Hablemos #3
La pregunta la pilló totalmente desprevenida. No se esperaba el reconocimiento a su trabajo, ni el cambio tan radical.
—La verdad es que no me ha dado tiempo —confesó. Tuvo que hacer un esfuerzo para controlar la sonrisa picarona que se le dibujó al recordar las decenas de besos que lo habían causado.
—Puede ir al bar de al lado y tomarse un café. De paso me trae uno: solo, con dos azucarillos. —Extendió el brazo para darle el dinero. Había suficiente para invitarla.
—Ahora mismo se lo traigo.
Echó un último vistazo a Sofía. Ninguna de las dos creyó lo que acababa de suceder. En todo el tiempo que Ana Belén llevaba siendo encargada, nunca había invitado a nadie.
De camino al bar, estaba nerviosa. Espe le había pedido tiempo, pero trabajando tan cerca era inevitable que tuviesen que verse.
Además, una parte de ella estaba deseando contarle la noticia.
Pocas personas en el mundo podían entender lo importante que era para ella la promesa que se habían hecho.
Pero a la vez, no estaba segura de hacerlo.
Quizás era un poco pronto para tratar ciertos temas…
Con esas dudas cruzó la puerta roja.
Nada más poner un pie dentro, la vio: detrás de la barra, con una camisa blanca de hombre remangada, su moño medio deshecho con un lápiz atravesado. Su mirada era seria, de concentración. Tenía unos papeles delante.
Llevó la mirada para comprobar quién había entrado y una leve sonrisa se dibujó al reconocer a Lina. Intentó evitarla, pero le fue imposible. Al comprobar que ella la había visto, decidió no esconderla más, provocando que la causante también sonriera.
Lina se alegró de la reacción.
—¡Buenos días! —saludó sin cambiar un ápice su rostro.
—¡Buenas!
En silencio, se sentó en uno de los taburetes cercanos. No quería estar justo delante de ella, para no importunarla. Espe, al ver la discreción con la que actuaba, se mordió el labio antes de preguntar:
—¿Qué te pongo?
—Un café con leche para tomar y un café solo con dos azucarillos para llevar, por favor. —Jugueteaba con las monedas, estaba algo nerviosa.
—¿Ana Belén te ha pedido un café? —preguntó mientras apartaba los papeles a un lado.
—¿Cómo lo sabes? —se sorprendió de que lo hubiese adivinado.
—Es la única persona que pide un café solo con dos azucarillos. El resto del mundo le echa leche para suavizarlo—bromeó mientras colocaba dos tazas en la máquina.
Lina soltó una risa nerviosa. Puso las monedas sobre la mesa, las amontonó para distraerse y tomar tiempo para encontrar qué decir.
—¿Necesitas algo más? —preguntó, levantando las cejas y esperando que le pidiese algo para acompañar el café.
—Hablar contigo —respondió con alegría.
Espe se quedó petrificada. Un escalofrío helado recorrió su espalda.
—Vamos… si no te importa—intentó suavizarlo al ver su reacción.
Se alejó de la máquina para acercarse a ella. Cogió aire antes de apoyar los codos sobre la barra. Lina se sintió muy cómoda con ese gesto tan familiar. Si no lo hubiese hecho significaría que aún había distancia entre ellas.
—Tú dirás… —Su cuerpo le pedía acercarse más a ella, pero se contuvo.
—Le he dado muchas vueltas a si venir para hablar contigo o dar-nos tiempo. Pero… he pensado que, después de todo lo sucedido…
—Me encanta que vengas —le cortó, al ver que se liaba con las palabras.
Lina la miró directamente a los ojos. En ellos había gratitud por hacer que ese momento, aparentemente incómodo, fuese tan natural.
Espe miró de reojo la máquina, aunque prefería seguir mirando a quien tenía delante.
Al ver que el café estaba listo, un micro gesto de fastidio se coló en su rostro. Puso la taza delante de ella.
—Gracias.
Espe tuvo la sensación de que ese «gracias» iba cargado de muchas cosas más: de sentimientos, de añoranza, de amistad. Intentó quitarle un poco de hierro al asunto.
—No hay por qué. Solo es un café.
—Gracias por… ir a hablar con ella, por ayudarla a entenderlo, por defenderme, por…
—Por nada. No es necesario, créeme. —Puso su mano sobre la de ella y la acarició con el pulgar, como siempre.
Lina sonrió sin apartar la mirada.
—Bueno, para ti no hará falta, pero yo lo necesito. Yo… si hubiese estado en tu lugar, no sé si habría hecho lo mismo.
—Claro que lo habrías hecho. Porque tú eres buena persona, eres comprensiva y te preocupas por los demás. —Tuvo la tentación de acariciarle el rostro, pero se contuvo. En su lugar, dio un pequeño golpe a la barra.
El silencio entre ellas reinó durante unos segundos, aunque el bullicio normal del bar seguía su rutina.
—Yo no le habría contado que te tiré de culo —bromeó Lina.
Espe hizo un gesto de dolor mientras se tocaba el trasero.
—Eso exactamente no se lo conté. Le dije que me habías empuja-do. En ningún momento dije que me tirases al suelo —aclaró.
—Pues ella tiene claro que lo hice —dijo antes beber un sorbo de café.
Espe borró la sonrisa de un plumazo para dar paso a una cara muy seria. Lina casi pudo ver cómo sus ojos se ponían vidriosos. El cambio en ella la desconcertó. No entendía lo que acababa de pasar.
Espe se giró para preparar el segundo café. No dijo nada, pero su expresión corporal no era la misma. Parecía que un tren la había arrollado tres segundos atrás, estaba devastada.
Lina puedo ver cómo respiraba profundamente. La escuchó susurrar algo y después respiró más tranquila. Se acercó a Lina y, apoyándose de nuevo en la barra, solo que esta vez a un lado, no enfrente, le tocó el anillo.
—Veo que habéis hecho algo más que arreglarlo. —Una sonrisa forzada se dibujó en sus labios.
Lina comprendió todo.
—No sé si te apetece hablar de este tema —intentó ponérselo fácil. Quizás era pronto para tener ese nivel de amistad.
—Si quiero que seamos amigas, tengo que empezar a acostumbrarme a este tipo de cosas.
Además, una parte de mí se alegra de que todo saliese bien.
Me sentía culpable de que lo estuvieras.
.. perdón, estuvieseis pasando tan mal. Me alegro de que seáis felices y.
.. nunca reconoceré que he dicho esto —se acercó un poco a su oído como si le fuese a contar un secreto— sois una pareja excepcional.
Las personas como nosotras se merecen un final feliz.
Lina sonrió con el corazón. Esas palabras le habían hecho mucha ilusión.
En ese momento, entendió que una amistad entre ellas dos era una posibilidad más que real.
Más felicidad en ella no cabía. Con esa sensación tan maravillosa que se tiene cuando todas las cosas que deseas se cumplen, acercó las monedas a ella y se fue en dirección a la puerta con el café de la encargada en la mano.
Espe salió corriendo de la barra para abrirle la puerta.
Le dio las gracias. Antes de marcharse, escuchó:
—Hoy hay lentejas para comer, por si te apetece venir.
—Me encantan las lentejas, vendré seguro.
Ambas estaban contentas por haber limado asperezas y porque, poco a poco, iban encontrando la clave para que esa amistad que deseaban pudiera hacerse realidad.
En la oficina…
Inés llevaba toda la mañana en su despacho atendiendo llamadas. La ausencia de José le generaba más trabajo; debía responder a muchas preguntas del almacén.
Unos golpes en la puerta le hicieron desconectar de los documentos que tenía delante.
—Pase —ordenó desde el otro lado.
Nieves entró muy seria. Antes de que pudiese anunciar a quien la acompañaba, esta persona entró directamente al despacho.
—Buenos días —su voz imponente resonó en la sala.
—Buenos días, comisario. —Inés se levantó para estrecharle la mano—. Nieves, puede marcharse. Por favor, que nadie nos interrumpa. Esta reunión es prioritaria. —Lo miró con sorpresa. No esperaba esta visita, al menos no tan pronto.
Antes de que pudiese invitarle a sentarse, este ya lo había hecho. Ella ocupó su lugar al otro lado de la mesa.
—Usted dirá, ¿a qué debo su visita? —Inés intentaba hablar con tranquilidad.
—Seré breve, porque no tengo tiempo que perder y, por lo que veo —echó un rápido vistazo al despacho—, usted tampoco.
—Se lo agradezco. —Hizo un gesto con la mano para invitarle a hablar.
—Hemos revisado toda la documentación que nos presentaron en la denuncia.
Ayer mismo, uno de mis agentes se personó en Modistos Rodríguez para contrastar información.
Sus sospechas eran ciertas: ellos eran desconocedores de que se utilizase su nombre para ese tipo de…
negociaciones. —Su cara no mostraba ninguna emoción—.
Allí descubrimos algo muy interesante: su secretaria, al vernos, no resistió la presión y, antes de llevarla al cuartel, nos confesó todo.
Puedo decirle que tenemos información suficiente para detener a Severiano Gómez.
Mis hombres están de camino a su domicilio.
Venía por sim-ple cortesía. —Cruzó las piernas antes de continuar—.
Vamos a detener a la señorita que ayer la acompañaba. Ella está implicada.
Inés intentó interrumpirle, pero era imposible. No hacía pausas al hablar.
—Su declaración será muy útil para el juicio, pero no podemos evitar su paso por disposición judicial hasta que el juez vea el caso y dicte sentencia.
—Perdone, pero… si va a detenerla, ¿dónde está la cortesía?
El comisario hizo un claro gesto de fastidio ante la pregunta.
—La cortesía es con usted y su… —dudó antes de continuar— empresa. Imagino que no le gustará un escándalo. Le doy la oportunidad de que le pida a la empleada que venga. Saldrá de aquí escoltada por mí y no detenida por mis hombres.
—Por supuesto, ahora mismo la hago venir. —Inés marcó el número de la tienda.
—Buenos días, ¿Ana Belén?
—Buenos días, doña Inés. Dígame.
—El motivo de mi llamada es porque tengo delante al comisario. Me ha pedido que la localice para que venga a mi despacho a reunirse con nosotros. —Inés intentaba ser lo más correcta posible.