Beso #4
Respiró tranquila. A pesar de todo lo que ese hombre le había hecho, ella no podía evitar sentir amor por él.
Conocía sus intenciones con esa visita: asegurarse de que estaba de su lado.
Le había dicho todo lo que ella siempre había deseado escuchar.
Pero ya no podía engañarla. Se habían cambiado las tornas, ahora era ella quien le había engañado para que no sospechase de su siguiente paso.
Unos golpes en la puerta despertaron a Inés. Se recompuso lo más rápido que pudo. Para su sorpresa, tenía una manta de hospital arropándola. Miró a José con desconcierto. Este le sonrió y le guiñó un ojo antes de que el doctor entrase por la puerta.
—¡Buenos días! ¿Cómo se encuentra hoy? —preguntó directa-mente a José.
—Pues mucho mejor. Me duele el costado, pero por lo demás… —Levantó las manos como apoyo a su optimismo.
—Las costillas magulladas suelen doler unas cuantas semanas —explicó mientras le levantaba un poco el apósito de su ceja—. Esto también parece que está muy bien —dijo, satisfecho.
Mientras controlaba el pulso del paciente, este le preguntó:
—¿Me puedo ir a casa?
El doctor comprobó que las pupilas reaccionasen a la luz.
—Puede marcharse. Pero nada de alcohol en un tiempo. Límpiese las heridas una vez al día y tómese los analgésicos escrupulosamente.
—Lo hará, doctor —intervino Inés, con gran felicidad.
—En unos minutos la enfermera le traerá los papeles del alta y podrán marcharse.
—Muchas gracias, doctor.
—Cuídese —le aconsejó antes de marcharse. Nada más cerrar la puerta, José intentó levantarse.
—No tengas prisa —le advirtió Inés.
—Me quiero ir de aquí. No me gustan los hospitales. ¿Te lo había dicho alguna vez? —bromeó.
Inés lo miró sorprendida. Hacía mucho tiempo que no se reía con él. Siempre estaban hablando de trabajo. Pero esa noche en el hospital… había hecho que reconectasen de alguna manera con sus yoes del pasado.
Con dificultad, le ayudó a vestirse. Antes de que pudiese ponerle los zapatos, la enfermera trajo los documentos del alta.
—Pues… vámonos—ordenó José, con semblante serio pero una chispa en los ojos.
El trayecto hasta el hotel se hizo muy largo. José se movía muy lentamente y, a pesar de sus esfuerzos por disimular el dolor, Inés podo ver que estaba más dolorido de lo que aparentaba. Le ayudó a acomodarse, repasaron las horas a las que debía tomarse la medicación y le dejó descansar.
Salió a la calle en busca de un taxi. Necesitaba ver a Lina con urgencia.
En cuanto subió al coche y dio la dirección al conductor, sus manos se movieron con ansiedad hacia su bolso. Buscaba la carta. Necesitaba sentir el papel entre sus dedos, era la única forma de calmar el vértigo que le producía volver a verla.
Pagó al llegar sin pensarlo, dejando una propina mayor que de costumbre. Su impaciencia pesaba más que el dinero. Subió en el ascensor con el corazón en la garganta, maldiciendo la lentitud de cada piso que pasaba. Contó los segundos como si de ellos dependiera el destino.
Al entrar en casa, dejó caer el bolso y la chaqueta en el perchero, sin despegar la mirada del pasillo. Estaba segura de que, en cualquier momento, la vería aparecer, como tantas veces, con esa sonrisa que iluminaba su mundo. Pero la casa estaba en silencio.
Inés recorrió las habitaciones una a una; su corazón acelerado se escuchaba más fuerte que sus pasos. Lina no estaba. Estaba sola. La preocupación se instaló en su corazón, oprimiéndole el pecho.
—¿Y si le ha pasado algo? —pensó, sintiendo cómo el miedo se colaba por su piel.
Se sentó en el sofá, junto al teléfono, y trató de pensar con claridad cuál sería el paradero de Lina. Candela y Clara. Ellas debían saber algo. Buscó en la agenda el número del hotel y, con manos temblorosas, giró la rueda.
—¡Buenos días! ¿Podría ponerme en contacto con las huésp…?
Pero la frase quedó suspendida en el aire. El sonido inconfundible de unas llaves girando en la cerradura cortó su voz y aceleró su pulso. A Lina se le escapó un pequeño grito por la sorpresa de verla allí. No la esperaba.
Inés colgó de inmediato. Se levantó sin prisa, como si no quisiera romper la magia del momento.
Lina estaba allí, de pie, sorprendida, con los ojos brillando de emoción.
Avanzó despacio, conectando su mirada con la de Inés.
Ninguna dijo nada. No hacía falta. Se miraron como si sus ojos pudieran hablar por ellas.
Y lo hicieron. Se hablaron de amor, de heridas, de regreso, de deseo.
Ya no había rencor ni dolor en los de Inés.
Solo un brillo lleno de esperanza. El amor había sobrevivido a todo.
Avanzaron sin pausa hasta quedarse una delante de la otra.
Los nervios las consumían por dentro. Ambas estaban deseando fundirse en ese beso añorado.
Pero el propio deseo las tenía paralizadas.
Lina miró con atención los ojos de Inés. Como en muchas otras ocasiones, podía perderse en ellos. En ese momento lo hizo. Sus manos se alzaron por sí solas para rodear su cintura, con una ternura temblorosa que no podía esconder.
Inés se dejó abrazar, cerrando los ojos un instante, como si ese contacto borrara los días sin ella. Como si dejase atrás el dolor causado por los silencios.
—Inés, yo…
—¡Ssh! —susurró Inés, acariciando su boca con un dedo, sellando con suavidad todo lo que no era necesario decir.
Entonces, en ese silencio cargado de significado, sus labios se buscaron y se encontraron al fin.
No fue un beso impetuoso ni urgente, sino un reencuentro suave.
Como si el tiempo se detuviera para observarlas.
Fue un roce primero, un suspiro entre bocas que se habían añorado en silencio.
El mundo a su alrededor desapareció, y solo quedaron ellas, flotando en ese instante donde el amor habla sin palabras.
Lina sintió cómo el alma se le deshacía al sentir los labios de Inés contra los suyos, cálidos, dulces, tan familiares como un hogar al que siempre quiso volver.
Inés respondió con la ternura de quien aún guarda cicatrices, pero ya no teme mostrarlas.
Se besaron despacio, con devoción, como si quisieran memorizar cada rincón de la otra, cada sensación, cada aliento compartido.
Fue un beso que no pedía nada, pero lo daba todo. Un beso que perdonaba, que curaba, que prometía sin prometer.
En ese beso, por fin, se encontrar on de verdad.