Hablemos #2
—No lo dudes ni por un segundo. Haría lo imposible por ti —dijo, levantándole el mentón para que la mirara a los ojos. Era más que una respuesta: era una promesa.
Lina sonrió con el alma. Sellaron ese pacto con un beso suave, tierno, lleno de amor. Sin prisas. Sin dudas.
Inés se acomodó en la silla. Lina supo que no quería dejar la historia allí.
—Pues… después de contarme todo eso, la consolé.
Le dije que encontraría el amor, que, si su corazón había sido capaz de volver a sentir, era porque estaba lista para amar de nuevo.
Ella se acercó, intenté retroceder, pero tenía algo detrás y no pude.
Entonces… me besó. Tardé en reaccionar, y me siento muy culpable por eso, pero después…
—La empujaste —la interrumpió Inés, segura.
Lina se quedó helada. No recordaba haberlo escrito en la carta. ¿Cómo lo sabía?
—Espe vino a la tienda. Quería hablar conmigo —la voz de Inés era tranquila, sin rencor, casi agradecida—. Me explicó lo que pasó, con detalle… A pesar de su orgullo herido. Me hizo ver que yo tampoco lo había hecho todo bien.
Inés tomó aire, como quien se prepara para abrir el alma.
—Siento no haberte dado un espacio seguro para contarme lo que te sucedía con ella. No dejo de pensar que, si hubiese abierto esa puerta, quizá nada de esto habría ocurrido.
—No, Inés. No es tu culpa. —La cara de seriedad de Lina, no dejaba opción a la discusión.
—Digamos que, ante esta situación, ninguna de las dos supo actuar de la forma correcta.
Lina respiró hondo.
—Quizá no lo hicimos perfecto… —dijo Lina con una sonrisa leve— pero llegamos hasta aquí. Yeso ya dice mucho.
—Lo dice todo —respondió, entrelazando de nuevo sus dedos con los de ella—. Porque, después de todo, seguimos eligiéndonos.
Lina se quedó un momento en silencio, sentía que el corazón se le salía del pecho, no por nervios, sino por certeza. Ya no había miedo, ni dudas. Solo quedaba ella… Inés.
Lina la miró con ternura. La duda que había vivido durante días se fue disolviendo en ese momento. No necesitaba más tiempo, ni más pruebas. Lo supo con certeza: su lugar estaba allí, con ella. Donde lo había estado siempre.
Se puso de pie lentamente y caminó hacia la cómoda que había junto a la pared.
Era un mueble pequeño, de madera oscura, gastado por el tiempo y por la historia que guardaba dentro.
Abrió el segundo cajón con cuidado. Allí guardaba sus bienes más preciados: el pañuelo que le regaló Gloria, el primer regalo que le dio Inés, fotografías de su padre y una pequeña caja de madera marcada por los años. La sostuvo entre sus manos.
Volvió junto a Inés, que la miraba con curiosidad y una pizca de inquietud. Lina se arrodilló frente a ella, sin apartar su mirada.
—Lina… ¿qué haces? —preguntó reconociendo la escena a la perfección.
—Esperar a que el amor deje de ser solo promesas y se convierta en un para siempre —dijo, mientras abría la cajita y le mostraba un anillo antiguo, de oro desgastado por los años, pero intacto en su significado—.
Era de mi madre —empezó con la voz suave, pero cargada de emoción—.
Mi padre siempre me enseñó que el amor de verdad no necesita grandes gestos, ni palabras perfectas…
solo compromiso, cuidado, y presencia. Eso es lo que quiero contigo.
Inés se llevó una mano al pecho. Se le humedecieron los ojos. Su silencio no era duda, era emoción. No le salían las palabras.
—Quiero que seas mi mujer, Inés. Quiero compartir mi vida contigo. Cada día, con lo bueno y lo difícil. Quiero que estemos siempre juntas… porque si vamos de la mano, sé que podemos afrontar cualquier obstáculo que se nos ponga delante.
Hizo una pequeña pausa, tragando saliva. Necesitó coger aire para hablar directamente desde el corazón.
—No tengo miedo de lo que venga. Solo quiero que me dejes amarte como mereces. Y que, cuando seamos viejecitas y el mundo ya no vaya tan rápido, ni tan ruidoso, todavía podamos mirarnos y saber que elegimos bien. Inés… ¿quieres casarte conmigo?
Inés no respondió con palabras al principio. Se inclinó, con el rostro empapado en lágrimas, y la abrazó con fuerza. Se fundieron en un silencio que hablaba más que cualquier discurso. Cuando por fin se separó un poco, le sostuvo el rostro entre las manos y le dijo clavando sus ojos en los suyos:
—Sí, Lina. Sí. Quiero ser tu mujer. Quiero todo contigo. Lo cotidiano, lo extraordinario, lo difícil, lo sencillo. Lo nuestro…
Lina le colocó el anillo, con manos temblorosas y el corazón en calma. El oro, gastado por los años, brilló como si acabara de nacer de nuevo.
Inés se quitó con cuidado uno de sus anillos.
No lo hizo deprisa, lo hizo como si le estuviera regalando un recuerdo que ocupaba un espacio muy grande en su corazón.
No era un anillo cualquiera, era el que siempre llevaba puesto, el que le acompañaba todos los días desde hacía años.
El que cogió a escondidas del joyero de su abuela cuando era una niña.
Tomó la mano de Lina y repitió el mismo gesto con sumo cuidado, como si al tocarla tuviera miedo de romperla.
De esa forma, en su cuarto, sin testigos ni ramos ni música, sellaron una promesa eterna. Una que no necesitaba papeles ni firmas, solo la certeza de dos corazones que, después de tantas vueltas, sabían exactamente dónde quedarse.
Lina apoyó su frente en la de Inés y cerró los ojos, dejándose envolver por la calidez de ese instante.
Lo único que se escuchaba era su respiración entrelazada, como si el tiempo hubiese hecho una pausa solo para ellas.
Sus ojos, aún húmedos, se alzaron lentamente hasta encontrarse con los de ella.
Inés la miraba con una mezcla de amor y asombro. Era como si el mundo entero se hubiese reducido a esa mirada. Como si el tiempo, por fin, estuviera de su parte.
Lina acercó su mano al rostro de Inés y acarició su mejilla con la yema de los dedos, despacio, como si fuese la primera vez, aún le emocionaba cada vez que la tocaba.
—Te amo —susurró.
Entonces, sin prisa, se acercó a ella y la besó.
Fue un beso silencioso, profundo, lleno de todo lo que no cabía en las palabras. Un beso sin miedo, sin escondites, sin interrupciones. Un beso que sabía a promesa cumplida.
Sus labios se encontraron con dulzura, pero con la firmeza de quien sabe que está donde debe estar. Se abrazaron sin separar sus labios.
—Nunca imaginé que un beso pudiera sentirse así —dijo Inés, con voz apenas audible.
—Es que este no es cualquier beso —respondió sonriendo—. Este… es el primero del resto de nuestra vida.
Se quedaron abrazadas. Entre susurros, entre la calma que llega cuando ya no hay dudas, ni sombras. Solo amor.
A la mañana siguiente…
Se respiraba un ambiente de ilusión, de alegría. Era como si la vida cotidiana se hubiese convertido en extraordinaria. No podían gritar a los cuatro vientos la promesa que se hicieron la noche anterior, pero llevar ese símbolo en sus manos era más que suficiente.
Era como un secreto a la vista de todos.
Los besos y las caricias acompañaron cada movimiento mientras se preparaban para ir a trabajar. Una vez en la calle, se detuvieron en la esquina de siempre.
—Nos vemos más tarde, mi mujer —bromeó Inés.
—Lo estoy deseando. —Se llevó dos dedos a la boca.
Deseaba besarla, como si los besos de anoche y de esa mañana no hubiesen sido suficientes. Inés le colocó el lazo de la solapa, rozando su cuello sutilmente. Esa leve caricia produjo una interrupción en la respiración de Lina.
—Hoy estás especialmente guapa—dijo al terminar de retocar el lazo.
—Será porque mi corazón guarda la mejor promesa que he hecho jamás.
—Será… —susurró Inés, y le regaló una sonrisa que le llegó al alma.
Lina cambió el gesto. Un pensamiento había venido a su mente, y aun sabiendo que podía arruinar el momento, necesitaba decirlo.
—Inés… quería saber si… te importaría… que hoy comiese en el bar de Esperanza… —aguardó, algo nerviosa.
—No tienes que pedirme permiso. Anoche quedó todo aclarado.
Además, sé que por parte de ella las cosas van a estar tranquilas.
—Miró el anillo de Lina—. Que lleves esto me da mucha tranquilidad.
Esto es una promesa, un compromiso conmigo.
—Levantó su dedo para mostrar el anillo que llevaba ella—.
De las dos. Otra cosa no, pero tú nunca rompes lo que prometes.
Lina sonrió, mucho más tranquila. Es cierto que no necesitaba su permiso, pero se sentía mejor si las cosas quedaban claras.
—En ese caso, podrías venir con nosotras —propuso, contenta.
—No puedo darte una respuesta ahora, porque no la sé. Todo lo de Severiano va a traer grandes problemas y voy a tener que irlos resolviendo sobre la marcha.
—Lo entiendo, pero… ¿podemos dar un paseo por la playa esta tarde? —Ladeó la cabeza y miró a Inés con ojos de súplica.
Al verla, sonrió divertida.
«Es preciosa cuando pone esa cara» pensó.
—A eso sí puedo darte una respuesta. —Guardó silencio para dar-le emoción, se acercó levemente a ella—. Por supuesto.
Cada una emprendió su camino con felicidad en el rostro y una sonrisa en el corazón.
—¡Buenos días! —saludó a Sofía sin borrar la sonrisa que traía de la calle.
—Ya veo que son buenos días para ti. ¿Y esa sonrisa tan deslumbrante? —preguntó muy contenta.
—He dormido bien, me he despertado contenta y tengo el presentimiento de que hoy va a ser un gran día.
—Menuda suerte, me voy a quedar a tu lado a ver si así se pega algo de alegría. —Enhebró el brazo de Lina.
Las dos rieron, controlando el volumen para que la encargada no las escuchase. Ana Belén salió del almacén con la lista que ayer le había dejado a Lina.
—¡Buenos días, Lina! Quiero darle la enhorabuena. Ayer terminó muchas cosas de la lista. Me ha adelantado mucho el trabajo. Por eso, y sin que sirva de precedente… —La encargada apartó la vista de la carpeta que tenía delante para mirarla directamente a los ojos—: ¿Ha desayunado?