Juntas en Barcelona Partida #3
89%

Partida #3

—Ya tengo toda la documentación para poder acusar a Severiano de estafa y de robo. Ana Belén vendrá conmigo a poner la denuncia. Ella me ha aportado unos documentos que son la prueba de que Severiano era quien estaba detrás de todo este enrevesado plan… y que ella solo era el chivo expiatorio.

Lina no podía creer lo que estaba escuchando.

—Pero… ¿ella no sabía nada? —preguntó, intentando entenderlo.

—Según me ha contado, le estaba ayudando a conseguir dinero. Su mujer, como sabes, está en el hospital, y al parecer la convenció de que los gastos médicos eran superiores a sus ahorros. Ella, como mujer enamorada, hizo lo que él le pidió.

—A ver… a ver… que yo me aclare. ¿Ana Belén, la amante, ayudó a que Severiano estafara a la empresa para conseguir dinero y pagar las facturas de su mujer enferma? —intentó simplificarlo todo en una frase, pero ni a ella le sonaba coherente.

—Por mucho que nos sorprenda, así es.

—No esperaba que Ana Belén fuese tan… tan…

—¿Cegada de amor? —Inés intentó completar su frase.

—Iba a decir tonta, pero lo tuyo es más bonito.

La sinceridad de Lina provocó un momento de risas entre las dos. Inés rodeó la cintura de la mujer que tenía enfrente.

—¿Sabes? Entiendo un poco a Ana Belén. —Rozó su nariz con la de Lina.

—¿Por qué?

—Porque estos días sin tenerte, me he dado cuenta de que haría cualquier cosa por ti.

—¿Sabes qué? —Inés levantó el mentón y sonrió a modo de res-puesta—: Que estas noches lejos de tu lado han sido de las más duras de mi vida. No quiero que se vuelvan a repetir.

Lina le apartó un mechón rebelde de los ojos y la besó en los labios.

—Bueno, creo que debemos seguir con el trabajo —dijo Inés antes de darle una palmadita en el trasero.

—Yo también lo creo. Hay muchas cosas que quedan por hacer.

Las dos se levantaron de la mesa y fueron hacia la puerta. Lina estiró la mano para girar el picaporte, pero se detuvo un segundo antes, solo para recoger un beso de esos labios que tanto había echado de menos. Conteniendo las risas y las ganas de repetir la escena, salieron del allí.

—Si ha terminado, por mi parte podemos irnos —dijo Inés, componiéndose. Ana Belén dio un paso para entregarle el papel a Candela, pero antes de dar el segundo se replanteó su decisión. Cambió de dirección hacia Lina.

—Sé que son muchas cosas, pero haga lo posible por completar la lista.

Si no, continúe mañana —le dedicó una sonrisa.

Lina se quedó atónita. Nunca antes le había hablado en un tono tan jovial, tan amable.

Tampoco le había dejado una tarea sin ordenársela con frialdad y pequeñas indirectas que solían hacerla sentir mal.

—Lo haré todo, no se preocupe —consiguió decir bajo la mirada de sus compañeras.

—Muchas gracias.

Desde ese momento, hasta que las dos salieron por la puerta, reinó el silencio. Cuando la campana anunció la salida de las superiores, Candela, muy contenta, miró a Lina:

—Menudo cambio.

—La verdad es que sí. Nunca imaginé que pudiésemos limar asperezas —confesó Lina, con cierto temor de que lo que acababa de ocurrir fuese solo un sueño.

—Bueno, entiende que ya hay más confianza. Llevas más tiempo en la tienda y ella ha podido ver tu valía —añadió Clara.

—En eso llevas razón. Además, hablé con ella. —Candela temió la reacción de Lina.

Era plenamente consciente de que su amiga le había pedido que no hiciese tal cosa, pero su instinto protector había sido más fuerte. El rostro de Lina mostró claramente la desaprobación que Candela esperaba.

—No me mires así —la regañó—. Sabías perfectamente que no me iba a aguantar. Eres mi amiga, y me preocupo por ti. Fin de la conversación.

Lina reflexionó unos segundos. Luego, sin decir nada, abrazó a su amiga. Clara, que se había quedado a un lado, sonreía. Lina abrió más los brazos para incluirla.

—Si es que tengo unas amigas que son unos tesoros —dijo desde el corazón.

Mientras tanto, en las oficinas…

—Buenos días, doña Inés —saludó Nieves, cargando una pila de carpetas. Ana Belén corrió a socorrerla.

—Déjeme que le ayude.

Inés, extrañada de que su secretaria más veterana hiciera ese tipo de trabajo tan físico, preguntó:

—¿Mireya no puede ayudarle con eso?

Antes de que pudieran responderle, Mireya entró por la puerta con dos cajas llenas de documentos. Inés lo entendió todo y deseó retirar la pregunta, aunque, como no podía, la enmascaró con otra.

—¿Qué es todo esto?

—Son los contratos de los nuevos empleados, las hojas ya prepa-radas para hacer inventario, futuras nóminas… —Nieves notó que se estaba extendiendo y decidió acortar—. Hemos adelantado trabajo.

Inés agradeció la brevedad con una sonrisa.

—Perfecto. Una cosa que quería comentarles, aprovecho que estáis las dos. Hoy, especial atención al teléfono. José no puede venir a trabajar. Es más, puede que se ausente unos días. He hablado con Miguel Ángel, el nuevo encargado del almacén. Si tiene alguna duda con la documentación, llamará aquí.

—¿Qué le ha pasado? —preguntó Mireya, intentando disimular su preocupación.

Inés imaginó lo que había detrás de esa pregunta. Pudo ver en sus ojos una inquietud real por él. Pero no quería dar más explicaciones de las necesarias.

—Anoche tuvo un pequeño accidente. Si necesitan su ayuda, pueden llamarle al hotel.

Mireya respiró tranquila. Echó un vistazo para comprobar que su agenda con todos los números estaba sobre la mesa.

—Nieves —continuó Inés—, cuando termine lo que esté haciendo, venga a mi despacho, por favor.

—En un momento estoy ahí —respondió, apilando las carpetas en su mesa.

Inés invitó a Ana Belén a entrar en la cocina.

—¿Quiere un café o prefiere una tila? En su lugar, estaría nerviosa.

Ana Belén dudó unos segundos. Después de la noche anterior, tras la visita sorpresa, las cosas estaban más que claras. Se sentía en calma.

—Un café. Hoy estoy muy tranquila.

—¿Hoy? —Inés le dio pie a hablar con libertad. Ana Belén asintió y esperó a que dejara las dos tazas sobre la mesa para comenzar.

—Anoche tuve una visita inesperada. —Inés levantó una ceja. La encargada sabía que no le sorprendía en absoluto—. Él vino a tantearme. Me dijo que verse con la otra había sido un error muy grande, que no buscaba mi perdón, solo quería que supiera la verdad.

—¿Le creyó?

—Ni por un segundo. Si le soy sincera, escuchar lo que siempre has deseado puede evocar recuerdos muy bonitos, que hagan tambalear hasta las convicciones más firmes. Pero el daño provocado supera, con creces, los buenos momentos vividos con él.

Inés respiró aliviada. Por un segundo pensó que todo el plan se iba a desmoronar. Una duda le asaltó.

—Pero… ¿le ha dicho lo que pensamos hacer?

—No se me ocurriría. Ese hombre tiene contactos suficientes como para evadirla justicia si se le pone sobre aviso. Solo… —su tono se volvió más coloquial— le monté una encerrona sin montar escándalo cuando supe que estaba con otra mujer.

Inés no pudo contener una carcajada de asombro. La persona que tenía delante era una auténtica caja de sorpresas. Nunca imaginó que fuese capaz de dejar las formalidades a un lado y montar un espectáculo.

—Eso me lo tendrá que contar en otro momento. Lo importante es: ¿cómo está?, ¿preparada?

La decisión estaba tomada y no albergaba dudas.

—Por mí, salimos ya mismo —dijo, dejando la taza sobre la mesa. Inés levantó la mano para frenar su entusiasmo.

—Antes quiero repasar toda la documentación con usted y con Nieves.

El rostro de Ana Belén se desencajó. Se volvió pálido al descubrir que su secreto era conocido por la secretaria.

—No se alarme —intentó calmarla—. Ella me ha ayudado desde el principio a desentrañar este plan que montasteis… perdone, que montó Severiano —rectificó—. No hay nadie mejor que ella para este tipo de cosas. Confío plenamente en su profesionalidad y, sobre todo, en su discreción.

Ana Belén volvió a tomar la taza y le dio un pequeño sorbo. Tenía sus reservas, pero esas palabras la habían convencido.

Finalizados los cafés, se encontraron con Nieves camino al despacho.

Una vez dentro, Inés explicó las novedades.

Juntas repasaron toda la documentación. Como siempre, Nieves se había adelantado y a primera hora ya estaba en el banco para recoger la documentación de la caja fuerte.

La ordenaron por fechas y la completaron con la aportación de Ana Belén.

Cuando todo estuvo bien atado, Inés practicó el discurso que ambas darían ante la Guardia Civil, corrigiendo pequeños errores que podrían causar problemas mayores en el futuro.

Con todo preparado, salieron con una misión muy clara: Hacer justicia.

Mientras, en la tienda…

Un repartidor entregaba el pedido que Inés había dejado encargado.

—La verdad es que tener el almacén tan cerca hace que todo sea más fácil —comentó Lina, mientras colocaba las tallas de unas blusas.

—Pues como siempre, ¿no? —preguntó Clara, extrañada.

—Como siempre para vosotras. Desde que estoy aquí, he tenido que ingeniármelas para prever las ventas. Todo hay que pedirlo con más antelación, porque las cosas tardaban varios días en llegar.

Candela la escuchaba con mucho interés. Si quería continuar abriendo tiendas o apoyar a las ya existentes, debía conocer todos esos detalles que complicaban la labor de las dependientas y encargadas.

—¿Y cómo lo resolviste? —Fijó sus ojos en los de su amiga, quería guardar en su memoria hasta el más mínimo detalle.

A Lina le sorprendió la pregunta. En temas de tienda, era Candela quien solía tener todas las respuestas.

—Pues… —empezó con dudas, pero al ver el interés de su amiga, se soltó—. Primero miré el libro de ventas para saber qué era lo que más se vendía aquí. Por cierto, son los vestidos de media pierna y mangas cortas… Debe ser por el calorcito de la playa.

—Lina, céntrate —la interrumpió Candela. Lina sonrió divertida. Le encantaba tomarle el pelo a su amiga y sacarla de sus casillas con tonterías. Candela, riendo, repitió la frase:

—Céntrate… haz el favor.

Lina, victoriosa, continuó explicando todos los pasos que había seguido.