Juntas en Barcelona Beso
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Beso

El silencio era atronador. Las palabras de Espe no solo resonaban en la cabeza de Inés: la atravesaban, la rompían por dentro. Intentaba apartarlas con desesperación, como quien sacude una pesadilla, pero era inútil. Estaban ahí. Clavadas. Incrustadas como agujas invisibles en su conciencia.

Era una batalla cruel entre lo que creía saber, lo que había sentido al recibir la noticia y esa explicación de alguien en quien no confiaba. Una grieta se abría dentro de ella, llevándola al punto de derrumbarse.

Buscó algo a lo que agarrarse. Las palabras de Lina. Pero no las recordaba. En ese instante, se dio cuenta de que nunca le dio la oportunidad.

Frunció el ceño, negó con la cabeza una y otra vez, como si el movimiento pudiera apagar el fuego que le consumía el pecho. No funcionó. Estaba al límite. Saturada.

Sintió un impulso irrefrenable: gritar, golpear.

Patalear, romper. Sacar de una vez todo aquello que la estrangulaba por dentro.

Inspiró hondo, temblorosa, y se fue al almacén.

Abrió la puerta sin ser consciente de lo que hacía.

Se aseguró dos veces de que estaba sola para que nadie la viera, nadie la oyera.

Abrió la boca para liberar el grito que se ahogaba en la garganta… pero no salió nada. En lugar de voz, brotaron lágrimas silenciosas. Imparables.

Entonces se quebró. Las piernas le fallaron, como si el peso de todo lo que callaba la hubiera vencido. Se dejó caer sobre un taburete, hundió el rostro entre las manos y se permitió, al fin, lo que había estado conteniendo todo el día: romperse en soledad.

Las lágrimas resbalaban por sus mejillas, empapando sus palmas.

Estaba cansada. Era un cansancio que venía del interior, del alma, de estar en guardia, de tener que reconstruirse desde una verdad que no encajaba del todo.

Deseaba que Lina estuviese allí. En ese momento de auténtico desarme, ella era la única persona que podía reconfortarla.

Tras unos minutos, se levantó lentamente del taburete. Aún le temblaban las piernas, pero había algo distinto en su mirada: una chispa nueva. Dolorosa, sí, pero decidida. Quizás, escuchando su versión, todo encajaría y fuese más fácil de entender.

No podía permitir que las dudas la devoraran por dentro. Si Lina tenía algo que decir, si había una historia detrás que confirmase lo que le había contado Esperanza, necesitaba escucharla.

En ese momento lo vio claro: la carta.

Conociendo a Lina, no habría cesado en su intento de explicarse. Otra cosa no, pero esa mujer era muy decidida y testadura. Salió directamente en busca de su bolso. Una sonrisa apareció en su rostro al encontrarla. Puede que tanto calvario terminase pronto.

Les quedaba pendiente una conversación, pero después de todo lo vivido en el día de hoy, el arrepentimiento en los ojos de Lina, las confesiones de Esperanza y tocar fondo por amor, se sentía más optimista para solucionar las cosas.

El sonido del teléfono la distrajo de su cometido. De manera automática, contestó.

—Inés de la Corte.

—¡Buenas noches! ¿Es usted amiga de José Martínez? —preguntó una voz muy cortante al otro lado.

—Sí, soy yo. ¿Quién es? —preguntó, preocupada.

—Le llamo del Hospital de la Santa Creu i Sant Pau. José Martínez ha sido ingresado, y este es el teléfono que nos ha facilitado para contactar con algún conocido, ya que él no es de la zona.

—¿Está bien? ¿Qué ha pasado?

—Señora, no se alarme. Se ha pasado bebiendo, y unos guardias civiles lo han traído. Le ruego que venga, y le daré más detalles.

—Ahora mismo voy.

Inés cogió su bolso y salió en busca de un taxi.

Las chicas habían ido a la playa. Mañana debían volver a Ciudad Real. Querían ver el mar una vez más.

Sentadas, dejando que la arena se entrelazara con sus dedos, disfrutaban de la puesta de sol.

Había sido un día muy duro, cansado, pero estar allí les hacía recobrar fuerzas.

Se respiraba una paz que invadía el alma.

Tenían la extraña sensación de que, frente a esa preciosa estampa, solo les esperaban cosas buenas.

Ninguna dijo nada. Cada una estaba inmersa en sus pensamientos: Candela hizo un balance de todas las cosas que había sido capaz de organizar.

Quizás ir de tienda en tienda para coordinar su apertura.

Podría ser un plan para el futuro. Estaba segura de que a Francisco no le parecería bien, pero para ella, era el trabajo perfecto.

Conocer gente, formar a nuevas dependientas y encargadas, atender clientas de toda España…

Sobre todo, si alguna de sus amigas la acompañaba.

Lina hizo esfuerzos por no estar triste. El sol, iluminando su rostro con sus últimos rayos, le decía que debía ser paciente, firme, y saber esperar. Recordó el primer día que llegaron a la ciudad. Las dos sentadas en esa misma playa, dejando que sus manos se rozasen a escondidas.

Clara se imaginó a sí misma con su bebé en ese mismo lugar.

Pasear con Pablo por la playa era un sueño que, cada vez estaba más cerca de hacerse realidad.

Sentarlo en la orilla para jugar con él.

Hacer castillos de arena. Ver su risa cuando la espuma de las olas le rozara los deditos de los pies.

.. Se alejó de sus pensamientos y miró a su derecha.

Encontró a Lina haciendo esfuerzos por no llorar.

—Lina, cariño —Clara la rodeó con su brazo por encima de los hombros—. No le des más vueltas. Ella necesita tiempo para asimilar-lo. En cuanto comprenda que no has tenido culpa, seguro que vuelve a casa y te perdona.

—Claro. A mí me lo ha dicho, que necesita poner cada cosa en su lugar. Seguro que esta tarde, con todo el tema de la reapertura cerrado, puede pararse a reflexionar y te perdona —añadió Candela, frotándole el brazo más cercano.

—No sé, chicas. Entiendo a Inés. En su momento, yo también tuve muchas cosas que ordenar.

Al principio no entendía por qué me sentía atraída por Espe, por qué me sentía tan cómoda con su presencia, con sus atenciones.

.. Pero siempre puse a Inés por delante.

Incluso cuando… —tragó saliva; esa parte no se la había contado a nadie—.

Cuando casi fui yo quien la besó a ella.

—Las lágrimas recorrieron por sus mejillas. Se sentía muy culpable.

Candela y Clara se lanzaron una mirada de sorpresa. Solo fue un segundo, pero les bastó para decidir que debían quitarle hierro al asunto por el bien de su amiga.

—Bueno, lo importante—dijo Candela con dulzura— y en lo que te tienes que centrar, es que, a pesar de ese deseo, no lo hiciste. Es decir, pusiste vuestro amor por delante de esa atracción momentánea. —Le quitó una de las lágrimas.

Clara intentó añadir algo para apoyar a su amiga, pero no se le ocurrió qué más decir. Lina se adelantó:

—Necesito una conversación con ella. Hasta que eso no suceda, dudo que pueda estar tranquila.

Dudo que podamos. Pero si ella no está por la labor…

—En ese momento cayó en la cuenta—. Sé que Inés es diferente a su hermano, pero no deja de ser una de la Corte.

¿Creéis que el orgullo está teniendo algo que ver? —lanzó la pregunta sin pensar.

—Para nada —contestó Clara tajantemente—. Si doña Inés fuese orgullosa, serías tú quien estuviese durmiendo en un hotel —añadió, para tranquilizarla.

—Creo que tienes razón —Lina aceptó.

Volvió el silencio. Hasta que Lina lo rompió.

—Oye, y vosotras… ¿en qué estabais pensando?

Candela fue la primera. La idea que rondaba su cabeza era un cambio muy drástico, y sus amigas podían aconsejarla.

—Pensaba en la reapertura. El hecho de que doña Inés se fuese a Francia me ha dado la oportunidad de tener más responsabilidad, de encargarme de muchas más cosas.

Reconozco, que me ha gustado. Tal vez podría proponerle ser una «encargada de encargadas»…

iría a todas las aperturas para organizarlo todo, formaría a las dependientas, a las encargadas…

viajaría por toda España, conocería a mucha gente… nada, solo estaba soñando —suspiró.

—Pues es un sueño muy bonito —añadió Clara—. Yo creo que lo podrías hacer perfectamente. Vamos, que tú lo vales. Estoy convencida de que, si lo hablas con doña Inés, estaría encantada de crear ese puesto para ti.

Lina sonrió a Candela, transmitiéndole exactamente todo lo que Clara acababa de decir.

—¡Buenas tardes! ¿Me podría decir dónde está José Martínez?—dijo Inés, angustiada.

—¿Es usted familiar del paciente? —preguntó la enfermera, mientras pasaba las hojas del gran cuaderno que tenía delante.

—Algo así, soy su única conocida en la ciudad. ¿Dónde está? —esperó una respuesta.

Se hizo el silencio. La enfermera repasaba los nombres con la mirada.

—Está en la habitación 113. —Al ver cómo Inés miraba de un lado a otro sin saber por dónde ir, añadió—: Vaya por ese pasillo. Cuando llegue al final, tuerza a la izquierda. Los números de habitación están junto a las puertas.

—Muchas gracias —respondió, mientras se marchaba.

A paso ligero, obedeció las indicaciones de la enfermera hasta que llegó a la puerta correspondiente. Cogió aire antes de abrirla y se preparó para lo peor.

Al entrar, se encontró a José con una sonrisa burlona en la cara, una gasa en la nariz, un corte en el labio y un apósito en la ceja.

—¿Qué te ha pasado? —preguntó mientras se acercaba.

José, aún con la sonrisa en los labios, levantó los hombros a modo de indiferencia.

—Me fui a tomar una copa… y he terminado aquí. —Rio.

Inés lo miró desencajada. No entendía qué había sucedido. En ese momento, el doctor entró en la habitación.

—¿Es usted familiar suyo? —preguntó, quitándose las gafas para verla mejor.

—Sí, somos primos —mintió—. ¿Me puede contar qué le ha pasado?

El doctor hizo un gesto, invitándola a alejarse del paciente.

—La Guardia Civil nos lo ha traído. Al parecer, lo encontraron tirado en la calle, semiinconsciente, malherido y oliendo a alcohol. La hipótesis de la policía es que estaría bebiendo en un bar, se metió en una pelea y salió mal parado.

Inés miró a su amigo con preocupación.