Juntas en Barcelona Partida
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Partida

El beso curó la rabia del primer momento, sanó parcialmente las heridas, evitó que sangrasen por más tiempo.

Pero aún quedaba mucho camino por recorrer.

Ambas deseaban hacerlo. Tenían la necesidad de que todo volviese a la normalidad, pero el pasado pesaba como una losa que les dificultaba dar rienda suelta a lo que sus cuerpos necesitaban.

Ambas sentían que había pasado mucho tiempo, demasiado, desde la última vez que se miraron sin rabia, sin orgullo de por medio. El perdón no se había pronunciado, pero flotaba en el aire.

Inés bajó la mirada por un segundo, como dudando si era el momento. Lina, en cambio, dio el paso. Deseaba rozar su mano. Solo un toque suave, casi tímido, que bastara para abrir la puerta a lo que ninguna se atrevía a decir.

El silencio pesaba, pero ya no dolía. Era un silencio nuevo, lleno de cosas no dichas pero entendidas.

En segundos se transformó, se volvió cómplice.

Los ojos se buscaron de nuevo, esta vez sin reservas.

Entonces, sus cuerpos se acercaron aún más.

Casi podían tocarse. No hubo palabras, ni preguntas.

Solo una proximidad inevitable, cargada de deseo retenido.

El primer contacto fue una caricia sutil, apenas los nudillos rozando la línea de la mandíbula de Inés, como quien toca algo que ha estado demasiado tiempo fuera de su alcance. El gesto fue devuelto con un suspiro y una leve inclinación de cabeza, dando permiso a sus dedos para proseguir su camino.

Los labios no se buscaron de inmediato. Esa necesidad ya había quedado atrás. Ahora era el momento de afrontar otras cosas.

Sus miradas se sostenían más de lo habitual. Las manos empezaron a hablar por ellas. Los dedos continuaron recorriendo el contorno del rostro de Inés con lentitud.

Inés se aferró con cuidado a la cintura de Lina, como buscando anclarse. Después se deslizó por la espalda, lenta, reconociendo territorios familiares. Sus frentes se tocaron por un instante, como si quisieran alinear sus almas. El cuerpo entero hablaba. Decía: te he echado de menos.

El segundo beso fue suave. Sus labios se movían como si contaran una historia. La historia de unos sentimientos, de un dolor, de un temor. Todo ello sin una sola palabra.

Cuando sus respiraciones se entrelazaron. Se volvieron más profundas, más rápidas, supieron que ya no había vuelta atrás. No era solo deseo. Era el reencuentro que ambas necesitaban.

La distancia se redujo sin esfuerzo. En ese instante compartido estaba contenida toda la disculpa. Toda la verdad.

Los dedos hábiles de Lina desabrocharon la blusa de Inés.

Ansiaba el contacto piel con piel y no conocía mejor manera que desnudarla para saciar su deseo.

Inés estaba en completa sintonía con ella.

Pues sin apartar los labios de su cuerpo, puso las manos en su cintura invitándola a caminar hasta la habitación.

Ese beso cargado de emoción dio paso a otro. Ya otro. Se habían extrañado tanto que deseaban recuperar todos los que pensaron dar-se, pero no lo hicieron.

La necesidad fue dando paso al deseo de tener más, de sentir más, de querer más.

Sin titubeos, Inés desabrochó con suma habilidad los botones de la camisa de Lina. Esta, al sentir el roce de sus manos en la piel, no quiso quedarse atrás, pasó a desprenderla de otras prendas. Los movimientos no mostraban prisa, eran suaves, continuos, fluidos.

Por el camino fueron deshaciéndose de todo aquello que cubría su piel.

Cuando llegaron a la habitación ya estaban listas para disfrutarse, para sentirse. No era necesario que ninguna dominase la situación, la complicidad era tal que casi podían leerse el pensamiento.

Inés acompañó el cuerpo de Lina sobre la cama. El frío y la suavidad de la colcha le erizaron el vello. Rápidamente, el abrazo de Inés le proporcionó el calor suficiente para que volviese a sentirse cómoda.

El suave roce de los dedos de Inés por el rostro de Lina, eran el preludio de la dinámica que iban a seguir. Suavidad, dulzura, calma y, sobre todo, disfrute.

Bajó por la barbilla acariciando su cuello y comenzó a trazar una línea.

Una línea caprichosa, divertida, lenta. Donde las curvas estaban aseguradas.

Continuó su camino. Indecisa, se detuvo solo un segundo entre sus pechos.

No tenía claro por cuál quería comenzar, lo que sí sabía era que no pensaba detenerse mucho más. Reanudó su marcha por el lado derecho.

Bajó la presión de sus caricias, de tal manera que solo rozase su piel la punta de los dedos. Era tan leve, que en ocasiones Lina no tenía claro si le había tocado o era producto de su imaginación. Sus pezones hicieron caso a estas ilusiones poniéndose erectos y duros.

Inés, al verlos reaccionar, no pudo contenerse. Unas de las cosas más maravillosas del mundo era cuando el cuerpo de Lina hablaba. Siempre que eso sucedía debía prestarle atención para atender todos sus deseos.

Posó sus labios sobre él. Un leve roce, una caricia efímera que trajo consigo un suspiro por parte de quien lo recibía.

La señal era clara. Tenía permiso para continuar y hacer todo lo que quisiera.

Abrió la boca para poder rodearlo por completo.

Una vez capturado decidió dar libertad a su lengua para jugar con él.

Una corriente de placer recorrió el cuerpo de Lina haciendo que arquease su espalda y abriese la boca para soltar un gemido apenas audible. Tenía placer, dulzura y excitación. Algo dentro de ella le pidió más. Necesitaba sentir a Inés más cerca.

Llevó su mano a la espalda de la persona que jugaba con su cuerpo.

La acarició con calma, a veces con la palma, otras solo con la punta de los dedos.

Inés ladeó la cabeza, tener a Lina en su boca y sentir sus caricias, la distraían de su cometido.

Cerró los ojos. Se detuvo un segundo para sentir cómo el calor de su cuerpo viajaba a una zona más interior, más profunda.

Besó donde antes estaba su lengua. Besó sus alrededores y con tranquilidad decidió recorrer un camino con sus labios hasta el otro pecho, para volver a jugar de nuevo.

Lina puso su mano en la barbilla de Inés. Deseaba besar esa parte del cuerpo que tanto placer le estaba proporcionando. Pero lo que venía a continuación también le apetecía bastante.

Conectó su mirada con la de ella. En sus ojos había deseo, ganas, pasión y una pizca de lujuria. Al percibir todo eso, la excitación aumentó solo de pensar en lo que iba a pasar a continuación. Decidió dejar el beso para más tarde.

Había sentido tanta tensión estos días atrás, que entregarse a Inés de esa manera era la mejor manera de hacer las paces.

La lengua caliente y húmeda de Inés le provocó un corte en su respiración que le hizo olvidar el recuerdo envenenado que acababa de pasar por su cabeza.

Lina acompañó el movimiento de su amada poniéndole la mano en la cabeza. Inés se dejó guiar. No había rivalidad ni dominancia entre ellas. En ese momento no.

Lina abrió los ojos. Tanto placer le hacía cerrarlos constantemente para centrarse en todo lo que Inés le proporcionaba.

Pudo ver cómo el cuerpo de Inés estaba en una posición ideal para darle placer de una manera muy sencilla. Lentamente fue doblando su rodilla. Llevando su muslo al vértice de sus piernas. Al hacerlo sintió el calor de esa zona, pudo notar la humedad que empezaba a fluir por ella.

Inés, al sentirla, detuvo su juego debido a un gemido que se escapó sin avisar. El movimiento de Lina le había sorprendido muy gratamente. Lina sonrió victoriosa. Inés cerró los ojos y se permitió unos segundos de placer frotando su cuerpo contra el de ella.

La respiración de las dos aumentó. Inés, por lo que ese leve roce le provocaba, y Lina, por sentirla de esa forma tan especial.

Inés seguía moviéndose a su ritmo, sin prisa, disfrutando de cada roce.

Lina se deleitó con la preciosa estampa que tenía delante.

Pocas veces podía ver a Inés de esa manera, disfrutando con los ojos cerrados, centrándose solo en ella, dándose placer a sí misma.

Decidió sumar un poco más de regocijo, le acarició el torso, sus pechos y esa línea perfecta que dibujaba su abdomen.

Inés lo agradeció. Se mordió el labio para no gritar. A pesar de quitarse la coraza ante Lina siempre que estaban en ese momento tan íntimo, no podía evitar mantener las formas.

Lina no lo soportaba más, necesitaba esos labios tan perfectos, tan únicos.

Bajó su pierna a la vez que elevaba su brazo para atraer a Inés hacia ella.

Se besaron con fuego, con pasión. Sus bocas se abrieron dando paso a las lenguas.

Lenguas que se movían enérgicas. Bailaban acompasadas elevando la excitación hasta niveles insospechados.

Lina llevó su mano libre al monte de Venus de Inés. Cuando palpó las consecuencias de sus roces y besos, su respiración aumentó. No pudo controlarse y le dio un leve mordisco en el labio de Inés.

Inés sonrió divertida, pero esa sonrisa no duró mucho. Pues se tornó a un gemido gutural al sentir los dedos de Lina entrando dentro de ella. Una vez acomodados la sonrisa volvió, solo que esta vez traviesa. Tenía una idea en mente y pensaba llevarla a cabo, hiciese Lina lo que hiciese.

Acercó dos de sus dedos a la boca de Lina.

Esta, totalmente consciente de las sus intenciones, los aceptó chupándolos.

Inés los llevó al punto de más calor en Lina.

Al introducirlos en ella se dio cuenta de que no era necesario lo que acababa de hacer, pues la excitación del cuerpo de su amada era tan fuerte como la suya.

Lentos, tranquilos, respetuosos, rítmicos… así eran los movimientos que entraban y salían de ellas. Sin pausa, pero sin descanso.

Las respiraciones los acompañaban. El placer era el protagonista del momento. Su conexión empezaba a ser tal que no necesitaban prestar atención a los mensajes que mandaba el cuerpo de la otra. Su sintonía era envidiable. La excitación aumentaba a partes iguales, lo mismo que sus pulsaciones...