Hablemos
Inés comenzó a contarle todo lo que había sucedido en el cuartelillo.
Le explicó los pormenores de los documentos, la frustración de tener que contar las cosas una y otra vez, y la sensación de que no terminaban de creerla.
Le daba la impresión de que sus reticencias venían provocadas porque eran dos mujeres quienes ponían la denuncia contra un hombre respetado.
—Ojalá llegue el día en que nuestra palabra valga lo mismo que la suya —se quejó Inés, luchando contra la resignación que siempre había aceptado a regañadientes.
—Poco a poco, Inés. Algún día se darán cuenta de que no hay diferencia entre los dos sexos, que la única diferencia está en su cabeza.
Lina cogió la botella de vino. Inés, la cena que había preparado.
Cuando llegaron al salón, Lina se sorprendió al ver que la mesa no estaba en su sitio.
—En la habitación —le indicó Inés al ver su asombro.
Cuando llegaron a la habitación principal, Lina pudo ver todo preparado, hasta el más mínimo detalle, incluso un par de velas como colofón de una mesa perfecta.
—Te gustó mi idea, ¿eh? —bromeó Lina.
—La verdad es que sí. Me gusta tanto que estoy pensando en comprar una mesa y sillas para ponerlas junto a la ventana. Si movemos el tocador, creo que habrá espacio.
—Creo que tienes razón.
—Pues en ese caso, tendremos que ir a buscar muebles que nos gusten a las dos.
Dejaron las cosas sobre la mesa. Lina se sentó y se quitó los zapatos.
—Estaba deseando hacerlo —se defendió al ver los ojos de Inés clavados en ella.
—Yo también lo estaba deseando —dijo entre risas, mientras se quitaba los suyos.
Sentadas en la mesa, se sirvieron dos copas de vino y comenzaron a disfrutar de lo que Inés había preparado con mucho cariño.
Lina estaba deseando saldar esa conversación pendiente.
Era cierto que lo más importante lo había dicho en la carta, pero ella tenía la necesidad de hablar las cosas: saber sus reacciones, sus tonos, sus mi-radas, sus respuestas…
En el fondo, deseaba pronunciar esas palabras que ya no eran necesarias.
Inés rompió el silencio.
—Bueno, hablemos de otras cosas. ¿Has echado de menos a las chicas? —Conocía perfectamente la respuesta, y eso la divertía.
La respuesta fue una sonrisa de niña pequeña que es pillada escondiendo un caramelo.
—Nada más irse, ya las echaba de menos. Inés, estos días con ellas han sido como si este tiempo en Barcelona no hubiese pasado. Somos tan amigas como cuando me fui.
—¿Acaso pensabas que iba a suceder lo contrario?
—No… Bueno… me daba miedo que así fuese. Hemos hablado por teléfono, pero por mucho que quieras, no es lo mismo que trabajar, que vivir con ellas en la habitación.
—Entiendo. —Su mirada era dulce y comprensiva.
—Conozco de sobra a Candela y Clara, pero no sé… cuando se marcharon existía ese miedo. Son cosas que no puedo evitar.
—Bueno. Pues en ese caso, me alegro de que hayas comprobado, de primera mano, que ellas siempre van a estar ahí.
La conversación continuó. Los platos quedaron vacíos. Inés se sirvió el último contenido de la botella en su copa.
Lina bebió un buen trago para coger fuerzas y hablar del tema que llevaba deseando desde el inicio de la cena. Cuando cogió aire para decirlo, Inés la interrumpió.
—Lina, ya estoy preparada para tener esa conversación que tanto deseas. Siento haber tardado tanto, pero… entiende que con lo difícil que ha sido esto para mí, no quisiese abordarlo de primeras. Además, con la carta que me escribiste, tengo más que suficiente.
—Lo entiendo, pero yo necesito explicarme. Tengo una presión en el pecho —acompañó la frase poniendo la mano en su corazón—que me cuesta respirar. Sé que, si lo hablamos, se disipará.
—De acuerdo, te escucho entonces. —Se recostó sobre el asiento y le prestó toda su atención.
—Quiero empezar desde el principio. No quiero que haya más secretos, ni silencios escondidos entre nosotras…
La miró directamente a los ojos para buscar una afirmación. Cuando esos preciosos ojos se la dieron, continuó un poco más aliviada.
—Desde el primer momento que la vi, algo en ella me llamó la atención. Al principio no lo entendía… Bueno, si te soy sincera, aún no lo entiendo. Solo sé que era una atracción que me llevaba a ella una y otra vez. Al mismo tiempo, era plenamente consciente de mi amor por ti.
—No lo podías evitar —añadió Inés con una voz muy tranquiliza-dora y comprensiva.
Lina se sorprendió al principio, pero enseguida comprendió el esfuerzo que estaba haciendo al permitirle explicarse.
Ese gesto, tan sencillo y al mismo tiempo tan valiente, la conmovió profundamente.
Los ojos de Lina se llenaron de lágrimas, como si su comprensión abriera una grieta en el muro que había estado conteniendo sus emociones.
Inés extendió su mano, con suavidad, y entrelazó sus dedos con los de ella.
Sabía que no iba a gustarle lo que estaba a punto de escuchar, pero también era consciente de que no podía seguir escondiéndose detrás del silencio.
Las palabras de Espe resonaban en su mente: «Se-guro que no le diste la oportunidad…
». Esta vez no huiría, no cerraría ninguna puerta.
Una caricia en el dorso de la mano le dio fuerzas a Lina para continuar.
—Ella… no tiene miedo de vivir su forma de amar. No teme que la gente sepa quién es, ni cómo siente. Yeso… me fascinó. Me mostró un mundo diferente, uno que nunca imaginé. Un mundo donde me sentí muy bien, acompañada.
—¿Qué mundo? —su voz era tranquila, conciliadora incluso.
Lina bajó la mirada, consciente de que lo que iba a contar era solo la punta del iceberg.
—De esa parte… nunca te conté nada —dijo con un suspiro, car-gado de arrepentimiento—.
Una noche me llevó a un bar… donde todas las personas que lo frecuentaban eran como nosotras.
Allí todo era distinto, como si el mundo tuviera permiso para ser sincero.
—Se empezó a emocionar, la alegría se notaba en sus palabras.
Sin querer-lo era como si se hubiese transportado a ese lugar—.
La camarera era un hombre. Por el día era panadero, pero por la noche…
se transformaba: Se vestía de mujer, se movía con una elegancia que me dejó sin palabras.
Desbordaba feminidad… Si no hubiese sido por su voz grave, jamás lo habría imaginado.
Inés la miraba, atónita, intentando comprender todo lo que aquella historia encerraba. Le costaba aceptar que existieran realidades tan distintas a la suya, pero no podía negar la emoción que temblaba en la voz de Lina. Yeso… la desarmaba.
—En una mesa había parejas de mujeres y de hombres, chicas que querían ligar con otras…
Había una pareja de mujeres que… vivían juntas, aunque una de ellas estaba casada y tenía tres hijos.
Había convencido a su marido para contratar a su amante como niñera.
Así, podían pasar todos los días juntas.
Hasta se escapaba de noche para dormir con ella.
Era como un amor clandestino… pero tan verdadero.
—¿Y el marido? ¿No sospechaba nada?
—Nada. Al marido lo conoces… —Lina dudó—. Bueno, lo has visto. ¿Recuerdas el balneario? Era uno de los hombres que iba bebi-do… Su mujer tenía un bolso de flores.
Inés entornó los ojos, intentando rescatar el recuerdo… y entonces lo vio claro.
—Esa fue la mujer de la que te inventaste una historia —susurró, dándose cuenta—. Pero… no era un invento. Lo sabías desde el principio.
Lina asintió, temerosa de su reacción. Pero Inés, en lugar de enfadarse, le sonrió dulcemente y le dio un pequeño golpecito en la mano.
—Intentaste contármelo —dijo en voz baja.
—Lo intenté, sí… Sabes que no me gustan los secretos, y ese… me pesaba mucho. Fue mi manera de dejarlo salir, de quitarme un poco de encima todo lo que no podía decirte.
—Perdona por haberte interrumpido. Sigue… Te llevó a ese lugar…
—Allí me sentí normal. Por primera vez en mucho tiempo, sen-tí que no era distinta.
Que no tenía que esconderme. Podía ser yo, simplemente eso…
yo. Y allí… —Bajó la mirada, incapaz de sostener los ojos de Inés—.
Por poco la beso. No ocurrió, te lo prometo.
En el último segundo, tu nombre vino a mi mente, como un grito desde mi interior. Me alejé, sin siquiera rozarla.
Las palabras dolieron. Inés sintió un pinchazo en el pecho. Pero más fuerte que el dolor fue su deseo de comprender. Mantuvo su rostro sereno, aunque por dentro se revolvía una tormenta de emociones.
—Después de eso… fui a la playa. Pensé mucho.
Y todo se volvió más claro. Mi corazón… siempre te ha escogido a ti primero.
Pude haber tenido un momento de debilidad, pero tú…
siempre estuviste delante. Fui encontrando el equilibrio.
Aprendí a colocar sus frases de conquista, sus juegos…
en un lugar seguro. Porque, aunque no lo creas, su amistad me hace mucho bien.
Adoro a Candela y Clara, pero esa parte de mí…
aunque la aceptan, no la comprenden del mismo modo… Y mira que lo intentan.
—Entonces… en el callejón. —Lo estaba pasando un poco mal, quería terminar pronto pero no pensaba mostrárselo.
—Me habló de su pasado. No ha tenido mi suerte. El amor de su vida jugó con ella, le rompió el corazón de la forma más cruel. Desde entonces no había vuelto a sentir nada parecido… hasta ahora.
—Hasta que llegaste tú.
Lina asintió con un nudo en la garganta. Se hizo un silencio den-so, íntimo. Inés tenía la mirada perdida, como si estuviera ordenando mil pensamientos a la vez. Lina no la presionó. Sabía que necesitaba tiempo.
—Creo… —empezó Inés, con la voz casi temblorosa— que en su lugar, habría hecho lo mismo. Lina, sé lo maravillosa que eres. Yen-tiendo que alguien como ella… hiciera todo lo posible por tenerte. Estoy segura de que yo también lo haría.
—¿De verdad? —Una chispa de ilusión brilló en sus ojos.