Juntas en Barcelona Beso #3
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Beso #3

Después de caminar en silencio uno al lado del otro, él lo rompió:

—Quería hablar contigo —dijo muy serio, con la mirada fija la acera.

Lina no sabía dónde meterse. Temía que quisiera hablar de Espe.

—¿Sobre qué? —Mentalmente rezaba para que fuera cualquier otra cosa.

—Quería darte las gracias por todo lo que has hecho por Sofía.

Lina lo miró desconcertada. No entendía a qué se refería. Tomás leyó su expresión.

—Por ayudarla en la tienda. Me ha hablado muchísimo de todo lo que le has enseñado. De lo tranquila y a gusto que está trabajando contigo. Antes iba a trabajar con miedo, ¿lo sabías?

—No. Bueno, a ver… sabía que con la encargada no estaba muy cómoda, pero de ahí a tener miedo… no pensé que fuese para tanto.

—Pues sí. Antes de que tú llegaras, estaba pensando en buscar otro trabajo. Estaba convencida de que no valía para la venta, porque Ana Belén nunca le dijo nada bueno. Pero ahora no es así. Está más segura, se valora más… Me contó que hasta se animó a dar ideas para la reapertura.

Una chispa de orgullo se instaló en su corazón. Tomás lo notó. Algo en la mirada de Lina cambió. Gracias a esa reacción, se atrevió a abordar otro tema que deseaba tocar.

—También quería agradecerte que la escucharas y aconsejaras. Me ha dicho que tus charlas le ayudaron mucho a decidirse… conmigo —confesó con cierta vergüenza—. Por favor, no le digas que te he dicho esto. Me mataría.

Una risa nerviosa surgió entre los dos.

—No tienes que darme las gracias. Solo prometerme que harás lo posible por hacerla feliz. No me gustaría que una persona tan dulce como ella saliera mal parada porque tú no eres capaz de tener las cosas claras. —Se puso muy seria.

Tomás buscaba la manera de expresarse, pero aún no había con-fianza suficiente.

—Sé que tú conoces mi pasado… y te agradezco de corazón que no se lo dijeras.

Lina lo miró de reojo. Sabía cuál era la pregunta que flotaba en el aire, y él no la evitó.

—Ya lo sabe. Anoche estuvimos hablando hasta tarde.

—¿Y… cómo se lo ha tomado? —preguntó, intentando disimular su curiosidad.

A ella misma le había costado entender que a Tomás le hubieran gustado primero los hombres y después las mujeres. Aunque, en el fondo, sabía que el amor llega cuando llega, sin importar el exterior. Eso no quitaba que tuviese muchas ganas de saber qué pensaba Sofía sobre eso.

—Se lo ha tomado bastante bien. Bueno… más o menos.

Al principio necesitó unos minutos para procesarlo.

Después me hizo muchas preguntas. Algunas no supe responderlas; eran difíciles, me planteó escenarios que nunca habría imaginado.

Hasta que… finalmente me hizo la pregunta más importante de todas.

—No me imagino… —susurró.

—Me preguntó si estoy enamorado de ella. —Tomás ralentizó sus pasos, asegurándose de que nadie los escuchaba.

—¿Y respondiste…? —le dio pie para que continuara.

—Que estoy enamorado de ella hasta lo más profundo. Lo que siento por ella es lo mismo que sentí por el primer hombre del que me enamoré. No quiero perderla, y tengo claro que haré todo lo que esté en mi mano por hacerla feliz.

Lina sonrió, satisfecha. A ella le daba igual a quién había amado Tomás antes; lo único que le importaba era a quién amaba ahora.

En ese momento, recordó su conversación con Pilar.

—Da igual a quién ames, mientras sea amor —susurró para sí misma.

Tomás no entendió sus palabras. Caminaron en silencio unos cuantos metros más, hasta que él volvió a hablar:

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Por poder, puedes. Otra cosa es que te responda —fue tajante; se imaginaba por dónde iría el tema.

Tomás se rascó la cabeza, se frotó la frente y se aventuró:

—¿Tú y Espe…?

—Espe y yo somos amigas. Como toda amistad, tiene altos y bajos. Ahora estamos encontrando el equilibrio —respondió muy seria. No pensó lo que decía, pero al escucharse a sí misma, se dio cuenta de que era la respuesta más sincera que podía dar.

Tomás no se rindió. Quería decirle algo más sobre su amiga, y a pesar, del tono seco de Lina, estaba dispuesto a continuar.

—Espe no me ha contado nada, eso tenlo muy claro.

Es muy reservada con ciertos temas. Sus temas —se corrigió—.

Solo quería decirte que, desde que estás por aquí, le has hecho mucho bien.

Es como si la tristeza que siempre llevaba en sus ojos se hubiese ido disipando poco a poco, hasta desaparecer por completo.

Eso me dice que, algo especial debes tener si eres capaz de provocar ese efecto en ella.

La he visto con muchas mujeres, pero ninguna ha conseguido quitarle esa sombra.

Lina no supo qué decir. Le halagaban sus palabras pero estaba dando por sentado que estaban juntas. Antes de que fuese a defenderse, Tomás se adelantó.

—No quiero entrometerme. Con ella he aprendido a no inmiscuirme donde no me llaman. Pero te pido, si es que tengo derecho a pedirte algo, que tengas paciencia con ella. Tiene un corazón enorme… solo que no lo muestra a todo el mundo.

Tomás la miró de reojo. Quería ver su reacción.

Lina abrió ligeramente los labios para contestar, esta vez más tranquila.

Quería decirle que no se preocupase, que ya habían aclarado las cosas.

A partir de ahora, el nivel de amistad dependía totalmente de ella.

Antes de que pudiera emitir algún sonido, escucharon la voz de Clara y Sofía llamándoles.

—¡Venga! ¡Es aquí!

Tomás y Lina se miraron con cierta complicidad. Él había dicho todo lo que quería decir, y tenía la sensación de que no había caído en saco roto.

Todos entraron al restaurante para pasar una gran velada.

La cena no les ayudó tanto a desconectar como esperaban. A pesar de lo divertido que era hablar de los cotilleos de la tienda, seguían hablando de trabajo. Sin quererlo, algunas de las historias incluían a Inés.

Candela y Clara estaban atentas para desviar el tema cada vez que surgía, pero era inevitable.

Cuando llegó la hora del baile, la cosa cambió. La música que todo lo alegra.

—No sé si será por el postre de chocolate, pero tiene una fiesta montada aquí dentro… —bromeó Clara, sentada en el asiento más cercano a la pista de baile.

—Yo creo que es igual que su tía. Le pones chocolate y se pierde.

Ambas rieron con la broma. Juntas vieron la destreza de Tomás: era capaz de bailar con Candela y Sofía a la vez.

—Qué majo es este chico. Se nota que está enamorado de Sofía—dijo Clara, dándole un pequeño codazo a Lina, que se había quedado ensimismada.

—Sí, es muy majo —repitió casi de manera automática.

—A mí me da que Sofía debe ser su primer amor. ¿No crees, Lina? —buscaba conversación para distraerse de los bailes de su bebé.

Lina abrió mucho los ojos como reacción a lo que acababa de escuchar. Si su amiga supiese la historia de sus amores…

En la siguiente canción, Candela fue a buscar a sus amigas para que la acompañasen.

Tras un par de canciones, decidieron que lo mejor era ir a casa. Ya se habían reído, cenado, bailado, y estaban muy cansadas como para seguir con la fiesta. Sofía y Tomás se quedaron un poco más.

—Muchas gracias, chicas. Sé que os habéis esforzado mucho para que no pensase demasiado esta noche. —Lina abrazó a sus dos amigas.

—¡ Pa chasco ! Si te parece, te dejamos como alma en pena en tu casa —dijo Candela con una sonrisa.

Lina, al pensar en su casa, el mundo se le cayó encima. Otra noche sin Inés iba a ser devastadora. Ese pensamiento se reflejó en su rostro.

—Lina, ¿quieres dormir en el hotel con nosotras? —preguntó Clara.

—No, mejor que no. —Deseaba no pasar la noche sola, pero no quería molestar.

—A mí me ha gustado eso de dormir contigo. Me calientas los pies —bromeó Clara.

Las tres se rieron con la ocurrencia.

—Ahora de verdad, Lina. ¿Seguro que no quieres venir? No queremos que te quedes sola y te pongas triste… y a pensar… —Candela sabía perfectamente lo que esa lista de cosas provocaría en su amiga.

La respuesta deseada no tardó en llegar.

—Vale. Dormiré con vosotras —sentenció con una sonrisa.

Conocía de sobra a su amiga, era consciente de la estratagema que había hecho Candela, pero en el fondo le agradaba que le insistiesen. Le hacía sentirse más cuidada. Cogieron un taxi en dirección al hotel.

En casa de Ana Belén…

Estaba terminando de planchar una camisa. Mañana era un día importante y debía estar presentable. El timbre la sacó de sus labores.

—¿Quién es? —preguntó, conteniendo un mal presentimiento.

—Soy yo… Severiano.

El corazón le dio un vuelco. No esperaba volver a verlo después del restaurante. Dudó unos segundos antes de abrir.

—Ana Belén. —Sonrió él, con esa calma que usaba antes de cada mentira—. Gracias por dejarme pasar.

—No te he dejado pasar —respondió ella—. Di lo que tengas que decir y vete.

Severiano bajó la voz.

—Solo quería explicarte lo que viste. Aquella mujer… no fue nada serio. Fingí estar con ella por trabajo, para conseguir los documentos. Todo era parte del plan. Tú… tú siempre has sido la única.

Ella lo miró en silencio, conteniendo la rabia.

—¿Y crees que voy a creerte ahora? Después de todo lo que me hiciste…

—Lo sé. —Se acercó un poco—. Lo siento. Te quiero. Cada día sin ti ha sido una tortura. Si me das una oportunidad… lo dejaría todo.

Por un momento, algo en su voz la desarmó. Era el mismo tono que la había hecho creer en él tantas veces. Pero ahora sabía más.

—Las palabras ya no me sirven, Severiano —dijo finalmente, suave pero firme.

Él la miró, intentando leer su expresión.

—¿Entonces… no hay esperanza?

Ana Belén sonrió apenas.

—Eso depende de ti. —Puso la mano en la puerta, marcando el final—. Pero esta noche no.

Severiano asintió, creyendo aún tener una oportunidad. Cuando se marchó, ella apoyó la espalda contra la puerta.