Juntas en Barcelona Reapertura #4
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Reapertura #4

—Hay una partida de productos que solo figura en uno de los libros de cuentas… si no me equivoco, ¿esta es su letra? —preguntó Inés, mostrando un libro.

—Sí, esa es.

—Usted lo escribió porque recibió el albarán y lo metió en el cuaderno de gastos. Pero no pudo anotar ningún ingreso real porque Severiano se encargó de eso. Junto a Ana Belén, crearon un libro de cuentas paralelo con los beneficios reales de esa partida. ¿Me sigue?

—Perfectamente.

—Ana Belén no ha visto ni una peseta de esas ventas, aunque su firma aparece en los documentos, como si ella fuese la única responsable.

Debo admitir que Severiano es muy inteligente.

Conoce el procedimiento y lo ha aprovechado a su favor, quedándose con miles de pesetas que pertenecen a la empresa.

—¿Qué quiere que haga ahora? —preguntó.

—Lleve estos documentos al banco y guárdelos en la caja fuerte de la empresa. Mañana los presentaremos a la Guardia Civil. —Cerró el archivador y se la entregó—. Nadie debe saberlo. Vaya al banco y luego tómese la tarde libre.

Nieves se disponía a obedecerla cuando la escuchó hablar de nuevo:

—Por favor, dígale a Mireya que venga un momento. Gracias. Inés cogió el montón de cartas sobre su escritorio. Las iba clasificando una a una.

—¿Doña Inés? ¿Necesitaba algo? —preguntó Mireya desde la puerta.

—Solo quería hacerle una petición —dijo, alzando la vista.

—Usted dirá. —Dio un par de pasos para acercarse a su mesa.

—Concierte una cita con Antonio para el miércoles por la tarde. Quiero hablar con él.

Inés notó su preocupación. Se apresuró a tranquilizarla.

—Para que no se sobresalte, dígale que estoy muy contenta con su trabajo —aclaró.

Mireya respiró aliviada.

—Se lo diré —respondió con una sonrisa mucho más tranquila.

—¡Ah! Una cosa más. ¿Ha terminado con todos los contratos del almacén? ¿Y con la documentación para Francia?

—Sí, señora. Está todo listo y archivado. En cuanto empiecen a llegar los productos, comenzaremos a rellenarlo todo —explicó, orgullosa.

—Muchísimas gracias. Como siempre, muy eficiente. Ya puede marcharse. Pase por la tienda para que las chicas le den la cesta que les prometí por ayudarnos.

—Muchas gracias—se despidió.

Inés continuó con su trabajo. Atender tanto la tienda había hecho que el correo se acumulara: cartas de agradecimiento, de clientas, de pedidos, de publicidad... Una de ellas llamó su atención. La caligrafía le resultaba familiar. Miró el remitente: solo aparecían las iniciales «C.E.».

Esas letras solo podían pertenecer a una persona.

Una sonrisa se escapó entre sus labios. Estaba deseando abrirla.

Si Lina se había molestado en escribirle una carta, seguro que sería preciosa.

Pero… el dolor seguía ahí. Cerró los ojos y, casi como un acto involuntario, puso la carta sobre sus labios. Otra vez su olor...

Un sonido del teléfono evitó que se pusiera a recordar de nuevo.

—Inés de la Corte —dijo nada más descolgar.

—Doña Inés, tenemos a un par de clientas que quieren felicitarla personalmente por el maravilloso trabajo que han hecho con la tienda nueva —dijo Candela, con una sonrisa forzada en la voz.

—Candela, ahora mismo no puedo ir. Discúlpeme ante ellas. Iré a la tienda más tarde —se excusó. No dejaba de mirar la carta que tenía en sus manos.

—Lo entiendo, señora de la Corte, pero de verdad, ellas son de nuestras mejores clientas. Créame cuando le digo que debería hacer un pequeño esfuerzo para venir a la tienda —insistió.

—De acuerdo. Ahora mismo voy —aceptó, con cierta reticencia.

Debían ser importantes para que Candela insistiera tanto. Guardó la carta en su bolso y se dirigió a la puerta principal.

Inés se sorprendió al ver la cantidad de clientas que aún había en la tienda. Por un momento se preguntó si la culpa era suya por invitar a demasiadas.

Nadie se percató de que había entrado; todas estaban tan ocupadas que no daban abasto. Candela estaba cerca de la caja y, al verla, fue hacia ella. Buscando el camino por el que menos molestara, estaba tan obcecada en llegar hasta ella que, no se dio cuenta de con quién se había chocado. Lina.

—Disculpe, doña Inés. No la había visto —dijo Lina, echándose a un lado.

—No se preocupe.

Lina no pudo evitar mirarla directamente a los ojos. Le quiso enviar un mensaje silencioso: «te echo de menos». Inés lo recibió a la perfección. Le habría encantado devolvérselo, pero todavía era pronto. Las mentiras seguían pesando en su corazón.

Finalmente, llegó al mostrador.

—Buenas tardes, Candela. Ya estoy aquí. ¿Qué sucede con esas clientas tan importantes? —preguntó, dando la espalda al alboroto.

—Han venido la mujer del alcalde de Barcelona y su hermana, que al parecer es la esposa del gobernador civil de aquí. Han insistido mucho en conocerla personalmente. He intentado disuadirlas, pero llevan aquí una hora esperando.

—Pues sí que son importantes. Siempre hay que tener contentas a las mujeres de los poderosos. Preséntemelas.

Cuando llegaron a su encuentro. Candela hizo las presentaciones. A partir de ahí, la tarde de Inés fue repetitiva: conversaciones parecidas, halagos, felicitaciones…

Las horas pasaban, y el número de clientas disminuía. Quedaba poco para cerrar, pero siempre había alguna rezagada. Candela y Clara las atendían gustosas, mientras Sofía y Lina sacaban más prendas para tener los estantes llenos.

Cuando la última clienta salió por la puerta, todas respiraron aliviadas.

—¡Madre mía, chicas! Solo nos queda una bolsa. ¿Cuánto hemos vendido? —preguntó Clara sacando la escoba del almacén.

—Me duele la cara de sonreír —se quejó Sofía, quitándole la escoba a Clara para que no trabajara más.

—Clara, siéntate un rato. Si yo tengo los pies destrozados de tanto ir de un lado a otro, no quiero ni imaginar cómo los tienes tú que sois dos —dijo Lina, sacándole una banqueta.

—La verdad es que mañana vamos a tener que reponer la tienda entera. ¡Madre mía, no dábamos abasto! Lina, ¿a cuántas clientas llamaste? —preguntó Candela, revisando su inventario.

—Yo solo hice lo que se me ordenó. —Miró a AnaBelén—. La lista me vino dada.

—Sinceramente, no esperaba que viniesen todas. Normalmente, a este tipo de eventos solo acuden las más... cotillas. —Ana Belén se rio al usar una expresión tan coloquial con sus empleadas.

Inés, desde un lateral, comprobaba si habían cumplido la previsión de ventas que Nieves había elaborado.

A falta de contar la caja, todo parecía indicar que habían superado con creces las expectativas.

Le divertía escuchar a sus empleadas. Verlas en ese ambiente tan distendido le recordaba a algunos momentos vividos en la tienda de Ciudad Real.

Pese a lo mucho que le gustaba, era hora de mandarlas a casa. Se lo habían ganado.

—Muy buen trabajo hoy —interrumpió Inés—. Es un auténtico placer contar con un equipo tan eficiente, entregado y comprometido. Hoy ha sido todo un éxito. Me atrevería a decir que esta reapertura marcará un antes y un después en Hilos de la Corte.

Las empleadas interrumpieron sus palabras con aplausos.

—Ahora márchense. Se han ganado el descanso.

Todas fueron a por sus cosas. Una a una, las empleadas se despidieron. Lina, tras el último desplante de Inés, decidió no intentarlo de nuevo. Le haría caso a Candela, le daría espacio y tiempo. Aunque tuviese que luchar contra su propio yo.

Las tres amigas salieron juntas y acompañaron a Lina hasta su casa.

—Mañana seguro que podréis hablar —intentó animarla Clara.

—No sé... Está dolida, lo entiendo. Todo es culpa mía. Quiero arreglarlo, pero no me da la oportunidad. Siento impotencia —se expresó sin miedo.

—Bueno. Sabes lo que tienes que hacer. Lo hiciste mal, y ahora toca aguantar. Doña Inés es una mujer justa y comprensiva. En cuanto se le pase el enfado, seguro que podéis hablar de todo y solucionarlo. Pero hasta entonces...

—Me toca esperar—recitó, como quien repite una lección que no le gusta.

Clara la abrazó. Luego lo hizo Candela. Se despidieron en la puerta del piso de Lina.

En la tienda…

Inés contaba la caja. Era sorprendente todo lo que se habían vendido.

Unos golpes en la puerta le hicieron perder la cuenta. Alzó la vista… y nunca habría imaginado ver a esa persona.

Inés fue directa a echarla.

—El horario de venta al público ha terminado. Buenas tardes —dijo tajante con la intención de cerrar la puerta.

—Lo sé. No quiero comprar nada. Solo vengo a... —Espe no pudo terminar.

—Lina ya se ha marchado. Lamento haber estropeado vuestros encuentros a puerta cerrada —atacó con frialdad.

—Te equivocas—respondió con rapidez.

—¡Ah! No son a puerta cerrada. Os gusta más en callejones donde cualquier persona pueda veros. —Intentó cerrar la puerta de nuevo, pero el pie de Espe lo impidió.

—Mejor hablamos dentro. Pero hablar. —Levantó las manos en son de paz.

Inés no entendía por qué esa mujer quería hablar con ella, pero estaba dispuesta a escucharla, solo por la curiosidad que le generaba. Respiró profundamente y abrió la puerta de par en par invitándola.

—No tengo motivos para estar aquí. Créeme que hablar contigo es de las últimas cosas que me apetece hacer —comenzó Espe.

—Si has venido a decirme lo poco que te agrado, te aconsejo que te vayas por donde has venido —le sugirió Inés.

Espe se llevó las manos a la cintura. Quería tener una conversación con ella, pero no se había parado a pensar qué le iba decir. La tensión le impedía improvisar.

—Comenzaré de nuevo —dijo para ganar tiempo.

Inés hizo un gesto con la mano dándole permiso para que así fuese.

—Tengo un solo motivo para venir a hablar contigo. Yes Lina. Inés fue a replicar, pero la cortó antes.

—Lina está sufriendo, y es por mi culpa —dijo apresuradamente.

Esa frase sorprendió a Inés. Apaciguó sus ganas de discutir y aumentó las de dialogar.

—En mi vida he...—necesitó dos segundos para continuar, estaba a punto de sincerarse con alguien que no le gustaba ni lo más mínimo— tenido relaciones con muchas mujeres, pero solo me he enamorado de dos.

La primera era una mujer de buena familia, de negocios, decidida.

.. Me partió el corazón al escoger su fortuna antes que a mí.

—Soltó una risa al confesarle tales secretos—.

La primera vez que te vi, me recordaste mucho a ella.

Fue como un fantasma del pasado que venía a torturarme.

—Hacía esfuerzos por no llorar pero la impotencia mezclada con los recuerdos tristes eran muy potentes—.

La otra persona de la que me he enamorado, ¿imaginas quién es?

—preguntó mirándola directamente a los ojos.

—Lina —dijo en un susurro casi inaudible.

—Lo sabes perfectamente. ¿Cómo no enamorarse de ella?

Es divertida, espontánea, tiene una sonrisa contagiosa, una mirada…

que te llega al alma. Lina puede desarmarme en un solo segundo.

Ella es calma y tempestad al mismo tiempo; tocas el cielo con su presencia, pero a la vez sientes la seguridad de tener los pies en la tierra.

Ella es… qué te voy a contar que no sepas, ¿verdad?

—Nada —articularon los labios de Inés.

—Correcto. Lo sabes todo de ella. ¿Sabes por qué?

—respondió antes de que pudiese hacerlo—.

Porque te ama a ti. He intentado, y créeme cuando te digo —su tono sonaba a amenaza— que lo he intentado con todas mis fuerzas.

He usado todo lo que sé para que esa mujer tan increíble me diese una oportunidad.

Pero… daba igual los momentos que crease, lo mucho que me acercase.

Tú siempre estabas ahí —confesó con ira—.

Intenté ponerla en tu contra, logré alejarla un poco de ti, le descubrí un mundo que la comprendía…

y lo único que conseguí fue… —Necesitó unos segundos para aceptarlo—.

Nada. Robarle un beso y un empujón. Eso conseguí.

—¿Te empujó? —preguntó, sorprendida.

—Sí —respondió, con el orgullo aún herido—. Después de acorralarla y besarla sin su consentimiento, me tiró al suelo. ¿Quieres saber qué hizo después? —preguntó sabiendo que Inés estaba disfrutando de ese momento.

Inés levantó una ceja como respuesta.

—Me miró con odio. Nunca olvidaré esos ojos y lo que me hicieron sentir. —Necesitaba un instante para coger fuerzas y seguir hablando.

Inés aguardó paciente a que retomara su discurso.

—No sé qué habéis hablado. No sé si la has perdonado o no.

Pero ella no tiene la culpa de ese beso.

Si acaso, ella solo es culpable de cruzarse en mi camino y no saber llevar la situación.

Estoy segura de que si hablas con ella, entenderás muchas cosas.

—Odiaba sentir cómo una lágrima resbalaba por su mejilla sin permiso—.

Lina no se merece sufrir. Si no vas a ser capaz de dejar tu orgullo a un lado por ella, es que no la mereces.

—Ella…—dudó si confesárselo— ella no me contó que se sentía atraída por ti —se defendió.

—¿Le diste pie a ello? Apuesto mi bar a que nunca dijiste nada bueno de mí. Desde el primer momento le dejaste muy claro que yo no era de tu agrado, ¿verdad?

No se atrevió a contestar, porque era evidente que sus sospechas eran ciertas.

—¿Tú crees que así, alguien se va a sentir lo suficientemente cómoda como para hablar libremente de sus sentimientos, de lo que le pasa.

..? A Lina le gustó el mundo que le mostré, donde amar es amar sin importar quién seas.

Se quedó fascinada con la libertad con la que vivo mi vida, con la valentía con la que afronto lo que siento, sin mie-do a mostrarlo en público.

—Pero hay que ser cautelosas. —Se sintió atacada y fue lo único que se le ocurrió para justificarse.

—Tienes toda la razón. Pero siempre debes intentar que esa cautela no cambie quién eres —le aconsejó.

El silencio reinó en la tienda. Espe ya había dicho todo lo que quería decir. No tenía motivos para permanecer allí. Al ver que Inés se había quedado pensando en sus palabras, abrió la puerta y se marchó.

Una vez en la calle, de camino al bar, aguantó sus ganas de llorar.

Quería ser fría, dura, distante… como todo este tiempo atrás, como antes de conocer a Lina.

Le fue imposible. En ese momento aceptó que tal vez ella tenía razón.

Su corazón ya estaba casi curado. Con un poco de ayuda y la persona correcta, podría volver a amar, a arriesgarse a… ser feliz.