Juntas en Barcelona Boda #3
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Boda #3

La escuchaba reír, contar anécdotas, bromear con su padre… y todo en ella le parecía mágico. «Qué afortunada soy…» pensó Inés.

Lina, como si pudiera leerle el pensamiento, giró la cabeza y le guiñó un ojo.

—¿Estás bien ahí atrás? —preguntó sin borrar su sonrisa.

—Mejor que nunca —respondió Inés, aún con ese nudo dulce en la garganta que provoca la felicidad verdadera.

Minutos más tarde…

—¡Ya hemos llegado! —gritó entre risas Isidoro, nada más echar el freno de mano—. Id saliendo, yo me ocupo de las maletas —les ordenó con dulzura.

Antes de salir del coche, Lina aprovechó y le dio otro beso en la mejilla a su padre. Le había echado tanto de menos…

Caminaron juntas hasta la puerta. Se dieron la mano.

Eran conscientes de que habían tenido que plantar batalla a muchos problemas que les habían surgido durante este tiempo.

Pero enfrentarse a la familia al completo les imponía.

Sabían que todos los que estaban al otro lado eran conocedores de su secreto.

Pero una cosa era saberlo y otra muy diferente demostrarlo con hechos. Enfrentarse a ello.

Una vez dentro de la casa familiar, Alejandra fue la primera en acercarse. Abrazó a su hermana con fuerza, con esa mezcla de orgullo y ternura que solo las hermanas pequeñas saben expresar.

—¡Pero qué guapas venís las dos! —exclamó, dando un beso en la mejilla a Inés—. ¡Por fin estáis aquí! Todo está listo. No sabéis las ganas que tenía de veros.

Antes de terminar la frase se atrevió a darle un pequeño abrazo a Lina. Le pilló por sorpresa. Nunca había tenido tanta confianza con ella. Pero debía reconocer que le hizo sentirse querida.

Gloria apareció enseguida detrás de ella, con el rostro encendido de emoción y sus ojos brillantes de afecto.

—Mi niña… —susurró al ver a Lina, abriéndole los brazos. Ella se lanzó como una hija que regresa a casa.

—Gloria, no sabes lo feliz que me hace verte —dijo antes de abrazarla.

—Tú y yo hablaremos más tarde. Tenemos una conversación pen-diente —le susurró durante ese abrazo que necesitaba tanto.

Después abrazó a Inés. Entre sus brazos pudo notar una energía diferente en ella; era como si fuese más ligera, como si se hubiese quitado un gran peso de los hombros caminando más liviana por la vida.

Por último, desde el salón, Faustina observaba todo en silencio. Vestía con la elegancia que la caracterizaba. Se acercó lentamente.

Inés se tensó un poco al verla; su relación con ella siempre había sido de respeto mutuo, pero no particularmente cercana. Conocía sus reticencias respecto a su forma de amar. A pesar de eso, la había ayudado en todo lo posible. Debía darle tiempo y ser paciente.

Faustina, al llegar frente a ellas, alargó su mano hacia Lina. Esta se le estrechó lentamente, la señora de la casa le imponía mucho res-peto.

—Bienvenida a esta casa —le dijo, mirándola a los ojos—, que es y siempre ha sido tu casa.

Lina se quedó muda un segundo.

—Gracias, doña… Faustina—titubeó en su respuesta.

Ella asintió y se volvió hacia su hija.

—Estoy aquí, Inés. Lo sabes, ¿verdad?

Inés no respondió de inmediato. Pero con solo mirarla, con ese gesto contenido pero claro, bastó.

Isidoro entró con las maletas. Maribel fue rápidamente en su ayuda. Lina hizo exactamente lo mismo.

—Déjeme, padre, las llevaré a mi cuarto. —Lina se agachó para coger la suya.

—De eso nada —la voz de Faustinainterrumpióde golpe—. Eres nuestra invitada. —Hizo una pausa y se dirigió a Maribel—: Haga el favor de llevar la maleta de Lina a la habitación de invitados, y la de Inés a su cuarto de siempre —sentenció.

Maribel obedeció de inmediato. Pero Lina no iba a permitir que llevase su maleta. Nunca lo había hecho y no pensaba dejar que empezase ahora.

—Si quieres, coge la de Inés, yo llevaré la mía —le propuso Lina con una sonrisa.

Maribel miró a Faustina para buscar la aprobación de la señora. Esta hizo un leve gesto con la cabeza de forma afirmativa.

Seg ún subían las escaleras, Inés se dirigió a su madre:

—¿A la habitación de invitados? —A esas alturas albergaba la esperanza de que su madre les dejase dormir juntas.

—Inés, estoy aprendiendo muchas cosas y mi mente se está abriendo a situaciones que antes eran inimaginables.

Pero soy una mujer tradicional. —Se acercó al oído de su hija—.

Las parejas que se van a casar no pueden dormir juntas la noche antes de la boda.

Esa tradición la mantengo con todos mis descendientes —terminó la frase estirándose el vestido.

Inés no dijo nada. Reconoció el paso tan grande que acababa de dar su madre.

Sutilmente, Inés cambió de tema:

—¿Dónde están Julián y Julieta?

—Julieta duerme en casa de una amiga. Julián, de viaje. No me dio muchos detalles, algo de la empresa de vinos que quiere levantar—dijo Faustina mientras las invitaba a pasar al salón.

—¿Una empresa de vinos? —preguntó Inés, sorprendida.

—Así es… ya te comenté por teléfono que tu hermano estaba irreconocible. Se ha volcado en esta nueva andadura con el padre de su prometida.

—¿Prometida? —la interrumpió Inés.

—Algo así. Creo que pensaba pedírselo en este viaje. Cuando vuelva saldremos de dudas. —Después se sentó tranquilamente en el sofá.

Unas risas en el piso de arriba cortaron la conversación.

—¡Ay, madre mía! —exclamó Maribel, emocionada—. No me he atrevido a decírtelo abajo, pero… me hace mucha ilusión verte.

—Me han contado lo de tu caída épica con mi padre —le dijo entre risas, abrazándola fuerte.

—¡Ese hombre casi me mata del susto! —bromeó—. Aunque, reconozco que reírnos, nos reímos bien. Ahora… no vuelvo a salir al jardín si él está cerca.

Entre risas llegaron a la habitación. Dejaron las maletas y Maribel se fue a poner la mesa.

La cena unió a las dos familias. Las novias estaban muy emocionadas.

Era la primera vez que se celebraba una cena de esas características en casa.

Al principio les dio un poco de miedo. Temían sacar cualquier tema de conversación que pudiese tornar en discrepancias, pero la verdad es que fue muy bien.

La amabilidad y las buenas formas reinaron durante toda la velada.

En ocasiones se hacían silencios incómodos, pero allí estaban Isidoro o Alejandra para romperlos con alguna anécdota o preguntas para desviar la atención hacia otro tema.

El día había sido muy largo y la sobremesa no se alargó demasiado. La pareja estaba cansada. Mañana era un gran día. Juntas se detuvieron delante de las majestuosas escaleras que daban paso al piso de arriba.

—Estoy agotada, ¿subes a dormir? —preguntó Inés, deseando tener cinco minutos a solas con ella para darle las buenas noches y alguno de los besos que tanto había extrañado durante la tarde.

—Creo que he cenado demasiado. Voy a tomarme una manzanilla y subo. —Se llevó la mano al estómago.

—Te espero arriba. —Le guiñó el ojo y subió las escaleras.

Una vez en la cocina, Gloria estaba terminando de fregar los platos. Lina, al verla, se remangó la chaqueta y se puso a su lado. Antes de meter las manos bajo el agua, se quitó el anillo de Inés. No quería perderlo.

Gloria vio la oportunidad y la aprovechó.

—Bonito anillo. Me recuerda a uno de la señora Herminia. —Lina se quedó sin palabras. Inés no le había dicho que ese anillo perteneciese a su abuela—. Pero no puede ser el mismo, porque el de ella lo tiene Inés.

A Lina no le salían las palabras. Gloria le dio tiempo para que reuniese las fuerzas necesarias que le ayudasen a contarle lo que ella ya sabía desde hacía tiempo.

—Gloria… Inés y yo… estamos enamoradas. Por eso me fui a Barcelona, para poder vivir juntas. Y ahora… hemos vuelto para… —No fue capaz de seguir hablando; un nudo en la garganta la dejó sin voz.

—Respira tranquila—le ordenó con mucha amabilidad—. Tu padre me lo ha contado todo —su voz era tan tierna y dulce que reconfortó a Lina de la misma manera que cuando era niña.

Lina respiró aliviada durante un segundo, y después se dio cuenta de que era ella quien debía habérselo contado. Ella era como una segunda madre y tenía todo el derecho del mundo a saber un aspecto tan importante de su vida.

—Yo quería contárselo, de verdad que quería, pero… —intentó explicarse, pero no le salían las palabras.

—No me digas más. Entiendo tu miedo. Puedo imaginar muy bien el sufrimiento que habrás pasado al ocultar un secreto tan grande, sobre todo a tus seres queridos. —Le frotó la espalda, como cuando era una niña. Ese leve contacto la reconfortó enormemente.

—¿Lo entiendes? —Sin permiso, una lágrima recorrió su rostro.

—Entiendo que el amor es lo más grande que nos puede pasar. Por eso, no debes enfadarte con tu padre por habérmelo contado. En su defensa diré que estuve semanas insistiéndole —le defendió—. Pero… hay una cosa que no entiendo.

—¿Cuál? —preguntó, sonándose la nariz con un paño que había cerca de allí.

—¿Por qué no me lo contaste tú antes de irte?

Esa pregunta se había hecho a sí misma en incontables ocasiones. Se arrepentía de no haber aprovechado el momento en que Gloria le regaló el pañuelo para confesarle los motivos reales de su partida.

—No… no sé. Tenía miedo de que usted dejase de quererme, me rechazase, se enfadase, o…

—¡Shhh! Todo eso que estás diciendo es imposible.

Lina, eres como de mi familia. Siempre te he considerado la hija que nunca tuve.

Una hija preciosa, por cierto. —Ese comentario le sacó una sonrisa—.

Siempre. Escúchame bien, siempre que me abras tu corazón, vas a recibir comprensión por mi parte. ¿Lo entiendes?

Lina respiró aliviada. Se frotó los ojos para quitarse las lágrimas que habían seguido a la primera que se escapó, y sonrió de corazón.

Mientras esta conversación se daba en la cocina, otra importante, se producía en un cuarto del piso superior.

Inés estaba en la habitación, frente al espejo. Tenía una hoja en blanco en las manos. Estaba pensando qué palabras diría mañana. Miró su reflejo, pero parecía ver mucho más allá.

Se oyó un suave golpe en la puerta.