Juntas en Barcelona Boda
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Boda

Decidieron hacerla en Ciudad Real. Todo sería más sencillo allí. Alejandra estaba ayudando con los preparativos, por eso recibió la llamada de Inés.

—Buenas tardes, Alejandra. ¿Qué tal va todo? —preguntó, intentando controlar su emoción.

—Todo por aquí bien, con mucho trabajo como siempre, pero no tanto como para que no pueda hacer mis funciones de madrina. —Alejandra no pudo evitar decirlo; le hacía mucha ilusión serlo.

—Vas a ser la madrina más guapa de Ciudad Real.

—¿Solo de Ciudad Real? —bromeó echándose el pelo hacia atrás.

—Tampoco te pases… —le advirtió siguiendo el tono de humor.

—Cuéntame, estoy deseando saber las noticias —intentaba controlar su euforia. Pero una no se casaba con el amor de su vida todos los días.

—Te confesaré que he tenido mucha ayuda.

Aunque no lo creas, madre está colaborando bastante.

Y... te sorprenderá saber que Julián también —le dio unos segundos para que se recompusiese de su asombro y continuó—: Madre ha encontrado una casita en el monte, muy discreta.

Tiene un patio muy bonito, con árboles y arbustos que lo rodean.

Así estará ajena a las miradas indiscretas.

Isidoro lleva días trabajando en ella para dejarla lista.

—Adoro a ese hombre. No solo por la hija que ha criado, sino por lo bueno que es —confesó.

—Por cierto, casi le da un patatús cuando recibió la llamada de Lina.

El pobre estaba deseando contárselo a alguien.

Como no era conocedor de quiénes saben vuestro secreto, iba de un lado a otro muy nervioso.

Hasta que no llegó madre y lo hablaron, no se quedó tranquilo —lo recordó con cierto brillo en los ojos.

Inés sonrió solo de imaginárselo. Se grabó la anécdota para contársela más tarde a Lina.

—¿El otro asunto cómo va? —No quiso dar muchos más detalles por si Lina, desde la cocina, podía escucharla.

—Ahí sí que he tenido ayuda de madre. Le gustó la idea de unificar festejos para encubrirlo todo. Por eso, no te preocupes. Candela y Clara se han ofrecido a organizarlo. Será una celebración sencilla y nadie intuirá las segundas intenciones.

—No te puedes imaginar la alegría que me das. Era un deseo suyo y no tenía muy claro cómo lo iba a cumplir. Pero tu idea fue maravillosa. Gracias.

—Lo siento, Inés, pero no fue idea mía. No quiero ganarme un reconocimiento que no me toca. Tengo algo que contarte. —Su tono se volvió serio.

—Dime. —La seriedad de Alejandra se contagió a Inés.

—Fue idea de Felipe. —No sabía qué respuesta le daría ante esa noticia.

—Pero entonces el… —No pudo terminarla frase.

—Lo sabe. Se lo he contado yo. Felipe es la persona en la que más confío, pondría la mano en el fuego por él. Desde que Julián tiene su nueva pareja, apenas está en casa. Como ya no le interesa la empresa, el acuerdo prematrimonial se ha disuelto. Él y yo podemos vivir nuestro amor sin obstáculos.

—¿Y madre?

—Madre... lo acepta, poco a poco. En alguna ocasión nos ha visto entrar o salir de la zona de servicio y no ha dicho nada. La otra noche le dejó quedarse a cenar.

—Me alegro enormemente de que las cosas se vayan poniendo en su lugar. No es justo que pases tu vida con una persona que no amas. No es justo para ninguno de los dos. —La ternura se apoderó de Inés.

—Gracias. ¿Cuándo vais a venir? —Solo pensar que podría abrazar a su hermana la llenaba de alegría.

—Tengo que cerrar unos temas aquí de dirección. La verdad es que al principio fue complicado y tedioso poner la máquina en marcha, pero ahora… —hizo una pausa para negar con la cabeza; le sorprendía gratamente cómo estaban sucediendo las cosas— funciona prácticamente sola.

—Te felicito. Me consta que estás haciendo un muy buen trabajo. Todos estamos orgullosos. —Se escuchó a Maribel avisándola de que la cena estaba lista—. Te dejo, Inés, vamos a cenar.

—Dale un beso a todos de mi parte, sobre todo a Julieta. Tengo muchas ganas de verla.

—De tu parte —se despidió.

Inés se levantó muy contenta. Su plan iba viento en popa.

La promesa de un futuro feliz para las dos se estaba cumpliendo a cada paso.

Se dirigió a la cocina. Lina estaba terminando de preparar la cena.

Inés la cogió del delantal y la separó de los fogones.

Le puso una mano en la cintura y la giró para poder mirarla cara a cara.

Sin soltar una sola palabra le dio un beso cargado de alegría, de felicidad.

—¿Y esto? —preguntó sorprendida por el arrebato de su futura mujer.

—Estoy contenta y me apetece celebrarlo contigo.

Lina le levantó el mentón y le dio un beso suave, cálido, con una dulzura que enternecería a cualquiera que lo viera.

—¿Has hablado con tu hermana? —se interesó Lina.

—Así es. Todos los preparativos están listos para cuando vayamos —respondió muy animada.

—Inés, aún no me lo creo. Sigo pensando que esto es un sueño del que voy a despertar en cualquier momento. —La besó de nuevo.

Inés le dio un pequeño mordisco en el labio y sonrió divertida.

Lina se llevó dos dedos al punto de dolor y preguntó:

—¿Por qué me has mordido? —Frunció el ceño al no entender ese pequeño arrebato.

—Para que te des cuenta de que esto no es un sueño. Es nuestra vida, y la estamos viviendo como queremos. Después de todo lo que hemos pasado para estar juntas, es justo que nos llegue un poco de felicidad. ¿No crees?

Lina la besó de nuevo. Esta vez no fue tan tierno, sino un poco más fogoso.

—Tienes razón. Disfrutemos del momento, ahora que podemos.

Lina empujó a Inés hacia la mesa de la cocina, le encantaba hacer eso.

La besó directamente en el cuello mientras se inclinaba para poder meter su mano por debajo de la falda.

Inés contuvo la respiración. Lina era plenamente consciente del efecto que tenían sus besos en esa zona.

De esa manera conseguiría lo que quería: poseer a Inés.

Inés detuvo sus besos un momento, miró a Lina y una sonrisa maliciosa apareció en su rostro. Pudo ver el deseo y la excitación que sentía.

Sentó a Inés en la mesa y le empezó a desabrochar la camisa. Inés intentó tomar el control besándola el cuello. Pero no surgió efecto, Lina tenía claro lo que quería y sus besos no le iban a hacer cambiar de opinión. Esa vez no.

Le quitó la camisa sin dejar de besarla. Inés se dejó acariciar, sus besos sabían a gloria y, aunque fogosos y rápidos, le trasmitían paz. Lina trasladó sus besos de la boca al cuello, del cuello a los hombros y de estos al canal imponente que había entre los pechos de Inés.

Al sentir esa piel tan suave, tan caliente, tuvo que hacer grandes esfuerzos para controlar su deseo. Quería disfrutar de Inés y quería hacerlo poco a poco. Lentamente acarició los pezones con la punta de su lengua. Primero uno y después, con mucho cuidado, el otro.

Sentía cómo Inés se estremecía con cada roce, sus movimientos le indicaban que quería más.

Lina estaba más que dispuesta a dárselo.

Volvió a unir sus labios con los de Inés mientras le desabrochaba la falda por detrás.

Inés llevó sus manos a la blusa de Lina y se la quitó de un solo movimiento.

Sus torsos semidesnudos se juntaron. Era una sensación tan cálida. Poder fundirse en un abrazo.

Lina atrajo a Inés con fuerza, quería sentirla más todavía, si es que eso era posible.

En ese movimiento Inés se levantó de la mesa y su falda se deslizó directamente al suelo.

Se produjo un baile rápido y fogoso entre las lenguas, la respiración de ambas se cortaba y arremetía con cada instante.

Pero fue Inés quien contuvo más el aliento cuando sintió la mano de Lina bajando por el vientre hasta su monte de Venus.

Una caricia le provocó tanta excitación que sus piernas fallaron.

Por suerte, la mesa estaba cerca y se pudo apoyar en ella.

Esta reacción excitó mucho más a Lina, esa noche Inés de la Corte iba a ser toda suya.

Sin dejar de besarla empezó a acariciar el punto de más calor en Inés. Primero despacio, suavemente. Lina tenía los cinco sentidos puestos en ella y pensaba leer cada movimiento para darle el mayor placer posible. La respiración y la excitación de ambas aumentaron.

Inés dejó de resistirse, abrió ligeramente las piernas para facilitarle el acceso y se dejó llevar. No existía cosa que más le gustase a Lina que ver a Inés sin coraza, totalmente entregada.

La respiración de Inés fue aumentando cada vez más y más, provocada por el placer, por las caricias cada vez más intensas y más rápidas de Lina. Ya no podía resistirse, su cuerpo estaba en manos de esa mujer que tanto amaba. Su deseo era tan grande que en breve llegaría al clímax.

Lina era plenamente consciente, conocía muy bien cada centímetro de su cuerpo y las peticiones que este le hacía. Por eso, en el momento que Inés estaba a punto de tensarse por completo, introdujo sus dedos dentro de ella, provocando un orgasmo y un gemido que se pudo escuchar desde el salón.

Lina, con los ojos cerrados y la respiración entrecortada, posó su frente en la de Inés, pudo sentir cómo contraía todo su cuerpo, llegó a notar unos pequeños temblores y cuando escuchó la respiración de nuevo, con una voz suave, dijo:

—T e amo, Inés.

Inés respiró tranquila y aliviada. Escuchar esas palabras eran el mejor abrazo que le podía dar en ese momento tan vulnerable, tan íntimo. Se le dibujó una leve sonrisa tras la cual, respondió:

— Te amo, Lina.