Boda #6
—Inés, eres increíble. Aún no he entrado y ya te puedo asegurar que estoy encantada con tu idea. Cuando camine por ese patio y vea a toda esa gente festejando, yo sabré que es por nuestro enlace. Gracias. —Miró por las ventanas para comprobar que no había nadie y la besó en los labios.
El beso fue rápido, sencillo, clandestino.
Caminaron una al lado de la otra. Deseaban ir de la mano, pero se conformaban con la cercanía. Cruzaron las grandes puertas de la fábrica. Ese pequeño acto lo habían hecho cientos de veces a lo largo de los años, pero en esa ocasión era la primera vez que lo hacían como un matrimonio.
Juan, el cantinero, las recibió con un delantal lleno de manchas de harina y una gran sonrisa. A su alrededor, mesas repletas de tortillas, empanadas, asados y jarras de vino.
—¡El vino es de Julián! —gritaba orgulloso mientras llenaba vasos—. ¡Directamente desde La Rioja!
Los músicos comenzaron a tocar pasodobles, boleros, incluso algún cuplé que desató aplausos y carcajadas entre las costureras. Blan-ca bailaba con Maribel; Alejandra brindaba con Pablo. Clara abrazaba a Candela, mientras Francisco se tomaba un vino.
Lina lo observaba todo con el corazón encogido y una sonrisa inmensa. Inés le había regalado su boda soñada.
Inés se inclinó hacia ella y, en voz baja, le susurró:
—Esta es nuestra fiesta, aunque nadie lo sepa.
Lina no pudo responder con palabras. Solo la miró con los ojos brillantes y rozó su mano, sabiendo que ese día, esa fiesta… serían los recuerdos más felices de su vida.
Lina paseaba entre las mesas del patio, al pasar junto a un grupo de mujeres que reían, reconoció rostros de la Colonia, amigas de otros tiempos. Las miradas se encontraron con sorpresa y alegría; los abrazos devolvieron la calidez de los años compartidos.
Nadie sabía del lazo que ahora unía a Lina con Inés, pero ese reencuentro despertó en ella un torbellino de emociones. Recordó las tardes vividas, las pruebas superadas y la fuerza que había encontrado en aquella comunidad.
Una mezcla de nostalgia y esperanza la envolvió. Sabía que su vida había cambiado para siempre, pero seguía sintiéndose parte de ese lugar. Pese a todo, aún era su hogar.
La orquesta comenzó a tocar canciones lentas.
Lina buscó a Inés. Esta vez no iba a insistirle.
Entendía perfecta-mente que no debía pedirle nada.
Inés, conocedora de sus deseos, había previsto esa situación.
Con un leve movimiento de cabeza le indicó que se dirigiese a la tienda.
Lina obedeció. Anticipó el plan de Inés, pero no había podido imaginar lo que le esperaba dentro.
El sonido tan familiar, tan característico de la campana de Ciudad Real, le reconfortó el corazón.
La música atravesaba las paredes; el olor inconfundible de su primera tienda le embargó los sentidos.
Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, pudo ver que, en la tienda, había más personas. Inés extendió su mano.
—¿Bailas conmigo? —Clavó sus ojos en los suyos y ambas se mira-ron con todo el amor que se profesaban. No necesitó respuesta. Lina aceptó su mano. Allí, en la tienda que había sido testigo de los inicios de su romance, guardiana de su secreto… pudieron bailar su primer baile como casadas.
Sus invitados selectos comenzaron a bailar a su alrededor.
Lina e Inés se olvidaron de todo lo que las rodeaba.
La música pasó a un segundo plano, sus familiares desaparecieron…
Allí solo estaban ellas. Ese baile podía parecer sencillo, cotidiano.
Para ellas era mucho más de lo que cualquier otra persona podía imaginar.
Era la confirmación de que podían sentirse como una pareja normal.
Conectaron sus frentes, como tantas otras veces, y disfrutaron del movimiento.
Isidoro deseaba bailar con su hija. Hoy había cumplido un sueño: acompañarla al altar.
Ahora pretendía cumplir otro, el baile padre e hija.
Se acercó a la feliz pareja. Inés entendió sus intenciones. Le cedió la mano de su esposa. Con una vuelta, se llevó a su hija para él solo.
—Inés está preciosa, pero tú eres la novia más guapa de todas —le confesó cuando sus miradas se encontraron.
—Usted, padre, que me ve con buenos ojos.
—Los que tengo, hija, qué le vamos a hacer. —Sonrió como nunca antes—. Sé que te lo he dicho muchas veces, pero te he echado mucho de menos.
—Lo sé, padre. Yo a usted también.
—Me alegro de que puedas vivir tu vida allí, pero me gustaría que vinieses a visitarme más a menudo —se quejó con cariño.
—Ya mí —respondió con una sonrisa para ocultar su resignación. Inés se quedó sola en mitad de la pista. No le importó ni lo más mínimo, ver a Lina con su padre era una escena entrañable. Unos toques en su hombro la alertaron de que alguien la esperaba.
Su madre le tendió la mano para que bailasen. Inés, extrañada por ese gesto, aceptó con ciertas reticencias.
—Sé que debería ser tu padre o tu hermano quien hiciese esto contigo. Pero dadas las circunstancias, y visto lo diferente que es esta boda, no veo objeción en que sea yo quien baile contigo.
Inés sonrió de felicidad. No dijo nada. Solo se ajustó para ser ella quien guiase en el baile. Tenía claro que a su madre le costaría bastante hacerlo.
En ese momento, el lazo que las unía se hizo mucho más fuerte, gracias a la aceptación, la confianza y, sobre todo, lo mucho que se querían. Los malos recuerdos del pasado quedaron atrás.
—Sé que espera una respuesta para lo que me ha propuesto antes. Entienda que no es una decisión que pueda tomar a la ligera, ni unilateralmente. —Inés no podía dejar de pensar en ello.
—Lo entiendo perfectamente. —Miró a Lina bailando por encima del hombro de Inés—.
Sé que no te lo he dicho, pero… me gusta esa chica para ti.
Desde que estás con ella puedo reconocer a esa Inesita que de niña me llenaba el corazón.
Siempre te he querido, aunque en ocasiones, haya sido un poco torpe para trasmitírtelo.
Inés le dio un beso en la mejilla a modo de agradecimiento.
—Si no le importa, madre, me gustaría hablar con Lina mientras bailamos. Quiero comentarle la conversación que hemos tenido antes. —Sentía que ese era el momento idóneo para hacerlo.
—Adelante.
Inés se acercó a su mujer.
—Sé que usted es mejor bailarín que yo, pero ¿me permite este baile? —preguntó, sabiendo que les robaba un momento muy especial.
—Por supuesto. En el día de hoy no puedo negaros nada. —Como un acto simbólico, le entregó la mano de su hija.
Lina sonrió.
—Ya me echabas de menos —bromeó, acercándose más a ella. Sus cuerpos estaban tan juntos que casi podían rozarse.
—La verdad es que sí. Después de hoy, voy a tener serios problemas para separarme de ti —lo dijo en broma, pero le preocupaba la adicción que esa felicidad le generaba.
Lina estaba feliz, radiante, brillaba con luz propia. Inés no podía dejar de mirarla.
—Tengo que hablarte de algo importante. —Hizo una pausa para captar su atención—. Te he visto con tu padre y he sido consciente de lo mucho que lo has echado de menos.
—La verdad es que sí. —Lina lo observó bailar con Clara y no pudo evitar sonreír.
—He tenido una conversación con mi madre. Su regalo de bodas es la casa donde nos hemos casado.
Lina se sorprendió del regalo tan… tan enorme que le había he-cho.
—Es un… gran regalo. Podremos alojarnos cada vez que vengamos a Ciudad Real —propuso Lina.
—Eso es cierto, pero la casa venía con una propuesta… que volvamos a Ciudad Real.
Lina se quedó sin habla. Llevaba todo el día pensando en esa posibilidad, teniendo esa sensación en el estómago que la ataba a esta ciudad, a este lugar, pero no se atrevía a decirlo porque era consciente de los motivos que las hicieron marcharse.
—Me ha hecho darme cuenta de que los motivos que nos llevaron a tomar la decisión de dejar este lugar ya no existen. Julián es otra persona, se ha desentendido de la empresa. La oficina y la tienda de Barcelona funcionan prácticamente solas, y aquí…
—Tenemos a las personas que más queremos —la interrumpió Lina.
—Eso es. —Echó un rápido vistazo a la sala—. Todas estas personas nos aceptan, nos protegerán en caso de que lo necesitemos y nos apoyarán en todo lo que decidamos hacer… —ya no hablaba para convencerla, hablaba para expresar lo que sentía su corazón.
Inés y Lina seguían abrazadas, moviéndose al ritmo de una música que ya ni escuchaban.
Los ojos cerrados, las frentes juntas, los corazones latiendo al unísono.
En ese instante, el mundo se reducía a la calidez del cuerpo de la otra.
Porque lo suyo no había sido fácil. Habían llorado en la oscuridad, escondido caricias, huido del miedo.
Se marcharon de Ciudad Real no porque quisieran, sino porque no podían quedarse. Pero, aun en la distancia, nunca se soltaron la mano. Construyeron un hogar lejos del suyo, se mantuvieron de pie cuando todo se tambaleaba.
Ahora estaban allí, bailando en la tienda donde todo comenzó. La misma que las había visto soñar por primera vez. Volver era una forma de sanar, de reconstruirse. Era la oportunidad de vivir con libertad lo que siempre había sido suyo por derecho: su amor.
—Volver a casa suena distinto ahora —susurró Inés.
—Porque esta vez no huimos, esta vez volvemos porque queremos
—respondió, con los ojos brillando.
No sabían con certeza qué les deparaba el futuro. Pero eso ya no les asustaba. Habían aprendido que lo incierto no da tanto miedo cuando se camina de la mano. Lo único claro era que se tendrían la una a la otra. Para siempre. Sin condiciones, sin máscaras, sin dudas.
Mientras la música seguía envolviendo a los invitados, mientras los murmullos y las risas llenaban el aire, ellas se aferraban al presente como si el tiempo pudiera detenerse. Porque en ese momento, después de tanto, eran libres.