Verdades #4
Ana Belén abandonó su postura erguida, bajó los hombros y su mirada se quedó fija en la hebilla de su bolso. Era como si estuviese encajando las piezas en su cabeza, destapando información que tenía sin ser consciente de ello.
—Doña Inés, yo no fui. Fue él. Sé cómo lo hizo —la seguridad fue volviendo a su voz a medida que avanzaban sus palabras.
—Soy toda oídos —le animó a que continuara.
—Pedimos una partida grande de productos con la excusa de que iban a ser enviados a Francia —Ana Belén fue reconstruyendo los recuerdos según iban apareciendo las imágenes en su memoria—.
Después, ese pedido lo vendimos a Francia como si fuésemos Modistos Rodríguez, para que fuese el primer contrato.
Nieves debió de incluir esas cantidades en los gastos.
Por eso aparece en sus libros. Al no haber contratos de esta empresa hoy hay ingresos.
No consta en el resto de los libros. Severiano me convenció para que fuese yo quien firmase esas ventas.
De esa manera, nadie podría relacionar esa transacción con la auténtica.
—¿Modistos Rodríguez sabe algo de todo esto?
—No, señora. Severiano consiguió los contratos con el sello de… la… empresa gracias… a… —Ana Belén entendió en ese instante quién los consiguió.
Margarita. La secretaria.
Su expresión corporal mostraba un claro derrumbamiento. Acababa de enterarse de que su romance con esa mujer llevaba mucho más tiempo. Que ella solo había sido un peón del que prescindir en su partida para ganar dinero.
A Inés no le hizo falta hacer más preguntas para saber que su encargada estaba destrozada.
Una ola de compasión le inundó el pecho hasta tal punto que dejaría pasar su metedura de pata en lo referente a la obra.
La mujer que tenía ante ella lo estaba pasando realmente mal.
En ese momento, estaba siendo consciente de hasta qué punto había sido utilizada por un hombre que fingió amarla con el único objetivo de enriquecerse.
Inés esperó pacientemente a que se recompusiera un poco para poder seguir con la conversación. Era lo mínimo.
Al ver que había recuperado algo de fuerza:
—Si puede… siga contándome—le invitó.
Ana Belén abrió su bolso para sacar una carpeta azul y un pañuelo de tela.
—Él me pidió estos documentos. Pero los recuperé. Algo me decía que serían mi salvavidas. —Se sonó la nariz.
Inés abrió la carpeta y empezó a identificar todos y cada uno de los documentos: cartas con las galerías de Francia, los contratos por parte de Modistos Rodríguez, los justificantes de las transacciones bancarias a su nombre y al de su mujer, albaranes de entregas y recogidas…
Todos los documentos que Inés había encontrado en los archivos de Francia, más las pruebas irrefutables de que Severiano era quien se había lucrado con toda esta estafa.
Inés ojeó todos los papeles lentamente. Necesitaba ganar tiempo para tomar una decisión. Según todas las evidencias que tenía en la mano, Ana Belén solo había sido una víctima. Una ilusa enamorada que obedeció las órdenes de un estafador.
No se merecía más castigo del que ya, evidentemente, había sufrido.
—Esta documentación la voy a guardar hasta que planifique minuciosamente lo que voy a hacer con ella —le ordenó sin dar opción al debate.
—Haga todo lo que crea conveniente. Soy consciente de que cometí un error grave. Nunca debí enamorarme de ese hombre. Me ha arruinado la vida. —Los sollozos no la dejaron seguir hablando.
—No puedo asegurarle que salga impune de esta situación. Pero sí puedo prometerle que haré todo lo que esté en mi mano para recalcar que ese hombre sin escrúpulos la ha utilizado con las artimañas más despreciables —era la ira quien hablaba.
—Muchas gracias, doña Inés. De verdad, nunca podré agradecerle lo suficiente que haga eso por mí. —No podía dejar de llorar.
—Váyase a casa. Duerma un poco. Por la cara que trae, imagino que anoche no pegó ojo. —El rostro abatido de la encargada le confirmaron sus sospechas.
—Pero en la tienda… hay mucho que hacer—intentó argumentar para quedarse.
—Lo sé. Pero en su estado no nos ayuda. Hágame caso. Descanse, y esta tarde vuelva. Seguro que será mucho más productiva.
Ana Belén le dio las gracias. Cogió su bolso y se marchó sin hablar con nadie más.
Inés se asomó al almacén, había un silencio sepulcral. Confundida, fue a buscar a sus trabajadores.
Nieves había repartido el contenido de la caja y todos estaban haciendo un descanso para comer.
—Serán solo diez minutos —se excusó Nieves al ver aparecer a la jefa con cara de pocos amigos—. Llevan horas trabajando y merecen un pequeño descanso.
Inés no dijo nada. Buscó algo a su alrededor, cogió una lata de pintura y le puso un periódico encima.
—¿De qué son los bocadillos? —preguntó con una sonrisa.
Todos sonrieron aliviados al ver que la directora se unía al descanso. Lina le acercó uno de ellos.
—Parece de lomo. —Caminó dando la espalda al grupo para poder mirarla sin preocuparse por ellos—. Seguro que está delicioso
—bajó la voz para que solo ella pudiera escucharla.
Al entregarle el bocadillo, Inés lo cogió por donde estaban sus dedos. Su contacto duraría unos segundos. Era muy poco tiempo, el necesario para calmarse un poco.
Lina notó en su mirada que algo no iba bien. Un movimiento de cejas fue suficiente para que entendiese la pregunta: «¿Qué pasa?».
Inés miró rápidamente al resto de personas de la tienda. Ellos habían comenzado a hablar y no podían escucharlas, pero aun así… Ese no era el momento.
«Después» articularon sus labios sin emitir sonido.
Lina le guiñó el ojo y se llevó dos dedos al corazón. Inés le devolvió una rápida sonrisa y se centró en su bocadillo.
Mientras Lina volvía a su lugar, cerca de Candela, Mireya movió una caja para sentarse al lado de la jefa.
—Doña Inés, ¿le puedo hacer una pregunta? —dijo antes de sentarse a su lado.
Inés, que acababa de dar un bocado, asintió con la cabeza.
—Antonio tiene cuatro hermanas —la puso en contexto—. He visto que hay mucho trabajo de limpieza, tanto en el almacén como aquí en la tienda. ¿Le parecería bien si… las llama para que vengan a ayudarnos? —preguntó con cierto recelo.
—Por supuesto. Encantada. Cuantas más manos, mejor. Dígale a Antonio que se les pagará por sus servicios —respondió antes de dar otro bocado.
—Gracias, doña Inés, pero no será necesario. Lo he hablado con Antonio, y como está tan agradecido por la confianza que ha mostrado usted en él, quiere hacerlo solo por ayudar —explicó. Después miró a Antonio con mucha dulzura en sus ojos.
Inés captó esa mirada. Lina le había dejado caer que entre ellos dos había algo sentimental. Estaba confirmado.
—Como guste. Más tarde se lo agradeceré personalmente.
Mireya se quedó allí sentada. Ya que estaban juntas, aprovechó para hablarle sobre unos contratos y demás asuntos que habían quedado pendientes el viernes.
Candela no soportaba más la situación. Desde la conversación antes de coger el taxi no habían vuelto a hablar del tema. Después de la extraña sensación que tuvo hablando con Inés, necesitaba aclarar todo cuanto antes.
—Lina, tenemos que hablar. Yo no lo soporto más —habló en voz baja, para que nadie pudiera escucharla.
—Vamos a tomar el aire, anda —propuso Lina, levantándose del banco improvisado que se habían hecho con unas estanterías.
Una vez fuera, Candela tiró de Lina para que se alejaran de la puerta y de los cristales.
—Vi lo que vi. Quiero que me cuentes tú lo que pasó —fue tan directa como siempre.
—No pasó nada. Ella me besó, yo la rechacé y nada más. Somos amigas —intentó restarle importancia.
—Pues… yo no me beso con mis amigas. Lina, más vale que me expliques esto desde el principio para que yo lo entienda. Porque anoche doña Inés estuvo a punto de preguntarme —esa información se le escapó sin pensar.
—¿Cómo que estuvo a punto de preguntarte? ¿Se lo has contado? —le acusó haciendo conjeturas sin tener toda la información.
—¿Tú estás tonta o qué te pasa? ¿Cómo se lo voy a contar? ¿De verdad piensas que, a estas alturas de la película, voy a traicionar tu confianza así como así? —Levantó la mano como hacía siempre que algo le ofendía.
—Perdona. Si te digo la verdad, todo esto me viene un poco grande. —Se apoyó en la pared. Deseaba quitarse ese peso—. Candela, no sé por dónde empezar.
—Por el principio. Por ejemplo —fue suavizando el tono al ver la cara de su amiga.
Lina se tapó el rostro con las manos. Por un momento deseó poder viajar en el tiempo para evitar salir al callejón.
—Cuando vine aquí, Espe me impresionó desde el primer momento.
No sabría decirte qué cosas me atrajeron de ella.
—Subió y bajó los hombros—. No sé si fue su carisma, lo aceptada y cómoda que se siente con su persona…
no lo sé. Pero me atraía. Me atraía mucho —era la primera vez que verbalizaba en voz alta todos sus pensamientos—.
Sabes que al principio no lo pasé bien con el cambio.
Pues ella estaba ahí, para hacerme sonreír, para hacer que me sintiese más cómoda.
Un día me llevó a un bar donde se reúne gente como…
con mis mismos gustos —puntualizó—. Alprincipio yo no sabía dónde es-taba, desconocía que existiesen lugares así.
Cuando lo supe, fue como si un mundo se mostrase ante mí.
Todo tenía sentido. No tenía que esconderme.
Fascinación. Creo que en ese momento quedé fascinada con ella. Tanto, que tuve ganas de besarla.
Candela cogió aire para no decir nada. Se mordió la lengua. Por un lado, quería cantarle las cuarenta, recordarle que no olvidara su amor por Inés. Pero, viendo lo que le estaba costando sincerarse, lo mejor era dejarla hablar. Comprenderla sin juzgarla.