Reapertura
Espe vio cómo se marchaba el taxi de Inés. Cruzó la calle hacia la tienda, avanzó unos pasos hacia la puerta y se detuvo, atrapada por la duda. Podía intuir la causa de esa situación.
Tras la noche de la fiesta, se había prometido alejarse de Lina unos días.
Solo quería pasar el mal trago del rechazo, olvidarla.
Comprendió que el momento exacto de besarla había sido en aquel bar, pero no lo aprovechó.
Lina parecía receptiva entonces, incluso llegó a sospechar que había algo más que atracción.
Algo que el tiempo y la valentía podrían haber transformado.
Siempre supo de su amor por Inés y, aunque le dolía verlas juntas, nunca quiso que Lina sufriera. Ahora debía enfrentarse a las consecuencias de sus actos y tratar de aliviar el dolor que había causado.
Con paso firme se acercó a la puerta. El llanto de Lina la golpeó como una ola de dolor. Confirmó su peor miedo: verla sufrir. Golpeó suavemente la puerta con los dedos. Al segundo intento, Lina reaccionó.
La decepción en el rostro de Lina fue obvia al verla. Esperaba que Ines hubiese vuelto para aclarar las cosas.
Respiró hondo: toda la culpa era suya. Si hubiera hablado antes con Espe, nada de esto habría pasado.
Ambas se miraron fijamente, esperando una señal. Lina necesitaba consuelo, no reproches. Algo en la mirada de Espe se lo prometía.
Abrió la puerta. Espe entró con pasos cautelosos, escondiendo sus manos y esperando a que Lina avanzara primero. La condujo al almacén. Verlo vacío, silencioso, la conmovió: parecía tan vulnerable y triste como Lina en ese momento.
Una vez allí, Espe cerró la puerta, aun sabiendo que nadie las podía ver. No necesitó más indicaciones; algo dentro de ella le dijo claramente lo que debía hacer. Dio un paso al frente y la abrazó.
Esta, al principio, no se lo devolvió. No esperaba un contacto tan cercano, y menos después de que fuese la propia Espe quien le pidiese distancia.
No desistió. Se quedó allí, rodeándola con sus brazos. Le ejercía la presión justa para que supiese que estaba ahí. Lina no se resistió más: apoyó la cabeza en su hombro, encajó sus brazos en su cuerpo y se dejó sujetar.
Rompió a llorar de nuevo. Se sentía realmente vulnerable.
Espe no podría decir cuánto tiempo la tuvo entre sus brazos. Sentir sus sollozos, sus lágrimas, su respiración acongojada le dolía como un corte en su corazón. No dejaba de repetir una frase en su mente que, al final, se escapó de sus labios.
—Lo siento —susurró.
Lina se quedó petrificada. Tras ese momento, la abrazó con más fuerza, negando con la cabeza. No era el momento de explicarle todos los pensamientos que vagaban por su mente. Lo mejor que podía hacer era valorar el esfuerzo que estaba haciendo por estar allí, consolándola.
—No es culpa tuya —Lina contestó de la misma manera.
Espe aflojó la intensidad del abrazo. Retrocedió, miró al suelo. Le resultaba imposible enfrentarse a su mirada. Demasiados sentimientos a la vez.
—¿Hay algo que pueda hacer para ayudarte?
—No puedes. Es algo que debo hacer sola. Soy la causante de que estemos así, y debo solucionarlo.
—Bueno… si somos sinceras, parte de la culpa es mía. Fui yo quien te puso en ese compromiso. Si no te hubiese besado, nunca te hubieses visto en la tesitura de escoger si contárselo o no —le debatió.
No iban a discutir. Aceptaron la parte que le tocaba a cada una, y reinó el silencio durante un momento.
—¡Eh! Arriba ese ánimo. Esta no es la Lina Escudero que yo conozco.
—Le levantó el mentón para que le prestase atención—.
Desde que te vi por primera vez supe que eras una mujer de armas tomar.
Que cuando se te mete algo entre ceja y ceja, no dejas de luchar hasta conseguirlo.
Por eso tengo claro que no vas a permitir que este malentendido —señaló a las dos con el dedo índice— pueda con la relación tan pura que tenéis.
—El inicio de una sonrisa en Lina le dio pie a seguir hablando—.
Créeme cuando te digo que he utilizado todas mis armas para conquistarte, incluso las infalibles.
No lo he logrado. Eso es porque lo que sientes por ella es de verdad.
Como me dijo una amiga: el amor todo lo puede.
—Había sacado fuerzas para conectar su mirada con la de ella durante todo el discurso.
Por un momento se sintió bien. Era como si, al animarla a solucionar su problema con Inés, sus reticencias para ser amigas se hubiesen ido disipando. Tal vez no iba a necesitar tanto tiempo como pensaba.
Un aire de satisfacción se pasó por el pecho de Espe, al ver aparecer su preciosa sonrisa.
—Ahora que te veo mejor, te acompaño a casa. Por lo que me ha contado Tomás, habéis trabajado sin descanso. Estarás deseando coger la cama —la invitó a salir del almacén.
—La cama… no había pensado en eso. Va a ser horroroso dormir sin ella —se lamentó.
—No lo pienses. Lo que tienes que hacer es ducharte y meterte en ella.
Deja que el cansancio haga su trabajo. Verás cómo mañana ves las cosas de otra manera.
—Espe abrió la puerta de la calle—. Hazme caso, que de eso sé.
Anoche no pensaba volver a dirigirte la palabra, excepto para darte la cuenta, y ahora…
mírame. Animándote para que te reconcilies con tu novia.
Caminaron juntas hasta el piso de Lina. Deseaba despedirse con un abrazo; el último le había hecho sentir muy bien. Pero no debían hacerlo en mitad de la calle.
Espe pensó lo mismo, porque extendió su mano para estrecharla.
—A falta de un abrazo, te daré un buen apretón de manos. —Le dedicó una sonrisa.
Lina se rio de lo tonta que había sido la frase. Al darse la mano, notó cómo le acariciaba con el pulgar. Igual que el primer día. Le gustó mucho que algunas cosas no cambiasen.
—Buenas noches —se despidió cuando Lina abrió la puerta.
—Que descanses —dijo antes de girarse para ir al ascensor.
Espe volvió a su bar. Tenía sentimientos enfrentados. Por un lado, le agradaba enormemente haberla ayudado. Le partía el alma verla sufrir.
Por otro lado, que solucionase sus problemas con Inés reducía a cero sus opciones de que pudiesen estar juntas algún día.
En una fría habitación de hotel...
Inés había pasado por un bar cercano. Su idea era tomarse una copa y marcharse. Pero, tras ser abordada por dos hombres alabando sus preciosos ojos azules y sus facciones griegas, prefirió comprarse la botella y subir a su habitación. Necesitaba olvidar lo que acababa de pasar.
Los primeros vasos ayudaron a disipar parte del dolor. Incluso llegó a reír por lo surrealista de la situación. Ella, temiendo que Lina la dejase por otra persona y, al final, había sido ella quien se había marchado.
Después de tomarse media botella, su reflejo en el espejo la animó a decirse unas palabras:
—Mírate… la gran Inés de la Corte. La mujer que siempre mantiene las formas.
La directora de una gran empresa que comercia con el extranjero…
Así has terminado. —Se quitó los zapatos lanzándolos sin usarlas manos—.
Sola, en una habitación de hotel, con el corazón roto y la única compañía de una botella de whisky. Encima, de pésima calidad.
Se miró con desprecio.
—Sabes que mañana te vas a arrepentir de esto.
La resaca será de las que hacen historia.
—Le dio otro trago y puso cara de asco—.
Lo has dejado todo por esa mujer: tu casa, tu familia, tu negoci…
bueno, eso no lo he dejado. Pero sí he dejado todas las comodidades que tenía en Ciudad Real para vivir mi vida junto a ella.
¿Dónde está? Por-que aquí, desde luego, no.
—Cogió aire—. Lo más probable es que esté en el bar de esa entrometida.
Te lo llevo diciendo desde el primer día.
—Se señaló en el espejo—. Esa mujer no me da buena espina.
Pues ahí lo tienes. Se fijó en ella desde el momento en que sus ojos la vieron.
Y ella, ilusa, se ha dejado embaucar. Un ser de luz como Lina no era capaz de ver lo que yo veía.
Es que es más inocente… Se lo advertí. Sabe Dios que lo hice.
Pero no me hizo caso. Ninguno. —Terminó enfadada—.
Ya hora, la que está aquí, bebiendo —se terminó el contenido del vaso—, soy yo.
Escucha lo que te voy a decir. —Se sentó en el suelo con dificultad—.
Amasa esa mujer más que a nada en este mundo.
Has confiado plenamente en ella. Has… vivido los mejores momentos de tu vida a su lado.
—Dejó el vaso a un lado y bebió directamente de la botella—.
Ella te ha hecho vivir por primera vez. Y ahora…
ahora estás sufriendo las consecuencias.
Una risa amarga se escapó al pensar la siguiente frase:
—Qué cierto es… «todo lo que sube, tiene que bajar». He tocado el cielo con sus besos… y ahora me toca caer en picado mientras besa a otra.
Guardó silencio unos segundos.
—¿Te merece la pena? —se preguntó muy seria. Tras unos segundos, las lágrimas brotaron de sus ojos—. Por supuesto que sí —añadió, con la voz rota.
Con dificultad se levantó y se tumbó en la cama. Ahora hablaba sola, mirando al techo:
—No me ha dado una explicación. Ella soportó mis besos con Diego, bueno… si soy franca soportó mucho más. Él quería que cumpliese como su mujer. Pero, por el amor de Dios, era mi marido. No podía negarme ¿Qué me diría Diego en este momento?
Le dio otro trago a la botella. Ya llevaba más de la mitad, pero seguía sin acostumbrarse al regusto final tan amargo.