Juntas en Barcelona Reapertura #2
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Reapertura #2

—Que elija mejor whisky para emborracharme.

Esto no hay quien se lo beba —murmuró, dejando la botella en la mesilla.

Sonrió por-que casi pudo escuchar su voz en la cabeza al decirlo—.

Mañana es un gran día —se dijo en voz baja—.

Has trabajado a destajo para que la reapertura esté a la altura de lo que se espera de ella.

Además, está todo el tema de Ana Belén y Severiano.

Otra historia de amor que sale mal parada.

Parece una epidemia… No permitiré que nosotras terminemos como ellos.

Con ese pensamiento se quedó dormida.

La luz del sol que entraba por los grandes ventanales la incomodó tanto que la despertó. Un fuerte dolor de cabeza le dio los buenos días. Sin recordar muy bien lo sucedido la noche anterior, buscó pistas que le ayudasen a reconstruirlo.

En la mesilla encontró la botella casi vacía, los zapatos tirados por la habitación y ella aún con la ropa puesta. Un fuerte olor a whisky y a rancio reinaban en el ambiente.

Tardó unos segundos en enfocar la vista para poder ver las manecillas de su reloj. Para su asombro, eran las diez de la mañana. Llegaba tarde. La resaca no la dejó alterarse.

Con dificultad se sentó en la cama. Marcó un número de teléfono y se aclaró la garganta antes de escuchar el primer tono.

—Despacho de Hilos de la Corte, ¿en qué puedo ayudarle?—contestó Nieves.

Inés intentó incorporarse, pero una punzada de dolor le hizo volver a recostarse.

—Soy Inés. Quería informarle… he tenido que hacer unos recados personales —era la mejor excusa que se le ocurría en ese momento—. Me demoraré en llegar. ¿Podría decirme si tengo alguna cita importante esta mañana?

Inés se llevó la mano a la cabeza. Necesitaba un analgésico con urgencia.

Un momento, por favor. —Pasó las hojas—. No, se reservó la mañana para ultimarlos preparativos de la reapertura. —Nunca antes había tenido que recordarle las cosas—. Disculpe la pregunta, pero… ¿se encuentra bien? La escucho… como enferma.

—Gracias por su preocupación. Tengo un poco de migraña, pero nada que no tenga remedio —respondió forzando la voz.

—Cuando pase por la oficina, no dude en pedirme lo que necesite. Puedo ir a la farmacia si lo desea —se ofreció.

—Muchas gracias, no creo que sea necesario. Nos vemos más tarde. —Colgó antes de que su secretaria pudiera despedirse.

Necesitaba una ducha. No soportaba el olor que desprendía. Pero antes, debía hacer una llamada más.

Marcó los números de manera automática. Antes de pulsar el último, se detuvo un segundo. La posibilidad de que fuese Lina quien cogiera esa llamada le aterraba. No estaba preparada para escuchar su voz. Si ella notaba su estado, se imaginaría lo peor.

Respiró profundamente y marcó el último número. Cruzó los dedos mentalmente, hasta ese gesto le producía dolor.

—Hilos de la Corte, ¿qué desea? —preguntó Clara con su habitual simpatía.

—Buenos días, Clara. Soy Inés. ¿Qué tal va todo por la tienda? —intentó sonar amable.

—Mucho trabajo. La tienda es muy grande y llenar las estanterías nos está llevando tiempo. ¿Va a venir a supervisarlo? —preguntó con cierta impaciencia.

—De eso precisamente quería hablar. ¿Me puedes pasar con Can-dela? —solicitó.

—Ahora mismo se pone. —Cubrió el teléfono con el pecho para llamar a su compañera.

Inés escuchó a Candela dar un par de instrucciones antes de atenderla.

—Buenos días —respondió Candela, tajante.

Era evidente que estaba agobiada. No la culpaba. La había dejado sola ante una enorme carga de trabajo.

—Buenos días, Candela —saludó—. Lamento ausentarme esta mañana. Me han surgido unos asuntos importantes. ¿Es necesario que los retrase para ir a la tienda?

Su empleada dudó. Necesitaban ayuda, sí. Pero si la directora debía atender asuntos importantes...

—Atienda sus asuntos, pero le ruego que se pase por aquí antes de abrir las puertas al público. Ana Belén y yo discrepamos en algunas de las decisiones. Necesitamos alguien que medie… o que me dé la razón.

Candela habló en voz baja con otra persona. Inés, al escuchar la voz de Lina, sintió cómo el corazón le daba un vuelco. A pesar de todo, la echaba de menos.

—No se preocupe, Candela. En… hora y media espero estar liberada para atender las necesidades de la tienda. Hasta entonces… confío plenamente en su criterio.

—Descuide, doña Inés. Estaré a la altura. —Hubo un silencio. Candela bajó aún más la voz—. ¿Quiere que le pase con Lina?

—No tengo tiempo —mintió—. Debo colgar. Después me paso.

Colgó el teléfono. Se llevó las manos a la cabeza. Sintió el fuerte deseo de llorar. Las punzadas de la resaca no se lo permitieron. Una ducha le vendría de perlas.

—¿Era Inés? —preguntó Lina, comprobando con su mirada que nadie las escuchaba.

Candela asintió, la cogió del brazo y se llevó a la esquina más alejada de la tienda. Empezaron a doblar las corbatas.

—¿Qué pasó anoche? ¿Hablaste con ella?

—Sí. Bueno, hablar, hablar, lo que se dice hablar… no hablamos. —Seguía dolida porque Inés no la dejó explicarse.

Candela no dijo nada. Solo esperó a que su amiga se sincerase.

—Me propuso dar un paseo por la playa para tener una conversación tranquila. Estaba cansada. No caí en contarle lo de Espe. La verdad, después de hablarlo contigo, lo tenía todo tan claro que no necesitaba hablarlo con nadie más —confesó.

Candela tuvo el impulso de darle un manotazo en el brazo.

—Pero Lina, por el amor de Dios… ¿cómo que no caíste en contárselo? ¡Era lo primero que tenías que hacer! Ya te lo dije: nunca es el momento. Hay que coger el toro por los cuernos o te lo callarás para siempre —hablaba deprisa. Era evidente que intentaba controlar su enfado, sin mucho éxito.

—No me sermonees. Ya lo sé. Lo hice mal, lo hice fatal. El caso es que ella me sacó el tema de la fiesta y yo… le terminé contando que Espe me… —bajó aún más la voz— me besó.

—¿Y? —la apremió Candela.

—Discutimos. Bueno, ella se enfadó muchísimo. No me dejó explicarme. No pude contarle con detalle lo que había pasado. Se marchó de la tienda y no ha dormido en casa —explicó con ojos vidriosos.

La mirada de Candela se enterneció.

—No lo pienses más. Los problemas de uno en uno.

Ahora mismo no puedes hacer nada para solucionarlo, pero sí puedes ayudar a dejar la tienda lista para esta tarde.

—Puso su mano en el brazo de su amiga—. Luego nos preocupamos de eso.

Estoy convencida de que lo vais a solucionar.

Tal vez os lleve un poco de tiempo, pero… lo haréis.

—Eso espero… porque he pasado una noche horrible. Me despertaba a cada rato y, al ver que ella no estaba a mi lado, me entraba una angustia. —Se llevó la mano al pecho.

—Vamos a dejarlo… Céntrate en colocar todas estas prendas. Ten paciencia… y confía en Inés, confía en vosotras.

—Hay una cosa que no te he contado —le confesó Lina.

—Miedo me das. —Ya no sabía por dónde saldría su amiga.

—Le he escrito una carta explicándoselo todo.

—¿Una carta? ¿Dónde está? ¿Cuándo se la vas a dar? —Empezó a ponerse nerviosa.

—Como no podía dormir, la escribí anoche. Esta mañana la he dejado en el buzón de la oficina. En el trabajo, a solas, seguro que la lee. —Estaba orgullosa de su plan.

—No te pongas tan contenta… No es tan buena idea —apuntó, preocupada por las posibles consecuencias—.

¿Te has parado a pensar por cuántas manos tiene que pasar esa carta antes de llegar a doña Inés?

¿Y si se traspapela? ¿Y si… la coge Severiano o cualquiera de la oficina?

Es algo muy personal como para dejarlo en un buzón.

Al me-nos no habrás puesto tu nombre en el remitente, ¿verdad?

Lina necesitó unos segundos para recordarlo.

—No me acuerdo. Era tarde, estaba cansada. Se me ocurrió la idea y no pensé en nada más. Yo solo quiero que Inés me escuche.

—¡Candela! —la llamó Clara desde el almacén.

—Luego seguimos. —Se marchó dejándola con ganas de más.

Lina se quedó sola doblando corbatas. Ese trabajo metódico le ayudaba a no pensar. Colocarlas por tamaños, en el mismo sentido, alineadas… era un bálsamo que apaciguaba todos los pensamientos que la abrumaban desde anoche.

No muy lejos de allí, Inés entraba en su piso con cautela. Era plenamente consciente de que Lina estaría en la tienda, pero la posibilidad de encontrarla, aunque remota, existía.

Fue directa al baño. Sacó del botiquín los analgésicos y se tomó uno allí mismo. Necesitaba calmar ese dolor de cabeza cuanto antes.

Su maleta aún estaba en la habitación. No había tenido tiempo de deshacerla desde que llegó de Francia.

Abrió el armario para cambiarse de ropa. Un olor muy característico se escapó al abrir la puerta: Lina.

Esa esencia era única, inconfundible. Capaz de reconocerla entre mil personas, se coló por su nariz y llegó a lo más profundo de su corazón.

Por un segundo, le hizo olvidar todo lo sucedido la noche anterior.

La trasladó a recuerdos más agradables: risas, caricias, besos, abrazos, sonrisas…

Después, la cruda realidad se abrió paso de nuevo, resonando con violencia en su cabeza dolorida una frase: «Ella me besó… ».

Inés cerró los ojos con fuerza, inútilmente. Desearía no haberla escuchado. Desearía, aún más, que nunca hubiese ocurrido.

Dejando eso a un lado, debía escoger bien qué atuendo llevaría hoy.

La directora debía ir arreglada, aparentar seriedad, pero no frialdad.

Fue pasando un conjunto tras otro sin encontrar el adecuado, hasta que llegó a uno de falda y chaqueta azul oscura, con pequeños detalles en blanco.

Era la prenda perfecta. Si la acompañaba, como en otras ocasiones, con una camisa blanca, sabía que transmitiría todo lo que quería.

Mientras se abrochaba los botones de la chaqueta, un pensamiento le llegó sin avisar: «Desde mi primer beso con Lina, este es mi traje favorito».

Tuvo la tentación de quitárselo y ponerse otra cosa. Pero, además de no tener tiempo, una parte de ella deseaba llevarlo puesto.

Ya en la oficina...