Partida #2
Los gemidos y respiraciones profundas eran lo único que se podía escuchar en esa habitación. Poco a poco el silencio tuvo que marcharse para dejar paso a las exaltaciones de placer que se estaban produciendo.
Los movimientos cada vez más rápidos, más intensos, más profundos, más excitantes, más…
Una corriente de placer les recorrió el cuerpo entero llevándolas al orgasmo. Dos gemidos que sonaron como uno solo fueron el eco final de un deseo contenido. De una rendición, de una entrega de dos amantes.
—Inés, no se me ocurre nada malo sobre lo que acaba de ocurrir, pero… —se puso de lado para poder mirar los ojos que tanto había echado de menos— creo que tenemos una conversación pendiente. ¿No crees?
Inés sonrió. Tenía razón, pero en ese momento, tras su preciada reconciliación, no le apetecía recordar los motivos (aunque ya menos pesados) que habían provocado una grieta entre ellas.
—Te propongo una cosa —empezó a decir Inés mientras le acariciaba la mejilla con el envés de sus dedos—.
Esta noche, cenamos aquí en casa. Solo las dos, sin que nadie nos moleste.
Quiero tenerte para mí sola —susurró como si fuese un secreto.
Lina abrió la boca para contestar. Lo que escuchaba era muy tentador, pero prefería no esperar para aclarar las cosas.
Inés, al prever sus intenciones, se anticipó a decir—: Estaremos más tranquilas, habrá vino, cenaremos con calma y.
.. —Se fue acercando más a sus labios con cada palabra.
Se detuvo antes de añadir—: Este será el postre.
—La besó dulcemente. Sentir la suavidad de los labios de Inés, incluso después del momento tan íntimo que habían tenido, le resultó tan placentero que fue incapaz de articular una sola palabra.
Solo tenía fuerzas para asentir. Unieron sus frentes y respiraron hondo.
Ese pequeño gesto les proporcionaba paz, calma…
era como si sus almas estuviesen unidas debido a ese leve contacto, a esa conexión.
—Creo que deberíamos vestirnos —dijo Inés con una expresión de fastidio en su rostro.
Habría cambiado toda su fortuna por pasar unos minutos más disfrutando de su compañía. Pero debía conformarse con lo que tenían. El día se presentaba con muchos temas pendientes. Además, todo resultaba más sencillo sabiendo que estaban bien.
De camino a la tienda, Inés puso un poco al día a Lina. Le contó dónde había pasado la noche y todo lo sucedido con José.
—Más tarde volveré a la tienda. Dile a la encargada que me pasaré a buscarla para ir juntas a la oficina a por todos los documentos.
Lina asintió, extrañada. Le faltaban datos sobre esa historia. Inés debió de leerle el pensamiento, porque añadió:
—Si tardo poco en hacer las gestiones en el almacén, te cuento antes de irme.
Inés acompañó esa frase con un gesto que a Lina le volvía loca: le guiñó un ojo y le dedicó media sonrisa.
Lina entró en la tienda. Nada más sonar la campanita, sus compañeras se giraron para ver quién entraba.
Al ver su sonrisa, capaz de iluminar toda la tienda, supieron que la reconciliación había tenido lugar.
A juzgar por la tranquilidad que transmitía su amiga, de una manera muy potente.
—Bueno, bueno… por lo que veo, todo solucionado, ¿no? —Can-dela bajó la voz para que la encargada no las escuchase.
—Sí, todo solucionado. A ver… nos queda una conversación pendiente, pero… sí. —Lina no podía borrarla sonrisa de su rostro.
Clara le daba vueltas a las palabras de Lina, hasta que no pudo más y preguntó:
—¿Entonces qué habéis hecho todo este rato?
Candela y Lina no pudieron contener las carcajadas. Clara tardó unos segundos en ser consciente de qué era tan gracioso.
—Qué tonta… Pues claro… ¿qué habéis hecho? De todo menos hablar, normal. —Ella misma se rio de su inocencia.
Lina, entre risas, no pudo evitar decirle:
—Menos mal, amiga, porque no pensaba explicarte lo que hemos hecho.
Las risas podían escucharse por toda la tienda. Por suerte, Ana Belén estaba en el nuevo despacho colocándolo todo a su gusto y no fue consciente de lo que sucedía fuera.
Inés llegó al almacén. Los operarios se habían puesto al día.
Era sorprendente el cambio que había dado ese lugar en tan poco tiempo.
Nunca habría imaginado que ese edificio diáfano, lleno de periódicos viejos, podía convertirse en un almacén tan bien aprovechado, con capacidad de abastecer a tantas tiendas.
Las estanterías estaban aprovechadas hasta el más mínimo rincón.
Los carteles de distribución, claros y concisos; las carretillas, apiladas y listas para usarse.
Mientras unos limpiaban y daban los últimos retoques, otros estaban adecentando unas viejas cajas de madera para poder usarlas en un futuro.
La jefa elevó la vista. Recordaba el currículum del encargado, pero no su rostro.
Tras observar detenidamente a la plantilla, pudo ver cómo muchos operarios preguntaban a un hombre con chaqueta marrón y corbata. No había dudas: ese debía ser.
—Buenos días, soy Inés de la Corte —dijo con la voz más seria posible.
El hombre, sorprendido por encontrársela de frente, se limpió la mano en la parte trasera de su pantalón antes de estrechársela.
—Miguel Ángel. Mucho gusto.
A Inés le pareció ver una leve reverencia. Se le veía muy nervioso, demasiado para una persona con la experiencia que, en teoría, tenía.
—Siento ser portadora de malas noticias el primer día: José no podrá venir hoy a trabajar. Anoche… —buscó la manera menos informativa de decirlo— tuvo un ligero percance que le mantendrá ausente durante un par de días. Espero que usted sea capaz de hacer que todo esto funcione sin él.
—Descuide, señora, José me puso al día. Tengo apuntados los artículos que vendrán hoy.
Conozco la distribución y las normas para que las prendas no se dañen.
Vea —dijo antes de sacar un papel de su bolsillo.
Le mostró un papel doblado y algo sucio, donde tenía apuntadas muchas indicaciones.
No parecían llevar ningún orden, pero Inés pudo identificar ciertas normas de seguridad que tenían en los almacenes de Ciudad Real.
Satisfecha, sonrió al ver que, de una manera poco ortodoxa, el encargado tenía todo controlado.
—Muy bien. Si tiene alguna duda, o surge algún problema que precise de la atención de José, aquí tiene el teléfono del hotel. Le he apuntado por detrás el número de habitación.
Miguel Ángel asintió. Volvió a limpiarse la mano antes de coger la tarjeta.
—No será necesario, pero gracias —dijo con una sonrisa que le transmitió mucha tranquilidad.
—Por cierto, tenga esta lista de productos. En cuanto lleguen, necesito que alguno de sus trabajadores los lleve cuanto antes a la tienda. Ayer se vendió más de lo esperado y estamos escasos. —Le facilitó la hoja impoluta sacada de su agenda.
—Así lo haré. —Tuvo la intención de doblar el papel, pero se retractó en el último momento. Lo mantuvo en sus manos de manera que su piel lo tocase lo menos posible. Inés sonrió al ver el detalle. Le dio la sensación de que aprendía rápido.
—Muchas gracias. Si necesita algo, no dude en llamar a ese número o a las oficinas.
Inés se despidió antes de salir del almacén.
Después, sus pasos decididos caminaron el trayecto hasta la tienda.
Había pasado cerca de una hora desde que se despidió de Lina, pero ya la echaba de menos.
Cogió aire antes de abrir la puerta, pues, aun sabiendo que Lina habría puesto al día a sus amigas, ella debía mantener su actitud y, sobre todo, su pose de directora.
—¡Buenos días!
—¡Buenos días! —respondieron Candela y Clara casi al unísono.
Inés pudo ver en los ojos de Candela que sus sospechas eran ciertas. La sonrisa de Clara no dejaba lugar a dudas. Inés intentó hacer como si nada, pero no pudo evitar que una sonrisa traviesa de complicidad se escapase al ver su aprobación.
— ¡Buenos días, doña Inés! —saludó Lina saliendo del almacén con varias prendas de caballero en sus manos.
—¡Buenos días, señorita Escudero!
Sus ojos conectaron. Esa mirada duró más de lo que solía durar en un saludo habitual. Pero en esa ocasión no importaba, pues todas las de esa estancia eran conocedoras del lazo que las unía y podían desquitarse a gusto. Volviendo a la realidad:
—¿Dónde está Ana Belén? —preguntó Inés al aire para que cualquiera de sus empleadas respondiese.
—En su despacho —contestó Clara—. Ahora mismo la aviso. Inés sonrió, agradecida. Tras marcharse, buscó la mirada de Candela.
—No era necesario que vinieseis a trabajar hoy. Volvéis a Ciudad Real esta misma tarde. Deberíais estar haciendo la maleta o algo de turismo.
—No se preocupe, doña Inés, sospechábamos que Lina nos necesitaría en la tienda. —Candela miró a su amiga con complicidad.
—Me alegro de que os hayáis quedado. Era… —se acercó por si aparecía la encargada— necesario solucionar...
Lina hizo un sonido con la garganta para avisar que la encargada entraba en la tienda. Inés rápidamente cambió de tema.
—Solucionarle el tema del chófer. Para que os venga a buscar y podáis volver al hotel a prepararlo todo. Eso sí, pasad por la oficina antes para despediros. ¿De acuerdo?
—Así lo haremos, doña Inés.
Sin ser consciente, Inés cambió la expresión corporal de su cuerpo. Ya no estaba en confianza. Miró con seriedad a Ana Belén.
—Necesito su despacho para comentarle unas cosas a Lina. Deje anotadas todas las tareas que quedan pendientes, para que, entre Sofía y ella, las vayan realizando a lo largo del día.
Ana Belén, muy seria, sacó un papel de debajo del mostrador. Inés le hizo un gesto con la mano a Lina para que entrase en el almacén. Una vez en el despacho de la encargada, Inés se apoyó en la mesa mientras Lina cerraba la puerta con cuidado.
—Ven —ordenó Inés con su voz más dulce. Lina obedeció y recibió el beso de su amada.
—Bueno, ¿me cuentas qué ha pasado?