Juntas en Barcelona Beso #2
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Beso #2

—¿Está bien?

—Le hemos dado tres puntos en la ceja, tiene magulladas dos cos-tillas y un golpe severo en la boca.

Todo ello son claros signos de una pelea.

Por eso creemos que la teoría de la policía es cierta.

Pero él no ha querido decir nada. Alega todo el tiempo que no se acuerda. —El doctor cerró la carpeta.

—Pero ¿está bien? ¿Podemos irnos?

—Me gustaría tenerlo esta noche en observación. El golpe en la cabeza, sumado a su estado de semiinconsciencia, nos hace sospechar de una posible conmoción cerebral. Es más seguro que pase aquí la noche.

Inés asintió, aceptando el diagnóstico.

—Si no precisan nada más, me voy a visitar a otros pacientes. — Fue su manera de despedirse.

Inés lo acompañó hasta la puerta y la cerró tras él. Se volvió hacia José, mientras hacía una lista mental de todas las cosas que implicaba su estado: avisar a Paloma, llamar mañana a primera hora al nuevo encargado, reordenar la agenda de compromisos…

La voz de José interrumpió sus pensamientos:

—No se lo digas a Paloma —imploró.

Inés no pudo evitar sonreír. En ese momento le recordó a cuando eran niños y hacía alguna trastada. Siempre le ponía esos ojos de no haber roto un plato para que no se lo contase a su madre. Inés suspiró. En el fondo, añoraba aquellos tiempos en los que la empresa no era lo único que compartían.

—Me vas a contar qué ha pasado —dijo, acercándose a él con un tono muy suave.

José negó al principio. Sabía que, si le contaba los motivos por los que había bebido, tendría que hablarle sobre Mireya. Pero al sentir la mano cálida y firme de Inés, se derrumbó.

—Lo he hecho mal, Inés. Muy mal… —Intentaba contener las lágrimas sin éxito.

—Tranquilo. Cuéntame. Te sentirás mejor.

José cogió aire. Necesitaba tiempo para ordenar la historia. Quería empezar desde el principio. La borrachera se le estaba pasando y empezaba a notar el dolor de los golpes.

—En la Colonia tuve… un… —no era capaz de decirlo— un romance con Mireya.

José esperó una reacción, un reproche. Pero solo recibió silencio. En los ojos de Inés encontró comprensión. Por eso, continuó más tranquilo.

—Pasaron cosas entre los dos. Pero no pudo ser, porque yo estoy casado con Paloma.

Los dos lo decidimos así. Cuando llamaste para pedir una secretaria, ella quiso venir para alejarse de mí.

—Se secó rápidamente las lágrimas—. Lo acepté porque sabía que era lo mejor, pero…

la echaba tanto de menos que, cuando se presentó la oportunidad de volver a verla… compréndelo, necesitaba venir.

—Imagino que aquí… también ha sucedido algo. —Le frotó la mano con cuidado; tenía los nudillos rojos y con heridas.

José asintió.

—Pero ella… ha pasado página. —Se le quebró la voz.

—Antonio —confirmó.

José no pudo seguir hablando. Inés se acercó y dejó que se apoyara en su pecho para consolarlo.

—Has decidido olvidar todo esto con un par de copas. —Comprendió mientras le acariciaba el pelo. Ella tenía muy presente esa sensación, sin ir más lejos la utilizó anoche, solo que ella terminó con un poco de resaca. No en un hospital.

Nervioso, asintió.

—Pero mira de lo que me ha servido. —Se separó de ella y se señaló la cara—. Me han partido la cara por no saber tener la boca cerrada.

—¿Qué ha pasado?

—Pues… ya llevaba unas cuantas copas. Unos hombres estaban en la barra hablando a gritos. Les mandé callar varias veces y… me encendí, ellos también. Creí que era buena idea salir fuera para solucionarlo.

—¿Tú contra dos?

José se rio. Acto seguido, una mueca de dolor apareció en su rostro. Las costillas.

—Mira que las matemáticas son mi fuerte, pero no conté bien. — Sonrió con cuidado.

—Nada bien.

Unos golpes en la puerta interrumpieron la conversación. Era la enfermera, que traía unos analgésicos para el dolor. Se acercó tranquilamente, le revisó las pupilas y dijo:

—Parece que ya no hay tanto alcohol en sangre. Tómese esto y procure descansar.

—Muchas gracias.

La enfermera sonrió y se marchó.

—Inés, debes irte. Estarás cansada, hoy has tenido mucho trabajo con…. ¡La reapertura! ¿Qué tal ha ido? Quería pasarme a veros, pero lo olvidé. —La miró con arrepentimiento.

—No te preocupes. Todo ha salido muy bien. Mejor de lo que esperábamos, en verdad. Y no me voy a ningún lado. No pienso dejar que pases la noche solo. ¿De verdad no quieres que llame a nadie?

—Hoy no. Mañana, cuando me den el alta. Yo mismo la llamaré.

Inés pudo notar la sinceridad en sus palabras. Acercó una silla a la cama.

—Anda, procura dormir un poco. Te vendrá bien.

José se recolocó, mostrando claras muestras de dolor.

—Creo que será lo mejor.

A los pocos minutos, Inés pudo ver cómo el sueño se apoderaba de su amigo. Ella tenía demasiadas cosas en la cabeza como para dormir. Además, ese sillón era incomodísimo.

Cogió la agenda de su bolso y empezó a hacer una lista de todas las cosas que debía hacer al día siguiente. Al abrirla, la carta de Lina cayó al suelo. Tras recogerla, echó un rápido vistazo a José para comprobar que aún dormía. Después, miró a la puerta. Se acomodó y abrió el sobre.

Necesitó unos segundos. Desde que discutieron, había evitado afrontar la situación. La conversación con Espe fue imposible de esquivar y ahora… tenía que hacer frente a lo que dijera la carta. Pero en lo más profundo de su ser, lo estaba deseando.

Inés, mi amor:

No sé ni por dónde empezar esta carta sin que se me haga un nudo en la garganta. Tú eres quien se le da bien escribir. A mí me cuesta juntar estas palabras para que tengan algún sentido.

A pesar de eso, necesito que sepas todo lo que siento, y que me creas cuando te digo que te amo con toda mi alma, con todo lo que soy, y por encima de cualquier duda, error o silencio que haya podido interponerse entre nosotras.

Anoche no pude explicarme, y necesito hacerlo.

Quiero empezar por el principio: eres la persona más importante de mi vida, y no hay un solo día en el que no me sienta afortunada por tenerte a mi lado. Te quiero por encima de todo.

Sé que estás dolida, y lo entiendo. Lo que pasó con Espe no lo planeé, ni lo deseé. Fue ella quien se lanzó a besarme, y no tuve escapatoria. Aunque en el pasado tuve ciertas dudas, cierta atracción que no entendía del todo, jamás pasó nada entre nosotras. Nunca.

Ahora tengo claro que eso no era más que admiración por su manera de vivir, su forma de ser.

Reconozco que sus atenciones me gustaron.

La libertad con la que ella vive me cautivó.

Pero… tras un tiempo me di cuenta de que en ella solo quiero amistad.

A ti es a quien amo. Ati es a quien elijo cada día.

Porque tú eres mi hogar, mi lugar seguro, mi amor más profundo.

Lamento enormemente no haberte hablado antes de mis dudas, de lo que sentía. No supe cómo hacerlo. No encontré el momento, y lo último que quería era empezar una discusión que pudiera alejarnos. Ahora me doy cuenta de que el silencio fue también una forma de herirte, y eso me duele todavía más.

Ojalá pudiera volver atrás y contártelo. Pero es imposible. Solo me queda decirte que lo siento de corazón. Y pedirte, con toda la humildad, que me perdones. Debí confiar en ti y haberme abierto antes. Pero no tuve el valor.

No sé qué va a pasar después de esta carta, pero sí sé que te amo. Te amo de una forma profunda, sincera, y para siempre. Tú eres la única. Y solo deseo seguir compartiendo mi vida contigo.

Con todo el amor de mi corazón,

Lina

Inés se llevó la carta al pecho. Era la primera vez que le escribía algo parecido. Desde luego, no la había defraudado. Sus palabras eran sinceras, verdaderas. Era como si el corazón dictase lo que sus dedos escribían.

Una corriente cálida recorrió su cuerpo, llevándose el dolor, la rabia y, sobre todo, el orgullo. Necesitaba leerla de nuevo.

Tras la segunda lectura, se arrepintió de no haberla dejado explicarse en su momento. Quizá, si lo hubiese hecho, no habrían pasado todo este tiempo separadas. Compartir la reapertura sin esa sombra entre ellas habría sido mucho más satisfactorio.

En ese momento, Inés se dio cuenta de un detalle: desde que estaba enfadada con Lina, las cosas buenas como: destapar la trama de Severiano, la reapertura, las ventas inmejorables…

No las había disfrutado tanto como cuando ella estaba a su lado.

Entendió que las cosas buenas que le sucedían eran menos buenas si no estaba cerca.

Tuvo el impulso de levantarse para irse, pero recordó el motivo por el que estaba en el hospital justo cuando José hizo un pequeño ruido nasal.

Miró el reloj de su muñeca. Quizá no fuese demasiado tarde para llamarla. Se aventuró. Con cautela, salió de la habitación, recorrió los escasos metros hasta el final del pasillo y llamó a su casa.

Tras varios tonos, nadie contestó. Al colgar, media sonrisa se dibujó en su rostro. Su primer pensamiento no había sido que Lina estuviese con Espe, sino que estaría pasando su última noche en Barcelona con las chicas.

No estaba muy equivocada, pues las tres amigas volvían de su paseo por la playa cuando encontraron a Sofía.

—Bueno, bueno… qué bien acompañada te veo —dijo Lina al ver a su amiga de la mano con Tomás.

Sofía sonrió con cierto rubor en las mejillas.

—Vamos a cenar a un restaurante cerca de aquí. ¿Queréis venir? —les invitó Sofía sin contar con la opinión de Tomás.

Lina y Candela dudaron. No era el momento de celebrar demasiado cuando la situación con Inés seguía tan tensa. Pero Clara no lo vio igual.

—Hombre, claro que vamos. ¡Tenemos que celebrar que ha sido la mejor reapertura de todas! Además, tengo tanta hambre que me comería cualquier cosa —dijo, buscando la aprobación en sus amigas.

—Claro, está muy cerca. Además, suelen poner música. Será divertido —añadió para terminar de convencerlas.

Al final accedieron. Bailar un poco les ayudaría a olvidar.

Sofía soltó la mano de Tomás y se agarró al brazo de Clara. Ellas, junto con Candela, se adelantaron. Lina se quedó más atrás con el único varón del grupo.