Boda #4
—¿Inés? ¿Puedo pasar? —susurró Alejandra desde el otro lado. Inés se giró, sorprendida. No esperaba ver a nadie más esa noche.
—Claro, pasa.
—Tenía que verte. No quería que llegara mañana sin hablar contigo. Inés la invitó a sentarse en la cama, como cuando eran niñas.
—Créeme cuando te digo que te admiro, hermana, eres la persona más valiente que conozco. Estoy muy orgullosa de ti.
Inés bajó la mirada. Le costaba aceptar tantos cumplidos. Alejandra le puso la mano en el hombro para que la mirase.
—Escúchame con atención. Sé que lo de mañana da miedo.
No me he casado, pero me imagino lo nerviosa que puedes estar, y más teniendo en cuenta que esta celebración revela vuestro secreto.
Pero esta familia está contigo. Quizás madre no lo grite a los cuatro vientos, pero sé que en su interior desearía poder contarle a todo el mundo que su hija es inmensamente feliz.
Inés no pudo contener las lágrimas. Las palabras de Alejandra eran exactamente lo que necesitaba oír.
Tenía razón, tenía miedo. En cuestión de dos días muchas personas habían pasado de no saber nada de su vida privada a saber que se casaría con Lina.
Alejandra prefirió cambiar de tema. Vio en sus ojos que necesitaba hacerlo.
—¿Cómo llevas los votos?
—No sé por dónde empezar —le confesó Inés—. Pienso muchas formas de empezar, intento recordar a los poetas clásicos para inspirarme, pero… no me sale.
—¿Qué te parece si dejas de pensar?
—¿Cómo? — preguntó. Su hermanase había vuelto loca.
—Lo que oyes, deja de pensar. Escribe lo que sientes, lo que ella provoca en ti. Lo que te nace cuando te mira. Seguro que saldrá un discurso precioso y muy sincero.
Inés comprendió el mensaje. Su amor era tan grande que no podía buscar similitudes con nada conocido. Debía dejar que el corazón hablase por ella.
—Muchas gracias. Ya sé lo que tengo que hacer. Pero antes… —Inés le cogió la mano a su hermana—. ¿Me vas a contar todo lo de Felipe?
Alejandra se tapó la boca. Quería gritar de emoción por volver a cotillear sobre amoríos con su hermana. Echaba de menos esos momentos de intimidad y confidencias a altas hora de la madrugada. Cuando se buscaban en la habitación de la otra solo para conversar.
Alejandra, radiante, le confesó a Inés lo feliz que se sentía con su amor, una dicha que la llenaba por completo y la hacía sentirse en una nube. Inés reconoció en su hermana el brillo inconfundible del enamoramiento. Antes de irse, Alejandra la animó a descansar.
—Descansa. No querrás salir en las fotos con ojeras —bromeó.
Inés rio con dulzura. Nada más cerrarse la puerta, la inspiración se apoderó de ella.
La casa estaba en completo silencio. Solo se escuchaba el tictac insistente de un reloj en el pasillo.
Inés entreabrió la puerta de su habitación con extremo cuidado, como si incluso el crujido de la bisagra pudiera delatarla.
Observó con atención por si alguien podía verla.
Agudizó el oído. Tal vez pudiese escuchar los pasos de algún miembro de la familia que pudiese descubrirla.
Caminó descalza, despacio. Su madre dormía en la habitación del fondo. En ese momento recordó su voz solemne:
«Las parejas que se van a casar no pueden dormir juntas la noche antes de la boda. Esa tradición la mantengo con todos mis descendientes».
Inés no dijo nada en ese momento, pero su cuerpo no se resignaba tan fácilmente. No después del día tan intenso que habían vivido. Necesitaba verla. Solo un rato.
Al llegar a la puerta de la habitación de invitados, dudó un segundo. Luego, con la punta de los dedos, empujó la madera suavemente.
Lina acababa de ponerse el pijama: una camiseta naranja a juego con los pantalones. Tenía el pelo suelto, algo despeinado, como si acabara de pasar los dedos por él. Su maleta estaba deshecha y la cama abierta.
Cuando vio a Inés entrar, se sobresaltó, se le escapó un susurro casi de reproche:
—¿Estás loca? ¿Y si nos oye tu madre?
Inés cerró la puerta con cuidado, sin responder. Solo sonrió, esa media sonrisa que usaba cuando quería convencerla de algo sin palabras. Se acercó despacio.
—No podía dormir—dijo al fin—. Necesitaba esto. —Le cogió de la mano—. Te necesitaba a ti.
Lina tragó saliva, su cuerpo dividido entre la lógica y el deseo. Sabía que no era buena idea. Que estaban rompiendo una norma escrita y sagrada para la madre de Inés. Pero, al mismo tiempo, después
de toda la tensión contenida, verla ahí, con los ojos brillando en la oscuridad, le hizo imposible resistirse.
—Solo un rato —susurró—. Y si alguien pregunta… soñé contigo y viniste en mi sueño.
Inés se rio en voz baja mientras se metía bajo las sábanas con ella. El calor de sus cuerpos se encontró de inmediato. Se buscaron en la oscuridad con caricias suaves, más tiernas que urgentes, como quien reencuentra un lugar seguro.
—¿Y si nos descubre? —Lina volvió a preguntar.
—Entonces le diré que fue culpa mía. Que no pude estar ni una noche sin abrazarte.
—Qué peligro tienes, Inés… —Lina apoyó la frente en su cuello, rendida.
—Lo sé —susurró ella, besándole la sien—. Pero solo contigo.
Así, entre susurros, caricias escondidas y el miedo latente a que el crujido de una puerta delatara su pequeño acto de rebeldía, se dieron ese rato robado. Un pedacito de noche solo para ellas.
Al día siguiente… Llegó el momento más esperado.
La tarde de la boda, el cielo se pintó con tonos naranja, coral y lavanda. El sol se colaba entre las nubes como si el mismísimo cielo diese su bendición para ese enlace.
Lina llevaba un vestido sencillo, blanco, de lino, con el pelo suelto y una corona de flores que su padre le había hecho esa misma mañana. En su mano, un ramo de flores: Isidoro lo había hecho expresa-mente para ella, con rosas blancas mezcladas con flores silvestres, sus favoritas.
En Inés reinaba la elegancia. Su vestido era de color crema, ajustado a su cuerpo, marcando su increíble figura.
Por detrás, la espalda era abierta, terminando justo encima de su cintura; una cola no muy larga remataba el conjunto.
En su cuello, un complemento que nadie esperaba: un pañuelo bordado que pertenecía a su madre.
Los selectos invitados guardaron silencio al verlas aparecer, como si supieran que presenciaban un momento mágico que solo ocurriría una vez en la vida.
Isidoro acompañó a Lina al altar. Inés caminó con su hermana Alejandra del brazo. Las novias radiaban felicidad. Las dos se miraban con un brillo especial en los ojos, la felicidad podía salir de ellos. Esta-ban radiantes, espléndidas y sobre todo emocionadas por el momento que iban a compartir.
Pablo esperó a que todos los presentes tomasen asiento antes de comenzar con su discurso.
—Amigas y amigos, buenas tardes. Hoy nos hemos reunido en este lugar sagrado.
No por estar bajo un techo bendecido, sino porque el amor verdadero convierte cualquier rincón del mundo en tierra santa.
Venimos a ser testigos de un milagro cotidiano, de esos que no necesitan relámpagos ni grandes señales, porque ocurren en lo más profundo del alma: el milagro del amor entre dos personas que se reconocen y se eligen.
»El amor es un encuentro. A veces tarda años en llegar, otras veces irrumpe de golpe… pero siempre lo hace como una luz que lo transforma todo. Cuando llega, no entiende de reglas humanas, ni de dogmas escritos por hombres. El amor, el verdadero, solo entiende de entrega, de compasión y de verdad.
»Hoy, Inés y Lina se entregan mutuamente. No hay papeles ni Iglesia. Por no haber, no hay ni un cura… pero hay algo mucho más fuerte: hay fe. Fe en el camino que han elegido, en la otra persona, en su unión que nace del amor más sincero.
»Cuando Dios pensó en el amor, no lo limitó. No lo encasilló en géneros ni en formas. Lo creó como una fuerza que todo lo eleva. El amor verdadero es una oración que se reza con los actos, con la risa compartida, con la mano tendida cuando el otro cae.
»Lo que hoy nos une es la certeza de que dos almas se han encontrado en esta vida. Inés y Lina han decidido amarse, cuidarse, res-petarse y acompañarse mientras dure su tiempo en esta tierra. Inés quiere compartir unas palabras ante todos.
Inés apretó su ramo de flores con fuerza, se centró en los ojos de Lina para olvidarse de todo lo que había a su alrededor y comenzó sus votos nupciales:
—Lina… He tenido muchas cosas en la vida.
He vivido rodeada de comodidades, de privilegios, de un apellido que me abría puertas antes de que yo siquiera me acercase a tocarlas.
He tenido vestidos bordados, joyas antiguas, libros raros y viajes a lugares que otros solo sueñan.
Pero no supe lo que era tener un hogar… hasta que te encontré a ti.
Nunca supe lo que era el amor verdadero.
Ese que no exige, que no finge, que no pesa.
El amor que consuela sin palabras, que calma con una mirada, que hace que el mundo entero parezca más soportable solo porque tú estás en él.
Hablarle a ella le resultó tremendamente fácil.
—Lina, tú me enseñaste lo que es la humildad del corazón.
Me mostraste que la felicidad no se encuentra en las grandes posesiones, sino en los pequeños gestos.
En la forma en que me tocas la mano cuando estoy nerviosa.
En cómo ríes, como si el mundo aún valiera la pena.
Contigo aprendí que el amor no se hereda, no se compra, no se ordena.
El amor se gana. Y tú has ganado el mío con una dulzura que jamás había conocido.
Por eso, delante de los ojos que nos quieren, y con el alma abierta como jamás la he tenido, yo te prometo que estaré a tu lado mientras la vida me lo permita.
»Te cuidaré en los días difíciles. Te admiraré en los días gloriosos.
Te elegiré una y otra vez, incluso cuando la rutina intente hacer sombra.
Porque contigo he descubierto lo que es tener un alma gemela.
Saberlo me hace la persona más afortunada del mundo.
Te amo. Te amaré… en esta vida, y en la que venga después.