Partida #4
—¿Alguna vez te has pasado pidiendo o te has quedado corta? —preguntó, muy seria.
—Mmm… que recuerde, no. Bueno, una vez nos quedamos sin pañuelos. Pero fue porque vino un grupo de inglesas y les gustaron todos los que tenían estampados.
Candela iba a lanzar otra pregunta cuando la campana de la puerta se le adelantó. Sofía llegaba un poco antes de su turno.
—¡Hola, chicas! He venido un poco antes, por si os apetecía comer juntas. Sé que os marcháis esta tarde y me apetecía mucho despedirme de vosotras.
Clara y Candela soltaron un: ¡Oooh!
Lina miró su reloj. Después miró a todas sus compañeras con complicidad.
—Quedan diez minutos. Solo diez minutos —dijo, dirigiendo sus ojos a Candela. La miraba como una niña pequeña implorando un favor.
Sus compañeras la imitaron.
—En diez minutos no va a llegar nadie —dijo Clara.
—Son solo diez minutos… —añadió Sofía.
Candela intentó mantener la seriedad. No era nada fácil, pues todas sus compañeras estaban adorables.
—Vale. Coged las cosas y vámonos. Si alguien pregunta, hemos cerrado a la hora.
Risas de júbilo inundaron la tienda. Una vez listas, salieron por la puerta. Allí las esperaba Tomás con una cesta de pícnic.
—Cariño, ¿qué haces aquí? ¿Y esto? —Sofía no entendía lo que estaba pasando.
—No sé… He llegado al bar para decirle a Espe que os reservase una mesa y me ha dicho que no. Se ha metido en la cocina y, al rato, ha salido con todo esto preparado.
Sofía miró con desaprobación a Tomás. Le había encargado una tarea muy sencilla y no había sido capaz de cumplirla.
Detrás de ella, sus compañeras habían entendido perfectamente la intención de Esperanza.
Lo que no terminaban de saber era si ese ges to tan bonito era para e vitar ver a Lina, o para que no tuviese que estar en la tesitura de ir a su bar a espaldas de Inés.
—No me mires así, solo soy el mensajero —dijo Tomás levantando la cesta—, y por lo que parece, el repartidor también.
Candela interrumpió la conversación:
—Qué buena idea ha tenido tu jefa. No hay mejor manera de despedirse de Barcelona que haciendo un pícnic en la playa.
—A mí me encanta la idea —añadió Clara, cogiendo la cesta.
Lina se la arrebató de las manos mientras le agradecía a Tomás el gesto.
—Dale las gracias a Espe de nuestra parte.
Tomás miró a Sofía, victorioso. Si todas estaban tan contentas con el cambio de planes, su novia también debía de estarlo.
Sofía le sacó la lengua a modo de burla para que borrase esa sonrisa triunfal.
Objetivo cumplido, pero solo porque Tomás la cambió por lanzarle un beso. Las chicas fijaron rumbo a la playa.
En ese preciso instante, otra persona también trazaba un rumbo, pero muy diferente.
Mireya cogió un taxi para ir a ver a José.
Durante el trayecto, tuvo serias dudas sobre si pedir al conductor que diese la vuelta.
Una voz interior le decía que ella tenía algo que ver con lo sucedido.
Una vez en el hotel, delante de la puerta de la habitación de José, cerró los ojos y se convenció de que era lo mejor.
Con cierto temor, llamó a la puerta con los nudillos.
—Está abierta —escuchó decir desde el interior.
Con miedo a lo que se podía encontrar, abrió la puerta. Lo primero que vio fue a José tumbado en la cama, descamisado, con un corte en el labio, unos puntos en la ceja y varios moratones por el cuerpo.
Una oleada de pena inundó su corazón.
—José… ¿Qué te ha pasado? —preguntó casi en un susurro.
—Digamos que… quise olvidar sentimientos a base de mucho whisky y malas decisiones —bromeó.
—No me digas que… ¿te peleaste?
José torció el gesto. Quizás había sido demasiado directo. Pero los analgésicos y el dolor habían tirado por tierra cualquier ápice de sutileza que le quedaba.
—No fue mi intención. Solo fui a un bar, a ver si el alcohol sabía tan mal como yo me sentía… Por cierto: sí. Yde paso, descubrí que mandar callar en estado de embriaguez no es buena idea cuando hay tipos con brazos más grandes que tu futuro.
—¡Pero qué locura! —Mireya no podía creer lo que escuchaba ni lo que presenciaban sus ojos. Se sentó a los pies de su cama—. ¿Fuiste al hospital?
—Creo que alguien me encontró y me llevó al hospital —intentó quitarle hierro al asunto, pero por la cara de Mireya no lo estaba logrando—. No te preocupes, Inés no se separó de mi lado en toda la noche.
Mireya se llevó una mano a la frente y suspiró largo. Miró al suelo un momento antes de volver a mirarle a los ojos.
—José, no puedes hacerte daño por mí. No puedes perderte así. Tú… tú tienes una vida hecha. Una mujer que te ama. ¿Te acuerdas de eso?
—Me acuerdo… aunque la verdad es que durante un tiempo qui-se olvidarlo. Contigo me sentí distinto. Como si el mundo tuviera otra versión. Una más luminosa, más libre. Pero más imposible —se puso serio y bajó la mirada para no tener que afrontar sus ojos.
—Yo también lo sentí. Pero lo nuestro no podía ser. No sin hacer daño… yo ya no quería seguir rompiéndonos. Ati. A ella. A mí. —Mireya se acercó un poco más a él, pero no demasiado.
—Lo sé. Pero dolió igual. Cuando nos besamos en esa playa, pensé que… tal vez había una última oportunidad. Luego, me dijiste que habías elegido a Antonio… no supe qué hacer con todo lo que me quedaba adentro.
—Antonio es atento, me cuida y se preocupa por mí. Además, poco a poco he ido sintiendo por él lo que en su día pude sentir por ti.
—Eso es lo que mereces, Mireya. Y lo sabes. Yo… solo fui una lo-cura bonita…algo pasajero. —José hizo esfuerzos por controlar sus ganar de llorar.
—No. Fuiste algo importante. Muy importante—recalcó—. Pero a veces no es el momento adecuado para que sucedan las cosas.
Se miraron en silencio por unos segundos. No había reproche. Solo una especie de paz que empezaba a asomar.
—He hablado con Paloma para contarle esto.
—Su mano apuntó a su rostro—. Antes de decírselo, me dijo que me extraña.
Que quiere que volvamos a intentarlo, sin medias tintas.
Que si tengo las cosas claras, olvidará el pasado por el bien de un futuro juntos.
Y, por primera vez, no me sentí atrapado. Me sentí… agradecido.
—Esa es tu historia, José. Tu casa, tu gente. Yo solo fui una tormenta que pasó por allí. —Las lágrimas estaban a punto de asomar, pero logró controlarlas.
—Una tormenta preciosa, eso sí —añadió con una media sonrisa.
—Prométeme que vas a cuidarte. Que no vas a volver a beber hasta olvidarlo todo.
—Lo prometo. —Se llevó una mano al corazón.
Mireya se levantó para sentarse más cerca aún de él. Lo que quería decirle era muy importante y necesitaba acortar distancias.
—Prométeme otra cosa. —Aguardó un par de segundos para ver la afirmación en su rostro—. Cuando mires a Paloma, mírala con los mismos ojos con los que me miras a mí. Con deseo, con ternura, con asombro. Ella se lo merece. Y tú también.
—Lo haré. Y tú… prométeme que vas a ser feliz. Con Antonio o con quien sea.
—Lo prometo —contestó tras unos segundos de reflexión.
Se hizo un silencio. Ambos sabían que esa conversación tenía que llegar, y tras tenerla, se sentían más tranquilos. Se sentían en paz.
—Entonces —José rompió el silencio—, aquí termina nuestra historia. Sin rencores, sin reproches. Solo con la certeza de que nos quisimos… aunque fuera a destiempo.
—Con cariño. Siempre con cariño —su voz no podía sonar más dulce.
—Adiós, Mireya — su voz era una mezcla entre tristeza y tranquilidad.
—Adiós, José. —A pesar de la despedida, lo dijo con una calidez como nunca antes.
Se quedaron unos segundos en silencio, mirándose. Luego Mireya se levantó para irse de la habitación. Una última mirada cargada de tristeza superada, de felicidad por lo que pudiera venir y, sobre todo, de cicatrices cerradas.
Cuando Mireya se marchó, José se recostó en la cama y cerró los ojos. Por primera vez en mucho tiempo, parecía respirar en paz.
Inés y Ana Belén pasaron horas en el cuartel.
Muchas más de las esperadas. Los agentes leyeron toda la documentación, tomaron nota de sus explicaciones, les hicieron preguntas por separado y, después, juntas.
Les costaba creer que una de las estafadoras denunciase junto a la persona estafada.
Tras muchas aclaraciones y después de hablar con distintos agentes, lograron hacerse entender.
Estaba claro que no estaban acostumbrados a que les dieran el trabajo tan hecho.
Finalmente, las palabras del comisario las tranquilizaron:
—Siento que este proceso haya sido tan largo y tedioso, pero han de comprender que debemos contemplar todas las opciones posibles.
No podemos creernos lo que nos cuentan dos mujeres a la primera de cambio.
Sobre todo, cuando hay temas… tan personales de por medio.
—Abrió la carpeta con toda la documentación entregada—.
Pero ustedes nos han facilitado pruebas más que suficientes para corroborar su versión de los hechos.
Ya he designado a un par de agentes para que estudien el caso en profundidad.
En unas horas se personarán en casa del señor Gómez y procederán a la detención.
Cuando esto ocurra, me pondré en contacto con ustedes.
—El comisario se levantó, dando por finalizada la conversación de forma unilateral—. Ya pueden marcharse.
Inés tenía tantas ganas de salir de ese lugar que decidió no debatir muchas de sus alegaciones. Se limitó a asentir y marcharse. Ana Belén hizo exactamente lo mismo.
Una vez en la calle:
—Tómese el resto de la tarde libre. Ha sido una experiencia bastante extenuante. Si no tuviese asuntos que atender, créame que yo también me iría a casa.
—Muchas gracias. La verdad es que tengo dolor de cabeza de repetir lo mismo. Por un momento, me dio la sensación de que no nos creían —comentó, indignada.
—Sí. Tuve la misma sensación. Pero vamos a dejar ese tema, que me enervo solo de pensarlo. Mañana pásese por la oficina antes de abrir la tienda, ¿de acuerdo?
—Así lo haré —prometió Ana Belén.