Juntas en Barcelona Verdades #5
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Verdades #5

—No pasó. Nunca la besé. Pero sí es cierto que lo pensé, incluso soñé con ella.

Se dieron varias ocasiones en las que mi deseo por ella fue muy fuerte.

—Lina estaba a punto de romper a llorar, pero se contuvo—.

No lo entendí, ni lo entiendo ahora. No sé por qué me sentí tan atraída por esa mujer, si amo a Inés con toda mi alma.

Poder soltar todo sin miedo fue una liberación. Cada vez que pensaba en Espe, la veía, tenían una conversación o una mirada de complicidad con ella. Una losa pesada se le colocaba sobre los hombros. Al hablar con Candela, todas esas cargas se desvanecieron en un instante.

Candela le puso una mano en la espalda para consolarla. Su amiga lo estaba pasando realmente mal. Había escuchado todas y cada una de sus palabras. Había apartado todas las emociones que no le ayudaran a comprenderla. Ya estaba lista para darle un consejo.

—Cuando te besó… ¿qué sentiste? —preguntó Candela con cierta preocupación.

—Te confieso que tardé en apartarme. Pero lo tuve claro.

Amo a Inés. —Le dio la mano—. Las cosas con ella están muy bien.

Encontré el equilibrio, más o menos. Catalogué mi relación con Espe como lo que es: amistad.

Nada más. De vez en cuando siento celos si la veo con otra persona, pero ya no con la misma intensidad de antes.

Por eso estoy segura de que, si las dos ponemos de nuestra parte, podremos ser grandes amigas.

Puede… ser mi apoyo cuando tú no estés. —Una lágrima se deslizó por su mejilla.

—Me parece bien. Si ya te has aclarado, perfecto.

Pero yo siempre voy a estar. Puedes contarme lo que sea, ya sea por teléfono, carta, telegrama…

o con paloma mensajera. Si me necesitas, vendré.

No quiero que vuelvas a pasar por tanto tú sola.

Somos más que amigas, hermanas, y estamos para eso: para apoyarnos en estos momentos. —La abrazó.

Lina cerró los ojos y dejó que ese abrazo curase todas sus heridas.

—Muchas gracias. He sido tonta por no contártelo antes. —Lina se limpió la cara.

—Un poco sí —bromeó.

Se tomaron unos minutos antes de volver a entrar.

No querían que nadie las viese así. Después de comer, todos se pusieron manos a la obra.

Fermín era un manitas excelente. Daba indicaciones claras y concisas a todo el mundo.

Fue espectacular la rapidez con la que montaron todos los mostradores y expositores.

Las hermanas de Antonio llegaron justo cuando tocaba limpiar. Antonio las llevó al almacén.

Ana Belén volvió con ropa diferente y dispuesta a ayudar en las tareas más físicas.

Tras horas trajinando, la tienda parecía otra. Todo estaba montado y preparado para llenar los estantes.

Inés reunió a todos en el centro de la tienda.

—Muchísimas gracias a todos por su trabajo.

Sin el esfuerzo de ustedes no habríamos terminado a tiempo.

Esto que han hecho por Hilos de la Corte no lo olvidaré.

—Fue mirando a cada uno de los presentes a medida que daba su discurso—.

Aún no sé cómo, pero encontraré la manera de compensárselo.

Por lo pronto, pueden contar con un lote de productos de la Corte, tanto para caballeros como para señoras.

—Levantó la mano como si tuviese una copa—.

Dado que hoy no hay nada para brindar, estáis todos invitados a la reapertura de mañana.

Brindaremos con champán por la excelente labor que habéis realizado hoy. Muchas gracias.

Las dependientas empezaron a aplaudir, y todos las siguieron. Fermín estaba tan contento que empezó a soltar silbidos. Aquello parecía una verbena.

Inés agradeció personalmente su labor a cada uno de los trabajadores y los fue despidiendo en la puerta.

Cuando llegó el turno de Ana Belén:

—Mañana la quiero a primera hora. Hay que recoger el champán y preparar unas cuantas cestas más. He prometido más de las que pen-saba —intentó bromear para quitar tensión al momento.

—Cuente con ello. No la defraudaré otra… —se arrepintió antes de seguir hablando.

—Ya está. Cuento con usted. Mañana, en las oficinas, reuniré toda la documentación pertinente y redactaré una carta a su favor. Después iremos juntas a denunciarle a la policía. —Pudo ver el alivio en sus ojos—. Duerma tranquila esta noche.

Ana Belén no dijo nada. Se limitó a sonreír y marcharse con paso sereno.

Lina e Inés quedaron solas en la tienda. El silencio era cómodo, casi íntimo, como si ambas necesitaran unos segundos para bajar las pulsaciones tras un día intenso.

—Estoy exhausta—se quejó Lina, dejando caer los hombros.

—¿Estás tan cansada que no puedes más? —preguntó, acercándose a ella poco a poco.

—Bueno… si me propones algo interesante, seguro que me animo y saco fuerzas de donde sea. —Acercó su rostro al de Inés, buscando sus labios.

—Te propongo… que demos un paseo y me cuentes cosas —sugirió.

Estaba muy cansada, había sido un día extremadamente largo. Pero no podía soportar más esa incertidumbre. Quería darle a Lina la oportunidad de contarle lo de la fiesta.

—No está mal. Pero yo te propongo otra cosa: nos vamos a casa, nos damos una ducha juntas y después… ya veremos.

Inés retrocedió un paso.

—¿No te apetece hablar de nada? —preguntó, clavando sus ojos en los de ella.

Lina se había quedado tan liberada tras la conversación con Can-dela, que no cayó en la cuenta de que aún tenía esa conversación pendiente.

—No. Pero si quieres, cuéntame tú a qué ha venido todo eso con Ana Belén. Después de hablar contigo, se fue muy afligida. Me sorprendió que viniese por la tarde.

—No. Eso te lo puedo contar más tarde. —Estaba deseando que fuese ella quien sacase el tema. Que lo ocultase de esa manera solo alimentaba sus temores—. ¿No me vas a contar que fuiste a una fiesta con Esperanza y sus amigas? —dijo, cruzando los brazos y con un tono muy serio.

Un jarro de agua fría cayó encima de Lina. Necesitó unos segundos para pensar la manera en la que le iba a plantear todo lo sucedido. Pero ese silencio fue como un cuchillo que hirió a Inés.

—El hecho de que lo hayas ocultado dice mucho de su importancia. Si no eres capaz de decírmelo ahora, que te lo he preguntado abiertamente, es porque pasó algo entre vosotras, ¿verdad? —La expresión de su cuerpo era fría y distante. Pero su voz y sus ojos mostraban dolor.

—Inés, déjame que te lo explique —intentó defenderse.

—Eso llevo esperando todo el día: a que me lo expliques. Quiero saber qué pasó. —Cogió aire, necesitaba prepararse para lo que presentía que iba a escuchar.

—Espe me… nos invitó a su fiesta—comenzó.

—¿Os invita justo cuando yo me voy? Menuda casualidad—añadió con sarcasmo.

—La fiesta llevaba planeada desde antes. No pensaba ir. Sabía que no te gustaría. —Vio cómo Inés iba a reprenderla de nuevo, levantó la mano como si la detuviese—. Al final invitó a las chicas y fuimos todas. Fue muy divertido, conocimos a más personas…

—Lina, por Dios, ve al grano —le imploró con premura.

—Me salí un momento al callejón a tomar el aire y Espe salió a los pocos minutos.

—¿Os quedasteis solas? ¿Las dos? ¿En un callejón donde no pasaba nadie? —preguntó dando a entender que no había sido pura casualidad.

Lina no sabía cómo contarle lo que venía a continuación.

—Entonces, ella… —no podía mirarle a la cara.

—Os besasteis —confirmó Inés.

Lina sacó fuerzas para elevar la mirada y encontrarse con la de ella. Esa voz le había transmitido una fragilidad extrema.

—Algo así —intentó defenderse.

Inés retrocedió dos pasos. Deseaba una negación rotunda, en su lugar, se encontró con esa ambigüedad. Lina, al ver su reacción, acortó la distancia a la vez que se defendía.

—Ella me besó. Yo me aparté. Pensé en ti. Yo… —se le trastabillaban las palabras.

—No me digas más —le interrumpió bruscamente—.

Sabías perfectamente que no sería de mi agrado que asistieses y, aun así, fuiste.

Desde el primer día eres consciente de que esa mujer no es santo de mi devoción, y a pesar de eso sigues viéndola cada día, a cada momento.

—Se le escapó una risa sarcástica—. Seguro que con ella tienes confidencias, podría apostar sin perder que sabe muchas cosas de ti, tantas como tú de ella, por supuesto.

Nunca te dije que no te acercases a ella porque suponía que serías capaz de ver sus intenciones.

Pero veo que no. Pensé que eras más lista.

—Se dejó llevar por el dolor y habló sin medir las consecuencias.

—¡Inés, basta ya! ¿Me dejas que te lo explique o vas a seguir montando tu historia? —Se enfadó—. Te repito que ella me besó a mí.

—¿Por qué llegaste a quedarte a solas con ella? —preguntó, también enfadada.

Lina recordó el motivo real por el que salió: celos.

—Ya te lo he dicho, necesitaba tomar aire… necesitaba un descanso —se justificó.

—Claro… un descanso con ella. Sin nadie más —el sarcasmo volvió a aparecer.

—¡Inés! —Odiaba cuando hacía eso.

—No, Lina, vamos a poner las cartas sobre la mesa. La vez que os vi en esta misma tienda, tan cerca… no me pareció que necesitases un descanso. Desde el principio has tenido una conexión diferente con ella, ¿o me equivoco?

Lina tragó saliva. Tenía razón.

—De acuerdo. Ya te dije que me atrajo en un primer momento.

No te voy a negar que hubo química, pero nada más.

Solo fue eso: algo físico. Una confusión momentánea.

Inés, te aseguro que no pasó de ahí. Siempre he tenido claro que te quiero con toda mi alma.

Tú estás primero. —Las lágrimas brotaron sin permiso de sus ojos—.

Tienes que creerme. —Intentó reducir la distancia entre las dos.

Inés negó con la cabeza retrocediendo. Las estanterías no le permitían alejarse más.

—Una confusión momentánea… —repitió—. Ya no sé qué creer —la voz se le quebró—. Nunca pensé que esos labios fuesen tocados por otra persona. —Estaba realmente dolida.

—No fue nada —argumentó sin éxito.

Inés no soportaba escuchar más. Cogió su bolso y se dio media vuelta dispuesta a irse. Antes de que abriese la puerta, Lina la sujetó del brazo.

—¿A dónde vas? —preguntó, preocupada.

—A un hotel. Está claro que hoy no puedo compartir cama contigo. —Se zafó de ella.

—Inés, por favor. Hablémoslo—suplicó.

—Ahora ya es tarde. Lo teníamos que haber hablado mucho antes. —Salió de la tienda.

Lina se apoyó contra la puerta y empezó a llorar. Sus sollozos se podían oír desde la calle. Inés se detuvo al escucharlos. Ese sonido le partía el alma, pero el dolor de su corazón era muy intenso y solo quería huir de allí.

Reanudó sus pasos en busca de un taxi. Permitiendo, ahora sí, que las lágrimas brotasen de sus ojos.

Ninguna de las dos podía imaginar que la tercera persona implicada en esa historia las observaba en silencio desde el otro lado de la calle.