Juntas en Barcelona Partida #5
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Partida #5

Inés vio cómo se marchaba a paso ligero. Ella prefería ir en coche. Si tenía suerte, podría despedirse de las chicas. Antes de que el taxi la dejase en la puerta de la tienda, pudo ver cómo el que ya era su chófer de confianza estaba esperando, fumándose un cigarro.

Rápidamente entró en la tienda y se encontró a Lina abrazando a sus amigas.

—¡Doña Inés! —Lina se alegró de verla. Cambió el tono de voz a uno más formal—. Es estupendo que hayas podido llegar a tiempo.

—No quería perderme la despedida por nada del mundo. —Una sonrisa sincera se dibujó en sus labios.

La primera de quien quería despedirse era de Clara.

—Cuídese. Y cuide mucho de esa vida que lleva dentro. Ya conoce el teléfono de Barcelona, puede llamar de vez en cuando para ponernos al día de su estado. Nieves me ha pedido que la despida de su parte.

Clara sonrió encantada. Era estupendo que las personas que te importan muestren tanto cariño. Después fue a darle un abrazo a Sofía.

Inés cambió su posición para situarse junto a Candela.

—Doña Inés, déjeme agradecerle la confianza que ha depositado en mí, en nosotras, para la reapertura de esta tienda.

—No, Candela. Soy yo quien tiene mucho que agradecerte. Te has hecho cargo de más cosas de las que debías. Has sabido solucionar problemas que no eran de tu competencia y… —miró a Lina de reojo— me has ayudado en muchos sentidos.

No hicieron falta más palabras. Con una simple mirada era suficiente.

Lina se mantenía a un lado, en silencio.

No quería despedirse de sus amigas. Siempre habían sido un apoyo incondicional, pero en esos últimos días habían sido mucho más: su pilar, su refugio, su faro cuando todo parecía desmoronarse.

Aceptar que regresaban a Ciudad Real y que volverían a estar separadas le partía el alma.

Por eso evitaba la despedida a toda costa.

Candela lo sabía. Conocía bien a su amiga, pero esta vez, más que nunca, la entendía, porque sentía exactamente lo mismo. Despedirse en Ciudad Real fue duro… y ahora tenían que repetir ese mismo dolor.

—¿Nos acompañas afuera? —Candela le hizo un leve gesto con la cabeza a Lina.

Ella obedeció sin rechistar. Inés las siguió unos pasos detrás, con discreción. Sabía que, en cuanto el coche se alejase, Lina la necesitaría más que nunca.

—¡Chicas! —Lina no pudo contener las lágrimas al abrazarlas.

El abrazo fue largo, apretado, cargado de palabras no dichas. Candela fue la primera en romper ese círculo de tristeza. Su voz temblaba levemente:

—Lina, sabemos que no te gustan las despedidas… por eso, no nos vamos a despedir. —La miró con ternura y buscó la complicidad de Clara con la mirada.

—Eso, no lo haremos —añadió Clara, con esa sonrisa suya tan única—. Mañana mismo hablamos por teléfono.

—Además de llamarnos, podemos escribirnos —añadió Candela, sacando una carta doblada con cuidado de su bolso—. Por eso… hemos decidido empezar nosotras.

Lina se quedó sin palabras. No esperaba ese gesto. Se llevó la mano al pecho, como si algo dentro se hubiese desbordado.

—Te hemos escrito esto —explicó Clara, con la voz algo más dulce de lo habitual— por si algún día nos echas tanto de menos que no puedes más… Aunque claro, eso no va a pasar —añadió con un guiño.

—Sabemos que no —dijo Candela, apoyándola.

—Pero por si acaso te da el…

—El bajoncillo —completó Clara, divertida.

—Puedes leernos. Siempre que quieras. Como si estuviéramos ahí contigo.

Lina abrazó la carta contra su pecho como si fuese un tesoro. Luego las abrazó a ellas de nuevo con más fuerza.

—Solo puedo decir una cosa… sois las mejores amigas que alguien podría soñar. Bueno… amigas no. Para mí, sois algo más. Sois mi familia.

Intentaron contener las lágrimas inútilmente.

Las emociones desbordaban sin permiso. Un leve carraspeo a sus espaldas, de un conductor impaciente, les metió algo de prisa para cerrar aquella despedida.

Lina volvió a abrazarlas una por una, con ternura, como si con cada abrazo quisiera grabar ese momento en su piel.

Lloraba y sonreía al mismo tiempo. Era una tristeza que dolía…

pero también una gratitud profunda por haberlas tenido tan cerca.

Cuando las vio subir al coche y alejarse, una ráfaga de soledad se apoderó de su cuerpo.

Entonces sintió unos brazos cálidos rodearla por detrás. Era Inés. En ese contacto simple y profundo, esa oscuridad encontró una chispa de luz. No disipó toda la tristeza que sentía en el pecho… pero la hizo más llevadera.

—Inés… estamos en plena calle —susurró Lina, con una media sonrisa.

—Esto es más importante—respondió ella, sin soltarla.

El abrazo duró unos segundos más. Para Lina, fue como si hubieran sido horas. Porque en ese gesto había amor, calor, y una promesa silenciosa: que los pedazos rotos podían volver a unirse. Que no estaba sola.

Tras secarse las lágrimas, volvieron a la tienda.

Inés habló con Sofía; su única intención era entretenerla lo suficiente para darle unos minutos a Lina.

Estaba deseando entrar y abrazarla de nuevo, pero ya se había arriesgado demasiado en la calle.

Tras unos minutos en el baño para acicalarse, Lina necesitó sentarse.

Debía recomponerse, sacar fuerzas para afrontar lo que le quedaba de tarde en la tienda.

Sus amigas no habían salido de la ciudad y ya las echaba de menos.

Sabía que era demasiado pronto, pero lo necesitaba.

Con mucho cuidado, abrió la carta. Sonrió al imaginarlas escribiéndola.

Querida Lina:

Si estás leyendo esto, es porque nos estás echando de menos.

Y si nos echas de menos, queremos que recuerdes algo muy importante: estamos contigo.

Siempre. Aunque no estemos físicamente cerca, somos esa voz que te acompaña en la cabeza, ese empujoncito cuando todo se vuelve cuesta arriba, y ese abrazo que sabes que existe, aunque no lo puedas tocar.

Para eso te escribimos: para acompañarte, para recordarte que, aunque estemos lejos, seguimos siendo parte de ti… de tu vida.

A veces la distancia parece agrandar los silencios, pero contigo no hay distancia que pueda hacernos sentir lejos.

No importa cuántos kilómetros nos separen: seguimos contigo.

Porque nos elegimos amigas, pero lo que sentimos va mucho más allá.

Somos hermanas de alma. Y eso no cambia por estar en diferente ciudad.

Nos sentimos afortunadas por todo lo compartido estos días. Haber reído, llorado y vivido contigo cada pequeño momento. Has sido nuestro refugio tantas veces… y ojalá sientas que nosotras también somos el tuyo.

Sabemos que llevas dentro muchas cosas que no siempre cuentas.

Entendemos que a veces callar parece más fácil que hablar.

Pero prométenos algo, Lina: no te guardes tanto.

Di lo que sientes, lo que necesitas, lo que te duele, lo que te hace vibrar.

Porque los silencios también pueden herir.

A veces, más que las palabras equivocadas.

Tú no estás sola. No tienes por qué llevarlo todo dentro.

Lo decimos también por… bueno, tú ya sabes por quién.

Lo que vives con ella es algo tuyo, íntimo y delicado.

No necesitamos entender cada detalle para saber que te importa.

Solo te animamos a que lo vivas con cautela, sí, pero también con alegría.

No dejes que el miedo te impida disfrutar lo que la vida te está regalando.

No hay reglas exactas para el amor, solo la certeza de que, si te hace sonreír de verdad, merece ser vivido.

Si algún día te pierdes, si dudas, si el corazón te pesa más de lo normal… vuelve a nosotras. Escríbenos. Llámanos. Grita si hace falta. Aquí estaremos. Siempre.

Te queremos más de lo que podríamos poner en palabras. Pero como tú sabes leer entre líneas, sabrás entenderlo.

Con todo nuestro cariño. Candela y Clara

Cuando terminó de leerla, sus lágrimas habían desaparecido. Era tanto amor el que sus amigas le habían expresado, que iluminó toda la oscuridad de su interior.

Con fuerzas renovadas, salió a la tienda. Al ver a Inés allí de pie… quiso tenerla para ella sola. Se inventó una excusa para lograr lo que necesitaba.

—Sofía, se me ha olvidado ordenar la caja de los lazos. ¿Te importaría ocuparte de eso mientras…? —No hizo falta terminar la frase. Sofía ya estaba de camino al almacén.

—¿Mejor? —susurró Inés.

El comportamiento de Sofía le había escamado un poco. Quizás había notado algo.

—Sí. —Lina le mostró el sobre abierto—. Ellas me han ayudado. Pero tu abrazo me ha mantenido a salvo. Gracias. —Se acercó levemente en esta última parte.

Inés sonrió y miró sus labios. Era consciente de que cualquier acercamiento en ese momento le ayudaría a superar la despedida, pero un beso era lo que más le apetecía.

Lina llevó la mirada a sus labios, se humedeció los suyos con la punta de la lengua.

—Señora directora, está usted tan cerca que no me deja realizar mi trabajo.

Inés se rio ante el comentario. Prefería soltar una carcajada a un suspiro de excitación.

—Perdone, señorita Escudero. Ahora me aparto y le dejo volver a sus quehaceres.

Mantuvieron la mirada. Aumentó su deseo y Lina olvidó por un momento lo triste que estaba segundos antes.

Un ruido en el almacén rompió el momento tan íntimo que tenían.

—¿Todo bien? —preguntó Lina, acercándose un par de pasos.

—Sí. Se ha caído la caja de los lazos —explicó a gritos.

—A veces es un poco torpe la chica —bromeó Lina. Risas silenciosas por el chiste tan malo que se acababa de inventar.

—Nos vemos más tarde —ordenó Inés en un susurro, mientras le acariciaba la mano que tenía sobre el mostrador.

Lina asintió con una sonrisa.

Las horas pasaron lentas.

A Lina y a Sofía les quedaban bastantes cosas pendientes de la lista. No tenían la obligación de hacerlas todas, pero quería avanzar lo máximo posible.

A última hora, justo cuando ya estaban ultimando los detalles para cerrar, Sofía se acercó a Lina.

—¿Ya estás mejor? —lo preguntó con tanta dulzura que solo pudo hacerla sonreír.

—Sí. Estoy mejor, gracias por preocuparte.

Lina notó que quería hablar de algo más, pero por alguna razón no se atrevía. Ella decidió dar el primer paso.

—Venga, cuéntame. Llevas toda la tarde muy callada, y eso no es propio de ti. Solo conozco dos motivos que te hagan estar en silencio: Tomás y Ana Belén. Como no veo a la encargada por aquí, imagino que es por Tomás. ¿Ha pasado algo?

—Para nada. Lo del pícnic ha sido extraño. Me ha sorprendido, no te voy a mentir, pero al final resultó muy divertido.

—¿Entonces...? —Lina esperó paciente a que su amigase atreviera a responder.

—He hablado con Tomás. Por fin me ha contado los secretos de su pasado.

—Vio en los ojos de Lina que estaba dispuesta a escuchar sin juzgar—.

Todavía lo estoy entendiendo. Nunca había conocido a una persona que tuviese…

esos gustos. Sinceramente, no esperaba que Tomás fuese uno de ellos.

Pero hay una cosa que sí entiendo y que tengo muy claras: le quiero. Con eso basta, ¿no?

—¿Cómo que basta? ¡Eso es lo más importante! Mira, esto es muy sencillo. Tú cierra los ojos —ordenó.

Sofía obedeció al instante.

—Empieza a decirme todas las cosas que te gustan de Tomás, todo lo que te enamora de él.

A pesar de que Sofía no pudiese verla, Lina preparó los dedos para ir contando todo lo que ella dijese.

—Pues… que es atento, cariñoso, me cuida, con él me siento especial, es muy divertido, puedo hablar de cualquier cosa, me hace sentir única, cuando me toca siento cosas en el estómago, y cada vez que nos besamos… es como si mis pies se alejaran del suelo.

—Vale, vale… puedes abrir los ojos. —Su amiga sonrió satisfecha—.

Atento, cariñoso, divertido, todo lo que te hace sentir…

—fue repasando con los dedos cada cosa que había dicho hasta que las dijo todas—.

En ninguna de ellas has hablado de su físico.

—Le dejó unos segundos para que lo comprendiera—.

Tomás es igual que tú. En ti solo ve todo lo que le haces sentir, independientemente de que seas una mujer o un.

.. —bajó la voz, aun sabiendo que no había nadie—hombre.

Es lo maravilloso del amor: que solo se centra en lo que hay en el interior. Lo de fuera no es más que un adorno.

—Muy bonito, por cierto —añadió divertida Sofía—. Así lo entiendo mejor. Creo que tienes razón. Es más importante lo que sentimos el uno por el otro que su pasado.

—Eso es. —Elevó las manos al cielo, agradecida de que por fin lo entendiese.

Terminaron de cerrar. En la puerta, Sofía seguía dándole vueltas al tema.

—Imagino que habrá muchísimas personas como Tomás, ¿no crees?

—Estoy segura. Y en casos muy diferentes al suyo.

En esto del amor… no hay una historia universal que contar, no hay una única manera de hacer las cosas.

Lo único que permanece, lo único que se mantiene sin tener en cuenta el sexo, la procedencia, la raza…

es que, si amas, lo haces con el alma entera.

Porque el amor verdadero no entiende de etiquetas ni de normas, solo de corazones que se reconocen, que se eligen y se cuidan. Amares igual para todos.

Tuvo la tentación de aprovechar ese momento para contarle su relación con Inés. Pero prefirió dejarlo para otro día. Sabía que lo aceptaría sin problema, solo que hoy ya había hecho grandes esfuerzos por entender todo lo referente a Tomás.

Se despidieron con un rápido abrazo y cada una comenzó su camino.

Las palabras de Lina le habían ayudado a aceptar la situación. Se sentía más segura, más tranquila. Una duda la asaltó: ¿Por qué ella sabía tanto del tema?

Lina miró su reloj, pero ya era tarde para ir a comprar alguna cosa para la cena. Tendría que conformarse con lo que hubiera en casa.

Cuando metió la llave en la cerradura, comprobó que el cerrojo no estaba echado. Inés debía de haber llegado antes.

Un olor delicioso le reafirmó sus sospechas. Dejó sus cosas en el perchero de la puerta y fue directa al lugar de donde salía ese aroma que alimentaba. Se detuvo unos segundos en la puerta. Quería deleitarse con la preciosidad que tenía delante.

Ver a Inés en las pequeñas tareas domésticas le parecía adorable. Sobre todo, porque siempre había tenido servicio. Así que esas tareas las realizaba de forma un poco torpe.

—¿Has llegado pronto? —preguntó entrando en la cocina para besarla.

—La ocasión lo merece o… ¿Pensabas que no me iba a esforzar en esta cena?

—Inés, no es necesario. Solo tenemos que mantener una conversación y cerrar cualquier cosa que haya quedado abierta.

Inés se acercó de nuevo, rozó su nariz con la de ella.

—Lo sé. Pero me apetece.

Esas palabras llamaron a la sonrisa de Lina.

—A mí me apeteces tú. —Abrió la boca para besarla de una manera más pasional.

Inés se alejó con un movimiento rápido.

—Tendrás que esperar. —Sonrió divertida—. ¿Querías hablar, no? Pues lo haremos después de cenar. —Inés abrió el horno para comprobar cómo iba su plato estrella—. Siéntate, que te cuento todo lo que hemos pasado para denunciar a Severiano.