar esto: que algún día tú, Inés de la Corte, la mujer que siempre me impuso, pero que más me ha hecho temblar, me tomases de la mano… y elegirías caminar conmigo.
Lina le tendió la mano que ella aceptó con gusto.
—Nunca pedí tenerte. Solo quería amarte en silencio, sin hacer ruido, sin molestar.
Pero hoy… hoy estás aquí, delante de mí, mirándome como nadie me ha mirado nunca.
Yo solo puedo darte lo único que tengo: mi corazón entero.
Te prometo que voy a cuidarte como nunca cuidé nada.
Te voy a amar con la misma fuerza con la que he esperado este momento toda mi vida.
No tengo tierras ni apellido. Pero tengo verdad, tengo ternura, tengo esta fe inmensa en lo que somos tú y yo.
Una lágrima de felicidad recorrió su mejilla. Dando permiso a que las de Inés hiciesen lo mismo.
—Te juro, Inés, que no habrá día que no agradezca haberte encontrado. Porque amarte ya era un regalo. Pero que tú me ames a mí… eso, eso es un milagro. Lo voy a honrar todos los días que me queden por vivir.
El jardín se llenó de aplausos. Inés y Lina, abrumadas, juntaron sus frentes. Necesitaban ese punto de conexión que, desde el primer día, no solo había unido sus cuerpos, sino también sus almas.
Pablo continuó con la parte final del discurso:
—Que ningún prejuicio humano opaque esta unión. Porque lo que nace del amor, lo que crece en el respeto, lo que se riega con ternura… ya está bendecido. Ya es santo.
»Que la vida os dé paz en los días difíciles, risa en los días alegres y, sobre todo, que nunca os falte la certeza de que elegirse cada día es el acto más valiente y más sagrado que puede hacer un ser humano.
Este amor que hoy todos celebramos, sea la prueba vivade que aún existe la esperanza.
Como promesa de este amor, ambas podéis besaros.
Cuando Pablo apenas terminó de darles su bendición, Inés tomó el rostro de Lina entre sus manos.
Sus labios se encontraron en un beso lento, delicado, cargado de emoción contenida.
Fue un susurro entre dos almas que al fin se reconocían libres.
Lina sonrió entre lágrimas al separarse, e Inés, sin soltarla, susurró:
—Ahora sí, para siempre juntas.
El silencio se llenó de ternura. Nadie, en ese momento, dudó de que eso fuera amor verdadero.
De la mano recorrieron el pequeño camino hasta el final del patio. Los invitados aprovecharon para lanzarles arroz.
Entre gritos, aplausos y vítores, Lina pudo distinguir una figura apoyada en uno de los árboles de la finca. Era Espe. Lina le sonrió con satisfacción, sabiendo lo importante que había sido ese gesto para ella, para las dos.
Todos los invitados fueron dando la enhorabuena a las novias. Besos y abrazos se repartieron por doquier, hasta que llegó la invitada que esperaba paciente, alejada de la multitud.
—Al final has venido. —Lina estaba muy contenta de que estuviese allí.
—Julio me ha prestado su coche y me apetecía conducir —bromeó Espe.
Lina la abrazó. Inés se mantuvo paciente a un lado.
—Ha sido muy importante para mí que hicieses este esfuerzo —le susurró en ese abrazo tan sentido.
Espe no respondió. No era necesario. Ella ya lo había dicho todo presentándose en la boda.
—Muchas gracias por venir —Inés rompió el silencio que se había creado.
—Muchas gracias por la dirección. —Miró de reojo a Lina; sospechaba que ella desconocía ese dato.
—No hay por qué darlas. Si quieres, ahora puedes venir a la fiesta.
En la nota que te dejé está la dirección.
—Muchas gracias, pero no creo que me quede. Tengo un largo camino hasta casa.
—Insisto. No me quedaría tranquila sabiendo que has hecho tantos kilómetros. En la Colonia hay sitio de sobra. Pasa la noche allí y mañana te marchas a la hora que desees.
Lina no terminaba de entender sobre qué estaban hablando, pero estaba tan emocionada de que esa conversación fuese tan cordial, que más tarde preguntaría lo que se le escapaba en ese instante.
—No voy a contradecir a la novia. Nos vemos en la… ¿Colonia? —preguntó por el nombre tan peculiar que recibía todo lo referente a la fábrica.
—Luego nos vemos, Lina —dijo antes de marcharse.
Cuando se quedaron a solas.
—Inés, ¿qué es eso de la fiesta en la Colonia? ¿Qué nota? —Lina exigió una explicación, porque no entendía nada de lo que acababa de ocurrir.
Inés sonrió mientras caminaba hacia el interior de la casa.
—No voy a decirte nada hasta que lleguemos allí. Anda, cámbiate de ropa.
—¿Cambiarme de ropa? ¿Para qué? —Ese juego en el que Inés sabía todo y ella nada no le gustaba ni un pelo.
—Lina, haz caso a tu mujer. Déjame que te dé una sorpresa —la voz de Inés la convenció.
Poco a poco, la casa se fue quedando vacía. Inés esperaba en el salón a que Lina terminase de arreglarse. En ese momento apareció Faustina.
—Hija, estabas preciosa. Las palabras que has dicho… me han llegado al corazón.
—Muchas gracias, madre. Es crucial para mí que usted no se perdiese ese momento tan importante.
—Lo sé, hija. Hablando de momentos importantes…
perdóname que hable de la empresa en este día, pero ya me conoces, no puedo evitarlo.
—La invitó a sentarse en el sofá—. Me has demostrado con creces que eres muy capaz de llevar la dirección de esta empresa, a pesar de estar lejos de aquí.
Francamente, lo has hecho estupendamente. —Sonrió orgullosa.
—Gracias —se limitó a responder. Tenía la sensación de que todos esos halagos traían algo más consigo.
—Eso me ha dado que pensar… Si eres capaz de hacer todo eso lejos de casa… no quiero imaginar lo que serías capaz de hacer aquí, en Ciudad Real. —Esperó la reacción de su hija.
—Madre, nos fuimos a Barcelona para poder vivir tranquilamente nuestro amor.
—Lo sé, hija, lo sé. Y, aunque al principio me costó, creo que te he demostrado con hechos que al final eres mi sangre y te apoyo. Por eso he pensado… que tal vez… te apetecería quedarte con esta casa. La he comprado con la esperanza de que te la quedases.
—¿Esta casa? —Inés no creía lo que escuchaba.
—Sí… Me duele enormemente tener a mis hijos lejos.
Creo que la situación ha cambiado lo suficiente como para que puedas volver a tu hogar.
Tu hermano Julián va a empezar una nueva vida.
Ha perdido todo interés en la fábrica. Aquí tienes una familia que te quiere, y has podido comprobar, que te apoya.
No veo inconveniente en que vuelvas a traer la dirección de la empresa a Ciudad Real.
Lina y tú podríais vivir aquí lejos de las miradas de los indiscretos.
A Inés no le salían las palabras. La propuesta era tan inesperada que no era capaz de planteársela.
Faustina sabía que era demasiada información, pero no podía contener sus ganas de volver a tener a su hija cerca.
En la boda había comprendido que el amor por una hija estaba por encima de lo que le habían enseñado desde pequeña.
Al ver que no obtenía respuesta, le dio más tiempo:
—No tienes por qué responderme ahora. Habla con Li… con tu mujer, y entre las dos tomáis una decisión. No aceptaré que lo hagas si no lo deseas realmente.
Inés asintió. No era capaz de hablar. Su mente no dejaba de repasar la conversación que acababa de tener.
Faustina le dio un beso antes de levantarse. Se abrochó, estiró el vestido, y se marchó.
En ese momento apareció Lina.
—Ya estoy lista. Vamos a donde sea que quieras llevarme para tu sorpresa.
Inés volvió a la realidad. Echó un rápido vistazo a Lina; el vestido de antes le quedaba espectacular, pero debía reconocer que la auténtica belleza de su mujer residía en destacar con las ropas más cotidianas.
—Nos vamos a dar un paseo —dijo con una sonrisa juguetona.
La tarde comenzaba a caer cuando Lina e Inés llegaron a la Colonia.
Desde la entrada, el bullicio ya era palpable.
Las risas, los acordes de guitarra y el murmullo de las conversaciones llenaban el aire de una alegría contagiosa.
Las banderillas de colores ondeaban entre los árboles del patio central de la fábrica, mientras las bombillas colgantes empezaban a encenderse una a una, tiñendo el lugar con una luz cálida y festiva.
Todos los trabajadores sabían que se celebraba un evento importante: la expansión a Francia, la nueva ruta de distribución con Barcelona y, cómo no, la visita oficial de la directora. Esa era la versión pública.
Antes de salir del coche, Inés detuvo a Lina, agarrándola de la mano.
—Tengo que hablar contigo un momento.
Lina esperó a que le explicase. Se había contenido de preguntar durante todo el trayecto.
—Antes hemos tenido la boda que yo deseaba.
Ahora vamos a tener la que tú quieres. No puede ser exactamente de la manera que te gustaría, pero esto es lo más cercano que he podido conseguir.
Los trabajadores piensan que festejamos lo bien que va la empresa, nuestra expansión y demás.
Pero en verdad, es solo una excusa para que tú tengas tu fiesta con todos tus amigos.
Lina abrió la boca, sorprendida. Inés había encontrado la manera de hacer su boda realidad.