Juntas en Barcelona Hablemos #4
95%

Hablemos #4

No escuchó nada al otro lado del teléfono. Sabía que la noticia, aunque la esperaba, le había sorprendido. Albergaba la esperanza de que todo quedase en una llamada de atención.

—Deme cinco minutos para explicarle las tareas a mis empleadas y voy ahora mismo.

—Muchas gracias—dijo antes de colgar.

—En unos minutos vendrá. Quiere dejar su trabajo terminado antes de acompañarle. Le puedo invitar a un café o…

Inés levantó el teléfono de nuevo para avisar a Nieves de lo que necesitaban.

—Ya que es inevitable que esperemos… Un café solo, sin azúcar, por favor —dijo, mirando el reloj de bolsillo que llevaba enganchado al pantalón.

Inés llamó a Nieves y le pidió lo que precisaban. El silencio reinó en el despacho hasta que el comisario lo rompió con una pregunta:

—¿Cómo descubrió toda la trama?

Era la primera vez que ese hombre se interesaba verdaderamente por lo que había pasado.

Inés accedió. Fue respondiendo a todas sus preguntas.

Esta vez eran más personales: quería conocer qué había infundado sus sospechas, cómo lo había hilado todo, hasta dónde es-tuvo dispuesta a llegar para resolver el rompecabezas.

Mientras esa conversación seguía su curso, en la tienda las cosas no eran tan sencillas.

Nada más colgar el teléfono, el semblante de Ana Belén cambió por completo.

La palidez se apoderó de su rostro. Con una mirada dispersa salió a la tienda.

Esperó a que una clienta se marcharse. Llamó a sus empleadas.

—Seguramente me tenga que ausentar unos días. Lina, en esta carpeta encontrará toda la información que necesite para terminar la documentación del mes, aunque no me cabe ninguna duda de que no tendrá ningún problema en desempeñar el papel de… —cogió aire porque le costaba decirlo— encargada.

Lina levantó las cejas a modo de sorpresa.

—No me mire así. La falta de modestia no es una característica que me agrade.

Sabe perfectamente que tiene conocimientos suficientes para ese cargo.

Ha tenido una buena maestra. Por eso me voy tranquila, sabiendo que mi amada tienda está en sus manos.

—Mantuvo la mirada en Lina un segundo más de la cuenta, para comprobar que estaba dispuesta a aceptar ese compromiso.

Después se dirigió a Sofía—: Está trabajando estupendamente.

Creo que ella le ha enseñado muchas cosas.

No sea necia y aprenda todo lo que pueda.

Sofía no sabía si era un cumplido o un insulto. Sin decir nada más, la exencargada le entregó la carpeta a Lina y se marchó.

En cuanto la puerta se cerró.

—¿Tú sabes algo? —preguntó Sofía, que no terminaba de entender lo que sucedía.

Lina, al contrario que su compañera, sí lo sabía, pero no se lo podía contar. Lo mejor para todos los implicados era que el menor número de personas fuese conocedor de ello.

—Yo solo sé que tenemos mucho trabajo —dijo levantando la carpeta.

—Lo que usted diga, encargada. —Hizo un saludo militar.

La broma provocó risas entre las ellas. Justo lo que necesitaban para relajar un poco la atmósfera de tensión que había creado la despedida de Ana Belén.

Una clienta entró en la tienda.

—Anda, atiéndela tú. Yo me paso dentro para ver todo lo que que-da por hacer.

Sofía volvió a hacer el saludo militar.

Con tanto trabajo, la hora de la comida llegó sin avisar. Lina salió del despacho y vio que Sofía tenía la tienda impoluta; todo estaba limpio y ordenado.

—Muy buen trabajo. Nos podemos ir a comer tranquilas. ¿Te apetecen lentejas?

—Más que lentejas me apetece ver a mi chico un ratito.

Lina se rio con la broma. A pesar de llevar horas encerrada en el despacho haciendo un trabajo que, en principio, no le correspondía, no podía borrar la sonrisa de su cara. Sería por lo que llevaba en el dedo, por la conversación con Espe… Era feliz.

La tarde transcurrió igual que la mañana, con la salvedad de que hubo muchas clientas a las que atender.

La noticia de la ampliación de la tienda se había extendido y, por consiguiente, todas las mujeres de la ciudad querían verla con sus propios ojos.

Exhaustas, llegó la hora del cierre. Sofía estaba terminando de reponer las prendas vendidas a última hora y Lina contaba la caja.

Cuando escucharon la campanita de nuevo, el deseo de gritar «¡Está cerrado! » surgió en las dos dependientas.

—¡Buenas tardes! —saludó Inés con una sonrisa. En sus ojos se podía ver el cansancio.

—Buenas tardes —respondió Sofía antes de entrar al almacén a por la escoba y la fregona.

Lina clavó sus ojos en los de ella. Esperó a que estuviese un poco más cerca para saludarla.

—Buenas tardes a mi mujer —susurró en la última parte. Escuchar esas palabras era música celestial para sus oídos. Una estaba encantada de decirlas y la otra, enamorada de recibirlas.

—¿Qué tal ha ido el día? Quería llamarte, pero he tenido mucho trabajo.

Además, con todo lo de Ana Belén... —interrumpió su frase al ver a Sofía aparecer por la puerta.

Cambiando el tono completamente, anunció—: Venía a comentarles un pequeño imprevisto que nos ha surgido.

Por cuestiones varias, Ana Belén tendrá que ausentarse de su puesto de trabajo un tiempo.

Por el momento es indeterminado. Pero confío plenamente en ustedes y en que sean capaces de suplir su ausencia haciendo un esfuerzo.

Si vemos que esta situación se prolonga, no se preocupen, contrataremos a otra dependienta.

Sofía tenía muchas dudas, pero no se atrevía a preguntar. El discurso de Inés había sido tan elocuente y hermético que no daba lugar a comentarios. Sofía barrió la parte que quedaba. Cuando terminó:

—Si no les importa, me marcho ya. Mi novio me está esperando fuera y no quiero retrasarme. Me quiere llevar al cine.

—Por supuesto, vete sin problemas. Yo friego. Hoy has trabajado muy bien. Diviértete —le deseó Lina mientras apartaba los billetes para contarlos más tarde.

Sofía fue a por sus cosas, mientras Inés ayudaba a contar la caja.

Así, irían más rápido. Alos pocos minutos, Lina estaba terminando de cambiarse para poder ir a dar ese paseo por la playa.

Debía confesar que llevaba todo el día deseando que llegase ese momento.

Lina cerró la puerta de la tienda, guardó las llaves y, tras un suspiro un poco más largo de lo habitual, confesó:

—Estoy deseando pasear contigo.

Inés buscó su brazo para entrelazarlo con el suyo.

—Yo también. No te puedes imaginar el día que he tenido.

—Es verdad, cuéntame todo lo que ha pasado con Ana Belén. Se ha ido de la tienda sin darnos muchas explicaciones. Eso sí, me ha dejado a mí de encargada. ¿Te lo puedes creer? —preguntó, sorprendida.

—Por supuesto. No es tonta. Sabe perfectamente que la tienda a tu cargo funcionará como un reloj. —Le dio un pequeño empujón para reafirmar su alegato.

—Ya... pero yo no soy santa de su devoción. Ya ves cómo me trata. Inés se paró en seco. La miró muy seria antes de comenzar:

—Lina, creo que eres tú la que no ve las cosas.

Desde hace un tiempo ella ha hecho lo posible por congraciarse contigo.

Te ha demostrado, a su manera, que eres una empleada valiosa y que valora tu trabajo.

Solo que no te lo ha mostrado de la manera a la que estás acostumbrada.

Creo que eres tú quien no es capaz de cambiar su forma de verla —continuó caminando como si nada.

Durante parte del camino reinó el silencio.

Lina necesitaba reflexionar sobre las palabras de Inés.

Hizo un pequeño balance de las últimas interacciones con su encargada.

Llevaba razón. Poco a poco le había manifestado, a veces de manera sutil, otras más enrevesada, que sentía satisfacción con el trabajo realizado.

En ese momento, cayó en la cuenta de la evolución de su encargada y lo poco que ella lo había valorado.

Llegaron a la playa y entonces cumplieron su ritual: quitarse los zapatos y dejar que las olas mojasen sus pies cansados. Ninguna decía nada. Simplemente disfrutaban del momento, de la paz que se respiraba en ese lugar, de la compañía y, sobre todo, de la felicidad que las rodeaba.

—Inés... —comenzó con la voz que solía poner cuando fantaseaba— ¿Cómo imaginas que sería nuestra boda?

Inés se quedó un poco atónita con la pregunta. Sabía perfectamente que no se podían casar, por eso no se había permitido nunca el lujo de fantasear con esa posibilidad.

—No lo he pensado, la verdad. Pero supongo que sería una boda íntima. No mucha gente es conocedora de nuestro secreto. Nos podríamos escapar a París para casarnos allí. No sé... ¿Tú cómo te la imaginas?

—¿Yo? —Se rio con la pregunta. Lo tenía muy claro—.

Una boda por todo lo alto. Me encantaría que todas nuestras amistades celebrasen nuestro enlace.

La haría en la fábrica. Juan se encargaría de la comida.

Contrataría una orquesta para que estuviese tocando toda la noche.

Me encantaría que todo el mundo se lo pasase en grande, que se divirtiesen.

De esa manera, todo el mundo relacionaría nuestro enlace con momentos inolvidables.

—Vaya... veo que no nos pondremos de acuerdo. Aunque debo reconocer que tu idea es bastante atractiva.

Caminaron un poco más en silencio. Quizás porque no había más que añadir, o porque las dos estaban fantaseando, cada una a su manera, con esa boda de ensueño.

Inés se detuvo. Como si un rayo la acabase de atravesar. Lina, extrañada, miró a su alrededor. Quizás estuviese pasando algo que ella desconocía. Hasta que Inés clavó sus ojos en los suyos.

—¡Hagámoslo!

Lina reconoció perfectamente esa cara de determinación. Inés es-taba trazando un plan.

—¿El qué? ¿Casarnos? —preguntó sorprendida, pero con la esperanza de que así fuese.

—Claro. Solo tenemos que encontrar la forma. Si nos amamos, si las dos hemos aceptado el compromiso, no necesitamos una boda convencional por la Iglesia. Nuestro amor está por encima de eso.

Lina estaba sin aliento. No podía creer lo que escuchaba. La ilusión la embargó y no pudo contenerla.

—Podemos pedirle a Pablo que nos case. Es lo más cercano que vamos a estar de un cura. No sé, Inés… ¿de verdad lo vamos a hacer?

—Claro. Buscamos un sitio apartado, donde nadie nos moleste. Podemos hacer la ceremonia de manera íntima y luego... —el plan de Inés había llegado hasta ahí, no sabía cómo improvisar más— no sé cómo lo podemos hacer para dar una fiesta por todo lo alto, pero algo se nos ocurrirá, seguro.

Lina tiró los zapatos al aire y abrazó a Inés.

—¡Lo vamos a hacer! —se confirmó a sí misma.

—Lo vamos a hacer —le confirmó Inés.