Juntas en Barcelona Boda #2
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Boda #2

Los días siguientes pasaron muy rápido. El tema de Severiano y Ana Belén estaba encauzado.

Ambosesperaban el juicio; la diferencia era que Ana Belén podía hacerlo en casa, personándose todos los días en el cuartel, y Severiano estuvo en la cárcel de manera preventiva.

La Guardia Civil dictaminó que tenía medios suficientes para poder huir del país, por eso debía estar bajo custodia.

Inés puso a disposición de su empleada un abogado amigo de su hermano.

Según las últimas noticias, era muy probable que, por su colaboración en el caso y la carta de recomendación de Inés, llegasen a un acuerdo y no tuviese que pisar la cárcel.

Inés no tuvo que despedirla. Fue ella quien presentó una carta de renuncia en cuanto la soltaron del cuartel. Era consciente de la situación que la envolvía y todo lo que eso podía suponer como mala prensa para la empresa.

El resto de asuntos pendientes se fueron solucionando poco a poco: José volvió a Ciudad Real en cuanto pudo caminar con cierta normalidad.

La última vez que habló con él le contó que sus sentimientos estaban en orden, que estaba casado con una persona maravillosa y que había cumplido su promesa: solucionar los asuntos pendientes.

También aprovechó para darle la buena noticia: iban a ser padres. Paloma estaba embarazada. Ese hecho fue como un baño de realidad que le hizo alejar a Mireya de su mente. Siempre tendría un hueco en su corazón, pero lo que sentía por ella era un buen recuerdo y mucha gratitud.

Por lo demás… cada vez era menos necesario que Inés pasase tanto tiempo en la oficina. Entre Nieves y Mireya tenían todo controlado. Antonio fue asumiendo responsabilidades que antes tenía Severiano. Entre él y uno de los comerciales más veteranos fueron revitalizando los índices de ventas.

Inés tenía claro que no pensaba dejar tanto poder a una sola persona. No iba a permitir que el error se repitiese.

En la tienda, las cosas estaban muy tranquilas.

La nueva dependienta que habían contratado era muy eficiente.

En solo dos semanas ya conocía todas las líneas de ropa de Hilos de la Corte.

Tenía un talento innato para la venta. Sofía fue cogiendo cada vez más responsabilidades.

Lina, conocedora de que se ausentaría unos días, la fue preparando para su marcha.

Le pareció increíble el cambio de actitud tan abismal que había tenido.

Solo necesitaba confianza para desarrollar todo su potencial.

Con todo bien atado, no tuvieron ningún problema para ausentarse de Barcelona unos días.

La excusa que les pusieron a todos fue que Inés debía volver a Ciudad Real para recibir un premio, y Lina, para formarse en cuanto a la nueva línea de otoño que saldría próximamente.

El ambiente de trabajo era tan bueno que no daba pie a rumores.

Antes de marcharse, Lina quiso pasarse por el bar. Espe era conocedora de todo lo que estaban organizando, incluso estaba invitada a la boda. Pero no aceptó. Todavía tenía sentimientos que gestionar. Por eso, decidió quedarse en Barcelona. Aun así, Lina estaba dispuesta a intentarlo una última vez.

—Para mí sería muy importante que estuvieses. Eres una de mis mejores amigas, y me gustaría saber que tengo tu apoyo cuando esté caminando hacia el altar para casarme con la mujer que amo. —Lina bajó el tono para que nadie las pudiese escuchar.

—Te voy a dar todo mi apoyo desde la distancia. Además, no pue-do dejar el bar. Irme a Ciudad Real supondría cerrarlo durante varios días, y sabes perfectamente que no me lo puedo permitir. Aunque quiera, ya es tarde para organizar el viaje. Te vas ya y te casas mañana. No es viable. Lo siento.

—¿No puedo convencerte de ninguna manera? —suplicó Lina.

—Me temo que no —respondió, muy seria.

—¿Y si… te doy la receta de la empanada de Castilla de mi madre? —apoyó la pregunta levantando varias veces las cejas y regalándole una gran sonrisa.

Lina sabía qué decir para tocarle la fibra sensible. Espe llevaba mucho tiempo detrás de esa receta. Tras pensárselo unos segundos en los que la tentación apareció en su rostro, le respondió:

—Lo siento, ni por esas —negó en rotundo—. De verdad, Lina, sé que vas a ser la novia más guapa de todas. Lo que estáis a punto de hacer me parece de las cosas más valientes que una persona como nosotras puede hacer.

Lina no dijo nada, caminó para encontrarse con ella al otro lado de la barra y la abrazó.

El abrazo duró unos segundos, pero les dio tiempo de sobra para transmitirse toda la gratitud del mundo y sus buenos deseos.

Lina se marchó, despidiéndose de nuevo desde la puerta.

Espe, al ver su sonrisa y esos ojos de felicidad, sintió cómo un nudo se le formaba en el estómago.

Lamentaba mucho perderse un momento tan especial para ella, pero había que ser realista.

El viaje en tren fue muy entretenido. Inés repasó todos los detalles de la boda con Lina: los vestidos ya habían llegado a la casa familiar, las flores, el cóctel en la casita…

Lina también tenía noticias; le puso al día de las conversaciones con sus amigas.

—He hablado con Pablo. Clara yale había puesto sobre aviso, pero me ha parecido mejor tratar el tema, aunque fuese por teléfono.

—¿Cómo se lo ha tomado? —preguntó Inés. Airear su secreto le ponía muy nerviosa; cuanta más gente lo supiera, más probabilidades existían de ser descubiertas. Pero, como había aprendido recientemente: el miedo no puede impedirte vivir.

—Encantado. Es más, se siente muy honrado de que confiemos en él para tal celebración. Sabe que no es cura, pero su fe en Dios, no en la Iglesia, le lleva a tener la certeza de que el Santísimo no tendrá ninguna objeción si el amor es puro.

—Menos mal. No me gustaría enfadar al de arriba —bromeó Inés.

—Candela… ¿se lo va a contar a Francisco? —fue al grano; él le preocupaba más.

—Esta noche va a hablar con él. Ha tenido serias dudas. No porque Francisco pueda delatarnos, sino por si sabrá asumirlo. Con lo crío que es en muchos aspectos… Candela teme que se tire toda la boda con una risita de niño pequeño.

—Bueno, ella le conoce mejor que nadie. Ambas confiamos en su criterio —se resignó.

—No te preocupes, Candela sabe de sobra cómo mantenerle a raya. Francisco quiere a Candela por encima de todas las cosas. Eso incluye sus ideas del siglo pasado.

El viaje transcurrió tranquilo. Emocionadas. Les costaba hablar porque ambas estaban fantaseando sobre lo que estaba por venir.

El tren apenas había llegado a la estación cuando Lina ya se asomaba por la ventana, buscando una figura entre la gente. No tardó en encontrarla.

—¡Ahí está! —exclamó, apretando el brazo de Inés con emoción—. ¡Mira qué guapo viene!

Isidoro esperaba firme, con la espalda recta y una sonrisa que parecía iluminarle la cara.

Llevaba puesta la ropa de los domingos para recibirlas.

En cada mano, un ramo de flores: uno de rosas amarillas y otro de flores silvestres.

Apenas vio a su hija, levantó ambos ramos con gesto teatral y orgullo de padre.

Lina salió corriendo sin soltar la maleta. Se abrazó a él con fuerza y sonrió entre lágrimas.

—¡Papá! ¡Qué ilusión verte! Te he echado mucho de menos.

Lina aprovechó el abrazo para inspirar su aroma.

Nunca se lo confesaría, pero… en ocasiones, cuando le añoraba un poco más de lo habitual, abría el betún que usaban para tratar los cinturones.

El olor de ese producto le transportaba a la cocina de la casa familiar cuando se limpiaba los zapatos. Durante unos segundos, le sentía cerca.

—Qué guapa estás, hija mía. ¡Ay, si tu madre pudiera verte hoy…! —Le entregó el ramo de flores silvestres—. Para la niña más bonita que he criado.

Luego giró hacia Inés, se había acercado más despacio, respetando el momento.

—Y para ti —dijo con voz serena, ofreciéndole el ramo de rosas amarillas—. Porque me has regalado lo más valioso que tengo: la felicidad de mi hija. Gracias.

Inés se quedó sin palabras. Tomó el ramo, miró a Isidoro con ojos brillantes y no pudo evitar abrazarle con la emoción contenida en el pecho.

—Gracias a usted, por acogerme —susurró.

El trayecto en coche comenzó ligero, con Lina ocupando el asiento del copiloto. No podía dejar de hablar con su padre.

—¿Y cómo está todo por allí? ¿Maribel, Gloria…? ¿Cómo están todos?

Isidoro se rio, tomando una curva con suavidad.

—Todo bien. Aunque te perdiste una buena hace un par de días.

—Al recordarlo, comenzó a reír antes de contar la anécdota—.

Mira, salía Maribel al jardín, no sé qué hacía por allí…

sabe que son mis dominios —aclaró Isidoro—.

Debía marcharse a casa porque llevaba un vestido azul y sus sandalias nuevas.

Unas que no recomiendo a nadie. Pues en ese momento justo me dio por regar las hortensias.

—¡Nooo, papá! —Lina ya se lo veía venir y soltó una carcajada.

—¡Pues sí! Le di con la manguera sin querer, una tromba de agua que parecía que venía el diluvio. La pobre resbaló, cayó como una croqueta, dando varias vueltas.

—¡Ay, madre mía! Pobre Maribel.

—Voy corriendo a ayudarla, y mientras me agacho… ¡me agarra tan fuerte que terminé en el suelo con ella! Empapados, llenos de barro, como dos patos en una charca. ¡Nos reímos tanto que Gloria pensó que nos habíamos vuelto locos!

Lina se agarró la tripa de la risa. Isidoro se contagiaba de su alegría.

Inés, desde el asiento trasero, no dijo nada. Solo sonreía en silencio, observando cómo Lina se transformaba en una versión aún más luminosa cuando hablaba con su padre.

Fue entonces, en medio de aquella historia sencilla y llena de barro, cuando Inés la miró de verdad. La miró sin necesidad de palabras, como quien contempla un tesoro escondido solo para ella.

No entendía cómo había tenido tanta suerte. Cómo una persona tan extraordinaria como Lina la había elegido a ella. Cómo le había regalado su corazón, su confianza, su risa y ese amor tan profundo que no se explica, solo se siente.