Juntas en Barcelona Reapertura #3
82%

Reapertura #3

—Buenos días, Nieves, Mireya. ¿Alguna llamada importante? —preguntó desde la puerta de la secretaría.

—Llamadas no, pero… —respondió Mireya, quedándose a medias—. Han traído algo para usted. Está en su despacho —terminó Nieves la frase.

Aquella noticia sorprendió a Inés. Extrañada, fue a resolver su inquietud. Por el camino pensó que Lina le hubiese enviado algo para pedirle perdón.

Sobre su mesa había un gran ramo de flores. A su lado, una caja con un sobre encima.

Se acercó para oler las flores. El aroma la transportó al jardín de la casa familiar. Isidoro vino a su mente. Él sería capaz de identificar cada una de esas flores.

En el sobre, una tarjeta:

«Siento el incidente con el carpintero. Espero que Fermín lo solucionase todo y la reapertura continúe como tenías previsto. Lo normal es enviar flores, pero como tú eres una mujer excepcional, también te envío lo que más me gusta a mí.

Carlos».

Inés abrió la caja. Dentro, una botella de whisky escocés. Una sonrisa se dibujó en su rostro.

—Si anoche hubiese tenido una de estas, hoy el día sería más fácil —dijo en voz alta—. Mejor un café…

Fue directa a la cocina, se sirvió una taza y volvió a su despacho. Unos golpecitos interrumpieron el silencio que tanto disfrutaba.

—Doña Inés, le traigo el correo —dijo Nieves desde la puerta.

—Adelante —la invitó a pasar.

—¿Se encuentra mejor? —Al ver que ya tenía café, no quiso preguntar más.

—Estoy mejor, gracias, Nieves. Si no le importa, solo pásame las llamadas importantes. Tengo… —Miró por la mesa buscando un pretexto.

—Cosas que atender —Nieves terminó la frase por ella.

Inés sonrió complacida. Era una suerte contar con esa mujer… y con su discreción.

—No quiero molestarla más. Solo quería comentarle que Severiano ha llamado —dijo, poniéndose muy seria.

Al escuchar su nombre, Inés recordó que debía revisar toda la documentación que Ana Belén le había facilitado. Era prioritario.

—¿Qué le ha dicho? —preguntó, sacando los papeles del bolso.

—Que su mujer sigue enferma. Ha pasado sus citas a Antonio. Quiere que le excuse ante usted por su ausencia —recitó, como quien ya lo ha repetido varias veces.

—Gracias, Nieves. Lo tendré en cuenta. —Esbozó una leve sonrisa a modo de despedida.

Nieves dejó el correo sobre la mesa y se marchó.

Inés miró el reloj. Tenía poco tiempo. Quería revisar todo antes de ir a la tienda.

Cuando el reloj marcó la una, Inés había ordenado todo. Ya tenía una idea clara, y bastante sólida, de cómo habían orquestado el plan. Guardó los documentos en un cajón con llave y salió rumbo a la tienda.

Frente a la puerta de cristal, respiró hondo y se convenció de mantener la compostura. No era momento de hablar con Lina.

Nada más entrar, Inés se sorprendió. Sus empleadas eran realmente eficientes. En ese instante, creó una nota mental: recompensarlas.

—¡Buenas tardes! —saludó con voz firme.

Ana Belén fue la primera en acercarse.

—Buenas tardes, doña Inés. ¿Ha tenido ocasión de…? —la duda la hizo titubear.

—Vengo de revisar la documentación que me facilitó. Me reitero en lo dicho ayer: no se preocupe. Quizás debamos demorar un día la visita al cuartel. Esta reapertura nos ha traído más problemas de los previstos —respondió con amabilidad.

—Por supuesto. Mañana—aceptó.

Inés no necesitó asentir; cerró los ojos lentamente, afirmando con ellos.

Lina la observó hablar con su empleada. Se le cortó la respiración al verla. Como una niña asustada, se movió lentamente para esconderse tras una columna. No quería enfrentarse a ella. Hasta el momento, había disimulado bien su tristeza.

Inés se dirigió al almacén y Lina pudo respirar de nuevo.

—Buenas tardes, Clara —saludó Inés—. No se levante, si está sentada es porque ambos lo necesitan. ¿Qué tal la mañana?

—Hoy se ha levantado revoltoso. Cuando está así, me dan náuseas. Pero no se preocupe, para esta tarde estaré más que lista —contestó para tranquilizarla.

—Hagamos una cosa. Váyase, tómese una manzanilla. Yo la cubriré —le ofreció, tendiéndole la mano.

—Pues creo que me vendrá muy bien. Muchas gracias, doña Inés —agradeció mientras cogía su bolso.

Tras una de las estanterías, Candela apuntaba cosas en una carpeta.

—Buenas tardes, Candela. ¿Qué tal va todo? He visto que habéis avanzado mucho —dijo, realmente satisfecha.

—Doña Ana Belén ha venido antes. Ha colocado las cajas cerca de las estanterías donde se debían colocar. Llenarlas ha sido una tarea muy sencilla. Ponernos de acuerdo en cómo colocar los mostradores ya… menos —explicó, con ciertas reticencias.

—Bueno, pero ya está solucionado. No le des más vueltas. ¿Con qué estás ahora? Deja que te ayude —se ofreció.

—Estoy terminando el inventario de las prendas que se quedan en el almacén. Si quiere, puede ayudar a contar las de fuera. Lo está haciendo… Lina. —Se dio cuenta demasiado tarde de que había metido la pata.

Inés comprobó que conocía la situación.

—Imagino que te lo ha contado, ¿verdad? —Quiso reafirmarse.

—Bueno… sí… no… Vamos, lo justo—contestó, incómoda.

—No pasa nada. Sé que sois amigas, y que ella confía mucho en ti. Por lo tanto, yo también —dijo con serenidad.

—Yo no me voy a inmiscuir, doña Inés. Son cosas de ustedes dos —aclaró.

—Se lo agradezco. En estos momentos necesito tiempo para poner cada cosa en su lugar —concluyó, marcando el final de la conversación—. Mejor ve tú con Lina, yo terminaré esta parte —ordenó con sutileza.

Candela le cedió la carpeta y se marchó.

En cuanto salió del almacén, sus ojos buscaron a Lina. Su amiga ya la estaba mirando. Fue directa a su encuentro.

—¿Qué te ha dicho? —preguntó Lina en voz baja.

—Lo que te dije antes: que le des tiempo. Tiene que pensar… y curarse —simplificó.

—Pero… ¿ha leído la carta?—se interesó.

—No lo sé. De eso no me ha dicho nada.

—Mira que si tienes razón y la carta la tiene otra persona… me has dejado preocupada —confesó.

—¿Preocupada por la carta? Tienes cosas más importantes en las que pensar —dijo, ojeando el inventario—. Anda, dame esto. Me parece que estás contando al revés…

Una hora después, Inés reunió a todas en el centro de la tienda.

—Han hecho un trabajo magnífico. No esperaba que todo estuviese listo tan rápido.

No quiero robarles más tiempo; seguro que están deseando comer algo.

Les espero aquí a las cinco y media. Acicálense, preparen sus uniformes, porque la reapertura tiene que ser perfecta. Gracias de nuevo, y hasta la tarde.

Durante el discurso, Lina levantó de vez en cuando la mirada del suelo para intentar cruzarse con la de Inés, pero no tuvo suerte.

Las empleadas rompieron el círculo para coger sus cosas y marcharse. Lina intentó ser la última en salir. No estaba segura de si debía abordar a Inés o no, pero quería ponérselo fácil por si ella deseaba hablar.

Inés entró en el almacén para comprobar cuántas cestas de regalo había preparadas. Pensaba que ya se marcharon todas, por eso se sor-prendió al encontrarse de frente con Lina.

No supo reaccionar. ¿Saludarla como jefa? ¿Como amante? ¿Sacar el tema de nuevo? No pudo articular palabra. Simplemente se quedó allí, de pie, mirándola.

Inés sintió un fuerte deseo de abrazarla. La sensación en su pecho era tan extraña y dolorosa que apenas podía respirar. Anhelaba que la calmase, que le devolviera la paz… pero ella era la causante de ese dolor que aumentaba solo con estar cerca suya.

—Inés, yo… —sacó fuerzas para empezar a hablar.

—Lina, deberías ir con tus compañeras a comer algo. Quizás en el bar, te atienden muy bien —añadió con una frialdad tan intensa que casi congeló el almacén.

Lina no dijo nada más. No era el momento. Se marchó.

En la calle la esperaban Candela y Clara.

—¿Vamos a comer donde Espe? —propuso Clara, ajena a todo.

Lina y Candela se lo dijeron todo con una mirada.

—Anda, vamos a casa de Lina. Tenemos que contarte una cosa — dijo Candela, enlazando su brazo con el de su amiga.

A las cinco en punto, todas las dependientas estaban ya en la puerta de la tienda. Nadie las había citado a esa hora, pero el deseo de que todo saliese perfecto hizo que llegaran antes.

A las cinco y media, abrieron las puertas. Finalizando así todo el duro trabajo de estos días. Al abrirlas fue como cerrar un capítulo de estrés y agobios.

La reapertura fue espectacular. Las clientas salían con bolsas repletas de prendas. Algunas pensaron que los pañuelos de la cesta regalo eran novedades exclusivas para el evento, sin saber que eran los primeros diseños que había lanzado la marca.

Ana Belén ejerció de excelente anfitriona. Susurraba datos importantes sobre las clientas a Candela y Clara para que se sintieran valoradas. Sofía demostró lo aprendido en el curso y con los consejos de Lina.

Candela no podía evitar observar a su amiga. A pesar de lo mal que lo estaba pasando, era capaz de sonreír a cada clienta. Se sentía profundamente orgullosa de su profesionalidad.

Mientras tanto, Inés estaba en su despacho. Sabía por experiencia que las clientas más importantes no llegaban al inicio. Les gustaba hacerse de rogar. Aprovechó para preparar la documentación necesaria para denunciar a Severiano.

—Nieves, ¿puede venir a mi despacho, por favor? —solicitó por el teléfono interno.

Segundos después, Nieves llamó a la puerta.

—¿Qué necesita, doña Inés?

—Antes de nada, debo ponerla al tanto de lo que he descubierto recientemente —dijo Inés, abriendo un archivador—.

Cuando llegó el comunicado de que Hilos de la Corte iba a exportar productos a Francia, nuestro experimentado jefe de ventas planeó cómo sacar provecho.

Se hizo con contratos de otros modistos y escribió a los franceses haciéndose pasar por mi hermano, Julián de la Corte.

Les dijo que, por leyes españolas, los productos debían pasar por una empresa intermediaria.

Por supuesto, todo salió de su imaginación.

Ni mi hermano, ni nadie de la empresa autorizaron tal desfachatez.

Nieves asentía. Las piezas encajaban con todo lo que ella había vivido en esa oficina.